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La Preantena - 00 - Preámbulo

19 02 2009 - 11:40

CUIDADO.

¡No quite la tapa! No sé ni lo que estoy tomando y esta unidad no funciona. Tengo sed. Son las palabras. Y la cabeza, también – ahí el reemplazo es peor. Ni hablar. Tiene que ser peor, necesariamente, por una salida más ancha que los ojos.

Para prevenir una descarga más ancha que los ojos. Para prevenir una descarga eléctrica en la cara. ¿Ya lo dije eso? A ver. Cuánto puede durar. La lluvia, esta interferencia. Debería empezar por el principio. No tensar la idea en una decisión; intentar conectarla haciendo tierra.

Es el manual que leí recién. Se va a ir enseguida.

Hay que empezar por ahí. Todas las instrucciones están ahí. Dos veces. Pero que funciona mal, funciona mal. Debería decir la fecha. Pero por supuesto no me la acuerdo. Sé lo que me escucho decir: pienso en la tierra y no me la acuerdo. A ver. Cuánto hace que llegué acá. Las llaves. Bien. Tengo sed. Son las… no sé, tres de la tarde, cuatro. Lo que permite hablar todavía es esto, pero la dosis tampoco me la acuerdo, así que no sé ni lo que estoy tomando. Suena mucho peor de lo que es, igual. No duele. Pero no sé si se entiende lo que digo. Debería haber traído un intérprete. Difícil. Ay, espero que se entienda, porque no va a haber más intérpretes.

Evidentemente soy el último. Pero si me sale mal, y esto lo escuchan en treinta años no voy a ser el último sino el primero. Así que tendría que empezar como si fuera el primero, pero no me va a salir, porque si lo que se acaba antes son las palabras no lo voy a poder hacer, y si lo que se acaba antes soy yo, menos. No tengo idea de por qué se repiten. Las cosas. Debería decir la fecha. Pero por supuesto tampoco me acuerdo. Me acuerdo de ustedes. No mucho más. Y la cabeza, también. Insisto: suena mucho peor de lo que es. Si me están escuchando ahora (y si me están escuchando, es como si me estuvieran escuchando ahora)… Por otra parte no sé qué necesidad habría de dejarlo andando, esto. Por si lo escuchan, claro. Cuánto puede durar, de todos modos. Ya lo dije eso. No se pueden agotar – extinguir las palabras sólo con pronunciarlas. Aparentemente. Pero al revés tampoco. No hablar es peor. Tiene que ser peor, necesariamente, porque lo que está contaminado no somos nosotros. Son las palabras. Lo que está contaminado son las palabras. Al principio yo también pensé que había que evitar hablar, a toda costa. Para evitar el contagio. No, eso lo sé ahora. El origen fue evitar el contagio, estoy seguro, porque incluso al principio tiene que haber sido evidente que el contagio se producía a través de las palabras. Pero si uno se olvida del origen de una decisión — no de una decisión, de una ley – si uno se olvida del motivo por el cual hace las cosas – no es posible darse cuenta de que uno no sabe por qué hace algo, el reemplazo es automático: se rellena el vacío de la idea original con la certeza de que la idea original existe. Es todo lo que hace falta. No hay previsto un mecanismo por el cual uno pueda confirmar constantemente que sus actos obedecen a una intención específica. Las máquinas pueden, pero uno no. Cuando uno abre una puerta no se pregunta para qué la abre: tomó la decisión de abrir la puerta antes de abrirla. En la medida que la puerta conduzca a alguna parte, tanto la decisión como el acto quedan en el pasado, en el limbo. Son instrucciones cumplidas, ergo innecesarias. Al principio dejamos de hablar para evitar el contagio. Terminamos organizando la defensa de la enfermedad en base a una medida preventiva, que ya no servía para nada, porque si estamos todos infectados lo que hay que hacer es curarse y podemos sentarnos a esperar anticuerpos durante años que no van a llegar nunca, porque jamás vamos a generar anticuerpos para un virus que no existe. Nuncajamás.

El virus. No sé si es un virus, no sé qué es, porque no afecta a las personas: afecta a las palabras. Las palabras afectan a las personas. ¿Ya lo dije eso? ¿Cuántas palabras puede haber? Desconocemos por completo el proceso de contagio entre palabras. Lo que vemos sugiere que se contagian rápido – peor: que el contagio es instantáneo una vez que una palabra infectada entra en contacto con otras. O bien que el proceso de infección, que es entre palabras, no entre personas, tuvo lugar durante siglos y recién ahora empezó a afectar sistemas físicos. Lo dudo. Porque en ese caso no veriamos contagio. Veríamos casos aislados. No. Las palabras se contagian, unas a otras. Estamos todos perdidos. Hay que curarse. Para lo cual hay que descubrir cuál es la relación entre una palabra enferma y un cuerpo enfermo. ¿Por qué no lo escribo esto? Porque no tengo tiempo. Porque si lo escribo me voy a reinfectar (¿Reinfectar es una palabra?), me voy a reinfectar de cada palabra que escriba. Para sacarme de encima las palabras las tengo que decir (supongo, asumo, espero) y olvidarme de que existen. Cada vez que se repiten son otra palabra, necesariamente – la misma palabra usada con otro fin. O me muero antes o me las saco de encima. Por eso no los quiero nombrar a ustedes. Pienso en ustedes todo el tiempo. Pienso en ustedes mientras hablo – lo cual me permite, espero, hablar sin que mi propio entendimiento de lo que me escucho decir me siga enfermando.

Pero está la amnesia. Eso funciona, no es parte de la enfermedad, es un síntoma. No sé si lo había pensado antes o si me estoy dando cuenta ahora: la amnesia es un síntoma. Es una defensa física, elemental, contra palabras que te hacen mal. Física elemental. El problema de la amnesia es que funciona mal, porque no nos estamos olvidando de las palabras sino de las cosas. Por lo cual, en realidad, quedamos más expuestos, a merced de palabras enfermas sin saber qué nombran. Ahí es donde entramos en la etapa en la cual ya hablar no se puede. Yo ya estaría ahí si no fuera por esto que estoy tomando, que no sé qué hace, por eso me apuro. No estoy loco. O sí, pero definido por el contexto, así que no me preocupa. Sí me preocupa. ¿Se entiende?


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