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Raffo también se calla (re la Preantena)

18 02 2009 - 22:05

Buen día. Perdón por la demora y bienvenidos al final del segundo acto, que termina mal así que pongámonos contentos, porque eso implica —casi seguramente— un final feliz. Salvo que se trate de una tragedia. Lo cual, pensándolo bien, no es tan improbable, ya que tenemos oráculo.

Si gana Menem me voy del país, dijeron tantos y se fue nadie, pero no fue una declaración sin consecuencias. Ahí se establecieron las bases para la Autocracia Monetaria de Emergencia que ya lleva veinte años y se profundiza cada día por debajo de la liturgia de la semana, las invocaciones patrióticas o republicanas y los enfrentamientos coyunturales pour la gallerie. Esta es la epopeya transformadora: congolización o muerte. Todos participan. El resto es ornamental.

Es fácil entender por qué esta perspectiva esencialista no tiene muy buena prensa. No importa. Al final del segundo acto uno ya está más allá del bien y del mal; no le importa demasiado lo que opinen los demás. Sabe lo que tiene que hacer. Y la Verdad con mayúscula, si había una, se impone no como denuncia o deber cívico sino como parte del relevamiento indispensable antes del último asalto, la última serie de acciones simbólicas.

Cambiaron tan poco las cosas en los últimos tres años que Hernanii me proponía, muy razonablemente, empezar a reciclar lo que habíamos escrito entonces, que sigue siendo igual de aplicable hoy. Publicar notas viejas en las que advertíamos lo que iba a pasar o comentábamos hace tres años lo que pasó hace dos meses. Correcto. Para qué repetirse. Que insistan las máquinas con el trabajo mecánico. Pero después de siete días de silencio, hacer sólo eso sería hacer trampa. Ahí están los archivos para quien quiera comprobar nuestro ratio de aciertos y errores. Y si la idea es demostrar que veíamos el futuro, hay otras maneras de hacerlo.

De entre todos los DVDs que se apilan en el altillo esperando su momento, uno me daba más miedo que todos los demás, más que Seven Pounds, más que La mujer sin cabeza. Lo vi hoy. La película se llama La Antena, se estrenó hace rato y yo debo haber sido su espectador número treinta y cinco, pero no nos adelantemos a concluir que el universo es justo, que por cada ejemplo a favor hay mil en contra. Cinco años antes, yo había recibido por mail un documento de Word de veinte páginas ilegibles describiendo (no narrando) elementos de La Antena, con la propuesta de convertirlas en algo parecido a una película, misión que acepté y completé con relativo éxito, salvo por el detalle de que el guión jamás llegó a su legítimo destinatario, que no me lo quería pagar. O por lo menos eso fue lo que pensábamos en ese momento. Ahora parece más probable que el dinero haya sido una excusa, de ambas partes.

La Antena fue, desde el principio, una película muda. No como homenaje o ejercicio estilístico; muda en serio, muda como reflejo honesto de la condición pre-verbal de su director, quien en ese sentido es bastante mejor que sus contemporáneos, porque es el único que la reconoce. La idea original ya contaba con todos los elementos para producir el engendro camp insoportable que terminó siendo, pero precisamente por eso el trabajo tenía su atractivo. Parecía imposible (siempre un aliciente) e imponía una serie de limitaciones que sólo podían ser compensadas de alguna manera novedosa, sobre todo para uno que está acostumbrado a usar el diálogo como método casi excluyente para llegar a la verdad, a alguna verdad, a algo.

Al diálogo lo vamos a dar por muerto esta tarde, porque ya está, ya intentamos. Entre nosotros, con los demás, contra los demás, a favor y en contra. El pingüino no se derrite. La conversación pública no pudo ser y, contra todos los pronósticos, también se redujo en los circuitos privados al comentario socarrón y al chiste pelotudo. “El último que se vaya del kirchnerismo que apague la luz, je, je”, respuesta acorde, y que a nadie se le ocurra preguntar what’s so fucking funny about peace, love and understanding porque la condición es asumir que uno conoce al otro más de lo que el otro se conoce a sí mismo, y que nada va a cambiar porque nadie cambia, y el Nuevo Hombre Nuevo cambia menos que nadie porque esa es la característica que lo define, ¿o no te das cuenta de que nunca vas a ser de ahí? Ese reclamo de Kirchner a su Chofer de las Tinieblas es más revelador que todos los discursos y todas las acciones de gobierno. No es fácil la vida para Michael Corleone, que siempre será de allá y nunca será de ahí. Mirá por donde íbamos a terminar hermanados con Rudy Ulloa. He’s a real nowhere man.

Cuando escribía esa versión prehistórica de La Antena, sabía que estaba condenada de antemano, que no había posibilidad de que pasara por la infinita serie de filtros del Sistema de Incomprensión Nacional, que —como ahora— no valía la pena el esfuerzo. Pero tenía tiempo, estaba bastante enfermo en Madrid (después me curé; no es contagioso) y la historia se escribió sola en dos meses, dictada desde otra era preexistente que a veces parecía el pasado, a veces el futuro, y ahora —con un poco más de perspectiva— se ve claramente que eran las dos cosas, porque las diferencias entre el pasado y el futuro iban a ser, ya dijimos, ornamentales. Ninguno de esos personajes me pertenecía, y el universo de las primeras treinta páginas (la película entera en su versión final y apenas el comienzo en la que escribía yo) me irritaba bastante, pero no más que la lectura de los diarios. No me gustan las alegorías, pero si nunca iba a escribir una espontáneamente, ¿por qué no aprovechar la oportunidad de aprender algo escribiendo una por encargo? Había un espacio ahí para rescatar el espíritu expresionista de las viejas historietas de Enrique Breccia, despojándolo —en un acto de venganza o justicia— de sus fantasías criminales y su énfasis falangista. Recién ahora me doy cuenta: Anti-Oesterheld. Esa era la idea.

Esa Pre-Antena, escrita en 2002, es el oráculo. Ahí está lo que había pasado y lo que iba a pasar, incluyendo TP y el kirchnerismo y unas cuantas cosas más, en el registro de un melodrama sci-fi para niños. Por eso lo vamos a publicar ahora acá. De a poco, en entregas, en sintonía con su estilo de folletín. Es un oráculo deficiente, claro, un primer draft. No lo revisamos (habrá seguramente errores de tipeo y problemas de estilo que se nos escaparán también esta vez). Le sobran unas veinte páginas, pero nadie es perfecto, y si no nos pagaron el draft menos nos van a pagar la reescritura de la versión paralela de una película que no vio nadie. El rescate arqueológico nos permite agregar también una introducción algo obtusa, que ayudará a recompensar la paciencia de quienes lean hasta el final.

Hay, por supuesto, un paper esperando ser escrito, acerca de la relación entre lo que podría haber sido y lo que fue, tanto en la ficción como en la vida. Pero Critical Studies no es lo nuestro, y además no nos da el estómago. Eso sí, a ver si le sacan el registro a Leo Sujatovich, porque un día ese tipo va a matar a alguien.


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