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Marcelo Fishbein: Abran las cárceles

30 03 2009 - 07:36

La respuesta progresista a la embestida de la derecha en el asunto de la inseguridad ha sido hasta ahora defensiva y culposa. Susana Giménez es un blanco fácil.

En las últimas semanas, todos nos comprometimos con los derechos de la juventud armada del conurbano, pero nadie dijo nada sobre sus acciones, que muchos celebramos en silencio pero no nos atrevemos a justificar en público. Y sin embargo, un verdadero frente nacional, popular y de izquierda no puede ignorar que los llamados delincuentes son, hoy en día, quienes más están haciendo en la Argentina en favor de la redistribución de la riqueza. El derrame de millones de pesos obtenidos ilegal o inmoralmente está siendo ahora objetivamente re-repartido por la acción de hormiga de miles de pequeños estabilizadores que devuelven parte de esa riqueza a su estado natural.

Aunque nadie lo diga, todos sabemos que nuestros chorros del conurbano son el más claro exponente de lo que deberíamos entender como desobediencia civil. Salvo que pensemos que desobediencia civil es sentarse en el piso de una universidad y pedir fotocopias más baratas. No: desobediencia civil es lo que hacen estos muchachos desesperados de La Matanza y San Fernando: forzar hasta el final las contradicciones del sistema y hacerlas visibles a toda la sociedad. La persona que roba no hace sólo eso. También, y sobre todo, está llamando la atención sobre un sistema injusto que lo aliena y lo destruye. Está pidiendo ayuda, o procurándosela por mano propia. Pero en cualquiera de los dos casos está enviando una señal: acá robamos todos o no roba nadie. Cada robo es un llamado de atención a la placidez burguesa. Cada robo es, en ese sentido, un paso hacia la justicia social.

Como dice Ricardo Forster: “Una profunda anomia sacude a los territorios marginados, amplificando las causas y la multiplicación de las distintas formas delictivas, perturbando la tranquilidad de los sectores acomodados que sólo atinan a identificar su miedo a una inseguridad amorfa, oscura, producto de mundos autogenerados y habitados por individuos socialmente desechables, incorregibles y cuya peligrosidad sólo puede ser combatida con mano dura y leyes a la altura de la _emergencia nacional_”. Cuando la clase media pide seguridad, no sólo pide salir a la calle y moverse por la ciudad como si fuera su propio territorio, su latifundio urbano; también está reclamando seguridad para su futuro burgués, porque teme que la ebullición del delito sea una señal de cosas peores aún por venir. De un afano nos recuperamos, piensa la clase media. Pero de un régimen nacional y popular no nos salva nadie.

Es por eso que la izquierda nacional tendría que hacer algo por (y con) la juventud en armas del conurbano, la mayor amenaza actual al conformismo indolente de la clase media. Están solos, están desorganizados, están cada uno por su lado. Si alguien pudiera juntarlos, eso sería una fiesta de rabia y de cojones, capaz de mover los cimientos de una sociedad que los condena a ellos y a sus familias. Necesitan organización: están ahí, esperando a que alguien los ayude a dotar su violencia natural de un contenido que la supere y le dé significado. Aquí debemos citar a Laclau: “El punto central es que para que una cierta demanda se transforme en política debe significar algo más que lo que es en sí misma, debe vivir su propia particularidad como un momento o eslabón de una cadena de equivalencias que la trasciende y, de ese modo, la universaliza”. Si el populismo, como dice Laclau, no es una ideología sino una “dicotomización del espacio social”, entonces ¿por qué no agruparnos junto a la milicia que realmente está forzando las dicotomías? ¿A quién le tiene más miedo la clase media? ¿A Sergio Massa, o al puñal inesperado en una esquina oscura y aleatoria? Exacto.

Nos guste o no nos guste, estos muchachos del conurbano, tristes y desahuciados, son las orgas de hoy, la verdadera descendencia de Montoneros y la Jotapé. No son universitarios, como sucedía entonces, porque ser universitario no es algo que les haya estado permitido, pero tienen la misma rebeldía y la misma juventud. Son ellos los que tienen los fierros, los que no tienen miedo, ni el más mínimo problema con estar fuera del sistema; los que ponen el cuerpo, todos los días, contra la hegemonía de las casas y los autos de lujo y la injusticia eterna.

Basta de prejuicios, entonces, y consideremos la inseguridad como lo que puede ser (y es, de hecho): una nueva fuerza política apasionada, la única que queda. Desde que se apagó el entusiasmo piquetero, los “delincuentes” dirigen hoy la única campaña vigorosa y fresca de desestabilzación social. Otra frase de Forster, que en sus mejores momentos podría ser nuestro John William Cooke: “Voces que vienen de un ayer oscuro y voces que, en el hoy, expresan un nuevo giro criminalizador de los pobres y de la pobreza. Voces que reclaman mano dura, disciplinamiento social, regreso del servicio militar”. Si esto es cierto, estamos en guerra. Y si estamos en guerra tenemos que elegir nuestro ejército. La opción, me parece, es una sola, si ha llegado el momento de ser honestos.

En un mundo donde quedan pocas esperanzas, la juventud armada del Gran Buenos Aires podría empezar a ser una de ellas: el futuro de una sociedad protegida por su pueblo. Por eso no estaría de más, como en 1973, que se abrieran las cárceles, que (con criterio pero sin tilinguería) dejáramos salir a la cancha a los elementos más enérgicos y dinámicos de la sociedad, el antibiótico que tal vez pueda hacer algo por nuestras infecciones si le damos el lugar que se merece aunque todavía no lo sepa.

Abran las cárceles: dejen salir al Ejército Popular.


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