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Raffo en la Cúpula del Trueno

4 02 2009 - 11:46

A ver, levante la mano el que sabe cómo califican las películas en el Ecuador. ¿Nadie? Así: Saw V, por ejemplo, fue calificada por la Comisión Calificadora Ecuatoriana como (atención): “Para mayores de 18 – Mala”. ¿Se entiende? El gobierno le dice a la gente qué películas son buenas y qué películas son malas. Deben creer que es un servicio. “No, mejor vamos a ver Revolutionary Road, que el gobierno le puso ‘buena”. No hay registro en Internet de objeción o protesta ante esta fusión demencial entre crítico y censor, así que vamos a suponerla tradicional y por lo tanto tan naturalizada como las chivas y las corridas de toros. Es otra cultura.

En México (es otra cultura) el niñotorero monstruo que ya mató sesenta novillos y cortó una cantidad indeterminada pero considerable de orejas de toro en sus pocos años de carrera, viene cosechando algunas, no muchas, protestas. Son todas de organizaciones de defensa de la infancia, no de los toros. 

Hasta la semana pasada, en Pakistán había un par de escuelas primarias que aceptaban mujeres entre los alumnos. Ahora no hay más, porque células Taliban las vuelan en pedazos, con nenes adentro. No aparece mucho en los diarios porque ya quemaron más de doscientas escuelas en los últimos dos años y uno se acostumbra a todo. Las nenas se quedan en casa. Es otra cultura.

En la India (o en casi toda la India) las chicas pueden ir a la escuela, siempre y cuando cumplan con los requisitos de casta y religión, y estén dispuestas a tolerar prácticas disciplinarias muy sofisticadas, como la de permanecer un buen rato agarrándose las orejas habiendo antes pasado los brazos por debajo de las piernas, una técnica conocida como Murga Banana. Probé hace un rato y no me sale, aunque hay que tener en cuenta que mis piernas son bastante cortas y que hace como un año que no hago yoga. Y además, los chicos son más flexibles. Y además, es otra cultura:

 “Les hago hacer Murga ante el resto de la clase. Si son nenas y tienen una pollera corta, el resto de la clase les ve la bombacha, y eso las humilla más. También los hago arrodillarse ante la clase. Les tiro de las orejas, les doy cachetadas y les pellizco la cara. También castigo a mis hijos e hijas en casa en público, frente a las niñas de la servidumbre y a sus amigos.”

Es una maestra la que dice eso, y no es una excepción. Los foros indios de discusión educativa —iguales a los de todas partes, con un layout multicolor, dibujos escolares y emoticones animados— están llenos de consejos parecidos (”standing Murga es mucho mejor porque duele más”). También es habitual que, en esos foros, todos los comentarios aparezcan denunciados como impropios, seguramente por un único usuario desesperado, leyendo compulsivamente a las tres de la mañana, sabiendo que lo que hace no tiene ningún sentido, pero incapaz de evitarlo. Bad Post Reported. Click click click. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser? Click click click. Bad Post Reported. Me lo imagino perfectamente, porque es lo que me pasa a mí todas las mañanas cuando leo los diarios.

El Bad Post Reported de hoy es de —cuándo no— Página/12, pero esta vez la culpa no es del diario sino de quien le da de comer: Carolina Silvestre, vicepresidenta del INCAA, fidelista militante, aparentemente convencida de que en Cuba hay democracia, y en Estados Unidos no. “¿Por qué hemos cambiado nosotros el significado de las palabras?” pregunta Silvestre. Es una buena pregunta, aplicable a todas las otras cosas que dice. Habría que ver el documental que está vendiendo Silvestre, en el cual se asegura (o, en los términos de Página, se “demuestra”) que en Cuba hay libertad de prensa, y que si bien no hay elecciones libres, “existe una democracia más participativa que en otros países que se autodenominan democráticos”. O, mejor, no habría que verlo. Pero algo habría que hacer.

Orwell: “We have now sunk to a depth at which the restatement of the obvious is the first duty of intelligent men.” Eso era antes, sin embargo. Hace muchos años, tantos que Orwell decía “men” cuando quería decir “people.” Las cosas mejoraron en algunos aspectos —decimos “people“— pero en otros las profundidades son ahora mucho mayores. Reafirmar lo obvio es lo que venimos haciendo desde hace años, y ya quedó ampliamente demostrado que no sirve para nada. Ya probamos hablar mal de ellos, discutirlo entre nosotros, mandarles cartas en privado y en público, mails también, llamarlos por teléfono, y no podemos reportar hasta ahora ni una instancia en la que hayamos podido siquiera reducir la velocidad con la que se ensancha la grieta que separa ya no concepciones ideológicas adversas sino cosmovisiones irreconciliables, dimensiones distintas, elfos vs. jugadores de básquet, comunistas vs. langostas, scientology vs. scrabble. ¿Qué otra cosa se puede hacer? ¿Bad Post Reported? No alcanza. Se nos tiene que ocurrir algo mejor.

1. A pesar de que [en Cuba] hay un partido único, ese partido no participa en las elecciones, con lo cual es realmente ridículo pretender mostrarle al mundo que en Cuba no hay elecciones.

2. La idea de que todos los pacientes en manicomios están sanos, mientras la gente que camina por la calle está loca es una pretensión literaria, difundida por gente que debería estar internada. En general, los sanos están afuera y los enfermos están adentro. Por ejemplo, usted está adentro porque alucina que a las personas sanas se las interna en los manicomios.

La primera cita es de Silvestre y la segunda es de otro funcionario stalinista en Every Good Boy Deserves Favour, la obra de Stoppard que vimos (y escuchamos) ayer después de años de imaginar cómo sería. Lo interesante y lo terrible no es tanto lo que ambas citas comparten —el tipo de silogismo absurdo y burlón que le gustaba a Lewis Carroll— sino lo que las diferencia: ¡La de Stoppard se entiende! Hay una lógica perversa en la mentira del médico burócrata, pero por lo menos cuida las formas. Lo de Silvestre no se puede creer. Es un anti-silogismo:

Todos los hombres son animales.
Todos los animales son mortales.
Todos los hombres son inmortales.

¡No, es al revés! ¡Al revés! Bad Post Reported!

Every Good Boy Deserves Favour es una obra que no se representa casi nunca, porque dura apenas una hora y exige la presencia de una orquesta sinfónica completa sobre el escenario, algo bastante caro incluso para los standards sobre-subvencionados del National Theatre. Sus protagonistas son dos pacientes que comparten la misma celda en un Instituto Psiquiátrico de la Unión Soviética circa 1960. Los dos se llaman Ivanov. Un Ivanov está sano pero es disidente; el otro Ivanov está loco y convencido de que tiene una orquesta. No sé cómo habrá sido hace treinta años (se intuye un pathos muy superior en la música extraordinaria de André Previn, a años luz de casi cualquier cosa que se pueda escuchar hoy en el teatro o en el cine), pero en su puesta 2009 la obra resulta algo distante, anacrónica, irrelevante. Pero no porque la Rusia de hoy sea tan distinta de la de ayer sino porque los distintos somos nosotros, y es cada vez más difícil entender la tozudez heroica del Ivanov sano, que prefiere destruir su vida y la de su familia antes que aceptar las condiciones de sus captores.

—¡Mentí, papá! —le pide el hijo a Ivanov— ¡Decí que estabas loco, que te curaron, agradecéles!

—¿Cómo puede estar bien eso?

—Si son malvados, ¿cómo puede estar mal?

—Los ayuda a seguir siendo malvados. Y ayuda a los demás a pensar que tal vez no son tan malos después de todo.

—¡No me importa! ¡Yo quiero que vuelvas a casa! —dice el nene.

Claro que tiene razón el nene. Y uno ya mintió tantas veces sin necesidad de que lo fueran a buscar a su casa, que el diálogo resuena como algo del pasado, levemente trágico — pasiones que ya no contemplamos como posibles en una batalla que se perdió hace mucho. Es otra cultura.

Pero no todo está perdido para el espectador argentino que extraña las buenas épocas de la identificación con los personajes, porque el otro Ivanov, el loco, ese sí que se parece a uno. “No hay orquesta,” dice. Y suena la orquesta. Ese es uno, sentado en su butaca del Olivier, incapaz de disfrutar del espectáculo y condenado a pasarse la hora y diez pensando si tienen razón los que dicen que el kirchnerismo es igual al stalinismo, o si tienen razón los que dicen que no. Uno no quiere pensar en eso, no le importa, le hincha terriblemente las pelotas. “No quiero orquesta” Y suena la orquesta. Yo no quiero trabajar todo el día, ir a buscar a la nena al colegio, organizar complejísimas maniobras de reciprocidad con madres y babysitters, correr a casa, ducharme, sacarme el barro de los zapatos, tomarme el tren a Londres y finalmente sentarme tranquilo en el teatro para terminar pasándome la escasa hora que dura la obra pensando en Quintín. No quiero. Juro que no quiero. Pero suena la orquesta. Es una compulsión. No se puede evitar.

Un párrafo para Quintín, ya que lo mencionamos: El tiempo dirá si Quintín era Ivanov uno o Ivanov dos en este esquema (si es un héroe, quiero decir, o si está loco) pero lo que ya es evidente es que con su prédica electrónica se está convirtiendo en el más notable —tal vez el único— artista de vanguardia en Argentina durante el kirchnerismo tardío. Como suele suceder con las vanguardias, el hecho artístico sucede bastante lejos del mainstream, a veces en blogs oficialistas estéticamente ofensivos —con animated gifs y banners de propaganda más anchos que las columnas en las que deberían entrar—, a veces en la sección de comentarios del blog del mismo Quintín y, sobre todo, en el hub Nac&Pop Artepolítica, un sitio que alberga todo tipo de silogismos silvestres. Desde hace unos meses, Quintín aparece ahí cada tanto para dejar comentarios imposibles, que las ovejitas carnívoras de la ortodoxia peronista no están, por supuesto, en condiciones de contestar, pero (también por supuesto) contestan igual, porque no hay tentación mayor en los naughties que un field de comment esperando ser llenado. No es un espectáculo agradable, pero tampoco lo son los videos de Paul McCarthy. En realidad, lo que hace Quintín se parece bastante a lo que hace Borat, con la diferencia de que Borat expone a sus objetos de estudio fingiendo confraternizar con ellos, mientras Quintín se ofrece a sí mismo —o a la variante electrónica de sí mismo— para una crucifixión que los demás invariablemente aceptan entusiasmados, y los expone de ese modo. El resultado es levemente pornográfico, pero creo que es arte y que será recordado como tal en el museo de la web del año 2020.

Volviendo del teatro en tren, a la noche tarde, resignado a pensar en todo esto, uno concluye que hay decenas de elementos para justificar la comparación entre kirchnerismo y stalinismo. Todos, si querés, salvo los más importantes. No matan a nadie, los votaron. Por esas dos últimas, es imposible tomarse la comparación en serio — una falta de respeto a las víctimas de entonces y a los debaters de ahora, que deberíamos tener la imaginación y la paciencia de construir definiciones o (por lo menos) analogías más modernas, que encajen mejor con la vida real de todos los días. Y se me ocurre una analogía, tentativa, que me parece diez veces mejor que la del stalinismo: la cúpula del trueno.

Mad Max III es la peor de las tres, porque actúa Tina Turner y porque George Miller estaba deprimido y la dejó por la mitad, pero la larga secuencia en la cúpula del trueno (que no era una cúpula sino un domo semiesférico) sigue siendo extraordinaria después de más de veinte años. “Two men enter, one man leaves.” La batalla cultural que, mal que me pese, parece estar recién empezando (aunque no para mí, que planeo retirarme más o menos joven) se parece, claro, a la cúpula del trueno, pero esa analogía es demasiado obvia y le debe tanto al boxeo como a las riñas de gallos o al circo romano. No me refiero a eso.

Desde hace un tiempo vengo preguntándome en qué consiste ganar esta batalla cultural para quienes, como nosotros, no tenemos invertido en ella más que muchos desayunos y la ilusión romántica de que las ideas se sostienen solas, conversan entre ellas y nos enseñan cosas. La pregunta no es “¿Cómo ganás?” sino “Qué es ganar?” ¿Qué pasa cuando ganás? ¿La ponés en un rincón a Carolina Silvestre a hacer Murga Banana? ¿Qué pasa el día en el que Mario de Palermo se queda sin sierra eléctrica y se tiene que enfrentar a la peor de todas las armas que hay colgadas en el techo del Thunderdome: las viejas notas que escribió en la revista Unidos denunciando la perversa democracia formal de Alfonsín y separando la paja del trigo entre violencia mala (la de los otros) y violencia buena (la que le gusta a él)? Yo sé lo que pasa. Pasa lo mismo que en Mad Max. La máscara de tu contrincante cae al piso revelando una cabecita de mogólico apoyada sobre el cuerpo musculoso, mientras la horda enfervorizada te pide que lo mates. Y si no lo matás no te lo perdonan nunca, y te empiezan a perseguir a vos.

Como casi todas las batallas, esta no se puede ganar. Lo que hay que hacer es evitar que suceda. No sé si estamos a tiempo. Espero que sí.

Habiéndome convencido de que lo del stalinismo es una grosería, y bastante contento con la analogía de la cúpula de trueno y con haber cumplido con un daily en estas semanas de sequía, me iba a poner a cocinar unos ricos agnolottis. Pero antes se me ocurrió volver a ver ese pedacito de Mad Max III, a ver si era efectivamente como yo lo recordaba. Y había una cosa más.

Cuando Mel Gibson se niega a matar al mogólico (bien por Mel Gibson) lo sentencian a La Rueda, una especie de ruleta que, en sintonía con el aspecto lúdico, kirchnermenemista de Bartertown, deja que sea el azar quien elige tu condena. Hay, por supuesto, muchos resultados posibles: Muerte, trabajos forzados, tire de nuevo, deje sus bienes, submundo, amputación, cadena perpetua.

La que le toca a Mel Gibson es una de las mejores:

“Gulag.”

Fuck!


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