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Pasternak y la Luz Mala -- El Periodismo es Christiano

30 04 2009 - 06:56

“Oh, sí, tú sabes, primero pensé que era una broma macabrou. Corrí hacia el estudiou para decirle: ‘Eso no ha sido bueno, Christine, no ha sido una chiste bueno’. Pero al llegar vi que su cuerpo no se movía, y la sangre, oh, tú sabes, brotaba de su boca y su naricitou como si fueran grifos. Había mucha sangre por todos lados; fue horrible, no quiero recordarlo”. La luz rebota en los ojos plásticos de Gordon Galbright, antiguo manager de producción, que ahora lloriquea un poco para la cámara 2, no tanto por la pelea que tuvieron hace 30 años, sino por todo lo que se perdió de explotar a ese ejemplar magnífico que resultó ser Christine.

Ah, Christine Chubbuk, amigos, ella fue la primera: la síntesis hecha carne, la profetisa virgen de la voz de “la gente”. Sabemos poco de ella. Todo lo que se puede saber después de ver un especial en E! Entertainment Television y tipear su nombre durante tres horas (siempre dos fuentes, como dice el manual). Lo suficiente para entregarle esta noche el premio Adepa a la revelación periodística 1974. Sabemos que era más linda que Nina Pelozzo, que tenía 29 años, que era Virgo y era virgen – eso lo sabemos por su madre–, que conducía un talk show en la cadena WXLT de Florida, que hacía funciones con marionetas para niños con problemas mentales en el Sarasota Memorial, y que se voló los sesos frente a las cámaras.

La mañana del 15 de julio de 1974, Christine Chubbuk tomó un café horrible, metió una 38 en la bolsa de las marionetas y se fue a conducir su programa. Una vez por semana presentaba las noticias, y después se quedaba en el estudio para hacer entrevistas. Ese día arrancó con un informe sobre un tiroteo y pidió imágenes de apoyo, pero la cinta quedó atascada. Christine entonces sonrió, miró sus papeles, y anunció la nota que ella misma había redactado para el guión del noticiero: “De acuerdo a la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver otra primicia: un intento de suicidio”, dijo. Sacó la pistola de abajo del escritorio, la puso detrás de su oreja derecha, y ¡bum! En vivo, sin trampas, su cabeza se sacudió con violencia. Un abominable caso de autodeterminación, titula Morcilón.

Tres días antes, Chubbuk había discutido con el director de prensa del canal, Mike Simmons, que había eliminado uno de sus informes para reemplazarlo por el del tiroteo. El nuevo dueño de la cadena quería que los periodistas produjeran, literalmente, notas policiales “llenas de sangre y entrañas”, y la orden se fue fortaleciendo de piso en piso, hasta que se convirtió en un dogma talibán. No vamos a decir ahora que a Chubbuk la mató la tele, no en esta noche tan especial. Cris era depresiva, amigos, tenía tendencias, amores no correspondidos, complejos que alimentaba desde la infancia, todo lo que aporta una biografía en las autoeliminaciones. Tal vez no pudo hacer mucho con su vida, pero al menos decidió hacer algo irrepetible con su muerte: de un solo disparo fundó la religión editorial contemporánea.

Tres décadas después, mientras camina por la redacción, Largo Lelli escucha que la voz de Christine le zumba en el cráneo. ¿Quién tiene la culpa?, pregunta Cris. ¿Quién tiene la culpa?, repite Lelli en la reunión de tapa, mientras mira las notas para la edición del domingo. ¿Qué pide la gente?, susurra el fantasma de Cris. Sangre y entrañas, recita Largo, sangre y entrañas. En el diario más popular de ¡la segunda ciudad más importante del país!, Largo es como el apóstol Pablo del Christianismo, el cazador de pecadores, el que sabe lo que quiere la gente: pánico moral, culpables, desgracia ajena. Todo lo que un periodista reconocido sueña con ofrecer a su audiencia, la fórmula que Christine denunció y glorificó en un acto imposible.

El periodismo, si uno es buen christiano, actúa por medio de la fe, no por medio de las obras, eso lo saben bien los editores. No es que nosotros estemos acusando a un pobre diablo de nada, explica Largo, por eso usamos el potencial: Un profesor de la escuela Helen Keller habría abusado de ocho estudiantes. Un título de tapa, en una segunda ciudad, se puede llevar puesta una vida, pero eso es lo que quiere la gente, te opera Largo, y ya confirmaron dos fuentes. Lelli es así: te tira la posta y te pide el relleno. Escándalo por las ofertas de sexo entre los alumnos de la escuela primaria. Perfecto. Asaltan y asesinan a otro taxista en Villa Banana. Eso no falla. Cada vez hay más puestos callejeros en la peatonal Córdoba. Un hecho para indignarse.

En las segundas ciudades, en las capitales de provincia, siempre hay periodistas que fantasean con indignar un día a muchísima gente, así los llaman de Buenos Aires. Tal vez te convoca para trabajar Mariano Grondona, o por ahí llegás a movilero de Dady Brieva, nade sabe cuál es el techo. Los porteños valoran a los tipos del interior: son buena gente, alucinan con las pantallas planas de la redacción y harían cualquier cosa para escapar del infierno del dengue. Cada tanto aparece una nueva promesa, uno que llegó a la cima y no se guarda nada, porque la gente del interior es así, viste, arriesgada: ¿Y el médico de Juan Castro no tiene ninguna responsabilidad? ¿No deberían haberlo encerrado por su Adicción a La Droga, Mariano? “Mirá, ese flaco hacía policiales en Radio La Tos, ya parece porteño”, dicen los colegas a 500 kilómetros, y vuelven a sus páginas con rencor, porque acá también pasan cosas graves, pero allá nadie se entera.

A fines de 2001, después de la caída de las Torres Gemelas, un romántico llegó a colgar las instrucciones para abrir las cartas sospechosas de Ántrax en la redacción de la revista Análisis, en Paraná. Ya teníamos preparado en el baño un balde con agua y lavandina, como para actuar de inmediato cuando llegara el sobre con remitente de Florida. Durante meses esperamos con ansiedad que alguien se dignara a intoxicarnos, pero después de un año perdimos la ilusión.

Es mucho más rápido pegarse un tiro delante de las cámaras. Eso es lo que pide la gente.


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