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La Muerte de Chatterton

31 10 2004 - 19:30

Dos esqueletos pigmeos trotan decididos entre los árboles.

— Estamos perdidos, ¿no?
— Sí.
— Vale.

No se detienen, ni dudan, ni cambian de rumbo. Mi hija, un hada diminuta que se abre paso en la oscuridad agitando su linterna de calabaza, los mira alejarse y me pregunta: ”¿Por qué, de pronto, se sacan un poco las máscaras y parecen nenes?” Lo contrario parecería absurdo no sólo dentro del particular universo de un hada de tres años. Estamos en una urbanización al norte de Madrid, lo más parecido a suburbia que uno puede conseguir en un radio de mil kilómetros, y lo menos parecido al suburbano bonaerense. “Suburbio” define cosas muy distintas a lo largo del mundo, a lo ancho no tanto. El frío te humedece la nariz y se hace de noche más temprano (hoy cambia la hora). Otro padre y yo caminamos en silencio, arreados por nenes propios que se confunden con los ajenos que brotan detrás de las ligustrinas en la forma de vampiros, fantasmas y demonios, pero sobre todo brujas, claro, y Harry Potters. El otro padre y yo nos conocemos desde hace tres décadas —más precisamente desde Jardín de 3— y me tienta viajar al pasado por cinco minutos para contarme a mí mismo que más de treinta años después estaremos cargando las bolsas de treats de nuestros hijos en un sitio tan remoto, improbable e inexistente como este. Completando el cuadro, los monstruos enanos hablan no ya en otra lengua sino en híbridos encantadores de cinco idiomas distintos:

— ¡Maman! ¡Todo este candy llevamos a la la maison!

Mi fascinación y agradecimiento (somos invitados en la urbanización; nuestro barrio céntrico no permite excursiones nocturnas tan spielbergianas) son recibidos con cierta sorpresa en la mesa de los adultos, en su mayoría argentinos porque el crisol de razas tiene sus límites. Después de cinco años en USA, Halloween no debería sorprenderme. Pero Los Angeles no es The US, really, y Hollywood menos. Mi último Halloween allá no tuvo nada que ver con la experiencia familiar de las películas, que me alcanza recién ahora, curiosamente, en España. Transcurrió amablemente en la casa de mi amigo Paul, de Aeon Spoke: una competencia de calabazas caladas (que incluyó ejemplares memorables, como la Mac OS Pumpkin y la Pumpkin Head of Norma Desmond), seguida de un set eterno que hizo temblar las paredes, más dos horas de jazz standards en manos de una gloriosa anciana cuyo nombre no recuerdo, terminando con la policía a las cinco de la mañana.

La última vez que vi a Elliott Smith (más o menos por esa misma época) se lo llevaban en andas, a través de la cocina, por la puerta de atrás hacia el callejón sórdido una cuadra al este de Fairfax, asumo que al auto de alguien que estuviera en condiciones de manejar. No el mejor recuerdo para uno de los mejores de todos, de quien después escuchamos todo tipo de historias hasta comprobar sin sorpresa, pero con una tristeza que duró días, que eran todas ciertas. O no, pero que ya no importaba. Por casualidad, o porque calar calabazas da cierto permiso extra para pensar en los muertos incluso a quienes pensamos en eso más a menudo de lo deseable, estuve toda la tarde alternando entre el último (last, not latest) CD de Elliott Smith y los Disintegration Loops de William Basinski.

La historia de Basinski es implausible. Un día el tipo decide desempolvar viejas grabaciones que había hecho a principios de los ochenta —unos loops reminiscentes de Discreet Music, no mucho más atractivos que eso— y rescatarlas de los decrépitos casettes en los que habían vivido durante dos décadas transfiriéndolas a digital. El día que elige es el 11 de Septiembre del 2001, y Basinski vive enfrente de las Twin Towers. Los loops quedan corriendo a medida que las torres terminan de desaparecer, y se desintegran de a poco con ellas. No importa demasiado si es cierto: el resultado sería estremecedor incluso si la historia fuera un invento de Basinski para atraer la atención que su minimalismo siempre le negó. Uno puede escuchar cómo los bonitos e inofensivos loops, que en su forma original podrían ser música de fondo en un restaurant o banda de sonido de un documental sobre la vida de las lagartijas, se mueren poco a poco, hasta que no queda casi nada de ellos (y después nada), pero ese “casi nada” es de una belleza sorprendente que te obliga a volver al principio y recordarlos en su juventud. Tiene puntos de contacto con Bryars y con el 10-100 de Nyman, pero es otra cosa, que no tiene que esforzarse demasiado para reclamar su lugar en la historia de como sea que vaya a llamarse este tipo de música en el futuro. En la tapa de los Disintegration Loops hay una foto de las former torres sacada desde el living de Basinski, no muy distinta de las fotos que sacó Semán desde Brooklyn. En la contratapa hay una foto de Basinski muerto, disfrazado de muerto, disfrazado de Thomas Chatterton muerto, de Chatterton en The Death of Chatterton, pintado por Henry Wallis en 1856. So much for the upscale Halloween.

The Death of Chatterton, como la Arcadia de Poussin, es uno de esos cuadros que dan para todo y a menudo oscurecen la obra del autor. Tocá Muchacha Ojos de Papel. Ha servido obedientemente a la academia en su modo teórico (romanticismo), literario (expertos en Coleridge), técnico (pre-rafaelistas, mirá cómo le da la luz al fiambre) e incluso clínico (clases de medicina en Cornell), pero además sigue generando spin-offs de todo tipo, casi todos más dignos que el que encabeza esta página. Kim Stringfellow, una fotógrafa que seguramente no tiene nada que ver con Ken Stringfellow, hizo en 1991 una reconstrucción fotográfica al revés que hay que ubicar con cierta generosidad en la época para no criticarle el modo Witkin (aunque el modo Witkin-Rauschemberg podría resultar cuestionable de todos modos). “My Chatterton is black”, escribe Stringfellow “and the association stems from the untimely and romanticized death of the artist Jean-Michel Basquiat from a heroin overdose in 1988. Popular culture’s glamorization of drug use, suicide and youthful death fascinates me. Like the Pre-Raphaelite painting by Henry Wallis of Chatterton’s death in which my piece is based on, my image reflects a romanticized ideal and follows the artifice depicted in the original. Wallis’ sensuous portrayal of arsenic poisoning in reality would cause the body to be terribly convulsed.” Hm. Después de leer eso, lo de Stringfellow me gusta menos que antes, pero vale la pena citarlo, igual, por lo que sigue.

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Página 2


“The Death of Kurt Cobain”, Sandow Birk

Chatterton se suicidó en Londres la noche del 24 de agosto de 1770; había nacido en Bristol dieciocho años antes. Ese breve período, ocupado por altas dosis de poesía romántica ignorada, bastó para que se diera por vencido. Mucho menos tiempo del que tardó uno en deprimirse por primera vez, pero entonces todo pasaba más rápido que ahora, pese a la tan difundida impresión contraria. La idea de un poeta brillante que se mata joven no era nueva entonces ni es vieja ahora; es una receta perenne cuya persistencia se asienta en la eficacia de cada uno de los ingredientes que componen el coktail (¡poeta! ¡joven! ¡muerto!) tanto como en el alivio de muchos y la identificacion desconsolada de otros, a quienes también alivia, de algún modo. Los hubo y habrá más chantas (como Basquiat), más pelotudos (como Jim Morrison), más brutos (como Cobain), pero todos sufren, todos quieren otra cosa que no es esto. Todos se van antes o después de comprobar que no hay otra cosa que esto, y ninguno llega a entender que comprobar que no hay otra cosa que esto no es motivo ni excusa (al menos no una buena excusa) para dejar de querer aquella otra cosa que no es esto. Psicoanálisis, se llama —no se había inventado en la época de Chatterton y sigue sin inventarse en los Estados Unidos, pese a esfuerzos periódicos de locales y extranjeros.

Pasaron casi diez años de la muerte de Kurt Cobain, pero comentarios como el del cuadro de Sandow Birk (arriba) siguen irritando/indignando a quienes sólo pueden/quieren ver a Chatterton en todas partes. La efigie del Che Guevara hasta en los paquetes de caldito Knorr no es más que una expresión más de esto mismo; la romantización Kirchnerista de los setenta lo sería también si pudiéramos hablar de la lucha armada en los mismos términos (pero no se puede, así que habrá que obviar la versión social, por ahora). No estoy inventando la rueda, claro. Lawrence de Arabia, Rimbaud, Nick Drake —cada uno tiene su inmolado favorito y lleva su foto invisible en la billetera como memento de todo lo que hay que evitar, o tal vez (dependiendo de la edad de uno y de su disposición personal) de que inmolarse es admirable, un ejemplo a seguir. Así como quienes ocupan este segundo grupo no piensan o piensan mal, yo tiendo a pensar que mi pertenencia al primero es monolítica. Pero probablemente sea un error, al menos en el sentido de que, por sólida que sea, mi convicción de que inmolarse es una mierda no está, estrictamente, hecha de una sola piedra.

Hace dos meses apareció un tipo, Nick Groom, en el pueblo natal de Chatterton, con evidencia de que el ícono romántico no se suicidó un carajo. Groom no es sólo vecino de Chatterton sino también un académico un tanto obsesivo, como los de la Arcadia de Stoppard, que se encerró años a leer sobre la vida de Chatterton, su estado financiero, lo que decía la gente en el Bristol de entonces (que era una ciudad bastante chica), las notas de suicidio que hoy están definitivamente confirmadas como falsas. Parece que Chatterton no estaba ni remotamente en la miseria, había publicado más que muchos de sus contemporáneos y la pasaba, en general, bastante bien. Tan bien que tenia sífilis, la cual intentaba curarse con el arsénico que tomó la noche del 24 de agosto. Tan bien que ni siquiera esa noche se privó de las pepitas de opio cotidianas que, en combinación con el arsénico, lo dejaron en la cama para siempre en una postura que seguramente era más parecida a la que describe Stringfellow que a la del cuadro.

Uno nunca sabe del todo lo que le pasa a los demás. No importa cuánto aceitemos nuestra percepción, cuántas vueltas demos sobre lo que creemos haber visto (ni hablar de lo que no vimos), la franja de misterio en los motivos que conducen a cada decisión definitiva es cien veces más grande de lo que tendemos a imaginar. Sobre todo porque las decisiones definitivas no suelen ser una sola, y cuando son una sola no suelen ser decisiones. Son movimientos más o menos incontrolables, más o menos reflejos, como cuando uno en la ruta reacciona ante el auto que se le viene encima, sin la más mínima posibilidad de percatarse de que el auto que se le viene encima es, también, producto de la suma de decisiones anteriores que no incluían, ni remotamente, al auto en la ecuación. Por eso es más posible escuchar el último disco de Elliott Smith por segunda vez, y más posible (menos doloroso, digo) escucharlo por tercera vez, and so on. Porque en la riqueza relativa y complejidad infinita de esas canciones mezcladas con los dientes hay, por suerte, más que en los diarios de noviembre del año pasado. Y por eso también son tan recompensantes los loops de Basinski si uno los escucha dejando que el proceso transcurra y percibiéndolo apenas, cada tanto, mientras se hace un café, contesta mail o prepara el disfraz de hada para la noche.

— Estamos perdidos, ¿no?—pregunta un esqueleto pigmeo.
— Sí—dice el otro.
— Vale.

Y siguen caminando.


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