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La Preantena - 02

5 03 2009 - 10:04

(Previously…)
(Nota: el diálogo en rojo es mudo, con intertítulos.)

EXT. CIELONOCHE El Hombre Globo entre los copos de nieve, surcando un espacio abstracto e indeterminado. Hace horas que flota sin rumbo. Mira hacia todos lados, buscando algo que le permita al menos orientarse. No se ve nada, sólo la soga que flamea hacia abajo desapareciendo en la oscuridad. El Hombre Globo intenta alcanzar los tubos de gas en su espalda, pero no puede. Suspira, frustrado. De pronto, su expresión cambia. Mira hacia abajo otra vez. Se golpea la cara (no muy bien, con ese traje; apenas puede tocársela con la punta de los dedos) y flexiona las piernas hacia atrás en el aire. POV del HOMBRE GLOBO: Un TAPON, saliendo del traje a la altura del talón. El Hombre Globo se estira hacia atrás, tratando de agarrarse el pie derecho. No llega. Trata un par de veces más. Es imposible. El traje no es lo suficientemente flexible. En un gesto de impotencia y hartazgo, el Hombre Globo se patea un pie con el otro, como alguien que intenta sacarse un zapato. El tapón se suelta. El Hombre Globo tarda un segundo en darse cuenta de que ha comenzado a descender, muy rápido. Demasiado rápido. EXT. DUNAS NEVADASNOCHE Un páramo nevado en medio de la nada. La rejilla metálica aterriza estruendosamente sobre una gruesa capa de nieve, dejando un hueco dentro del cual cae, más levemente, la soga que sostenía al Hombre Globo. El Hombre Globo viene detrás, cayendo a gran velocidad. Sigue tratando de alcanzar su talón, desesperado, esta vez para taparlo antes de perder toda presión y estrellarse contra el suelo. Habiéndose desinflado casi por completo, logra alcanzar el tapón pocos metros antes de tocar el suelo. No es lo suficiente para evitar la caída, pero sí para salvarlo: cae ese último tramo mucho más lentamente, dando tumbos sobre la nieve. Una vez en el suelo, tarda un momento en deshacerse del traje, que desinflado es como una enorme carpa de plástico. Por primera vez vemos al Hombre Globo fuera de su traje: es bastante más flaco de lo que habríamos supuesto. Está descalzo y en camiseta. Mira hacia todas partes en una actitud que ya reconocemos como característica, escrutando el terreno: Un páramo nevado en medio de la nada. INT. LOCAL DE REPARACIONES DE TV – NOCHE Dupont camina en círculos por su taller, demorando el momento en que deberá embalar sus máquinas — cerca de la puerta, podemos ver una pila de cajas de cartón con el logo del canal. Se sienta en un banquito en el medio de la habitación, llevándose las manos a la cara. Algo le molesta en el bolsllo trasero de su pantalón. Se para de nuevo y extrae el fajo de billetes que le diera el Hombre Ratón. Hace correr los billetes como si fueran un librito animado y observa cómo se mueven los números 6 y 9 (los billetes, de esas dos únicas denominaciones, llevan también el logo del canal). Dupont se saca su gorro, descubriendo una calva incipiente de la cual emergen como flechas los pocos pelos que le quedan. Con repentina determinación, atraviesa el cuarto hacia el videoteléfono que vimos antes. Lo descuelga, elevando con ambas manos la pequeña cámara hasta su cara. Después de un segundo de duda, separa bruscamente las manos, arrancando limpiamente la cámara del resto del aparato. INT. CASA DE TOMÁS – NOCHE Isadora y Tomás sentados a la mesa. Apenas termina de tragar el último pedazo de la anteúltima porción de pizza (que se ha comido casi entera él solo), Tomás hace ademán de levantarse, diciendo: TOMAS “¿Puedo?” Tomás se sorprende al ver a Isadora negar con la cabeza. Ella se estira hacia su cartera, en el extremo de la mesa, y haciendo una pausa teatral extrae la vieja partitura. Tomás sonríe fascinado, se la arrebata y corre hacia la habitación contigua. Lo seguimos, entrando en… INT. CASA DE TOMASSALA DE MUSICACONTINUO Un gran cuarto acústicamente aislado, separado del resto de la casa por una gruesa puerta con varias trabas. Hay un gran piano en el medio de la habitación. Dispuestos contra las paredes, rodeándolo, hay también todo tipo de instrumentos mecánicos antiguos: una pianola, una victrola Víctor, algunos pocos más recientes. Tomás se sienta en el piso, al lado del piano, estudiando la partitura con atención. Isadora se apoya en el marco de la puerta antes de entrar. Toma un sorbo de la taza de té que trae en la mano y está avanzando hacia el piano cuando su expresión satisfecha se transforma en una de preocupación. Tomás le ofrece la partitura. Ella pasa de largo y se sienta al revés en la banqueta, mirando a Tomás. ISADORA “¿Estuviste cantando solo?” Tomás niega con la cabeza. Ella le señala con la mirada lo que lo delata: Sobre el piano, un vaso vacío y un paquete de galletitas. Tomás mira para otro lado. ISADORA (cont’d) “¿Cuántas veces hablamos de esto, Tomás?” Tomás no responde. Ella se sienta en el piso, enfrentándolo, y le toma la cara con suavidad. ISADORA (cont’d) “¿Qué hay que hacer si nos dan ganas de cantar solos?” TOMAS (sin mirarla) “Leer algo y esperar a que se nos pase.” ISADORA “¿Y entonces…?” Tomás se encoge de hombros. ISADORA (cont’d) (asegurándose) “¿Cantaste, nada más…? Tomás asiente. ISADORA (cont’d) “¿Cerraste bien la puerta, al menos?” Tomás asiente de nuevo. Ella le da un beso, acomoda la partitura sobre el piano y lo invita con un gesto a sentarse a su lado. Isadora empieza a tocar el piano. Indaga con timidez los primeros acordes, pero a los pocos segundos nos damos cuenta de que el universo musical que comparten madre e hijo es extraordinario. Ella toca con una intensidad increíble; la torpeza técnica de él es irrelevante ante la espontaneidad y el oído que demuestra. Cuando se les acaba la partitura, que es muy corta, siguen tocando, improvisando. Isadora transforma sin esfuerzo los últimos acordes de ragtime en un preludio de Chopin. Tomás le sigue la corriente durante unos segundos pero enseguida empieza a tocar otra cosa: algo que la madre reconoce de inmediato. Isadora mira a Tomás, con una expresión que sugiere: “¿Otra vez querés tocar lo mismo?” Tomás asiente. ISADORA Y TOMÁS (cantan) Cuando estás conmigo se esfuman las tristezas (están presas en mi pieza) Cantan y siguen tocando a cuatro manos. TOMAS (canta) Cuando estás conmigo por todos los confites me cantan…¿confites? Los dos se ríen. Es la primera vez que vemos a alguien feliz y genuinamente interesado en algo desde que empezó la película. Esto es lo que hacen todas las noches. INT. LOCAL DE REPARACION DE TV – NOCHE Es muy tarde. El estado del taller es aun más caótico, pese a que gran parte de las máquinas han desaparecido. Todas las cajas con el logo del canal están apiladas, llenas y cerradas, menos una. Dupont está nuevamente sentado en el banquito, pero esta vez con un improvisado control remoto en la mano y un televisor enfrente. Mueve el joystick del control remoto, modificando el encuadre en el televisor — la cámara que le vimos arrancar del videoteléfono se ha transformado en un periscopio oculto a control remoto. Dupont se encuadra a sí mismo. Habla en dirección a la cámara. DUPONT “Hola.” La cámara reproduce la imagen de Dupont correctamente, pero él emite un chasquido de frustración: no es lo que estaba esperando. Se acerca a la máquina en la que está oculta la cámara y cambia el orden de conección de algunos cables. Vuelve a sentarse en el banquito. DUPONT (cont’d) (en monitor de TV) “Hola.” Al verla funcionar correctamente, entendemos enseguida el objeto de la máquina. Con un instante de retraso, vemos la palabra “Hola” aparecer, subtitulada, en el monitor. Dupont sonríe y después alza las manos en una obvia imitación del Hombre Ratón. En menos de un segundo la frase aparece, completamente legible, en el monitor. DUPONT (cont’d) (subtitulado, en monitor de TV) Mañana pasamos a buscar las cosas… En menos de un segundo la frase aparece, completamente legible, en el monitor. Dupont suspira, satisfecho. EXT. DUNAS NEVADASNOCHE El Hombre Globo helándose bajo la nieve. La soga está ahora enrollada por completo sobre el traje abollado. El Hombre Globo acerca su mano a la soga y frota una y otra vez la piedra de un encendedor, que no enciende. El Hombre Globo revuelve entre el traje desinflado y extrae una pistola de bengalas, con la expresión de quien acaba de acordarse que está ahí. Sonríe. Dispara la bengala hacia el cielo. La bengala estalla a un metro y medio del piso, en una llamarada fatua que es consumida instantáneamente por la nieve. El Hombre Globo mira la pistola de bengalas, luego el encendedor, luego otra vez la pistola de bengalas. Tira la pistola, resignado, y vuelve a insistir con el encendedor, infructuosamente. EXT. DUNAS NEVADASAMANECER El Hombre Globo, prácticamente congelado, da saltitos sobre la nieve tratando de no desvanecerse. Está en lo más alto de la duna, y no parece haber nada en kilómetros a la redonda. Oscuridad absoluta. Hay mucho más viento ahora; la nieve cae casi horizontal. Todavía está muy oscuro, pero la primera luz del día nos permite distinguir apenas el horizonte del cielo. El Hombre Globo se tambalea con dificultad hacia el único refugio posible: una formación rocosa totalmente cubierta de nieve, unos metros más abajo. Una vez a salvo del viento, vuelve a intentar con su encendedor, esta vez con éxito. El Hombre globo trata ridículamente de calentarse con el encendedor. Unas gotas de agua helada caen sobre su cara al derretirse con el mínimo calor generado por él mismo y su encendedor. Estremecido y tiritando, sacude las capas de nieve fuera de la roca y se acurruca de nuevo con su encendedor. Comienza a alternar una mano sosteniendo el encendedor y la otra encima de la llama minúscula. Mientras está haciendo esto, algo en su visión periférica le hace girar lentamente la cabeza hacia la roca. No es una roca. Un marco de madera y dos bisagras oxidadas asoman claramente por debajo de la nieve. EXT. CALLES DE LA CIUDADDIA Ya no nieva. Dupont está sentado en el zaguán de una casa cuadrada y baja igual a todas las que pueblan una callecita estrecha y tranquila. Tiene una taza de café en una mano y una tarjeta de papel en la otra. Es evidente que no ha dormido en toda la noche. POV de Dupont: la tarjeta, en la que se ve un nombre y una dirección junto a un dibujo del Hombre Globo. Dupont coteja la dirección en la tarjeta con la de la puerta que tiene enfrente. Toma un trago más de café y tira el resto, después de lo cual se cuelga la taza junto a las otras herramientas que penden de su cinturón y camina con decisión forzada hacia la puerta. El café derramado se hunde en la nieve, formando un pequeño cráter oscuro. INT. CASA DE ANADIA En un televisor: Imágenes del hombre en la luna. No son una noticia, ni parte de un documental ni remiten a nada — son emitidas al azar, interrumpidas por toscos carteles; al ya conocido “Sume Puntos y Vuele” se suman otros más específicos, i.e. “Al frío se lo combate con ROPA”. La transmisión es muda, o el volumen está bajo. ANA (12), una chica en pijamas con auriculares enormes salta — rebota suavemente, más bien — sobre su cama. Mueve los labios en un playback mudo sobre lo que está escuchando en los auriculares. Tanto los muebles como lo que se ve por la ventana nos confirman que estamos en una modesta casa de clase media. El viejo grabador (mono) que hay sobre la mesa de luz nos debería impresionar como el extremo opuesto de la artillería sonora en la casa de Tomás. Apenas una decena de otros cassettes se apilan a su lado. La notable sincronía entre el SONIDO rítmico de los resortes del colchón y lo poco que logramos escuchar a través de los auriculares (una canción tranquila, con ritmo de calypso) se rompe cuando alguien GOLPEA la puerta. Aunque los escucha de entrada, Ana ignora los golpes un par de veces. Después, resignada, se saca los auriculares y abre la puerta de su dormitorio, que estaba cerrada con llave. Entra VERA (43), su madre; una mujer firme pero cansada, también en pijamas. VERA “¿Qué es esto de encerrarse, ahora?” Ana la ignora y vuelve a su cama. Está por ponerse los auriculares de nuevo cuando ambas escuchan el TIMBRE que vuelve a sonar. Vera señala hacia la puerta de calle, como diciendo “¿Y? ¿No vas a atender?”. Ana le devuelve el gesto, indicándole que lo haga ella. VERA (cont’d) “Estoy en pijama.” Ana sonríe con sarcasmo, indicando sus propios pijamas. VERA (cont’d) “No es lo mismo.” Ana obedece de mala gana. Atraviesa el estrecho living comedor en dos pasos y se pone en puntas de pies para observar a través de la mirilla de la puerta. POV de ANA, a través de la mirilla: Dupont en versión ojo de-pez parece aun más excéntrico. Ana no abre, por las dudas. Se vuelve hacia su madre con una mueca que expresa mitad asco y mitad suspicacia. Vera, que se ha procurado un salto de cama, va hasta la puerta bufando y la abre. Dupont, refregándose las manos por el frío, abre la boca unos segundos antes de empezar a hablar. DUPONT “La… la señora…” Dupont, odiándose a sí mismo, recurre otra vez a la tarjeta ante la evidencia de que no puede recordar el apellido del Hombre Globo. DUPONT (cont’d) (leyendo subrepticiamente) “¿La señora Berv—” VERA (lo interrumpe) “Es por mi marido, ¿no?” Ana, que estaba volviendo a su dormitorio se da vuelta como si hubiera oído. ANA “¿Papá?” Dupont suspira, algo aliviado, y asiente con gravedad. VERA “¿Qué hizo esta vez?” La incomodidad de Dupont se multiplica al comprobar que debe darles la noticia. INT. CASA DE TOMASDIA Isadora termina de arreglarse frente a la pared espejada del baño. Es un ambiente austero pero enorme y, una vez más, extremadamente cuidado — no parece el baño de una casa en la que vivan niños. Antes de salir, Isadora enciende un cigarrillo y se apoya sobre la bañera, observando detenidamente su apariencia en el espejo. Da no más de dos pitadas al cigarrillo y lo arroja al inodoro al mismo tiempo que tira de la cadena. INT. CASA DE TOMASCONTINUO Isadora se desliza silenciosamente por los pasillos llevando un desayuno humeante en una bandeja. Lleva puesto un largo abrigo blanco y su cartera; está lista para salir. Su entrada en el dormitorio de Tomás, delicada y teatral, contrasta con la imagen de su hijo ya despierto, sentado en el medio de la cama. Está leyendo un libro mientras come la porción de pizza sobrante de la noche anterior. Isadora suspira. Tomás se encoge de hombros. Isadora deja la bandeja en el piso y se sienta en la cama al lado de Tomás. ISADORA (cont’d) “¿Dormiste algo?” Tomás se encoge de hombros otra vez. Isadora lo besa y le revuelve la cabellera. ISADORA (cont’d) “Bueno, a apurarse que es tarde.” Tomás no se mueve. Isadora sale de la habitación. A los pocos segundos de silencio, vuelve a asomarse por la puerta, comprobando que Tomás sigue leyendo en la cama. Tomás alza la vista. TOMAS “Hoy no voy. Dupont no puede.” INT. CASA DE TOMASDIA Un momento después, en el hall de entrada. Isadora se inclina hacia el carrito que usualmente transporta a Tomás hacia la casa de Dupont. Tomás está parado a su lado, vestido pero todavía descalzo y con los pelos parados. TOMAS “Dijo que no podía.” ISADORA “Sí puede. Yo tengo que hacer.” Tomás da un mordisco a la combinación pizza/tostada-con dulce que tiene en la mano y se pone los zapatos sin mirar, como chancletas. Todo al mismo tiempo y sin el menor esfuerzo. Isadora se arrodilla y abre los brazos. Tomás la abraza rutinariamente pero con cariño y se sube al carrito, que se pone en marcha instantáneamente en cuanto él se sienta. Isadora abre la puerta de calle y se queda viéndolo alejarse un segundo antes de salir ella también. INT. CASA DE ANADIA Vera está sentada en la cocina, con los codos sobre la mesa y la cara entre las manos. Podría estar llorando. Dupont está parado a una cierta distancia, una vez más deseando estar en cualquier otra parte. Ana también está sentada a la mesa, mirando alternativamente a su madre y a Dupont. Nadie habla. Detrás de ellos, agua hierve en una pava desde hace rato. Después de unos segundos, Ana dice lo que está pensando. ANA “¿Y no lo pueden buscar?” DUPONT “Por supuesto. En cuanto baje la nieve” VERA “¿En tres meses? ¡Si no sabe atarse los zapatos! ¡Cómo va a sobrevi—” Vera se interrumpe ante la mirada de Dupont (re: Ana). Dupont se le acerca. Amaga ponerle una mano sobre el hombro, pero se arrepiente. DUPONT “Por favor no se ofenda. Yo sé que nada es compensación suficiente…” Dupont, casi temblando, saca de un bolsillo el fajo de billetes que le diera el hombre ratón, intacto. Vera mira el dinero. ANA “¿Plata? ¡No! Si nos da plata no vuelve.” Dupont, con los billetes en la mano, se sienta muy lentamente en la tercera silla, al lado de Ana. Después de una pausa, con total sinceridad: DUPONT (a Ana) “No depende de mí que vuelva”. ANA “Claro. Por eso nos da plata.” Dupont apoya el dinero sobre la mesa. Ana parece considerar el ofrecimiento un segundo. Después se para de golpe. ANA (cont’d) (a Dupont) “Pero sí depende. De usted. (señala la puerta) Vaya a buscarlo.” VERA “Ana!” Ana comienza a caminar hacia su dormitorio, da media vuelta, vuelve a la mesa. ANA (a Dupont) “No quiero la plata. Quiero a mi papá. (pausa, a Vera) ¿No es cierto, Mamá? Que no queremos la plata…” Vera no le responde. Después de unos segundos baja la vista. INT. EDIFICIO BAJO LA NIEVEDIA Oscuridad, excepto por unos tenues haces de luz que descubren primero el contorno y después la mínima abertura por la cual el Hombre Globo trata de entrar para refugiarse de la nieve. Le es muy difícil abrir la puerta, que está atascada por basura que ha ido filtrándose por debajo durante años. No parece haber ventanas, o tal vez estén tapadas por la nieve. El Hombre Globo se escurre como puede y entra, dejando la puerta entornada para iluminar el ambiente. A su derecha, casi tapada por cables, muebles destrozados y papeles, hay una escalera de caracol conduciendo hacia la oscuridad absoluta. A su izquierda, un pasillo no mucho más iluminado. El Hombre Globo prende su encendedor. Comienza a adentrarse en el pasillo. Estornuda. El ECO deforme de su estornudo tarda en llegar desde el otro extremo del pasillo; es muy largo. Avanzamos con él. Hay pequeños cuadros en las paredes del pasillo, todos presentando un objeto circular en el medio, apenas distinguibles bajo la gruesa capa de polvo. Después de unos metros de cuadros iguales, el Hombre Globo empieza a fijarse en ellos; son discos, long-plays de metal. Sin detenerse, el Hombre Globo intenta leer los carteles debajo de cada cuadro cuando nota que ya no hay más cuadros, ni pared. Ha llegado al final del pasillo. El suelo cruje. El Hombre Globo extiende su encendedor hacia la oscuridad que lo rodea. Entrecierra los ojos tratando de identificar los contenidos del cuarto: las estanterías que revestían las cuatro paredes están completamente destruídas, y sus contenidos forman montañas de basura en el piso. Pilas ordenadas, hechas por alguien. El Hombre Globo estornuda, apagando involuntariamente el encendedor. Escuchamos el ECO del estornudo otra vez. El Hombre Globo vuelve a prender el encendedor. Escuchamos el ECO del estornudo otra vez. El Hombre Globo tarda unos segundos en notar que la suma de ecos excede la de estornudos. Gira la cabeza. Una CRIATURA monstruosa está observándolo, a pocos centímetros de su cara. La criatura abre la boca, imitando una vez más los estornudos del Hombre Globo. Apenas la vemos mostrar los dientes: el Hombre Globo corre sobre sus pasos, aterrorizado. La criatura lo sigue por el pasillo a toda velocidad. No hay forma de adivinar sus intenciones, pero la reacción del Hombre Globo no parece descabellada: es un cuadrúpedo indistinguible, con una boca enorme. El Hombre Globo se lanza hacia abajo por la escalera de caracol. Tropieza. Se agarra instintivamente de lo primero que encuentra — una vieja llave térmica en la pared. Una, dos, ocho luces se encienden a lo largo del pasillo. La Criatura huye, asustada de la luz. El Hombre Globo recobra el aliento, apoyado sobre la baranda de la escalera. Bajo la puerta de entrada, un par de cables mordidos echan chispas en contacto con la nieve. Todas las luces se apagan, sumiéndonos de nuevo en la oscuridad. Silencio. Después, el SONIDO creciente de la Criatura acercándose al galope por el pasillo. El Hombre Globo corre hasta los cables, tironeando para desenchufarlos a tiempo. Lo logra al tercer intento. El Hombre Globo salta desesperado hacia la llave de luz y la enciende. OIMOS a la criatura alejarse de nuevo. El Hombre Globo se queda unos segundos agarrado de la llave hasta comprobar que las luces siguen encendidas. Después, comienza a bajar cautelosamente por la escalera. INT. EDIFICIO BAJO LA NIEVEDIA La escalera conduce a una antesala en la planta baja. Sillas, ceniceros, un par de mesas. Un escritorio con varios teléfonos y lo que parece una máquina de escribir pero es en realidad una máquina teletipo, el antepásado del télex — hay cinta perforada enrollada por todo el piso. Hay un gran rectángulo de vidrio en una de las paredes. La suciedad de años hace que el vidrio sea completamente opaco. El Hombre Globo pasa la mano por el vidrio, espiando hacia el otro cuarto: es un estudio de radio, circa 1960. la familiaridad de los micrófonos, el vinilo apilado y la disposición de los muebles no es tal, por supuesto, para el Hombre Globo, que no ha oído radio en su vida. Los reels de un grabador de cinta abierta giran en el interior. El Hombre Globo abre lentamente la puerta que lo separa del estudio. La voz de un hombre lo sobresalta. Escuchamos la voz. VOZ (O.S.) ¡Cuidado! El Hombre Globo cierra la puerta. Mira para todos lados. La vuelve a abrir, aun más despacio. VOZ (O.S.) (cont’d) — prevenir una descarga. Eléctrica. ¡No quite la tapa! La imposibilidad de que alguien hable en voz alta en su universo ayuda a que Hombre Globo entienda rápidamente que la voz proviene de una máquina. Se acerca al grabador. VOZ (O.S. EN GRABADOR) (cont’d) No sé ni lo que estoy tomando, esta unidad no funciona y la sed… (ruidos sordos, toma agua) Son las palabras. Y la cabeza, también – ahí el reemplazo es peor. Ni hablar. Tiene que ser peor, necesariamente, por una salida más ancha que los ojos. El Hombre Globo inclina la cabeza, como los perros, tratando de asimilar no ya lo que la voz dice sino qué es, de dónde viene. VOZ (O.S. EN GRABADOR) (cont’d) (se corrige) Para prevenir una descarga más ancha que los ojos. El Hombre Globo observa la mesa central: restos de frascos rotos, medicamentos, una linterna, pedazos de reboque caídos del techo. VOZ (cont’d) Claro. Cuánto puede durar. La lluvia, esta interferencia… Debería empezar por el principio. Para prevenir una descarga eléctrica en la cara. ¿Ya lo dije eso? (larga pausa) Es el manual que leí recién. Se va a ir enseguida. EXT. CALLES DE LA CIUDADDIA Dupont camina con las manos en los bolsillos por las veredas nevadas de su barrio. Hay muy poca gente en la calle (en general hay poca gente, salvo en las horas pico). Al doblar una esquina, Dupont percibe un GOLPETEO que le llama la atención. Apura el paso. A medida que avanza, el SONIDO se hace más claro — un objeto metálico golpeando a intervalos regulares — y la alarma de Dupont crece. Se detiene al llegar frente a su local: POV de Dupont: El carrito de Tomás, vacío, intentando una y otra vez entrar por la abertura correspondiente a la casa de Dupont. El carrito golpea contra la puerta cerrada, se apoya en sus brazos metálicos para retroceder e intenta de nuevo; la parte de adelante está empezando a abollarse. Dupont se tranquiliza. Avanza hasta la puerta y la abre. El carrito entra, dejándonos ver a Tomás que estaba sentado detrás, en el zaguán de la puerta normal, leyendo su libro. Tomás mira a Dupont, sin levantarse. TOMAS “Dice mamá que ella también está ocupada, hoy.” INT. LOCAL DE REPARACION DE TV – DIA Dupont hace entrar a Tomás mientras mira hacia todos lados, como si temiera ser visto. Tomás recorre el taller con la vista, sorprendido de la nueva apariencia del lugar: decenas de cajas apiladas y un gran espacio vacío. TOMAS “¿Nos mudamos?” DUPONT “Le vas a decir a tu mamá, que…” TOMAS (lo interrumpe) “¿Por qué no se llaman por teléfono?” A través de la ventana vemos a Ana, cruzando la calle en dirección al taller. DUPONT “Tomás, si digo que estoy ocupado es por algo…” Suena el TIMBRE antes de que Tomás pueda responder. Dupont lo toma del brazo, lo lleva hasta el cuarto contiguo y cierra la puerta. DUPONT (cont’d) “Quietito acá, por favor. Ahora vuelvo.” Dupont va hasta la puerta. La abre. No estaba esperando ver a Ana, por supuesto. Ella, sin decir una palabra, le extiende el fajo con billetes. DUPONT (cont’d) “Ay, nena.” (CONTINUARÁ…)


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