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Primer borrador, novena parte

8 03 2009 - 17:28

El frente del país solidario no fue un partido de cuadros, ni un partido de masas: fue un partido de jefes de prensa. Por efecto de su fuerte instalación en el mercado electoral tuvo que aumentar su dotación de voceros para satisfacer la ansiedad de reconocimiento público de los nuevos diputados nacionales y provinciales electos en diciembre de 1995. Se convirtió así en el primer partido político del mundo conformado predominantemente por voceros, cuya principal actividad política fue la gestación diaria de conferencias de prensa en las que se hacían denuncias. Con esa foto no le costó nada a Ernesto Muro convertirse, más allá de su voluntad, en una figura totémica, distante e intocable, pero inspiradora para las nuevas generaciones de asistentes de prensa que debieron ocupar los lugares que él iba dejando vacantes a medida que se consagraba por completo a Chacho Álvarez, ya que el gran timonel se vio, de un año al otro, sobredemandado de reportajes con periodistas de todo el mundo y de reuniones con empresarios que lo querían conocer y a los que él también quería conocer —porque así era Chacho: reprimido con la guita pero morboso—, y con muy poco tiempo para el tenis de los jueves con Arturo Maly o las echadas de panza a la pileta de Santo Biassati en Punta del Este. Una coyuntura así requería de un hombre que pusiera freno a movileros y cronistas con los modales más claros, que podían ser también los más brutales del mundo. Cosas de este país: Muro pasó en tres años de periodista cuatro puntos de un diario en blanco y negro a Tonton Macoute del partido de moda que le daría al país un vicepresidente efímero y cruel, el Chacho, del frente del país solidario.

En ese millar de jefes de prensa, responsables de prensa, coordinadores del área de prensa, periodista amigo que me está dando una mano, que florecieron como cucumelos a finales de los años noventa y no sólo en el frente del país solidario, se destacó, por mucho, un pelado de barba, delgado, tal vez pálido pero atlético, que había sido, desde su adolescencia y hasta bien caído el muro de Berlín, directivo del Partido Comunista Argentino y que, en el año 1999, fue electo Intendente del Partido de Avellaneda. Oscar Laborde. Un hombre que no fumaba, que no tomaba alcohol, no se medicaba y no perseguía minas, un caso único en el frente del país solidario. Un perfil que favoreció su tremenda efectividad como vocero del bloque de diputados del país solidario y que le permitió cumplir, al mismo tiempo y paso por paso, con su planificada meta de la Intendencia.

Educado en los rigores disciplinarios del PC, Oscar se levantaba apenas salido el sol, sin despertador, como integrado yoguísticamente con la naturaleza, en su casa del sur bonaerense. En tres pasos desde la cama ya estaba haciendo buches con Plax en el lavatorio y, en otros tres, encendía una lámpara de pie en el play room alfombrado de los hijos que dormían un rato más, igual que su señora. Sobre la carpeta estiraba una colchoneta y ponía con un volumen muy bajo a Longobardi en una radio portátil. Se volcaba entonces en el suelo y hacía cincuenta push-ups, sin detenerse, y luego cien espinales, en cuatro series de veinticinco, y ya con el físico caliente iba por los doscientos abdominales seguidos de cada mañana, que realizaba sobre una pelota de esferodinamia violeta, una novedad para la época. Sudaba como un viajante de comercio del Sahara y tras el ejercicio se duchaba con agua apenas tibia, muy por debajo de la temperatura del cuerpo como enseñaba la KGB a mantener la virilidad de sus agentes, untándose con jabón blanco. Estas son las cosas que no se ven de las personas a las que llamamos normales y que el tipo contaba en las sobremesas de Pedemonte como si nada, como si uno se las fuera a olvidar. Con la bata blanca de toalla puesta y ojotas calzadas se dirigía a la cocina donde desayunaba media docena de claras de huevo cocidas con Fritolim emplatadas con dos tostadas de pan lactal tostado intenso. Siempre con Longobardi de fondo. Y té inglés, strong awakening con una cucharadita de ralladura de jengibre. Así, cada una de las mañanas en que sirvió al frente del país solidario. Luego levantaba a los hijos y, para su tormento, durante la leche, los chicos hacían preguntas del tipo: ¿Cómo es Chacho, papá? Laborde tenía por norma no mentirle a los hijos, por lo tanto respondía con improbabilidades: Un día lo vas a conocer.

Quienes tuvimos el privilegio de ver de cerca el fenómeno del frente del país solidario, veíamos en Oscar a un hombre enérgico, producto de su potencia física más que de alguna angustia penosa y privada que lo tuviera pasado de revoluciones. Era, en realidad, un maratonista atrapado en un ambo marrón color carpintero, con toda su energía concentrada en calles como Riobamba, Bartolomé Mitre. Siempre con la frente en alto y muy disciplinado en el cumplimiento de su agenda cruzaba Rivadavia por la mitad de calle entre el edificio viejo y el edificio nuevo del Congreso, sorteando los miércoles a Norma Plá, que lo llamaba por el nombre, Oscar Laborde, Oscar Laborde vení acá, a los doscientos viejos que secundaban a Norma, y a los mangueros profesionales de todos los días que si ven a alguien con traje en ese área, piensan que es diputado y que, por eso, está cagado de culpa y obligado a tirarles unos mangos. Y Laborde siempre usaba corbata, además.

La misión de Oscar durante dos años, entre el ‘95 y los finales del ‘97, hasta que asumió como diputado provincial, fue ser intermediario entre la banda dirigente parlamentaria del frente del país solidario y la banda de los periodistas acreditados en el Congreso, al tiempo que guía, orientador, de todos los cronistas no acreditados del universo que se sometieron por obligación o por gusto al avistaje de la vida parlamentaria del frente del país solidario, el partido de moda y, en cierto modo, no hay que olvidarlo, la esperanza para que la Argentina retomara un curso menos autodestructivo que el que ya llevaba desde hacía casi diez años. Para todos los turistas alternativos que fueron al Congreso a escuchar conferencias de prensa del frente del país solidario, Oscar era el hombre a contactar, la mula que llevaba gacetillas de un edificio al otro, la fuente oficial del bloque. Eso también es una fuente, por si alguien está tomando apuntes.

La rutina de Oscar consistía en llegar cada mañana a su pequeñísima oficina en el segundo subsuelo del Congreso donde las chicas del frente del país solidario, las que se habían podido levantar antes de las diez, ya le debían tener lista la tira de faxes con las copias de los distintos proyectos de resolución, de declaración, dos clases de proyectos que no se le niegan a nadie y que pueden llevarles exactamente cinco minutos a los diputados, pero que habían sido encargados por ellos a sus asesores para luego sí firmarlos y usarlos para flirtear con otros diputados del bloque o de otros bloques a quienes les pedían que los acompañaran con la firma. Esa ceremonia podía llevar toda una mañana mientras se agotaban los primeros termos en los despachos.

Con ese material, más las ideas publicitarias que iban surgiendo desde bien temprano en la usina de conferencias de prensa de la calle Paraguay y Scalabrini Ortíz donde vivía el Chacho Alvarez, Laborde armaba la grilla de su día laboral. El frente del país solidario tuvo días de cuatro conferencias de prensa en una misma tarde. Arrancaba Carlitos Raimundi a mediodía con un tema importante de Malvinas, seguía María América con alguna variación del eterno e inmenso dolor de huevos de ser viejos, inmediatamente después, todos los empleados del bloque se montaban al subte A para trasladarse con urgencia al Hotel Castelar donde Chacho iba a salir fuerte contra Carlos Menem, ¡fuerza, Chacho!, y de ahí, previo café en el bar del hotel, vuelta a los Pasos Perdidos donde el Flaco Rodil estaría listo para presentar una denuncia sobre una falsa promesa de viviendas en Morón.

Oscar, digámoslo en su honor, peleaba por la visibilidad pública de cada una de las ruedas de prensa con la rutina de tener siempre listas las cincuenta fotocopias de la gacetilla de cada una dentro de una carpeta de cartulina blanca de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, y metiendo presión por teléfono a los jefes de redacción de los diarios, de las radios, de los canales, y subrayándole a los cronistas presentes la importancia de lo que se denunciaba esa tarde. En muchas de esas sesiones de prensa, sin embargo, Oscar tuvo que hacerle trampa a sus diputados, la trampa más linda de todas las trampas de la época de la política como espectáculo. Tenía arreglado a los cameramen de los canales para que al menos encendieran los reflectores en cuanto el flaco Rodil empezara con una de sus encendidas y muy recordadas arengas conceptuales contra el menemismo. Si prendían la cámara, mejor, pero si no la prendían, gracias igual, muchachos. El Flaco Rodil, entonces, sentía la luz en la cara y era Lenín en la escalerita del tren. Y era luz, nomás. Sólo luz para un no Lenín. Humo.

Humo como el que tenía que hacer Oscar cuando los cronistas le preguntaban cómo viene la mano con las candidaturas o con las alianzas porque el rol plebeyo de ordenar sillas, colocar micrófonos, arreglar cameramen y hacer fotocopias eran acciones verificables sobre las que tenía plena soberanía pero, todo el resto, ah…, Oscar debía imaginarlo. Todo lo que Chacho y Graciela querían hacer con el frente del país solidario y con éste país del que tanto hablaban y que tanto les ocupaba la agenda, Oscar, al igual que el flaco Rodil, al igual que el resto de los diputados del frente del país solidario, a quienes los periodistas les preguntaban precisamente eso en las conferencias de prensa, antes y después de las denuncias, debían suponerlo, alucinarlo, temerlo incluso, desde la penumbra en que se encontraban, esperando como mejor escenario el volantazo genial del conductor, del estratego, como le decían a Alvarez, hacia la derecha, hacia la izquierda o hacia donde fuera. Porque, como quedó probado, para muchos no cambiaban demasiado las cosas. La madurez política de la corporación dirigente realmente existente consiste en adaptar el rictus a nuevos escenarios. A los más cabezas duras, el trámite de adaptación puede llevarles una mañana. A la mayoría, un café. Pero a la hora del almuerzo estarán todos los que deban ser, y los que no estén no serán nada.

Continuará…


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