Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Correspondencia Escolar (02)

28 04 2009 - 13:48

Vengo tratando de darle forma a lo que pienso. Quería hacer un daily para seguir en la línea que inició Ivana, y todo el tiempo termino alienado en mis propias palabras. Así que lo primero que tengo que aclarar es que no sé lo que pienso, o bien pienso que pienso algo y enseguida me lo cuestiono. Y como durante unos 40 años tuve metido adentro esa especie de dogma de que la enseñanza pública es mejor que la privada, muchas veces tiendo a adoptar posturas de rebeldía ante mi herencia y elección propia. A veces esas posturas me llevan a extremos rayanos en el racismo o algo peor y me horrorizo de mí mismo y me da un impulso de autoflagelación. Creo que esa tendencia a la autoflagelación es lo que me hace hablar impulsivamente en las reuniones, donde la flagelación viene del lado de mis amigos: desde hace ya un tiempo me ven como un reaccionario (esto dicho con cierta sutileza que no suelen tener mis amigos, que me dicen simplemente gorila).

En este momento los que nos criamos en clase media y fuimos confluyendo hacia ámbitos progre, vivimos bajo una especie de extorsión, según la cual si no te la pasás haciendo autos de fe de progresismo, la gente de alrededor te empieza a mirar como a un sorete. Cualquier postura ante cualquier cosa está codificada de manera binaria: de derecha o de izquierda. Y entonces en cualquier charla en la que uno manifieste lo que sea, esa nube de cosas que uno afirme conformará un pattern que hará que el que está enfrente lo clasifique a uno en una vereda o en otra. Y esto hace que en la mayoría de las conversaciones se adopten poses todo el tiempo para demostrar que se sigue perteneciendo al grupo de pertenencia, en donde el único disenso posible es el que no te mueve del bloque. Entonces si te gusta León Gieco ya estás y no tenés que explicar más nada, pero si te gusta la rúcula tenés que aclarar que el peruano de la vuelta la trajo barata, y si vivís en una casa antigua con muebles reciclados está todo bien, pero si decís que te gustaría mudarte a una torre con pileta, te fuiste del otro lado.

Hacia el final de 2007, cuando Manuel terminaba el preescolar, tuve una primera experiencia que ya sonaba a presagio de algo feo. A los chicos les hacían una revisación médica en la escuela. Venían médicos del hospital Fernández y primero una asistente social te hacía un cuestionario de tipo “ambiental”, después una médica se esforzaba por detectarle cosas al nene (a Manuel le detectó un soplo inexistente). En la planilla ambiental figurábamos como una familia de padres universitarios, propietarios de su casa y con ingresos normales (lo cual tampoco impidió que la asistente social nos recriminara que siendo ambos padres un poco alérgicos, no le hagamos tests de alergia al nene). Las asistentes y las médicas se lamentaban de “trabajar en esas condiciones” mientras te estaban atendiendo en un aula grande, entera y pintada normalmente, limpia, bien iluminada con luz natural y luz artificial, con vista al arenero con juegos de los nenes. La sensación era que si estabas ahí y no eras un villero, le estabas sacando el lugar a uno. Lo recuerdo como la primera vez que pensé ¿será que lo tengo que llevar a un privado?.

Poco tiempo después, coincidiendo con el advenimiento de Macri, comenzaron las amenazas de bomba sistemáticas en esta escuela (paralelamente a algunas otras, pero en esta fue donde más se prolongaron). Los chicos fueron evacuados constantemente hasta tres veces por día, lo cual era más peligroso que quedarse en la escuela amenazada. Se hicieron reuniones dentro de la escuela en las que participaban padres, docentes, autoridades de la escuela y autoridades del gobierno de la ciudad (pinches) y donde se producía la situación constante de padres enardecidos reclamándoles a las autoridades a los gritos que les solucionaran el problema de inmediato, docentes también enardecidos reclamándoles a los directivos a los gritos que ellos no estaban ahí para evacuar chicos y correr semejantes riesgos, y directivos intentando tomar la situación con calma, mientras los pinches del gobierno de la ciudad miraban de costado el reloj a ver si podían decir que en la casa los esperaban a cenar y tomárselas. Se armaron muchas comisiones de padres paralelas, redes de listas de mails de yahoo y se hicieron reuniones a las cuales mi mujer asistió siempre. El hecho de haber mandado yo una carta políticamente incorrectísima a la lista de padres significó que se me viniera al humo via mail una gorda que tiene un puesto en el congreso nacional y que oficia en esos foros de Defensora Oficial de la Educación Pública, que está a punto de ser destruida por Macri. La gorda envía a la lista mensajes con cualquier cadena de propuestas de padres o docentes de vaya uno a saber dónde que denuncian todos los días nuevas tropelías del gobierno de la ciudad, tales como el negociado de los Lego, la usurpación del campo de deportes del Otto Krause, la propuesta de que los funcionarios públicos estén obligados a mandar a sus chicos a escuelas públicas. El año pasado la locura eran las amenazas, que terminaron justo cuando empezó el plan de lucha de los paros y las tomas de escuelas de estudiantes que reclamaban por el cese de otorgamiento de becas. Con los paros nunca estuvieron absolutamente claros los motivos, porque siempre hubo una connivencia rara entre los reclamos de los docentes y los reclamos de los alumnos, al estilo “la lucha es una sola”. No es que yo diga que hay un operativo gigantesco del gobierno central, en el cual los sindicatos intentan desestabilizar al gobierno de la ciudad y que para eso se agarran de cuanta cosa puedan agarrarse (las becas, las viandas, los contratistas, los sueldos, la provisión de energía), ni tampoco quiero llamar demasiado la atención sobre el súbito cese de las amenazas de bombas ante la aparición de los planes de lucha porque ¿cómo va uno a pensar que los sindicatos podrían estar metidos en una cosa así? Pero de repente estamos sumergidos en una situación de fin del mundo para la educación pública, en la cual los que hacen campaña “por la defensa” te ahogan diciendo todo el tiempo que ahora sí vienen por la educación pública. “Ellos”. “Los neoliberales”. “Los empresarios”. Manuel viene yendo a esta escuela, con todos sus problemas, desde el 2005. Pero resulta que a partir del preciso momento en que ganó Macri “ellos quieren terminar con la educación pública”.

Uno solamente puede hacer un relato desde un lugar de asistencia a esas reuniones de padres, basándose en elementos mínimos, aislados. Porque no hay forma de saber cómo son efectivamente las cosas en su conjunto. Como están las administraciones nacional y provincial pujando y la situación es distinta en cada distrito, uno ve a la parte gremial tratando de armar una gran pelota de lo que es nacional, provincial o local y todo termina siendo ininteligible. Lo que era un problema nacional por la atomización con Menem, cuando valía la Carpa Blanca, ahora parece resuelto y entonces el planteo es que los problemas ahora están en la ciudad. O se pone de espejo a la provincia, va la presidenta y felicita al gobernador de la provincia con lágrimas en los ojos por ser “el distrito que más invierte en educación”, y en la ciudad eso es ejemplo de bien para los gremios. A nivel local incluso, es claro que la situación no es la misma en Villa Soldati que en Nuñez, y que hay que ver quién y cómo resuelve eso. También es claro que el gobierno de la ciudad parece incapaz, pero también es cierto que el problema de fondo va más allá del distrito.

Para terminar con esta parte, la secuencia de episodios que nos inquietaron en los últimos días (nos quemaron la cabeza) tiene que ver con que el nene nos pide desde hace bastante que no lo mandemos más al comedor de la escuela. Como a casi todos los chicos de su grado, no le gusta la comida que le dan. Dice que está fría, que viene sin sal, que es fea, que las personas que manejan el comedor no están dispuestas a solucionar estos problemas. La alternativa es llevar todos los días una vianda desde casa. Ya desde hace años escuchamos que ahora en las escuelas existe esta distinción: comedor o vianda. Los que “van a comedor” se sientan ahí y el personal les sirve la comida que prepara la empresa concesionaria de ese servicio, igual para todos. Los que “van a vianda” se llevan un tupper desde sus casas, y esta comida se puede calentar en unos microondas que puso la Asociación Cooperadora para los chicos que llevan viandas. Como últimamente crecieron los rumores de que la comida que les dan a los chicos es espantosa, entre otras cosas porque “el gobierno no le da gas al concesionario para calentar la comida”, con las maestras haciéndose eco (mientras que no hace mucho tiempo apoyaban al comedor), un día decidimos que listo, enough, no me rompan más las pelotas, le mandamos la vianda. Voy entonces a hablar con la maestra para preguntarle los pasos a seguir para formalizar la situación, y la maestra me dice primero que si lo saco del comedor no me puedo arrepentir después y volverlo a mandar. Ante mi extrañeza, de repente pone cara de revelación y me dice “Ah, perdón, uds son los que pagan. Pensé que también tenían beca”. Los que tienen beca son casi todo el resto, menos otros dos chicos. Tienen beca chicos que viven en un piso a la vuelta de Libertador, a la altura del Museo de Arte Decorativo, tienen beca chicos de otros padres más o menos como nosotros, que pueden pagar igual que nosotros, y tienen beca otros que, efectivamente, no pueden pagar. Como yo seguía escuchando azorado, la maestra se entusiasmó: “¿y por qué no pidieron beca uds? El año que viene tienen que avivarse, porque a lo sumo el no ya lo tienen. Y está bueno que les den la beca”. Mi primer impulso fue de querer salir a organizar un Columbine contra los padres que sé que pueden pagar y no pagan. Ahora me calmé y solamente estoy triste. Pero pensando un poco más, creo que a esta maestra le encanta estar en un sistema de pobres que reciben dádivas y están ahí, quietitos para no perder la beca.

Yo heredé de mis viejos y adopté como propia la idea de la educación pública como la Verdad Absoluta. Mi viejo militó con Frondizi a fines de los 50 y se la pasa rezongando sobre “la gran traición” de la laica o la libre. Que “ahí empezó todo este problema” y cosas por el estilo, cosas que yo siempre tomé al pie de la letra pero cada vez relativizo más, porque no creo que un problema tan serio se pueda originar en una decisión puntual. Pero lo que seguro es cierto es que ese asunto de la laica o la libre tiene mucho que ver, quizá en un sentido mitológico, con el hecho de que este tema divida tanto las aguas. Digo, esto en cuanto a lo ideológico. Y lo ideológico fija pautas que están ahí como componentes de la Verdad Absoluta:

“Los chicos deben compartir un ámbito con otros de distinta condición social porque eso los va a convertir en mejores personas, y ese ámbito es la escuela pública”. No tengo datos de estudios al respecto, que debe de haberlos, pero estoy seguro de que la incidencia de la escuela en la clase de persona que vaya a ser el nene de grande es ínfima, para no decir despreciable (Raffo e Ivana, ¿no fueron a colegios privados en algún momento? ¿Se sienten peores personas por eso?). Puede ser algo que nos haga sentir mejor a nosotros por una fantasía cultural, muy legítima, que viene de tiempos en que la integración que se discutía era si convivían en la misma aula judíos y cristianos, turcos y armenios, hijos de inmigrantes españoles o italianos o japoneses, banqueros y tenderos, empleados públicos y profesionales. Convivencia que en determinado momento era necesario promover, pero que quedó como un debate saldado a pesar de las distintas xenofobias veladas que persisten. ¿Es ese tipo de integración de lo que hablamos ahora? ¿El mundo (la ciudad de Buenos Aires) se divide de esa manera? ¿Fuera de la escuela los chicos viven en ghettos como antes? ¿viven en otro tipo de ghettos? ¿se sale de estos ghettos yendo a la escuela pública? Con total ingenuidad me imagino que la situación que vive Raffo en los South Downs se parecerá un poco más a “aquella” integración que lo que vivimos acá. Y también sospecho que acá la posibilidad de integración actual no pasa por si el nene tiene de compañero al hijo del chino del supermercado (a todo esto, veo muy pocos nenes chinos en la escuela, a juzgar por la proporción de autoservicios chinos). Claro que todo esto mismo que digo se aplica por igual a las escuelas privadas. Si como yo creo, la incidencia de la escuela en la clase de persona que será el nene tiende a cero, sospecho también que “las cosas que la escuela privada le puede dar” al nene no son demasiado relevantes. Y esto valdría también para aquellos que “quieren pertenecer” y después se agarran la cabeza cuando le tienen que comprar el equipo de rollerball al nene y poner la guita que hay que poner para los regalitos y las cuentas no les cierran.

“La escuela pública es la mejor manera de integrar las diferencias y de promover la igualdad de oportunidades”. Sí, y entonces ¿por qué los que vivimos cerca de la zona sur de la ciudad, en donde cae todo el aluvión de pobres que viven extramuros o bajo las autopistas o en hoteles o en villas huimos a llevar a los chicos a colegios que estén del lado norte? ¿Queremos de verdad igualdad de oportunidades? La igualdad de oportunidades, hoy en día, ¿no suena un poco a dádiva, a planes sociales? ¿No querremos para nuestros chicos algo “un poco mejor” que la igualdad de oportunidades si en la práctica hay que empobrecerse para que la igualdad se concrete? Yo hasta hace un tiempo, cuando averiguaba sobre escuelas públicas (a cuál convenía mandar al nene), veía esta actitud como de “resistencia”, como que “el rol del estado” se podría recomponer con el tiempo y todo el sistema podría ir levantando cabeza, pero me fui poniendo cada vez más pesimista al respecto. Un amigo muy kirchnerista dice que “desde que el sistema educativo se convirtió en sistema alimentario no se puede mandar más a los chicos a colegio estatal” y manda a sus hijos a escuela privada. Lo veo tan enmarañado al problema, con tantas contradicciones, que no me imagino que se vaya a resolver pronto.

“Los maestros de la escuela pública defienden a la enseñanza pública”. Los maestros, como corporación gremial digo, ¿defienden a la escuela pública o defienden al entramado burocrático y sus vericuetos? ¿Defienden la igualdad o el sistema de puntaje y capacitaciones pedorras? ¿Defienden la integración o la posibilidad de ser inamovibles? ¿Por qué el imaginario que se asocia todo el tiempo con los maestros de escuelas públicas es el de trabajar en medio de las ruinas, con chicos hambrientos que no suman las calorías necesarias para concentrarse y ganando dos pesos con cincuenta, cuando esto no es siempre así? Todos esos valores que dicen defender, para mí son pura retórica e ideología. Y chantaje. Es “acá somos nosotros o un infierno que ni te imaginás”.

“Los maestros son trabajadores relegados en sus condiciones de trabajo, y los gobiernos siempre pisotean sus derechos”. En realidad, en la sociedad que existe ahora, los maestros de escuelas públicas pertenecen a los pocos nichos que quedan en los cuales se puede alcanzar el privilegio de la estabilidad y permanencia (en aquellos que lo logran, digo). Yo no veo que para ninguno de los sectores de la sociedad en que esos privilegios se perdieron haya alguna posibilidad de restauración, y entiendo que los gremios docentes se aferren con uñas y dientes a los privilegios que tienen, pero es una posición que atrasa respecto de la Historia. Tanto para mal como para bien. Digo, claro, esta sociedad se empobreció, pasó a ser una franquicia del Congo y retrocedimos cincuenta casilleros y se podría argüir que en realidad lo que está mal es la precariedad circundante, y no la estabilidad de los maestros. Pero suponiendo que esta sociedad fuera súper avanzada ¿serían estos los docentes y la organización gremial y el sistema de enseñanza pública?

“Los padres deben estar aliados con los maestros”. Esta es una diferencia que habría con la postura de ser “cliente” que se atribuye a las escuelas privadas. Que en las escuelas privadas los chicos no son alumnos sino clientes. Y que en las escuelas privadas, ante la primera actitud de la maestra que disgusta a los padres la hacen echar. En cambio, en la escuela pública, que es más sana en este sentido, los padres deben estar del lado de los maestros (muy difícil que se la eche a una maestra, pero a veces a algún alumno se le da por ir a trompearla, y a algunos padres después se les da por darle la razón al chico e incluso ir a la escuela y trompearla otra vez ellos mismos). OK, perfecto. ¿Aliados en todo? ¿Con los paros? ¿La lucha es una sola? ¿La puja gremial que llevan adelante los maestros está relacionada con los padres de una manera directa, al punto de que hay que movilizarse con ellos? Acá yo veo una identificación perversa (varias, en realidad): “mis problemas son los mismos que los problemas de la enseñanza pública”, y también “yo soy la enseñanza pública” y “mi problema, en tanto tu hijo es mi rehén, es también tu problema”. Pero esto queda disimulado también por la que sigue:

“Los maestros luchan también por los problemas de infraestructura”. FALSO. En todo caso, los maestros pondrán a los problemas de infraestructura como excusa para tener siempre un argumento, dado que ese objetivo es incumplible, al menos tanto como lo es limpiar el riachuelo. Los problemas de infraestructura existen al menos desde que yo tengo uso de razón, son un factor claro de diferencia entre las escuelas públicas y las escuelas privadas, y no hay nadie a quien no le chupen un huevo. A no ser por los nenes, que los padecen. Hay mugre por todas partes, suele hacer frío o calor excesivos, el ruido se mete por todas partes, más o menos como cuando yo iba a la escuela. ¿Qué se puede hacer con esto? No sé, pero estoy seguro de que no es un motivo por el cual luchen los maestros.

“Hay que defender a la educación pública”. Esta parece tener un sentido de padecimiento redentor, porque la sensación es que el apoyo consistiría en “bancársela”, “resistir” mandando ahí a los chicos, sacrificándolos si fuera necesario. Es lo que parece indicar esa propuesta que anda dando vueltas de que todos los funcionarios públicos tengan que mandar a sus chicos a escuelas públicas. El que lo propone sabe que es irreal, pero le sirve para expresar su resentimiento: “tomá, sufrí lo que yo sufro”. El argumento explícito, falaz, es que de esa manera “ellos” (los funcionarios) “se pondrían las pilas” y “mejorarían la enseñanza”, pero en la realidad no tiene otro objetivo que joder, escrachar, conventillear en todo caso. Hay que defender a la educación pública. ¿De qué hay que defenderla? ¿Quién la ataca? ¿Qué significaría “la muerte de la educación pública”? Es evidente que la educación pública tiene que cambiar. Pero ¿el único cambio es en un sentido restaurador de antiguas glorias? Los tipos que se llenan la boca con la defensa de la educación pública generalmente son tipos que no quieren que se piensen las escuelas como algo diferente de lo que son.

“Las escuelas no deben ser depósitos de chicos”. Bueno, y entonces ¿dónde se quedan los chicos? ¿qué se hace con ellos? Uno muchas veces está obligado a dejarlos en doble turno, o bien se pregunta por qué ha de ser mejor que estén en la casa cuando no están doble turno, y la pregunta no tiene mucha respuesta. Porque en casa tampoco queremos que estén todo el tiempo con la Playstation o viendo tele, y la mayor parte del contraturno en las escuelas de doble jornada consiste en que se relajen un poco y jueguen con otros chicos, cosa que no parece tan mal plan. Pero la idea del “depósito de chicos” se escucha siempre aplicada a chicos marginales que si no están en la escuela se la pasarían cartoneando con los padres, o algo peor. La idea del control de la vida de los chicos te quema la cabeza cuando pensás que en algún punto dejás a tu nene en la escuela por un motivo parecido al que un cartonero deja al suyo. Digo, cuando uno escucha por ahí la muletilla “depósito de chicos”, hay que escuchar qué viene detrás. Porque casi siempre esto es una victimización discursiva de los chicos para encajarte algún otro sapo.

Como con todo esto me doy cuenta de que parezco erigirme en el vindicador de la educación privada, digo: no. Las escuelas privadas tienen todos los problemas que dice Ivana y casi todos los que cuenta el folklore, me imagino. Porque no tengo ningún contacto con ninguna escuela privada más que por referencias vagas de algunos amigos. Pero creo que también hay que asumir que uno tiene incorporados estereotipos respecto de las escuelas privadas en conjunto, como una especie de Imperio del Mal: que sea cual sea “el proyecto” o “la temática” de la escuela, los nenes ahí aprenden a convertirse en soretes; que son como chicos de country que no pueden salir al mundo; que si uno los manda ahí y no los puede ir a buscar en 4×4, los nenes se van a sentir muy mal; que como aprenderán desde temprano que todo se compra con guita, entonces no aprenderán a pensar. Y así.

Ahora la gran pregunta de todo todo todo es ¿Dónde está el problema? ¿Qué querríamos darles a los chicos mandándolos a una escuela pública o a una escuela privada? ¿Qué querríamos evitarles? ¿Qué cosas se pueden negociar y cuáles no? ¿Qué limitaciones tiene uno?

Creo que, privada o pública, si te lo ponés a pensar unos minutos llegás a la conclusión de que la escuela es un lugar bastante tenebroso en el cual no te gusta que tu nene esté, pero no tenés más remedio que mandarlo ahí. Frente a este problema, todos los demás quedan bastante minimizados. Después uno percibe que es relativa la importancia de todo lo que puedan enseñarle, por más específico y técnico y políglota que sea. Pero uno quisiera que el nene no esté expuesto a situaciones de violencia, ¿no? ¿Y qué es violento? ¿que se agarre a piñas? ¿que en el comedor los microondas estén disponibles solamente para los que llevan vianda? ¿que en el baño se metan unos pibitos de séptimo y con una tijera dejen pelado a un nene de primero? Digo, por contar cosas que sé que en algún momento pasaron en la escuela de Manuel. No hubo muertos ni violaciones que yo sepa, y tampoco creo que haya grandes traumas, pero uno se ve obligado a decidir cuál es su límite, qué cosa no puede tolerar. Los riesgos están ahí y uno toda la vida supo que hay riesgos que se corren siempre, pero por otro lado hace ya tiempo que uno escucha hablar de Risk Management, y se vuelve loco paso a paso y retroalimenta todo ese entorno de locura, porque cada vez más está todo el mundo intentando tener todo bajo control, constantemente. Y los que mandan a los chicos a escuela pública le demandan a esa escuela pública que sea como una escuela privada (limpia, ordenada, sin conflictos) pero al mismo tiempo reclaman (reclamamos) que no haya que pagar ningún precio por eso. Veo poquísima gente dispuesta a admitir que no manda a los chicos a escuela privada por la guita que cuesta, porque nadie es capaz de decir que no gastaría lo que sea por sus hijos, y además porque los supuestos “valores” de la escuela pública quedan bien, en una época en la que tener un mango es vergonzante.

Yo pasé de pensar que la guita no cuenta (que no es por eso que mando al nene a una escuela pública) a dudarlo un poco. ¿Cuál es el fondo de la cuestión de la educación pública? Para mí forma parte del contrato social: todos acordamos convertirnos en seres civilizados integrantes de la sociedad con ciertos factores de igualdad (igualdad en cuanto a códigos de convivencia, que me parece que no existe otra –y ahora el problema es que no existe tampoco esa), y la forma en la que todos nos convertimos en civiles es a través del pasaje por la escuela. No una cuestión de “herramientas para defenderse en la vida” en el sentido de saberes que permitan ganar más o menos guita y tener mejor o peor pasar, porque eso se consigue de otra manera, sino simplemente saber manejarse en la sociedad de manera que las puertas no se cierren por no saber dónde está el timbre, algo así. Y eso es lo que para mí debería ser la función indelegable del Estado, por propia definición. Hasta ahí, no más. Y eso no se cumple, porque ya se trate de escuelas públicas de lugares marginales o de lugares opulentos, en la escuela uno va recibiendo el mensaje de la dádiva, de que todo eso es una gracia que el estado concede y no una responsabilidad. Que las becas, que las condiciones de trabajo, que los sueldos. Muchos maestros (o los que están representados por las luchas sindicales) se comportan como bichos canasto que se agarran a la rama y se hacen los pobrecitos que añoran un pasado de fantasía, y promueven que los padres y los alumnos también se comporten como pobrecitos que no tienen recursos y necesitan la protección del estado. Pero ahí ya nos fuimos al carajo, estamos hablando de otro contrato que yo no quiero firmar.

Se puede seguir mucho más, pero me tengo que ir a una reunión con la maestra.

Besos,
Eliseo


————————————

Del mismo autor:
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
Un final
Ceremonias de iniciación
Esclavos
Del orden de las verduras
La Más Mínima Sospecha
Destitutio