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Lezcano tiene ruralidad

23 04 2009 - 08:04

Está claro que la educación importa muy poco. Desde el Estado a los mismos docentes, la desidia se observa en todos los niveles. Cada uno de ellos hace su aporte cotidiano para que todo se vaya un poquito más al carajo.

En Lomas de Zamora, los actos públicos se retrasan hasta una hora y se llevan a cabo en un lugar muy pequeño, lo que dificulta la permanencia de tanta gente, y en mal estado. El otro día fui a buscar trabajo ahí. No quería, pero no tenía opción. En Almirante Brown, donde vivo, no hay laburo. Así que era ir a Lomas o pasar hambre. Y no me gusta vivir cosas pasadas. Es aburrido. Cuando llegué eran las 14:20 y el acto todavía no había comenzado. Supuestamente empezaba a las 14. Había gente de distintas ramas: de lengua, de inglés, de historia, de educación física. Todos esperando su turno. Para aguantar la espera saqué un libro de Néstor Perlonguer y me puse a leer sus poemas, hasta que en un momento escuché un grito, una estridencia que me costó reconocer como mi nombre. Me acerqué y me ofrecieron escuelas para seleccionar. Miré las direcciones. La puta madre, pensé, me olvidé de comprar el listado de escuelas donde está especificada la zona de ubicación. Observo y no me decido. Hace calor, transpiro. Me cuesta respirar. Pregunto a ver si alguno sabe la ubicación de alguna de las escuelas. Nadie sabe. No les creo. Forros. Me apuran, impacientes, poniendo cara de culo. Termino tomando una escuela que no sé dónde queda. La mina me da la designación y me dice te tenés que presentar AHORA. El horario era los lunes de 15 a 17 y jueves de 12:45 a 14: 45. Voy a la fotocopiadora de enfrente de la secretaria de inspección y me compro el listado de escuelas. Está la dirección. Llamo al colegio y hablo con una secretaria amable que me indica qué bondi tengo que tomar para llegar. Es lunes y son las 14:49. Tengo más o menos 40 minutos de viaje. Ya llego tarde.

Saco 1,75 en el colectivo y le pregunto al chofer si me puede avisar cuando lleguemos a la escuela. Asiente, sin decir nada. Me siento cerca para estar atento. Miro el paisaje y las primeras cuadras no desentonan con el centro de Lomas, pero cuando nos adentramos en el suburbio profundo y desconocido, el paisaje se deforma y se convierte en una zona temible. Las calles asfaltadas están destruidas, hay unos arroyos mugrientos y pestilentes y las casas muestran un deterioro ancestral. Esto no es de ahora. Mucha gente sentada en la puerta de sus casas. Gente grande y gente joven. Hace calor, así que muchos de ellos están en cueros mostrando sus cuerpos sin gimnasio, esas panzas colmadas de asados y cervezas y vinos y todo eso que ayuda a no mirar de frente tanta pobreza, porque afrontar sobrio todo esto te parte el alma y te da ganas de hacer sufrir a otras personas.

Unas cuadras antes de llegar al colegio hay unos terrenos parcelados. Es la semilla de un barrio. La precariedad de esas viviendas es devastadora. Tienen el tamaño de una cajita de fósforo. Hechas con lonas y machimbre, un soplo y se caen. De esos lugares salen chicos, muchos chicos sucios y descuidados. Y pendejas. Madres que recién aprendieron a caminar cambiando pañales. ¿Que harán en unos años? Esos niños serán mis alumnos, pienso. ¿Cómo enseñarles a chicos con tantas carencias? ¿Cómo ilusionarlos con la idea de que el estudio es la puerta a un futuro grato? No puedo encontrar una respuesta.

El colectivo me deja en la puerta del colegio. En las esquinas hay muchos pibes al pedo. Ninguno debe tener más de veinte años. Se los ve expectantes. Entro y me presento frente a la secretaria, que es quien se encarga de la toma de posesión del curso, y me pregunta a quién estoy suplantando.

—A Creación —le digo.

—¿A quién?

—A Creación —le repito.

Mira mi designación y se ríe con ganas.

—No, nene, “creación” quiere decir que el curso se está creando. Vas a quedar provisional, ¿no lo sabías? ¿No te avisaron? Vas a estar todo el año con el curso. Te felicito. La provisionalidad te da puntaje; aparte esta escuela tiene ruralidad.

La ruralidad es como unos viáticos que se pagan cuando la escuela está en barrios como éste. En ese momento llega un preceptor, simpático, que se queja porque tiene a su cargo cuatro cursos y no da a basto con todo. Mientras la secretaria me prepara el papelerío de rutina me cuenta que mi curso está en un aula alejada de las demás, porque hace un mes se cayó el techo de un curso, entonces tuvieron que reubicarlos.

—¿Se cayó el techo?

—Sí. No vinieron a arreglarlo. Ya hicimos un montón de reclamos al Estado pero no mandan a nadie.

El preceptor me lleva al curso y pasamos por el comedor. Se ve, por la cantidad de mesas y sillas, que vienen muchos niños. Me presenta y los chicos me miran con desconfianza. Algunos. Otros no me miran y siguen en la suya. Me dejan con el curso solo. Me presento y noto que sentada en el fondo hay una mujer, con una libreta y una lapicera. Le pido que se acerque y se presenta. Es una psicopedagoga que está supervisando la integración de dos chicos que vienen de escuelas 500 (las que tienen alumnos con algún tipo de discapacidad).

—Dos de tus chicos tiene un pequeño retraso. Yo voy a venir una vez por semana a supervisarlos a ver cómo va todo. Hasta ahora van muy bien. Lo que sí, las expectativas de logro deben ser menores a las de los otros.

Me quedo mudo por un segundo. No me siento preparado como para esto, pero le digo bueno, está bien. Me pasa los nombres y luego de un rato observando se va.

Sólo la mitad de los pibes tienen guardapolvo. Lo chicos se visten como pibes chorros, equipos deportivos y zapatillas para correr, gorros y capuchas para ocultar el rostro. Las pibas están provocativas. Pintadas, con el guardapolvo atado en la cintura para mostrar el culo y con las remeras escotadas. Yo estoy de pantalón de vestir y camisa. Me pregunto qué representa mi vestimenta, qué ven.

Les pregunto cosas de su vida: cuántos años tienen, con quiénes viven, esas cosas. En una punta del curso están sentados los cuatro que parecen los bravos. Son más altos y más anchos que yo. Y cuando les digo que se saquen la gorra y se sienten bien me desafían con la mirada, pero lo hacen. Trato de mostrarme confiado, aunque estoy un poco nervioso, y el aire está tenso. Trato de distenderlo haciéndoles más preguntas para que nos conozcamos. Es un séptimo; a medida que contestan mis preguntas me entero que tengo unos cuantos desfasados. Chicos de quince y dieciséis años conviviendo con nenes de once y doce.

Cuando comienzo la clase propiamente dicha noto que muy poquitos me escuchan. Los demás se aburren y me lo hacen notar. Uno se hace el que duerme. Otro bosteza haciendo muuucho ruido. Y así. Entonces me calzo el papel de ortiva, aunque no sé como va a salir, y les digo a esos que salgan afuera que les voy a decir algo. Cuando salgo, empujo la puerta para que golpee la pared, para que yo parezca enojado. Un recurso improvisado de consecuencias inesperadas. Ni bien salieron agacharon la cabeza esperando la cagada a pedos. Noté que estaban acostumbrados a eso. La violencia es el plato de cada día para estos pibes. No quería sumar a eso, tampoco, así que empecé a hablar con tranquilidad. Les dije que no los estaba retando sino que dialogábamos. Me vino a la mente la pregunta anterior, reformulada así: ¿Cómo establece un docente que aspira a ser un chancho burgués un vínculo con chicos que viven un realidad áspera y jodida y se liman la cabeza escuchando cumbia villera? Entraron al curso y pude dar clase; no se calmaron del todo pero no estaban tan quilomberos. Los contenidos que trabajamos ese día eran básicos, y les costaba. Tuve que explicar mucho y tener paciencia.

Cuando la clase terminó, salieron corriendo. Saludé a mis colegas y regresé a mi casa, bastante triste, pensando en la vida que llevaban cada uno de mis nuevos alumnos y si iba a poder enseñarles algo realmente importante.


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