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Al-Fon-Sín

2 04 2009 - 02:53


Schmidt convoca para hoy,
en la vida real.

Dijo Alfonsín mil veces: “No conozco el odio ni el rencor”. Pero yo todavía sí. No puedo digerir bien las ofensas personales, y el daño al mismísimo pueblo, cuando ocurre, que es todo el tiempo, y me cuesta tamizarlas y concentrarme en la misión humanista de contribuir a elevar el espíritu de la comunidad y de servir al prójimo como a mi mismo, siendo mejor profesor, mejor escritor, mejor hermano y amigo. Hoy, en el día nacional de la orfandad política, tuvimos que soportar agravios, las desmesuras de algunos desvalidos en el facebook y en los blogs, plazas públicas digitales para ciberñoquis retrasados que chorean horas que deberían, por procedencia de la renta, dedicar al servicio público, para hacerse los irónicos, los bravos interventores de velorios ajenos que educan sobre por qué hay que llorar y cuándo y quién merece el verdadero amor, el amor que, pobres, ellos no tienen y no conocen. Un retrasado pregunta: ey, quién inventó a Rico. Y los pobres animales que tienen de amigos les siguen desde sus nidos de mierda la broma, la mentira borracha, jajaja. Los bravos ciberñoquis desconfían de la decencia, ya que sólo se dejan seducir por los machos y por los reventados. Un abogado de Chascomús, radical, qué asco. Pero la muerte de Alfonsín, un padre imaginario para el enorme grupo de amigos que lo lloramos desde hace un día, el hombre de las virtudes republicanas, el que puede resistir las ofensas y seguir para adelante con constancia, nos pone a sus hijos imaginarios en la difícil misión de madurar del todo, abandonar el espíritu defensivo y asumir el papel gandhiano, alfonsinista, de insistir con un mismo método la parte de la vida que nos quede, que, como nuevamente ha quedado probado con la partida de este prócer sencillo, sin oropeles, sin medallas en el saco, llega para todos. Ya veremos cómo, cuál es nuestra plataforma, nuestra carta de intenciones de la que no nos vamos a mover, como Alfonsín, una y otra vez, no se movió del llamado al diálogo, al encuentro entre los argentinos. Yo les pido, mientras tanto, a mis amigos, a mis viejos correligionarios, a los alumnos y profesores con los que nos hemos comunicado estos años por la maravillosa vía del intercambio de saberes y experiencias, a todos aquellos que no sepan con quién ir o se sientan demasiado solos yendo solos, que nos concentremos hoy a las 10:30 en Paraná y Rivadavia y arranquemos luego desde el Congreso a la Recoleta a despedir a este padre de la patria. Y que ya de vuelta de la ceremonia final, del canto final, de la repetición afónica de las tres sílabas que mejoraron nuestra adolescencia, perseveremos en la misión de hacer de éste un lugar vivible. Que el cuerpo de Alfonsín sea el abono del país mejor y más justo que él quiso y que casi todos queremos. No es que seamos como él sino que hagamos como él. Escribiendo la oración laica de la democracia ideal, la que integra y da de comer, de beber, que da hachas y tizas. Él, que hizo los deberes, ya descansa. Completemos ahora los nuestros.



Noriega,
parece raro.

Hace veintiséis años mi relación con la política pasó de un escepticismo brutal y cínico a la textura del peluche. Yo tenía veinticinco años, una breve y frustrante experiencia de militancia en el PC y una naciente preocupación por los valores republicanos. Buena parte de esa transformación se la debía al atractivo que ejercía en mí –quién si no— Raúl Ricardo Alfonsín. Seguí con entusiasmo la campaña presidencial de 1983 incluyendo mi presencia en los actos de Ferro y de la 9 de Julio y un sticker oval con los colores patrios y las iniciales RA en mi cuarto de soltero. Curiosamente, a los dos actos fui solo. Nadie cerca de mí compartía mi felicidad. Alfonsín era como un descubrimiento mío, que no compartía con mis seres cercanos. Sin embargo, después descubriría que Bernardo Noriega, mi propio padre, comunista recalcitrante, secretamente le guardaba el mismo cariño.

La noche del triunfo me fui caminando desde mi casa, en Coronel Díaz y Santa Fe hasta el Obelisco. Salí cuando la tele mostraba una diferencia imposible de descontar para el peronismo. Llevaba conmigo una radio portátil, en la cual seguía los cómputos provincia a provincia. Cuando volvía, a eso de la una de la mañana, pasé por un local del Partido Comunista Revolucionario, una agrupación que, con argumentos estrafalarios, había apoyado la candidatura de Luder. Habían montado un pequeño palco en la avenida Santa Fe y Uriburu donde un grupo nutrido de chinoístas festejaban los datos suministrados por el locutor, que aseguraba el triunfo de Luder en todo el país. Uno de los concurrentes, un poco menos crédulo que el resto de sus correligionarios que festejaban ruidosamente, me miró y me dijo: “Flaco, ¿qué dice la radio?” Me compadecí de él y, sin un milímetro de burla, me encogí de hombros y le dije: “Parece que perdemos”. Me pareció a tono con los tiempos que se venían, ser cordial con el adversario.

Después vino la historia conocida; las marchas y contramarchas, los planes absurdos y las crisis económicas. El escepticismo volvió a ganar terreno. Sin embargo, el hilo de simpatía por el hombre que recitaba el Preámbulo de la Constitución se mantuvo más o menos inalterado con el tiempo.

No pude calibrar la dimensión del cariño que me generaba RA hasta que recibí hoy un mail de Haydée, mi ex suegra. Me recordaba una reunión social que ella había organizado en la década del noventa. Haydée, que era y es ferviente católica y fan incondicional de mi padre, tenía la idea de juntarlo con Monseñor Laguna: el comunista stalinista y el obispo, como en una obra de teatro provinciana y esquemática. Por supuesto que lo logró.

En su mail de esta mañana, Haydée me decía:

Gustavo: recuerdo emocionada una tarde en el comedor de Coronel Díaz, tomando el té, a Bernardo y Justo Laguna: Bernardo le dijo: “yo admiro a Alfonsín profundamente”. Laguna le tomó la mano respondiendo exultante —“¡yo también!“— y ese retrato del PC y la Iglesia coincidiendo fraternalmente con las manos juntas, en la valoración y cariño por un GRAN HOMBRE DE LA REPÚBLICA, me  llena los ojos de lágrimas, y de felicidad por haberlo visto.

Dos hombres inteligentes y buenos confesando su cariño por un hombre inteligente y bueno que nos enseñó TANTO. un abrazo Haydée.

Tengo mucho para decir de Alfonsín pero nada supera esa síntesis: un hombre inteligente y bueno que nos enseñó tanto.

Ahora parece raro que una persona así haya llegado a ser presidente de los argentinos.





Kino González
y RA, su asistente
de cámara.

Signore Raffo,

¿Usted estuvo en la quinta de Olivos el día en que filmamos a Alfonsín para “Viedma Hoy”?

Yo iba precediéndolo al Alfonso en su caminata, con la Arri II del CERC, hasta que la cámara dejó de andar. Recordará ud. el bendito fósforo que usábamos para hacer entrar el enchufe que conectaba la cámara a la batería. Se había zafado el fósforo y nadie tenía otro. Nos quedamos mirándonos entre nosotros y sin saber cómo seguir, con Alfonsín parado ahí.

En ese momento el viejo, que nos relojeaba, se agachó y levantó una ramita de árbol, minúscula, preguntando

—¿Esto sirve?

Sirvió, y seguimos filmándolo.

En fin, una noche de una tristeza suave pero profunda.



Rinaldi manda
un abrazo

En el año 1988 mi mamá y mi papá se casaron en la Argentina. Mamá tenía algo con color amarillo y mi papá tenía un traje color caqui que yo después emulé cuando me hice el primer traje al finalizar la escuela secundaria. Ahí me enteré de que mi mamá había estado casada antes, con otro hombre, con otro hombre que no era mi papá. Enojado le reproché a mi mamá que recién se casaran ese año, y ella me respondió que recién ahora, gracias a Alfonsín, nos podemos casar acá en la Argentina, porque me acaba de salir el divorcio. Antes se habían casado en Bolivia.

Algunas de las repeticiones que recuerdo de mi infancia son las idas a los Hospitales por mis fracturas y las reuniones que hacían en mi casa los correligionarios de mi mamá. Me acuerdo de la preparación de esa pasta blanca para pegar los afiches. De que Espeche era el candidato a gobernador de Salta, que apoyaba a Alfonsín. Creo que cuando tenía 7 u 8 años ya soñaba con ser presidente, pero el modelo de presidente era inequívoco, era el modelo Alfonsín. Siempre pensé que ser presidente era hablar como Alfonsín, querer como Alfonsín, decir las cosas con la pasión que me transmitió siempre Alfonsín cada vez que lo escuchaba. Hablarle a tanta gente como le hablaba Alfonsín y que me aplaudieran como lo aplaudían o vivaban a él. No quería el bigote de Alfonsín, pero después quería todo el resto.

Entonces me entrenaba y discurseaba como el Presidente Alfonsín. Y cuando hablaba bien de los jubilados me parecía que estaba bien. Y jamás pude estar desacuerdo con su pelea por la dignidad del hombre, por los docentes, por la salud pública, por la democracia. Todos esos conceptos los aprendí en los años del alfonsinismo. Los aprendí de escuchar a mis padres repetir las cosas que decía Alfonsín en sus discursos. En el fondo de la casa de mis abuelos, atrás de un árbol de paltas y al lado de una pajarera con cardenales, practicaba los discursos tratando de hacerlos lo más parecido a los que hacía el presidente Alfonsín. Carmen, una tía postiza que se crió en la casa de mis abuelos, recibía la caja PAN. Cuando a los 14 años empezamos a organizar el centro de estudiantes en el Comercial 84, siempre tuve en mente la idea de la restauración democrática, y la idea de liderazgo demócrata la aprehendí de tantos discursos escuchados de Alfonsín. Ser un político era ser como Alfonsín. Creo que mi vida está vinculada a lo público, a la política, al Estado, a la solidaridad social y a la búsqueda de la igualdad, por tanto escuchar desde chico al doctor Alfonsín. Sin Alfonsín jamás me habría interesado armar un centro de estudiantes, ni esa idea de democratizar y participar en política desde la secundaria. “La vuelta del centro de estudiantes a la escuela, es como el regreso de la democracia” les decía a mis compañeros, sin medir el grado de barbaridad dicha. Para mí Alfonsín fue más síntoma de firmeza y resistencia. Mis ganas de imitar esas cualidades fueron el motor para defenderlo con mis amigos adolescentes.

En la provincia de Salta, desde que existe el peronismo, gobiernan peronistas, o el partido renovador de Salta (PRS), un partido fundado por el ex interventor de la provincia en la última dictadura militar, el Capitán Roberto A. Ulloa. Ser alfonsinista no era el mejor de los escenarios. Después de la híper mucho menos. Un mediodía comíamos en el centro de la ciudad de Salta capital, con mis dos hermanos y mis padres, una tarde de sol, y Alfonsín nos deseó felices pascuas y me sentí tranquilo. Eso es lo que me acuerdo. Me acuerdo que tuve paz. A las 5 de la mañana de este miércoles me acordé de la alegría que tenía mi mamá la noche que iba a estar en la cena con el presidente Alfonsín, el día que vino a Salta. Y me acuerdo de la foto que volví a ver hace unas semanas en donde un joven doctor Alfonsín le está firmando un libro a mi mamá y de ella que volvió feliz esa noche con la foto y el libro firmado por el doctor Alfonsín. Esa foto está en la casa de mis viejos.

Finalmente hice la carrera de Ciencia Política de la UBA que se creo en el gobierno del presidente Alfonsín, y con muchos de mis compañeros de facultad me peleé por afirmar en voz alta que la presidencia del Doctor Alfonsín fue la mejor de todas las que yo conocí. Alfonsín es mucho más que la mitad de mi vida. Por eso me permito estar inmensamente triste.

En mayo de 2008 fuimos con Schmidt a verlo a Alfonsín, cuando se cerraba el local de los irrompibles, en Formosa 114. Todos vimos que estaba muy desmejorado. Ahora siento el dolor de que se va algo vital de mi pasado y lo único que quiero es poder abrazar emotivamente eso por un momento más, para sentirme menos solo y menos pesimista. Por mi mamá, por los años ochenta, por la democracia de la que soy hijo, por mi infancia, por la emotividad de la política que aprendí de sus discursos, quiero mandarle un abrazo grande a mi querido doctor Alfonsín.



Zuazo
era chiquita

Me llamó mi mamá para avisarme y me tuve que sentar por ahí, me puse a llorar en medio de la calle. Mi único muerto anterior era mi abuelo Mario, un viejo médico conservador de La Plata, de los conservadores de verdad, de esos que anhelaban otras épocas y viajaban a Europa y le leían Shakespeare a sus nietas. Fue un gran abuelo, y un día, a pesar de su corazoncito reaccionario, me agarró de la mano mientras mi mamá se agachaba ante nosotras y nos decía:

—Nos vamos a la Plaza de Mayo, con otra gente, a defender el país. Las queremos mucho.

Esa noche no comimos pollo con papas ni miramos Finalísima. Mis abuelos no hablaban, pero nos tuvieron muy fuerte agarradas de la mano, hasta que el señor de la tele, ese que nos gustaba desde antes, ese con el que Mafalda estaba de acuerdo, salió al balcón y dio un discurso. Dijo que la casa estaba en orden, lo cual para nosotras, que teníamos 7 y 5 años, quiso decir que mamá y papá volvieron a casa y nos abrazaron y nos volvieron a decir que nos querían mucho y lloramos porque íbamos a poder seguir yendo a la plaza y nadie nos iba a esconder las Mafaldas y después íbamos a poder ir a defender a otros cuando fuéramos más grandes, y nos íbamos a poder pelear todo lo que quisiéramos con los profesores y las maestras.

Al otro día, mi mamá nos mandó a la escuela con una escarapela. Mi mamá, de anteojos grandes como la mamá de Mafalda, era de las mamás que se juntaban con los otros papás del Congreso Pedagógico mientras nosotros, los hijos de los de anteojos, los “raritos”, los amenazados con ir directo a la psicopedagoga a cada rato por discutir todas las ideas de las maestras, jugábamos afuera de las aulas, que estaban abiertas, que estaban ahí para todos los padres del barrio, y nadie tenía miedo por quedarse hasta muy tarde, porque no era una época de muertos. Era una época de vida, la época de muertos ya había pasado, para siempre.

Más tarde, mi mamá me mandó un mensaje: “¿Te acordás que cuando aprendiste a leer leías todas las A como Alfonsín?”




Gargarella:
(acaba de morir, también,
Alfredo Canavese)

Breve noticia sobre mis días de San Eduardo. Cuando era chico, fundamos un club de fútbol, con un grupo de viejos amigos. El club se llamó San Eduardo, y marcó mi vida de muchas maneras, muchas veces. Tengo miles de historias de esos días, pero para este caso sólo dos son especialmente pertinentes.

La historia del balde. Íbamos a jugar contra otro equipo, lejos de casa, así que el padre de uno de nuestros jugadores —llamémoslo don Julio— se ofreció a llevarnos, a mi hermano, a otros compañeros, a mí. El club rival quedaba lejos, íbamos ansiosos, riendo, hasta que el auto, sorpresivamente, se detuvo. No sabíamos qué pasaba, hasta que don Julio abrió el capot del auto, miró el motor, experto en todo. Parece que el radiador se quedó sin agua, se recalentó -nos dijo don Julio. Uy, y ahora qué hacemos, de dónde sacamos agua -nosotros. Vamos a llegar tarde al partido, horror! Pero hay milagros. Frente nuestro, una obra en construcción, en la que descubro un pequeño manantial de agua purísima, saliendo de un caño casi contra el suelo, que se nos ofrecía, ahí mismo, ahí tan al alcance de la mano. Y ahora cómo juntamos el agua, es la pregunta. Pero allá hay una casa, una especie de restorán venido a menos. Don Julio va y vuelve sonriente, un balde en la mano, la solución está lista, y un vecino que saluda desde la puerta del restorán venido a menos. El radiador renace, y enseguida el motor truena otra vez. Don Julio abre el baúl, y guarda allí el balde. No se por qué. Ahora, de repente, arranca. Ahora, nos vamos. Ahora, pasamos a ser todos cómplices. Me recuerdo con la boca abierta, atónito. Y no es que me preocupara el robo de una pequeñez, de un balde, sino el despecho, la pequeña traición, la falta de agradecimiento con quien nos había ayudado, feliz de ayudarnos. Don Julio nos presentó su acción riendo, y para que riéramos. Alguno que otro rió, pero la mayoría de nosotros se quedó en silencio. Me recuerdo mirando hacia atrás, avergonzado, la cara toda roja, redonda y roja.

La puntualidad. Si me detengo sobre mi obsesión con la puntualidad, en estos días, lo primero que me viene a la memoria es la historia del balde, la pequeña traición al amigo nuevo, la indignación en furia, por esas pequeñas cosas, especialmente por esas pequeñas cosas. Sobre la minucia de la puntualidad, sólo aclarar que no es obsesión con la puntualidad de los demás, sino con la mía. No quiero llegar tarde, no quiero fallarle a quien me espera. Tampoco es que sea simplemente puntual, sino un poco más: soy híper-puntual, lo que es un poco más fuerte. Necesito llegar siempre bastante antes, tener una reserva de tiempo por si algo pasa. Después espero, mirando el diario, o con mi cuaderno negro, o mirando gente, o —normalmente— todo eso junto, y espero.

El tren. Ayer tomé el tren, un poco antes de las diez. Cerca de las diez de la mañana, el tren se detiene, otra vez, como tantas veces. El tren, según nos dice el rumor del vagón, viene con problemas eléctricos. Pero ahora tarda más que de costumbre en arrancar, y yo voy a llegar tarde a mi reunión. Me preocupo, transpiro un poco. El rumor del vagón dice que el tren que va delante del nuestro atropelló a alguien. Luego el rumor comenta que una persona se arrojó bajo el tren. El guardia pasa y anuncia que nos volvemos a la estación anterior. El tren arranca, pero muy muy lentamente, hasta que se detiene, muerto. El tren ahora se para porque falla la electricidad, definitivamente. Se abren entonces las puertas de modo manual. Hay que saltar más de un metro, y arreglárselas solos, como tantas veces solos. Me apuro, me desespero un poco, pero tengo suerte, puedo tomarme un taxi. Un dineral. De este modo, eso sí, llego a tiempo. Híper-puntual a pesar del accidente, casi diez minutos antes.

La muerte del hijo. Hace unos pocos años, murió el hijo de A.C., y A.C. no pudo recuperarse nunca más. Y es que de la muerte de un hijo no hay vuelta, es imposible rehacerse, el alma se hiere y se cierra, y es para siempre. Yo había aprendido esto de muy chico, y ésta es mi segunda historia de San Eduardo. El San Eduardo funcionó muy bien, durante años, porque nos gustaba jugar, porque éramos amigos, pero sobre todo por las ganas y la alegría de P. y M. (a ellos todo mi cariño). Pero un día se les murió la hija, y ninguna de las piezas volvió a su lugar. Ellos apagaron la luz inmensa que tenían, y siguieron viviendo, bajo la oscuridad, bajo las sombras de todos los demás. Como tremenda metáfora, cerraron la persiana de su casa, la que da a la calle, y no la volvieron a levantar jamás. El domingo pasé frente a la casa de P. y M., sobre la calle Tomkinson. Miré, y vi la persiana baja, más de veinte años baja. En ese momento estaba hablando con el remisero, y tuve que hacer silencio. Luego seguí, pensando en ellos, mientras hablaba de cualquier otra cosa.

Cerca de las diez de la mañana. Hoy llegué a la Universidad, y me comentaron de la muerte de A.C. Con A.C. pensaba diferente sobre tantas cosas, como me ocurre con tantos profesores de la Universidad. Y como a muchos de ellos, lo quería, aunque tal vez de un modo especial. A.C. era una persona buena, una cabeza abierta, que nos miraba atento, a nosotros —a los que éramos más jóvenes que él— con la expectativa de aprender algo que no supiera, algo de aquello que le pudiéramos decir. Desde hacía unos pocos años, tenía la mirada opaca, un peso triste silenciosamente oculto debajo de su traje gris. Cuando llegué a la Universidad, esta mañana, me dijeron que había sido un accidente. No sé por qué me insistieron en que había sido un accidente, con lo cual sólo me resultó claro qué era lo que no había ocurrido. En todo caso no importa. A.C. se había quedado perdido bajo las ruedas de un tren, ayer, cerca de las diez de la mañana. El abrazo más grande para él y para su familia.


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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
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