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Casas vuelve a Borges

4 05 2009 - 16:40

Para Luis Chitarroling
y el Dogo Llinás

No muy seguro de la transmigración de las almas, prefiero la transmigración de las bibliotecas. De golpe muere alguien y sus deudos deciden venderle su colección de libros. Esta antología de autores realizada a lo largo de toda una vida es comprada por los dueños de las librerías de viejo y de esta manera el espíritu y el intelecto —la sensibilidad— del lector muerto que va derecho al polvo, resurge en otro lector vivo y tal vez más joven. Me gusta pensarlo así. Hace poco, visité la librería “Dylan toma”, que queda en un subsuelo de la galería Buenos Aires. La galería subterránea tiene dos entradas, una por la calle Córdoba y otra por la calle Florida. El dueño se llama Hernán y de tanto visitarlo buscando libros, se convirtió en un buen amigo. Como reafirmando el nombre del local 31, en la puerta está pegada una foto de Dylan Thomas con un whisky en la mano, apoyado sobre la barra de un bar.

Ni bien entro le digo siempre a Hernán “¿Y? ¿Murió alguien?” y él me muestra las pilas de libros viejos y a veces hasta ayer inconseguibles, puestos para catalogar y envolver con el papel transparente que los va a proteger del paso físico del tiempo. Como Gogol, uno busca almas muertas, pero para reactivarlas. Hernán, en el inmenso escritorio de la librería, tiene amontonadas fotos, lapiceras, cuadernos, libros, revistas y cigarrillos negros que fuma sin parar. También resalta sobre el ángulo izquierdo del mueble, un pequeño frasco de vaselina que utiliza para untarte el trasero antes de decirte los precios. Porque Hernán sabe lo que vende. Hace poco le compré una edición de “Los Adioses” de Onetti, de la editorial Sur. Se me escapó por un par de días “Otras inquisiciones”, de Borges, de la misma editorial. También me mostró “Borges a contraluz”, de Estela Canto —lo compré— y un libro muy curioso y finito de dudosa estirpe. Se llama “Poemas eróticos de Borges a María Kodama”, y está publicado por una editorial llamada, borgeanamente, “El Simurg”. A este libro yo ya lo había visto en poder de mi amigo Darío Rojo, hace muchos años. Me acuerdo que discutimos su autenticidad con todos los compañeros que hacíamos una revista de poesía y barajamos la idea de publicar algunos poemas en el número tres que nunca salió. Hernán me dijo que hay otra edición del mismo libro en una colección gris que suele asolar los puestos de los parques Rivadavia y Centenario. La colección se llama “Biblioteca de Clásicos de la Editorial Universitaria de Madrid”. Hernán también me mostró “Borges, una vida” de Edwin Williamson, biografía publicada por Seix Barral que se encuentra a menudo en las mesas de saldos de la calle Corrientes. En fin, me llevé a Onetti, Canto, la biografía de Williamson y dudé con los poemas eróticos ofrecidos por la editorial “El Simurg”. Ahora, mientras escribo esto pienso que debería haberlos comprado. Tal vez, ni bien termine estas líneas, lo haga. Ojalá todavía esté.

Se me vino a la cabeza Borges porque antes de pasar por la “Dylan toma” crucé, desde la Plaza San Martín, hacia Florida, por la Galería del Este. Hace muchos años, en mi adolescencia, yo iba a esa galería porque ahí estaba un local de la marca de ropa Little Stone que en ese entonces hacía furor. Vendían camisas floreadas, enteritos de jean y el logo de la marca era la lengua de Mick Jagger. En una de esas incursiones de testosterona pasé por la librería que aún hoy está en la galería y vi a Borges. Me quedé tieso. Estaba sentado, vestido con un traje claro, y una mujer le pasaba un vaso de agua. Yo, iniciado por mi maestro de séptimo grado, ya había leído alguno de sus libros, pero creo que en ese entonces me interesaba más el rock que la literatura. Sin embargo, me impactó verlo. Me dio la impresión de que se movía en otro tiempo, y que aunque la efervescencia que prometía el local de Little Stone apenas podía rozarlo, había algo vital en ese honorable anciano. Fue como si su presencia física desmontara toda la retórica con la que me lo habían presentado a lo largo de los años.

Borges era el escritor nacional. Su cara aparecía en todos lados y durante la escuela primaria y secundaria nos enseñaron un Borges prototípico: su pasión por los tigres, su odio a los espejos, los poemas de la fundación mítica de Buenos Aires, los que terminaban en rima y hablaban de los objetos y su teología ajedrecística. A ese Borges epidérmico le íbamos a sumar, más adelante, el de la precisión matemática, el metafísico fantástico, el fabulador que, gracias a una prodigiosa inteligencia, lograba relatos y ensayos que estaban por encima de la corrupción del tiempo. El reaccionario, el corruptor de los menores que intentaban iniciarse en la literatura y que tendrían que optar por su escritura clásica y erudita o la prosa salvaje de Roberto Arlt. Todas definiciones y antagonismos que no sirven para nada. Que no permiten una lectura productiva de la obra de Borges ni de la de Arlt.

En 1953 los hermanos Viñas —lo más parecido, en nuestra literatura, a los hermanos Castro— dieron comienzo al ciclo de la revista Contorno y lanzaron la operación de encumbramiento de Roberto Arlt. Claro que, tratándose de nuestra cultura, no fue una lectura positiva sino que se trató de pura negatividad. La cosa era matar a Borges para imponer a Arlt. A partir de ahi fueron creciendo las críticas contra el escritor ciego y se llegó a publicar un libro que suele andar aún por la librerías de viejo “Contra Borges”. No sé si existe otro escritor argentino que se haya hecho acreedor de un libro totalmente en su contra. Llegado a este punto, podríamos jugar con un esquema borgeano: si hoy desaparecieran todos los libros de Borges y todos los libros que lo celebran, aún podríamos notar su presencia por la critica contraria que propició. La obra del marido de María Kodama produciría el efecto similar al que, explican los científicos, deja un agujero negro, que es invisible a la vista pero que según los cálculos matemáticos está ahí o tendría que estar ahí por la inmensa presión que provoca en la materia astral.

Borges, por su parte, nunca pareció preocupado por aborrecer la obra de Arlt. Cosa que solía hacer con los escritos de muchos de sus contemporáneos. Ahora está publicado el monumental “Borges” de Adolfo Bioy Casares. Este es un libro donde Bioy anotaba, como en un diario, sus días y noches con su amigo mayor. Por la malicia con la que disparan sarcasmos e invectivas, ambos escritores parecen Beavis and Borges, dos muñecos sentados en el suntuoso piso de los Bioy destrozando sin piedad a amigos y enemigos, yendo a velatorios y presentaciones de libros de gente que desprecian y preocupados por los premios de la vida literaria. Casi todas las anotaciones de Bioy empiezan con una frase que parece una movida de ajedrez: “Come en casa Borges”. El viernes siete de junio de 1957, Bioy anota un pensamiento de Borges sobre Arlt: “El Juguete Rabioso es mejor que todas las novelas de Mallea: cuando el malevo traiciona a su amigo, está bien”. Más adelante, en un cuento suyo, “El Indigno”, tematiza y miniaturiza al Juguete Rabioso. De hecho, uno de los personajes se llama Alt, posiblemente como referencia y homenaje velado, cosa que notó ya en un trabajo Ricardo Piglia. Este relato es de los setenta y forma parte del libro “El informe de Brodie”, que tiene cuentos sencillos, alejados de la veta fantástica y especulativa. En el prólogo, para defender su trabajo estilístico en estas narraciones, Borges cita al criador de gorilas: “Recuerdo que a Roberto Arlt le echaron en cara su desconocimiento del lunfardo y que replicó: Me he criado en Villa Luro, entre gente pobre y malevos, y realmente no he tenido tiempo de estudiar esas cosas”. Más allá de los nombres ocasionales de Borges y Arlt, es claro que para el trabajo de un escritor es más importante aprender de los opuestos que seguir enamorado de los que representan su propia sensibilidad. Para citar sólo un nombre grande: Juan Carlos Onetti tomó de Borges y de Arlt, y esa síntesis extraordinaria eclosionó en su obra a partir de “La vida breve”, un mundo de malevos y atorrantes, pero creada en la mente fantástica de un hombre común.

Un autor extranjero, que no está contaminado con las antinomias argentinas, puede tranquilamente escribir una biografía de Borges sin nombrar a Roberto Arlt en ningún lado, como es el caso del texto de Williamson. Pero nadie puede biografiar a Borges de manera exhaustiva sin reparar en Norah Lange y Oliverio Girondo. Norah Lange era una mujer hermosa que enloqueció a muchos de los poetas de la generación de Martín Fierro y Proa. Neruda, parece, también perdió la chaveta siguiendo a esta linda pelirroja que se sabía admirada por la vanguardia argentina. La casa de las hermanas Lange, en la calle Tronador, fue el refugio del primer Borges, un muchacho feliz que ahora nos parece muy lejano y extraño, ya que estamos acostumbrados a mirarlo bajo la retórica de un hombre desgraciado, como el mismo se retrató en versos muy flojos: “No he sido un hombre feliz, que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan despiadados, etc, etc”. Pero Borges fue feliz. Escribió manifiestos, pegó una revista mural por las calles de Buenos Aires, dio pelea en estética y en política, se emborrachó y bailó tango hasta el amanecer y caminó sin rumbo fijo por los arrabales de la ciudad para sentir la electricidad de esas zonas donde la ciudad se perdía en el campo. Fue criollista, pensó en la Patria con mayúscula hasta que esta se convirtió, con los años y las frustraciones, sólo en un lugar donde no estaba Perón. Pero antes apoyó la revolución rusa e intentó ser un Whitman argentino. Si Borges hubiera seguido siendo feliz, pienso, hubiésemos tenido un poeta mediocre y entusiasta, pero de esto nos salvaron —como veremos más adelante— Norah Lange y, sin saberlo, su verdadero rival en la vida, Oliverio Girondo. Recordando esta época, anotó Carlos Mastronardi: “Borges era feliz en aquellos días, agraciaba el diálogo de agudas bromas y de carcajadas homéricas y no quería ser otro ni en esta vida ni en las imaginarias vidas venideras”.

Supongo que la obra de Girondo debe ser productiva para muchos poetas actuales. Creo que la de Borges es central para toda la literatura universal. Si hubiera gente en Marte —por ahora se comprobó que no— estos no podrían esquivarlo. Cuando se lo suele atacar, se lo acusa de construir palacios inmensos y bellos pero que no tienen conexión con la vida. Frases como estas han salido de boca de grandes escritores (Nabokov) y de escritores menores (Auster). Lo cierto es que insisten en hacer una lectura de Borges poco interesante y tendenciosa, como si sólo leyeran lo que produce la crítica parasitaria que ha ido creciendo en torno al escritor ciego. La obra de Borges no puede ser leída como simples parábolas ingeniosas, creadas por una gran inteligencia. Como la de Kafka, de quien es deudor y traductor —Tlön, acaso ¿no es una versión de Kafka?— debe ser leída en clave realista. El caso de Gregorio Samsa es terrible porque es real, el insecto no es alegórico, está ahí, detrás de la puerta por donde le pasan la comida. Y detrás del planeta imaginario de Tlön también está el chirriar de dientes de la filosofía demoledora de Arthur Schopenhauer.

David Foster Wallace hizo trizas a la biografía de Williamson porque le parecía que el autor abusaba de las interpretaciones psiconalíticas para analizar los relatos borgeanos. Es verdad. Pero Wallace no era argentino y no podía valorar el Borges vital, contradictorio, sensible y a veces humillado que nos presenta Williamson. Un Borges al que interpreta, creo, bajo la influencia del texto biográfico de Estela Canto, “Borges a contraluz”. Pero volvamos a “Borges, una vida”. Girondo, como lo cuenta Williamson, fue involuntariamente clave en la evolución de la obra de Borges. En 1926 se dio una fiesta en honor de Ricardo Güiraldes, en los lagos de Palermo. Norah Lange, que era conocida como la protegida de Borges, llegó con éste. Pero se sentó cerca de Girondo, en ese entonces un extrovertido poeta vanguardista que acababa de llegar de París. Mientras comían, Norah, sin querer, tiró una botella de vino y Girondo se acercó y le dijo: “Parece que va a correr sangre entre nosotros”. En ese momento la señorita Lange se enamoró perdidamente de Girondo y fue éste quién la llevó después a su casa. Escribe Williamson: “Norah había llegado a la fiesta con Borges pero se fue con Girondo, y ese simple hecho traería una desdicha singular a la vida de Borges. Perder a Norah con otro hombre ya habría sido un desastre considerable, pero perderla con Girondo justamente era una humillación desesperante”. Borges y Girondo eran enemigos estéticos. En 1932 uno publicaba un libro que conmocionaba a los lectores (“Espantapájaros”), repleto de imágenes osadas, y el otro un pequeño volumen de ensayos muy extraños (“Discusión”) que dejó perplejo a los críticos ya que hablaba de alquimia, magia, especulaciones teológicas y demás temas esotéricos. Temas donde Borges fue a rumiar el descontento después de su derrota amorosa por goleada. Williamson conjetura que Jorge Luis Borges al perder a Norah Lange perdió también su voz poética, ya que después de “Cuaderno San Martín” no volvió a escribir en verso hasta mucho después. Lo cierto es que nosotros sabemos que Borges estaba escribiendo poesía en sus ensayos, en una voz extraña y nueva, pero en ese entonces muy difícil de percibir.

Recapitulemos: Borges era un joven feliz y estaba enamorado de la señorita Lange. Sus poemas, en ese entonces, se encontraban más cerca de la prosa de Carlos Argentino Daneri. Cuando la felicidad que le traería la musa pelirroja y la realización de sus sueños de poeta nacional fueron aniquilados por la aparición de Oliverio Girondo, Borges pensó en el suicidio de manera persistente. Dramático, hasta llegó a comprar un arma y alquilar una habitación en un hotel para hacer “La Gran Lugones”. Pero no la hizo. Desdichado, la obsesión con Norah Lange fue in crescendo y signando gran parte de su obra. Bioy Casares anotó sorprendido que su amigo estaba obsesionado por igual por “La Divina Comedia” y Norah Lange. En el comienzo del Aleph, la mañana en que muere Beatriz Viterbo está fechada en febrero de 1929, el mismo mes y año en que Norah lo rechazó. Borges sufría pero estaba escribiendo como los dioses. Convertía su dolor en aventura. Así que en ese candente instante en que una de las chicas Lange dijo “este sí, este no”, nosotros tuvimos al Borges que nos rompió la cabeza.


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