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Casas, doble esclavo

10 02 2009 - 17:44

No suelo tener suerte a la hora de elegir una película para ver con mi mujer. O cuando le elijo un regalo. Siempre noto que, aunque se esfuerza por demostrar que le gusta mi gesto, lo que le regalé o propuse para ver no le interesa. Anoche le propuse ver El curioso caso de Benjamin Button. Creo que le erré otra vez. A mi mujer le gustan Godard, Claire Denis, la nouvelle vague y el cine de –para utilizar una palabra trillada– vanguardia. A mí me dan ganas de ir al cine cuando dan una película de James Bond o de Batman. El curioso caso de Benjamin Button es una historia singular: un hombre que nace viejo y muere bebé. BB es Brad Pitt. En un momento pensé que Di Caprio podría haber hecho este papel, pero después (hoy, a las once de la mañana) me di cuenta de que no. Di Caprio es un actor extraordinario. Suele ser ignorado a la hora de los bifes por la Academia de Hollywood porque nunca actúa de más, como, a veces, Daniel Day Lewis. Ese excedente, esa caricatura de sí mismo, es lo que hace que los críticos bajen el martillo sin duda y digan: ¡Este tipo es genial! Por el contrario, Di Caprio siempre está bien y su cara de nene –debido a su gran talento dramático– no tiene que modificarse para hacer papeles disímiles. Siempre es esa misma cara. Y sin embargo logra la ilusión de que, como quería Rimbaud, es otro. En cambio, el papel de Benjamin Button requería de una cara perfecta y estereotipada en el concepto universal de belleza, como la de Brad Pitt. Esto es debido a que la película remarca excesivamente el mensaje (¡¡Perdón, querida!!), ya que el director no quiere que queden dudas. Ahí está el símbolo del colibrí que aparece en escenas clave del film y cuya metáfora dejo para los que vean la película. La cara de Pitt cuando Benjamin Button logra su esplendor de juventud también es un símbolo de la película.

La historia está basada en una short story de Scott Fitzgerald. Con lo cual, lo primero que uno comprueba es que mientras al Gran Gatsby contar las peripecias de BB le llevó un par de páginas, a los guionistas de la película les costó más de dos horas y pico de escenas y escenas atravesando el siglo XX. Porque BB tiene algo de Forrest Gump. Es un freak y su vida transcurre impregnada de hechos capitales de su época. Lo cierto es que la película se vuelve, a veces, monótona, psicopatera y demasiado larga. Sin embargo, hay escenas que resultan perturbadoras. De hecho, salí angustiado del cine y a la noche soñé esto: el hermano de mi mujer, yo y mi mamá estábamos en un cuarto. Hoy, a las tres de la tarde, me di cuenta de que el cuarto era la pieza donde en la película vivían Benjamin Button y su mujer. Así que mi inconsciente tomó ese escenario para armar la escena. El hermano de mi mujer estaba dormido en una cama single. Yo estaba enfrente de mi mamá, creo que parado. Mi mamá llevaba un camisón blanco. Detrás de ella había una pared por la que se filtraba una gran cantidad de agua. Como si se le hubiera roto un caño a un vecino. Lo cierto es que el agua era torrentosa pero no nos daba terror o ansiedad, más bien nos generaba incomodidad. Mi mamá me decía: vamos a tener que hacer algo con esta agua. Yo me paraba. La abrazaba, apoyaba mi cabeza en sus hombros y sentía una paz extraordinaria. Creo que ahí me desperté. Mi mamá murió hace más de 20 años, y no suelo soñar con ella.

En un momento de la película, BB le dice a su mujer, quien está embarazada, que tiene miedo de terminar siendo un compañerito de juegos de su hija, en vez de un padre. “Vas a tener que criarnos a los dos”, le dice a su mujer ya que, como todos sabemos, él en vez de envejecer, se va volviendo niño. La mujer le dice que eso no le preocupa, que ella eligió vivir eso. Creo que esto les pasa a muchas parejas sin la ayuda de la ciencia ficción. Mi papá, de hecho, terminó siendo un poco el hijo de mi mamá. También es cierto que nadie se enamora profundamente de una mujer a la que no le vea en algún lugar una potencialidad de madre. Pero, ¿madre de uno o madre de su hijo? Estamos en un camino filoso. Mi mamá y mi papá, en la oscuridad de su pieza, se convirtieron en hermanos. Éste es un incesto muy común y permitido socialmente. En mi sueño, el hermano de mi mujer está dormido. Es decir, es una función y por ahora está dormida.

Esto es lo que es amenazante. Mi mamá, que también es mi mujer, me lo advierte: vamos a tener que hacer algo con esta agua. Lo que interpreto –ya que los sueños sólo sirven para ser interpretados– es que tengo un miedo atávico a perder a mis seres queridos, y que perderlos no significa perderlos sólo físicamente, sino perderlos en los roles en que suele estratificarlos nuestra cultura. Mi mujer/mamá, etc.

Éste no es un conocimiento sacado de una operación lógica, sino un silogismo intuitivo que Kant podría agarrar de los extremos y romper contra su rodilla: cuando dejamos de vivir en estado de peligro o de incertidumbre y nos volvemos accesibles, entramos en la muerte de lo mejor de nuestro ser. Ser accesibles significa gastar a nuestros seres queridos, vivir la cultura del zapping. Estoy con vos, pero en cuanto me aburro, le mando un mensajito de texto a otro. No podemos estar juntos sin hablarnos, no podemos confrontar nuestro aburrimiento. La posibilidad de aburrirnos es intolerable, ya que todos vivimos en una pantalla de televisión y ahí el tiempo es tirano. ¡Que no nos manden a la tanda!

El curioso caso de Benjamin Button discurre sobre cómo perdemos indefectiblemente a nuestros seres queridos y lo imposible y estúpido que significa aferrarse a las cosas, las cuales no duran nada. El Baruch de Spinoza trabajó sobre esto: el hombre que piensa en la muerte no es un hombre libre, ya que la muerte es algo que no se puede modificar, por lo tanto es inútil pensar en ella. Arthur Schopenhauer también pensó en esto: la única forma de detener el sufrimiento es negar la voluntad ciega, ir contra ella. Aunque Spinoza es un filósofo que busca la felicidad y Schopenhauer es un filósofo pesimista, la lectura de sus obras impactan de manera similar: son textos para ser felices. Recomiendo sus lecturas. Spinoza es más complejo debido a que su ética, de orden geométrico, puede ser más difícil de apresar sin conocimientos matemáticos. Gilles Deleuze ha dado sus clases sobre Spinoza y es iluminador de este maestro. Recomiendo la lectura de las clases de Gilles. Tomen esto como la receta de un buen guiso. Jorge Luis Borges decía que de tener que ir a una isla desierta, se llevaría sólo los dos tomos de la Historia de la Filosofía Occidental de Bertrand Russell. Recomiendo leer todo lo que sugiere Borges. En el segundo tomo de Russel, se analiza a Kant como engranaje central para la obra de Schopenhauer, los idealistas alemanes y Nietzsche. Kant buscaba imperativos categóricos, una moral para la eternidad. Yo pienso a menudo en la muerte y suelo tentarme con mi representación. Es decir, soy un esclavo. Cuando salí de ver la película, anoche, tenía miedo. Doble esclavo. Miedo de perder a mis seres queridos, miedo de perder mis facultades, de mearme encima, de quedarme solo. De desaparecer. Aleluya.


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