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Llach: hallazgo arqueológico en Traslasierra

1 02 2009 - 15:30

Pato ya no trabaja en una carnicería. Atiende un puestito perdido en el camino de las Altas Cumbres, una ruta bautizada con el nombre del corredor de rally Jorge Luis Recalde, hombre leyenda en el Valle de Traslasierra. El bolichín de Pato es de lo menos notable del Valle, que en las décadas largas del menem-kirchnerismo multiplicó varias veces el volumen de su industria turística, y se llenó de emprendimientos boutique que cultivan y empaquetan arándanos, frambuesas y papel reciclado, para nombrar a los productos más finoli. Pato plantó cartelitos en madera tosca a lo largo de uno o dos kilómetros, más bien al comienzo de las Altas Cumbres: bondiola, salame, alfajores, van batiendo los carteles. Y cuando llegamos al puestito de Pato los chicos tenían hambre. Íbamos a ver los cóndores y la vertiente de la que surge el río Mina Clavero. La ruta de las Altas Cumbres no estaba asfaltada la anteúltima vez que estuve en el Valle: 1985. Sumo hizo sus primeros ensayos a un par de kilómetros de donde yo pasé las mejores vacaciones de mi infancia, pero eso lo supe mucho después.

El día anterior al anuncio de los falsos descuentos para la compra de heladeras y termotanques, Cristina visitó Córdoba después de un año, y fue la segunda presidenta en ejercicio en visitar Villa Dolores, allá en la otra punta, donde arranca el Valle. Me acabo de clavar medio termotanque en un hotel cuatro estrellas de Casilda, Santa Fe, donde escribo esto; igual hace dos meses que en mi casa no hay gas, así que por el momento nos bañamos con agua fría, y seguimos engrasando en Banchero. Hasta que llegue el invierno.

El muchacho después conocido como Pato tiene 69. Estaba sentado abajo de un seudo quincho que no tapaba ni un rayo de sol, tomando cerveza a las doce del mediodía. Tiene el aspecto de un viejo capitán: barba y pelo blanco, tonsura franciscana.

Entramos al bolichín (dos metros por cuatro donde cabían una cama, una cocina, un mostrador y una despensa) y mientras los chicos se tomaban su media hora para optar entre la cuantiosa oferta del local (básicamente, bondiola o crudo), hablamos con Pato y su mujer. Su segunda mujer, una chica bastante bonita que andará por la mitad de los cuarenta. Es la hija de un kiosquero de Olivos al que Pato le compraba cigarrillos.

Esta es la historia de Pato: primero jugó al rugby en el San Isidro Club, con la misma casaca que vistiera el fusilador fotogénico Ernesto Guevara. Pato estudió administración de empresas y trabajó en un banco. Pero por esa época también vagaba por Palermo con Moris y el Pajarito Zaguri, los prehistóricos del rock argento. Dos tipos que sin duda tienen motivos para estar cortándose las bolas todos los días desde hace cuarenta años: armaron el curro del rock de acá para que otros se hicieran millonarios. Para ellos, sólo la gloria vaga de las notas al pie. Y las versiones de sus temas por Andrés Calamaro.

Pato, entonces, parece, nunca trabajó en una carnicería: Pato trabajaba en un banco. La carnicería era un banco. Qué buena metáfora, loco; bah, qué bueno descubrirla cuarenta años después.

La canción con la que Moris inmortalizó al puestero de Traslasierra es una canción rara y violenta. Y por ahí dicen que es el mejor tema sobre la clase obrera de la historia del rock nacional. ¡Un tema dedicado a un rugbier! El rock nacional es un gran chiste. ¡El rock es un gran chiste!

Pato es una canción contra el pobre Pato, la canción que lo mandó a la concha de la lora y que lo hace dormir todas las noches de la temporada de verano en ese bulín al costado de la ruta, donde trata de calmar con damajuanas de vino el dolor en los huevos de los autos que pasan. Porque uno se va a la montaña a escuchar el concierto de los grillos y las estrellas, a dialogar con los pumas, a atravesar caminando las Sierras Altas como quien pasea por la calle Borges. Por eso para los venidos, los venidos al Valle, los turistas son un rompedero de huevos. Porque además de arruinarte la contemplación del lado oscuro de tu cabeza, son los que tienen la plata, y los que determinan qué es lo que vas a comer en el invierno.

Pato y su mujer tienen seis perros y una casa en Mina Clavero. Pero en temporada Pato duerme solo en el bolichín mínimo.

Tuvo dos hijos con otra mujer, y después quedó viudo. Hoy sus hijos tienen treinta y pico: uno es policía judicial en Córdoba Capital y la otra es hippie, escritora y vive en Misiones.

Y hay algo más: Pato también fue montonero.

Todo esto nos lo contó mientras los chicos comían, y mientras tenía lugar una escena increíble, repetida al milímetro: cada dos minutos exactos, turistas paraban su auto y se acercaban a preguntar dónde quedaba el Baño de los Dioses. El dueño del Baño de los Dioses, nos explicó Pato, es un negro que heredó esa tierra y no sabe ni escribir un cartel. Le tengo que cobrar a ese hijo de puta; le laburo gratis de información turística.

Ah, sí, Pato fue monto. No nos lo dijo así. No pronunció esa palabra. Dijo que había venido en el 78, te imaginás por qué. A guardarse al Valle. Ah, eras monto, le dijimos, ¿en qué columna estabas? No sé, yo era un soldado, dijo, un soldado raso: puede que Pato sea un mitómano, puede que ni siquiera sea el Pato de la canción. Pero lo que es seguro es que fue esa canción la que lo mandó a ese valle en la concha de la lora.

Es un tema teledirigido, que clausura a lo loco lindo cuestiones que seguimos discutiendo como tarados. Hace cuarenta años Moris dictaminó que el comunismo había fracasado, pero a veces volamos alrededor de ese dulce, o de sus dulceros. También ironizó sobre el artista, que no puede no ser un mantenido, es decir un cagador: mirá si te inmortalizan en un tema así, te meten un verso tras otro en segunda persona, y no te vas a ir a la concha de la lora.

Hace 15 años y un poco más conocí a Cris, la chica a la que Spinetta le dedicó Muchacha ojos de papel y el Blues de Cris. Entonces era una piba ya grande, de pelo corto, todavía hermosa. Era la prima de Sandra, mi primera novia. Un día Cris y su novio nos invitaron a cenar. Cuando el novio se fue al baño, Sandra le pidió a Cris que me contara su historia.

Ahora Pato está luchando para que le reconozcan su título de administración de empresas. En el 78 le allanaron la casa dos veces y se fue al Valle con lo puesto. Y ahora está peleando por eso. A los 69.
Cada tanto pasa alguno de ellos por su puesto, dice; el otro día pasó Unamuno.

Desde acá, por pedido de Pato, le mandamos saludos a Roberto Cirilo Perdía, que trabaja en una gomería.

De la banda que gobierna Pato se caga de risa.

Al negro Obama tampoco le tiene mucha fe; dice que si llegó hasta ahí es porque ya arregló.

A Villa Dolores, Cristina y el Flaco llevaron guita para terminar el camino de las Altas Cumbres (que la verdad está perfecto, debe ser la mejor ruta de la zona central del país, andá a saber esa guita adónde va, por qué mejor no hacen autopista el tramo que falta de la Rosario-Córdoba).

Pato dice que todos los días, cuando termina de trabajar, se sienta en una silla, toma vino de una damajuana y se pone a lustrar una bala.

El otro día se encontró con Pajarito en Mina Clavero; Pajarito puso en su momento el primer pub de Mina. Pero esta vez casi se cagan a piñas.

Todas las noches, Pato lustra una bala, y piensa en sus amigos.

Pero dice que nunca la va a usar.


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