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Se recibió Lezcano

23 01 2009 - 17:20

“Fue un buen año, ¿no?” me preguntó Patricia la primera mañana del 2009, mirando el sol a través de la ventana que tiene la persiana rota que no se puede bajar del todo. 11 AM en esta parte del mundo. Yo tenía una resaca como no tenía desde que era pendejo. No estaba en condiciones de ponerme a reflexionar nada. Habían pasado las fiestas —navidad en familia y año nuevo en pareja— y todo me parecía igual que antes. Ningún año nuevo a mi alrededor, desmintiendo al almanaque que tenemos pegado en la puerta de la heladera. “Sí, por supuesto”, le contesté con una sonrisa apestosa y me fui intempestivamente al baño a vomitar.
 
La casa en la que vivo ahora, desde hace dos meses, es una casa. Por primera vez habito una vivienda con una pieza terminada, un baño que no es compartido y está adentro, cerámica en el piso, ventiladores de techo, agua corriente y gas natural. La comodidad me llegó recién a los veintinueve años. No es un logro para el Nobel, pero ayuda. Son quinientos mangos por mes, incluidos la luz y el gas. Me encanta vivir acá. Hay un patio grande, una palmera, flores, algunas gallinas, tres conejos negros, perros y gatos. Y mi vecino tiene un gran altar hecho de madera que parece más bien un lugar para invocar al diablo, pero es para el Gauchito Gil. Esto es un verdadero paraíso metido en un barrio en donde todas las noches se cagan a tiros. San Francisco Solano, señores. Aquí vivo. A ver cuántos se dan el lujo de poder decir lo mismo.
 
El tipo que me alquila la casa se llama Antonio y vive en otra casa, adelante de la nuestra; nosotros vivimos al fondo, a cuarenta metros. Mi sobrina dice que se parece a Freddie Mercury. Antonio es una persona que todavía, a sus cincuenta años, se espanta de lo que sucede en el mundo. “El hombre es lo peor que podía haber hecho Dios, y no te lo digo por lo que pasa en otros países y todo eso, sino por lo que veo todos los días por acá; bah, no sé es mi idea, ¿no?”  Yo asiento. Coincido siendo ateo, algo que a él le cuesta entender. “Pero, negro, en algo tenés que creer”, dice. Creo en vos y en la hermosa familia que armaste, le contesto. Tiene una bella mujer y tres hijos, está a punto de ser abuelo. Antonio mueve la cabeza preocupado. “Es que sin fe es muy difícil vivir, Walter.”  
 
Hace unos quince años que lo conozco a Antonio. Los primeros diez lo tengo de vista, los restantes fueron de tratarlo. Tiene un puesto de pizza en la feria de Solano, unn lugar al que voy desde que vivo por estos pagos. Ahí podés conseguir lo que quieras. Desde ropa hasta discos, pasando por libros a precios increíbles —los Versos Satánicos de Rushdie por dos pesos— y bizarreadas como sillas de ruedas y piezas ortopédicas. Algunos dicen que ésta es la feria más grande de Latinoamérica. Bueno, cuando yo iba para la feria, me pasaba por el puesto de Antonio y me mandaba unas porciones de muzza y volvía a casa. Lo comencé a tratar cuando laburaba en un puesto de diarios. Él compraba siempre esas colecciones que sacaba Clarín, diccionarios, Atlas, esas cosas, para los hijos. “Les sirve un montón para estudiar”, me decía. Yo se los alcanzaba y quedó una onda. Saludos amables. Hasta que le conté que me quería ir de la casa que estaba alquilando. Tres meses después me estaba mudando.
         
Sé que es algo común para muchas personas, tener una casa como la gente. Para mí no. Cuando tenía 16 años y me fui de casa por problemas con mi padrastro —era eso o ver si podía cometer el crimen perfecto—, un amigo me prestó una casilla que tenía en el fondo del terreno donde él vivía con sus viejos. Paredes de madera pintadas de azul y techo de chapa de cartón. La tierra bajo mis pies y la libertad de disponer de mi vida como quisiera. El baño estaba dentro de la otra casa, pero yo no quería molestar así que usaba un árbol precioso que estaba al lado de la casilla. Salvo para lo segundo. Para algunas cosas es mejor estar cómodo.

Ese lugar era un tugurio. Y un encanto. Ahí estuve una noche a punto de curtirme a una piba cuando comenzó a llover. Primero tranqui. Eso siempre ayuda para aprovechar, esa boludez del ruido de la lluvia. Crea un clima sugestivo. Ella se puso a tono con la situación y todo comenzó a ponerse rojo mientras la lluvia se puso más intensa, hasta que ella sintió un golpe en la cabeza. Saltó de la cama, señalando una bola de hielo que estaba en el suelo, un pedazo enorme de granizo que me hizo mierda el techo. Ella se vistió y se fue sin decir una palabra. Se ve que no le gustaba tanto la lluvia. Corrí la cama y me quedé mirando toda la noche esa pequeña catarata que tenía dentro de mi casilla.
 
Salgo de la ducha algo renovado. Patricia me dice que abra mi regalo de año nuevo. Es grande. Lo abro. Los Sorias de Alberto Laiseca. Un libro que tenía ganas de leer desde hace mucho y no podía por problemas de tiempo, el puto estudio. Ahora tengo dos meses libres para sumergirme en sus mil trescientas páginas (entre paréntesis quiero decir que ya leí la mitad y es impresionante). Felicidades profesor, me dice ella. Me recibí el 22 de diciembre y desde ese día no había parado de festejar. ¿Cómo te sentís? sonríe Patri mientras prepara el desayuno. No siento nada raro. Pienso que es un placer no tener que preparar más finales. Es un alivio. Pero no mucho más. Un poco del vacío que sobrevuela cuando se logra algo que costó mucho esfuerzo. Pero me picaba más en el bocho la pregunta que inauguró el día.

¿Fue éste un buen año? Y aunque no me cabe la melancolía no puedo evitar que mi memoria se ponga en funcionamiento. Me pasaron cosas agradables este último tiempo, pero no puedo dejar de ver la fugacidad de todo. Y me acuerdo de una canción de Massacre, No puedo dejar, cuando dice Apaguen ya/ ese reloj de mierda. No hablo de que el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, todo eso me gusta. Está bien que las cosas terminen. Hablo de mi incapacidad para hacer durar las emociones. Digo, que cuando pasa algo interesante, algo que vale la pena guardarse como si fuera un pequeño tesoro me doy cuenta que el tiempo ya le pasó por encima, y yo ya estoy pensado en otra cosa. Será que de pibe me clavé durante muchas tardes Artaud y me quedó como axioma que mañana es mejor. No lo sé.

Así que acá estamos. Con Patri, desayunando, recién recibido, Los Sorias sobre la mesa y le estoy diciendo todo esto y ella me dice pará, subí ese tema que me encanta. Amigo piedra invade la casa y ella se para y se pone a cantar Sos mucho mejor que los demás/ todo el día pensando, pensando/vos soñás con un barrio mejor/y te quedaste mirando la nada. Yo la miro con gusto. Ella baila y toca air guitar. Sí, definitivamente fue un buen año. Pero hoy, ahora, esto es mucho mejor. El futuro es nuestro.


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