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Lezcano vuelve y para

15 03 2009 - 17:25

Es la segunda vez en mi vida que me tomo vacaciones. En mi vida había ido a Retiro hasta el día en que conseguí un laburo de repositor en una sucursal de Coto que se estaba por inaugurar. Me despidieron al mes. El depósito donde debía ir a buscar la mercadería para reponer de las góndolas tenía, en el fondo, una pequeña ventana que daba a la terminal. Yo me colgaba de ahí y fichaba los micros ir y venir, me ilusionaba. El encargado me avisó varias veces que dejara de boludear en horario de trabajo, pero no le hice caso. No por rebelde sino porque no retengo mucho las órdenes que no me interesa cumplir. Me acuerdo que prendía un cigarrillo —que también estaban prohibidos— y me quedaba mirando esos micros que me parecían deformes, y por lo tanto hermosos. La cabeza es una maquina imparable a veces. La gente estaba siempre alegre con sus valijas, siempre parecían ir a un lugar mejor que éste, a otra galaxia, para mí, teniendo en cuenta lo lejos que me veía yo de todo eso. Eran ideas sin sentido, frágiles como castillitos de papel glasé, pero que me daban una manija tremenda. Era esa época en la que el nihilismo adolescente te deja ciego, y llegué a pensar que nunca iba a salir de Buenos Aires. Leía Viaje al fin de la noche de Céline y estaba convencido de que los viajes podían ser fuente de conocimiento, de descubrimiento. Convencido de que podían ayudarme a dejar de ser tan boludo. Hasta que gracias al colegio que tanto odiaba, pegué mi primer viajecito. Me fui de viaje de egresados a Bariloche, de donde me traje todas esas anécdotas pelotudas que ya son pesadísimos lugares comunes. Pero de lo que más me acuerdo es del viaje de ida. Tuve la suerte de que me tocara ventanilla y pude ver pasar todo a gran velocidad. Estaba En el camino finalmente, mientras más me alejaba de casa, mejor me sentía. Y no extrañé a nadie conocido. Se sentía bien esa soledad, esa orfandad.

Pasaron diez años hasta que pude salir nuevamente a la ruta; el segundo viaje fue el año pasado. Fuimos con Patricia, mi mujer, a Misiones, en tren. Un viaje de ¡treinta y seis horas! Los noticieros lo llaman el Tren del Infierno. Todos sobrevivimos. Fue Vivir para contarlo a los medios de comunicación que querían indignación. Los movileros enganchaban pasajeros recalientes y les tiraban la lengua con un qué mal que se viaja en Argentina, ¿no? Y sí, la verdad que se viaja como el orto, le habría contestado al primero que me pusiera un micrófono en la boca. Pero ni se me acercaron, buscaban señoras con chicos en los brazos y esas cosas, que da sufrimiento en cámara. Diez días de tierra colorada bajo la suela de las zapatillas. Anclamos en un camping en San Ignacio y de ahí fuimos a toda la provincia. Lo mejor fue contemplar, porque algo así requiere un trabajo mucho más profundo que solo mirar, las Cataratas del Iguazú. Pero todos los que estaban a nuestro alrededor estaban disparando sus camaritas ultramodernas mediatizándolo todo. Y ninguno era japonés, la verdad.

Este año, tercer viaje hasta la fecha, partimos hacia Córdoba. Nuevamente en tren, pero esta vez todo estuvo bien. Ya que no teníamos mucho cash, siempre la misma historia, tuvimos que parar en un camping. No hay nada menos aventurero que eso. Los hippies ya no son lo que eran, y esos lugares hoy son reductos armados para pobres con ganas de no serlo o no parecerlo tanto y que no quieren privarse de las vaca, que es la forma estúpida de referirse a las vacaciones. Espero estar cómodo las próximas vez que pueda viajar, un hotelito choto me conforma, porque entrar y salir de esa carpa me quebró la espalda y me dejo con un dolor que todavía no se me fue. En Córdoba vimos las sierras y la casa del Che de cuando era pibe. Un museo de esos bien aburridos. Demagógico. Nada del otro mundo. Todo muy lindo, pero Córdoba no depara grandes sorpresas.

Y después volví al trabajo (en algún momento tenía que pasar). De las tres escuelas en las que trabajaba, solo en una mantuve la suplencia. Tenía que tomarle examen al único alumno que mandé a marzo. El veintisiete de febrero me presenté en el colegio y como el nene no se tomó el trabajo de contestar ninguna pregunta bien en el escrito y en el oral me dijo que, de los tres cuentos que tenía que leer para aprobar, sólo se había bajado el resumen de Internet de uno de ellos, le dije con una sonrisa triste: nos vemos en Agosto. El pibe pareció entenderlo, pero también me deseó la muerte con la mirada. No me preocupó mucho porque yo en realidad estaba un poco ansioso ese día, por el Plenario anual que estaba por empezar en el colegio. Todos los docentes de la institución, junto con los directivos, estarían presentes para dialogar sobre el código de convivencia de la escuela y de los planes de estudio para el año que estaba por arrancar. Se suponía que íbamos a hablar de educación, debatir ideas y proyectar posibles metas a lograr. Al menos eso me habían dicho que era. Estaba entusiasmado, nunca había estado en una de estas reuniones. No conocía a casi nadie, salvo a algunos colegas que los tenía de vista, al director y a la preceptora. Me senté y ninguno pareció notar mi presencia, cosa que se mantuvo durante toda la reunión. Los rostros de todos denotaban un profundo aburrimiento mientras el director hablaba de algo que a mí no me parecía irrelevante: qué vamos a enseñarle a estos pibes que van a ingresar este año al colegio. Bostezos, alguien que atendía el celular, miradas cómplices que se burlaban del director. Así venía la mano en ese lugar.

Cuando el director terminó de hablar pidió alguna sugerencia para el código de convivencia. Algo que ayude a mejorar la vida dentro de la institución. Nada. Mutis en el foro. De pronto, y poniendo cara que estaba haciendo un gran esfuerzo, uno dijo algo, una boludez. Los demás dijeron sí, sí, claro. Y lo que vino después empezó así:

Profesora 1: ¿viste que mal vienen los pibes ahora?
Profesor 2: Si, vienen cada vez peores.

Todos coincidieron en que los chicos están cada vez más terribles y que nadie hace nada para frenarlos. Los profesores, dijeron, nos sentimos desprotegidos frente a este nuevo alumno que hace lo que se le canta. Hay que ponerles límites. (De veras.) La inseguridad llegó a las aulas bonaerenses.

En un intento de diálogo el director dijo si no habría que preguntarse que hacemos los docentes para cambiar esta situación. Todos se le fueron al humo. Una profesora tomó la palabra, visiblemente perturbada:

“Estoy harta de escuchar eso. Cuánto más vamos a tener que soportar que nos humillen, cuestionando nuestro trabajo. Somos rehenes de estos malcriados. Muchas colegas mías están con licencia psi-quiá-tri-ca, ¿entendés? Todo por culpa de mocosos insolentes. Basta de echarnos la culpa de todo. Si el pibe no estudia es su culpa y de la familia.”

Gente como esa está dando clases en este momento en las escuelas del Conurbano.

Las clases comenzaron el lunes nueve de marzo, aparentemente sin problemas. Pero para el día doce ya había un paro de veinticuatro horas en reclamo de mejoras salariales. Yo no tenía intenciones de parar, así que fui al colegio a dar clases. Nadie me llamó para preguntarme si me adhería, así que presumí que habría alguien en la escuela. Pero estaba todo cerrado. La puerta de entrada tenía un cartel que avisaba que ese día no darían clases. Sin querer tuve que sumarme al paro.


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