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Robert Lo va a Dallas y vuelve

4 03 2009 - 11:05

El día de la asunción me levanté temprano. Nunca me levanto temprano. Ni había planeado escuchar a Obama, fue una reacción completamente involuntaria. Siete de la mañana. Intenté seguir durmiendo, infructuosamente, durante un buen rato. Después me vestí, agarré el auto y terminé resignándome a un breakfast meal de McDonald’s, lo único que encontré abierto. Las calles de Los Angeles estaban desiertas. Peatones no hay nunca, pero tampoco había autos, ni en la calle ni haciendo cola en el drive-through. Todo el mundo estaba en su casa mirando la tele. Volví a casa justo cuando empezaba la ceremonia.

En casa no tengo ni cable ni antena, así que desayuné buscando en Internet algún feed tamaño estampilla que retransmitiera el evento. Por el único que se veía más o menos bien había que pagar el altísimo precio de escuchar a los comentaristas más irritantes de la historia. Le bajé el volumen a la computadora y sintonicé National Public Radio en mi reloj despertador. Vi toda la ceremonia fuera de sincro. Y se veía pésimo, apenas podía discernir la inmensidad de la multitud, toda esa gente sonriendo y llorando. Pero todo eso contribuía paradójiamente a la sensación de estar viendo la Historia mientras sucede — de nuevo era inevitable comparar la escena con el 9/11, porque uno no se olvida más de cómo se sintió ese día, y esta vez sentía algo muy parecido.

Los discursos me aburren y el de Obama no fue una excepción, pero sobre todo porque no parecía que las palabras fueran relevantes o hicieran falta. Todos estábamos más emocionados por el evento en sí, por el hecho de que estuviera ocurriendo. Pero en el medio del discurso, sin prestarle atención, escuché una línea en la que Obama hablaba de los “risk takers, the doers, the makers of things” y por primera vez sentí que alguien dando un discurso me hablaba a mí, que yo tenía algún grado mínimo de responsabilidad en la dirección de las cosas. Nunca en la vida me había pasado eso, y no puedo explicar por qué.

Después de la ceremonia, a la tarde, parecía que Los Angeles había vuelto a tener un equipo de fútbol, y que habíamos ganado el Suberbowl. Por lo menos yo no veía algo así desde mi infancia en Texas, cuando ganaban los Dallas Cowboys. Todo el mundo se había puesto su remera de Obama, like they were going out of fashion, que era exactamente lo que estaba sucediendo, a toda velocidad. Esa fue la reacción inicial.

Pero lo que pasó después no fue menos importante. Durante las últimas semanas, lo que venimos sintiendo es alivio. Es difícil explicar lo que es ver al presidente hablando por televisión y no poder creer, pese a la evidencia, que se trata de un ser humano adulto, comportándose de una manera competente. Ya no nos acordábamos de lo que era eso. A la gente le cuesta acostumbrarse. Nos pasamos la última década apretando los dientes y entrecerrando los ojos cada vez que Bush aparecía en público, y ver ahora a Obama actuando de una manera razonablemente presidencial es aromaterapia. Para todo el mundo, no sólo para mí. Nunca se me habría imaginado que iba a escuchar al dueño de mi estudio de yoga hablando de cómo se enamoró de Obama al verlo bailar con su mujer después de la ceremonia inagugural. Las preguntas más mundanas y prosaicas, cosas que ninguna de las chicas de yoga había preguntado nunca en público —y menos todavía en relación al presidente— parecen ser de pronto temas fascinantes de conversación. La gente quiere saber cómo va a hacer Obama para mudar sus muebles a la Casa Blanca, qué perro le tienen que comprar a las hijas. Si no será mucho, el stress y las exigencias, si estará feliz en el cargo.

Lo cual es bizarro, si te ponés a pensar un segundo. No recuerdo una instancia en la cual alguien haya manifestado preocupación acerca de si el presidente disfruta o no de su trabajo. La actitud que vi toda mi vida fue la de insistir en que el presidente hiciera su trabajo, lo mejor posible. “Le estamos pagando el sueldo.” Pero ahora no es más así, y mi punto es el siguiente: la gente ve a Obama como una persona. Es la primera vez en mi vida que pasa eso. Un ser humano normal, marido real, padre real, a quien le toca el trabajo más difícil del planeta. Los Angelinos sueñan con sentarse a tomar un latte con él. Es ese nivel de identificación lo que hace que no suene ridículo sino, más bien, como lo más normal del mundo, que ahora todos hablemos así del presidente.

En California.

En Texas, donde vive mi familia, la situación es muy distinta.

Mi mamá está muy preocupada por la idea de que la presidencia de Obama sea secuela directa de la de Carter, una época durante la cual la tradición familiar cuenta que hacíamos cola durante una hora para cargar nafta. Fui de visita hace poco y el humor general en Dallas no podría ser más sombrío. En principio, calcomanías de Obama no hay. Ni hablar de remeras. Pero tampoco hay manifestaciones gráficas o de ningún otro tipo en contra de Obama. Ni siquiera una calcomanía residual de McCain en el paragolpes trasero de un auto. Es como si en Texas se hubieran puesto de acuerdo para actuar como si las elecciones nunca hubieran tenido lugar, un pacto tácito para sufrir en silencio durante los próximos cuatro años. En toda la semana que pasé en Dallas no me encontré ni con una sola referencia al cambio en el clima político.

Volviendo a Los Angeles, sentado en el lounge del aeropuerto de Dallas, esperando para embarcar, vi aparecer a Obama en la tele, hablando del paquete de estímulos para la economía. Una señora mayor, afroamericana, empezó a elogiarlo en voz alta. Como la miraba, vino a sentarse a mi lado y empezó a darme charla. Una conversación que jamás habría tenido lugar si en la tele hubiera estado Bush. Y en ese momento entraron dos tipos al lounge. Blancos, con jeans y botas tejanas. Te apuesto lo que quieras que votaron a Bush las dos veces. En cuanto vieron que Obama estaba en la tele, dieron media vuelta y se sentaron en el último asiento del último rincón, lo más lejos posible del aparato. Me habría encantado saber qué se decían entre ellos, pero no me animé a acercarme.

Algo quiere decir, esto: los cuatro ahí, en el lounge del aeropuerto. La señora negra y el asiático pegados a la tele, comentando las medidas de Obama, y los dos tejanos blancos, lejos, en el rincón, fingiendo indiferencia. Viendo esa escena como en una especie de rapto extra-corporal, me vi a mí también haciendo lo que todos los fans de Obama hacían en Los Angeles. El momento ese, en el cual lo ves al tipo y realmente querés que le vaya bien, que le salgan las cosas, que nos salgan bien a todos.

Me llamó la atención que Obama firmara el stimulus bill con la mano izquierda. Antes de que pudiera decir nada, la señora ya estaba asintiendo, con una sonrisa. “Sí, sí, es zurdo.”


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