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Virgin's Jetro Tool

31 10 2004 - 03:39

Hay muchos aeropuertos que uno no conoce aun, por suerte, pero de los que conoce prefiere Tegel. Como sucede con el resto del transporte público en Berlín, Tegel está diseñado para no hacerte perder tiempo. Y no es que yo me oponga a perder tiempo pero después de días de arrastrar valijas, cuando lo único que querés es una cama en la cual desplomarte, empezás a valorar detalles como el de que cada check-in window tenga su puerta de embarque. Tegel es un círculo; no importa en qué dirección camine, uno sabe que llegará a la ventanilla que busca. Las boarding areas (una para cada ventanilla) son chiquitas como una cucha y feas como un baño (como un baño de aeropuerto), pero es imposible perderse y hay wi-fi en todas partes. Los aviones salen a tiempo y no hay colas interminables detrás de las máquinas de Rayos-X que hemos aprendido a temer aunque sólo llevemos libros y ropa sucia en la valija.

No fue en Tegel sino en JFK donde, en reflejo Puricelliano, embolsé una “complimentary” copy de Jetrosexual — un librito rojo que tiene este aspecto:

Sí fue en Tegel, en cambio, donde me puse a hojearlo y me dí cuenta de lo que era: un increíblemente sofisticado folleto de Virgin Atlantic. No lo parece: es gratis (un sticker dice, más exactamente, “complimentary premier issue”) pero sugiere explícitamente que el número dos habría que pagarlo, y bastante: £ 12. ¿12 libras una revistita de cuarenta páginas? ¿Qué tiene adentro? Nada que no haya sido “prepared, approved, endorsed by any person, brand or entity other than Virgin Atlantic”, según aclara la contratapa en cuerpo 0.3 — hay que entrecerrar los ojos para poder leerlo.

Desde la primera página queda claro que no se trata de una publicación para cualquiera; está destinada a una “especie” distinta (sic), a usted, que frecuenta el éxito como una costumbre más. Pero como la revista está ahí, en los kiosquitos de aeropuerto cuyo más elevada aspiración intelectual oscila entre Wired y el Entertainment Weekly, es imperativo definir quién es usted —y no para ahuyentar al vulgo sino más bien para educarlo, tanto acerca de quién debería ser como acerca de quien ya es, por obra y gracia de leer el folleto bendito. Así funciona (o aspira a funcionar) este nuevo Libro Rojo: definiendo a sus clientes como una suerte de novedosa aristocracia del aire while talking shit of everyone else. De este modo, si el lector posee la autoconciencia necesaria como para darse cuenta de que ha quedado afuera de la elite, solo podrá querer ingresar al círculo de la nueva aristocracia del aire como le sea posible, y sólo es posible de una manera (comprando pasajes en Virgin Atlantic).

Al principio no queda del todo claro cuál es la diferencia entre el rótulo autoreferente de “jetrosexual” y lo que solía llamarse “Jet-Set” en los setenta. Leyendo un poco más se entiende que no hay ninguna diferencia:

“They know the right people, eat at the best restaurants, listen to music from bands that more earth-bound people haven’t yet discovered. They read books that aren’t on the airport best-seller rack and they watch movies that do not, shall we say, suck.”

Es lo mismo, es el Jet-Set; esa minoría (hoy extinta) que solía volar a menudo cuando no había iPods ni Internet ni walkmans (“walkmen”?) ni nada y cualquier boludez comprada en un Duty Free adquiría instantáneamente status de trofeo. La única diferencia (y es una diferencia importante) es que la definición se ha ido destilando con el tiempo hasta convertirse, si no en un oxymoron, al menos en una afirmación de la inexistencia de lo que define, algo nada fácil de conseguir, en general, y mucho menos en el discurso (hoy) cínico de la publicidad. José Virgin empieza bien tradicional (right people, best restaurants — un comercial de L&M circa 1978), pero enseguida empieza a hacer el esfuerzo de aggiornarse mediante la increíble elección de la palabra “bands”. Oh, ¿so you’re into cool bands? Ni la tía de uno se animaría a decir eso hoy. Ni hablar de las películas que “don’t suck”. Todos sabemos que casi no hay más de esas, pero ni siquiera esta posible coincidencia ante el guiño cómplice del creativo con peluca que escribió el folleto debería hacernos olvidar que nadie, ni el jetsetter más versado, sabe qué película va a ver antes de verla. Sí es posible, con los años, saber qué películas uno va a odiar indefectiblemente, pero nadie logrará evitar ensartarse, more often than not. No son, sin embargo, estas sutilezas las que convierten al jetrofolleto en algo digno de mención, sino los ejemplos con los cuales intenta validarlas: personas aparentemente reales ofrecen en los márgenes listitas de lo que llevan en el bolso. ¿Libro? “Eats Shoots & Leaves”, aquella exclusividad que no se consigue en el best-seller rack. ¿Qué le gusta hacer en el Virgin Clubhouse? Hacerse lustrar los zapatos. Los zapatos. Za-pa-tos. Y ahí está la foto del lustrabotas, nomás, just like la línea B, debajo del obelisco.

“Jet Set”, como concepto, ya estaba en baja antes de Airplane!, pero fue aniquilado por completo por Joe Jackson en 1986.

This really is a pretty scene
But can you ask your kid to smile please
Sorry what exactly do you mean?
Can you say it in English?
Because we’re the Jet Set.

En Big World, Jackson daba un paso pionero en la dirección correcta contra la inminente interpretación pelotuda de la globalización. So much to see, so much to do — cuánto más ves, más vasto es todo, y no al revés. Sólo hay lugar en el kitsch, hoy, para el Jet Set, como queda claro en la seductora y algo boba Jetsetter de Ed Harcourt. Pero para Virgin (y el universo que sus consultants representa) la tentación es irresistible incluso teniendo plena conciencia de este estado de cosas. En las tandas publicitarias de NY y Londres empezó a rotar este mes un comercial de Virgin Atlantic que insiste empecinado en sus ofrecimientos casi monárquicos haciendo uso del estilo y los íconos propios del soft-porn. Porque kitsch is cool again en una especie de post-cinismo alimentado por la nostalgia de lo que nunca existió. Y encima lo poco que existió se enarbola para vendernos cosas que no le llegan ni a los talones.

En febrero de este año vi despegar al último Concorde. Me llamó la atención cuando lo ví estacionado en una pista de Heathrow, mientras subía (yo) por la Escalerita Casablanca. (Es increíble que el método de subir al avión por escalerita haya perdurado hasta este punto. No me quejo. Si bien detesto subirme a un micro después de haber esperado horas para embarcar, el furtivo instante de contemplación desde la escalerita lo compensa ampliamente.) Minutos después, escuchamos la voz del piloto por los parlantes: “Ladies and gentlemen, you may want to look to your left. In about 30 seconds we will pass the Concorde, and this will be the last time you ever see it.” Nunca habría pensado que la extinción del Concorde pudiera tener importancia alguna para mí, pero observé entonces, ayudado por la casualidad, que me deprime bastante. El concepto de extinción es deprimente en sí, y más cuando se trata de algo único en su género, que además es más lindo y más eficaz y mejor en todo sentido que el resto. If I didn’t know better, pensaría que mi preocupación por la extinción (del Concorde, en este caso, pero también podría ponerme a hablar de las buenas películas que los pasajeros de Virgin ven todo el tiempo) es un rasgo de la edad. Algo de eso hay, en la medida que uno se identifique con el Concorde, pero no es el caso: siempre fui lento, para casi todo menos para opinar sobre la gente y las cosas. Más bien se trata de la globalización traicionando mis esperanzas y las de Joe Jackson: lo único tiende a desaparecer. No sé si es, como preferiría creer, una tendencia pasajera — un aftershake del terremoto noventista que se estabilizaría eventualmente — o si es, como piensan los sectores más militantes que todavía se preocupan por estas cosas, una característica inherente a la dictadura del consenso. En cualquier caso, mientras sea lo que hay, sólo nos queda el escape via esfuerzo individual, y ya no estoy hablando del Concorde.

Virgin empezó como compañía prometiendo una módica contribución a un mundo distinto. Recuerdo que músicos y actores volaban gratis a cambio de ofrecer una performance durante el vuelo. Diez años después, su oferta más tentadora es la de un lustrabotas. La distancia que hay entre lo opcional y lo obligatorio está convirtiendo nuestra vida cotidiana en Soylent Green, que en cualquier momento empezará a ser recordada como la buena película que nunca fue, como van las cosas. Anything Goes, again. Note to self: pensar en alternativas.


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