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Juan Pablo Liefeld, en Chilavert

16 04 2009 - 09:03

Todos los días al salir a la calle un presentimiento oscuro te deja sin aliento: la firme promesa de que tu cadáver, cocido a tiros, va a ser el afrodisíaco principal que los noticieros van a servir para la cena.

Todas las noches, antes de dormir, una angustia punzante que te quita el sueño te recuerda que hoy tampoco fuiste el objeto de deseo del “mapa del miedo” que sabe convertir la celda aburrida y rutinaria de tu cuerpo en un erótico cadáver exquisito.

El mapa del miedo de la inseguridad es como un gran Bingo al que te escapás siempre que podés para jugar unos cartones buscando llevarte el premio mayor del pozo acumulado.

¡Bingo!, grita el conductor del noticiero. Pero es tu vecino el que esta noche va a pedir la pena de muerte para el violador de su hija.

¡Bingo!, grita el locutor del informativo de la radio. Pero no sos vos el que va a desplegar su vena dramática llorando desconsoladamente porque su mujer quedó atrapada en medio de un tiroteo entre policías y delincuentes.

¡Bingo!, grita la tapa del diario, y esta vez estuviste cerca. Sólo te faltaron dos números para llenar el cartón y cortar la calle con tus vecinos exigiendo justicia porque a tu anciana madre unos tipos la molieron a palos para robarle la pensión y el televisor.

Todos los días la inseguridad se cobra su cuota en libras de carne. Esto es una realidad tan grande como el mundo. Un mundo en el que hay Primer Mundo y Tercer Mundo. Un mundo que, en los hechos, desconoce la horizontalidad de tensión entre las derechas y las izquierdas y que profesa la férrea doctrina vertical de que hay unos arriba y otros abajo. Un mundo en el que técnicamente se podría cubrir las necesidades básicas de alimentación y medicamentos de la población mundial y en el que, sin embargo, no es así. Y probablemente no lo sea jamás.

Un mundo que piensa a lo humano y su entorno como meros recursos acumulables para ser explotados y con ellos producir más recursos acumulables para ser explotados, quizá haya necesitado como pieza central de su plataforma al consumidor como sujeto soberano pleno de derechos. Si el consumidor hoy es el modelo central pensable de la escala de lo humano, probablemente sea anacrónico e irrisorio querer definir a un sujeto por sus opciones políticas, sus credos de fe, su bagaje intelectual, sus gustos sexuales o su imaginario estético, y sea más acertado preguntar de qué “poder de compra” dispone como consumidor para definir sus derechos y obligaciones. En el arco que va del hombre que recorre las góndolas de un supermercado llenando su changuito de productos a un hombre que recorre las calles de la ciudad revolviendo las bolsas de basura buscando llenar su changuito se encuentra y define toda la paleta de colores del arco iris de las posibilidades de una sociedad. Dime qué y cuánto consumes y te diré quien eres.

J. G. Ballard en su última novela, Bienvenidos a Metro-Centre plantea que vivimos en una sociedad de consumo que es un estado policial blando. Que creemos que podemos elegir, pero todo es obligatorio. Que si no seguimos comprando fracasamos como personas. Y dice uno de sus personajes: “La política es una estafa y la democracia apenas otro servicio público, como el gas y la luz. Casi nadie tiene la menor sensación cívica. El consumismo es lo único que nos da un sentido de valores. El consumismo es honrado y nos enseña que todo lo bueno tiene un código de barras.” Si lo único que hoy nos da un sentido de valores es nuestro poder de consumo y esto se nos repite hasta el hartazgo en todos lados, y a la vez una inmensa mayoría no puede cubrir esa necesidad, ¿no se podría pensar a la violencia de la inseguridad delictiva al menudeo como una droga homeopática que un enfermo de cáncer terminal busca sin suerte para apaciguar el dolor?

Pero si lo humano y todo cuanto hace no es otra cosa que meros recursos explotables y acumulables, ¿por qué no pensar que la “inseguridad” no es más que un recurso tan legítimo y productivo como el que más para generar recursos? ¿Acaso es más dañino el pibe chorro que te encañona en la esquina que la soja transgénica con su artillería de agroquímicos que producen cáncer en la gente y convierte la tierra cultivable en desierto? ¿Acaso la cocaína que se cocina en Argentina y se exporta no le permite llegar a fin de mes y pagar sus impuestos a tantas familias como una fabrica de zapatillas que gasta fortunas en sponsors y publicidad y paga sueldos miserable a sus empleados por jornadas laborales embrutecedoras y enajenantes?

Así como hay quienes llenan sus changuitos de las góndolas de los supermercados y otros de las bolsas de basura, también hay quienes producen riqueza delinquiendo a gran escala con todo un aparataje legal y técnico que los ampara y quienes producen riqueza al menudeo sin más amparo que una pistolita calibre 22.

Además, si sólo adquiere un valor todo aquello que puede ser interpelado como un recurso explotable para que genere más recursos explotables en esta calesita infernal, ¿no habría que pensar qué lugar ocupa el dolor y la figura de la victima en esta estructura? ¿Acaso la violencia letal o parcial que sufren las personas todos los días no es un recurso explotable y acumulable que genera riqueza por medio de los medios masivos de comunicación? Por otra parte, por debajo de la superficie de los reclamos de seguridad y justicia con su poética rabiosa de la ley del Talión y sus sueños de gulags que mantengan contenida a la pesadilla colectiva, escucho un goce tremendo que pide a gritos experimentar un asalto, un secuestro, la muerte de un hijo, la violación de una hija, el llanto desconsolado frente a las cámaras de televisión.

Fantasmas, de Chuck Palahniuk, es una novela que en algún punto se hace larga, pero tiene momentos brillantes y su idea conductora se puede resumir en estas palabras de Ballard: “sospecho que la especie humana avanzará como un sonámbulo hacia ese vasto recurso que vaciló en abordar: su propia psicopatía (…) a nuestra pasividad se suma que estamos ingresando en una etapa profundamente masoquista. Todo el mundo es una victima, ya sea de los padres, de los médicos, de los laboratorios farmacéuticos, hasta del amor. ¡Y como lo disfrutamos!”. Estas palabras de Ballard resumen bien las 400 páginas de Fantasmas de Palahniuk. Y todo esto me lleva a pensar cómo seria hoy acá esa víctima tan felizmente gozosa de su propia tragedia. ¿Cómo sería? Imaginemos, por qué no. Podría ser una persona de mediana edad, a cuyos abuelos Hitler los hizo jabón, a cuyos padres los militares se los chuparon en los 70 y a él con su mujer, una noche esperando en una estación de tren del Conurbano Bonaerense, lo asaltan unos negritos cabeza. Hay forcejeos, a su mujer le meten dos tiros y a él lo tiran a las vías del tren que justo viene y le corta las piernas. Sería una historia terrible y fascinante que la víctima podría contar infinitas veces en la tele, la radio y los diarios. Y luego podría escribir sus memorias y vender los derechos del libro para hacer una película. Sería un golazo, concentraría toda la lástima y la envidia del mundo, brillaría como una estrella y como encima sabe escribir conseguiría laburo en el campo de concentración de la ESMA dando cursos sobre “Literatura y Memoria”.

Vivo en Chilavert, partido de General San Martín, Provincia de Buenos Aires, República Argentina, América del Sur, Tercer Mundo. ¿Tercer Mundo? Sí, la puta que te parió, vivo en el Tercer Mundo. En este municipio existen más de 15 villas. También hay islas paradisíacas y muchos mojones en los que vive una amplia clase media en decadencia. Los municipios del Conurbano Bonaerense hoy son un lugar tan inhóspito como los fortines de campaña que delimitaban con la región de los salvajes que asolaban en malón en el siglo XIX. Drogas, armas, corrupción política, evasión de impuestos, trabajo en negro, sueldos en blanco que apenas arañan la canasta básica, desocupación, indigencia, servicios públicos insatisfechos, trabajo infantil y mucha, pero mucha mierda. En semejante contexto, con semejante quilombo, hasta un mogólico sabe que vive en un estado de precariedad e inseguridad total. Hasta yo que he leído Vigilar y Castigar de Michel Foucault, cuando bajo del tren todas las noches en la estación Chilavert y veo a los gendarmes en el andén con sus armas largas y sus trajes de fajina, tengo ganas de abrazarlos y pedirles: muchachos, ya que están acá, ¿no se copan y me acompañan hasta casa?

Lamentablemente en Argentina no existen escritores como en Norteamérica. A decir verdad, como la narrativa americana del siglo XX a hoy no existe algo así en ninguna otra parte del mundo, con esa fuerza y esa vitalidad de poder contar los dramas de un pueblo. Si esto fuera así, si en Argentina existieran escritores como James Ellroy o Don Winslow o Jonathan Franzen o Chuck Palahniuk o Cormac McCarthy o Philip Roth uno podría leer obras maestras de la literatura en las que el escenario sería la pesadilla cotidiana del Conurbano Bonaerense. El Conurbano Bonaerense ofrece toda clase de argumentos para escribir grandes tragedias y sin embargo no hay nadie en las letras argentinas capaz de garabatear dos líneas. Nadie. Y yo tampoco. Si uno quiere entender—la palabra no es entender pero es la que me viene a la mente ahora— el quilombo que es en el Conurbano ese conglomerado de políticos corruptos más empresarios corruptos más corrupción policial más enormes bolsones de pobreza más medios de comunicación corruptos más crímenes más drogas uno tiene que leer El gran desierto o L. A. Confidencial o América de James Ellroy. O si uno quiere ver la brutalidad a la que fue sometida la clase media en los 90 en el Conurbano Las correcciones de Franzen es una pieza fundamental. ¿Drogas, hablamos de drogas? El poder del perro, de Don Winslow.

Hay una imagen recurrente con la que suelo cruzarme al salir a la calle: es la de carros tirados por un caballo, conducidos a veces por chicos y otras por un padre con sus hijos, recorriendo las calles en busca de chatarra o basura que revender. Esos carros desvencijados, con sus caballitos famélicos, guiados por personas que se cayeron más allá de cualquier posibilidad de una forma de vida deseable que podamos imaginar para una persona del siglo XXI, es la imagen más cruel y pornográfica que se me representa cada vez que en el horizonte de la intemperie Bonaerense escucho avanzar al malón de cadáveres mediáticamente erotizados con su terrible griterío de reclamos tan mortíferos como gozosos.


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