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Perantuono, perro de abajo

11 05 2009 - 09:15

Ojalá que eso no ocurra, pero si algún día tuvieran que torturarme, con solo obligarme a levantar temprano tendrían de mí una confesión asegurada. Si me conminaran a dormir 5 horas o menos, delataría a mis socios, a mi familia y hasta sería capaz de involucrar inocentes. Y si tuviera que permanecer despierto sin la ayuda de elementos químicos ya sería el acabose: me arrojaría fuego encima o me pegaría un tiro en la muela.

Por eso no recuerdo situaciones más desesperantes y desequilibrantes para un chico con algunos trastornos de relación —como era yo en ese entonces— que el hecho de tener que madrugar para ir al colegio. Lo odiaba. Pocas cosas me producían más bronca, angustia o depresión, estados que variaban de acuerdo a la semana, al resultado de River o a la carga de testosterona no desatada (por lo general, en niveles de paroxismo) que tenía en ese momento.

Fui a un secundario de varones que quedaba a tres cuadras de mi casa. Esa condición me hacía sentir aventajado en relación con mis compañeros: podía dormir hasta las 7 y 20 y, en apenas 10 minutos, vestirme, desayunar y salir para el colegio. Tenía todo más o menos calculado. Todo encajaba. Eran 10 minutos de aceitada preparación, que me permitían dormir un poco más y disfrutar de las ventajas de la cercanía.

Era tal mi mal humor a la mañana, que rezaba para no encontrarme con nadie en esas tres cuadras. No quería hablar, por eso optaba por caminar mirando el piso, con el cerebro vacío todavía hundido entre las sábanas. Pero siempre había algún pelotudo que me gritaba “Ey, Peran”, y me alcanzaba corriendo. Eran segundos de desaliento total, en los que yo escuchaba el paso apurado de mi compañero —el taco de sus mocasines repicando la vereda, la tranquilidad que se rompía— y me llenaba de fastidio. Si un compañero caminaba por la cuadra de enfrente yo ralentaba la marcha e imploraba que no mirara para el costado o se diera vuelta. Si me llamaba de atrás, a veces hacía que no lo escuchaba (el walkman no tenía un uso tan masivo) y seguía caminando, pero como no quería ser tachado de mala onda y pugnaba, como todos a esa edad, por ser de los aceptados del curso, por lo general me daba vuelta y, tras observar de quién se trataba, aminoraba el ritmo para continuar andando juntos. El diálogo siempre empezaba igual: “¿Hiciste lo de Lengua?”. “Sí”. ¿Me lo pasás?”.

Me llamaba la atención, en esas caminatas con el sol todavía oculto, que había pibes que venían hablando entre sí con una elocuencia tan natural y vigorosa que no hacía más que subrayar mi desasosiego. Me desmoralizaban por completo, me hacían sentir un sujeto subnormal cuya energía estaba bajo sospecha. No entendía cómo diablos podían estar tan despiertos, tan vivos y victoriosos, mientras yo me arrastraba sin pasión por las veredas, habiéndome despertado sin ganas y convencido de que todo lo que se avecinaba era mucho peor.

Después de rezar a la intemperie, con lluvia o ese frío polar que nunca más volvemos a sentir, sonaba un timbre deleznable que retumbaba en las aulas como un grito marcial, un sonido de batalla que infundía temor y que demolía las pocas reservas de armonía que conservaba.

Sufría porque sabía muy bien la exigencia que se venía y porque estaba convencido de que nada bueno podía salir de mi cerebro a esa hora de la mañana. Tener Física a las 7.40 con 13 años es un acto salvaje, un abuso que Unicef aun no ha sabido mensurar en su justa medida. Lo digo en serio. No es sano para nadie hablar del gadolinio, del bismuto, del escandio o del selenio a esa hora. A ningún preadolescente le puede interesar eso; mucho menos lo puede internalizar o comprender. Por eso la física tiene tan mala prensa.

A medida que pasaba la mañana el desencanto mutaba y se iba transformando en otro estado de sensaciones, algo más llevaderas. De a poco me sacaba las pilchas de ente y me convertía en una persona, incluso hasta simpática y participativa. Levantaba la mano, opinaba y me involucraba en los temas. Pero al día siguiente la mancha de la angustia volvía a aparecer. Caminata, abulia, rezo, timbre, matemática. Me quería bajar de esa calesita en blanco y negro.

Hubo una mañana en la que esa ominosa rutina se transformó por completo. Por aquella época, una vez al año, todos los alumnos del colegio íbamos a pasar un día entero al campo de deportes que tenía la Universidad de Belgrano. No sé cuál era el yeite que tenían los curas con Avelino Porto, pero supongo que se explica con el gran número de alumnos que después acudiría a la UB. Lo cierto es que un día de septiembre de cada año todo el colegio se reunía cerca de las 8 en la puerta a la espera de los micros que nos llevaban al lugar de actividades. Imagínense: cientos de pibes gritando, pegándose, hablando boludeces, hinchando los huevos. Esa era la situación. Yo estaba a un costado, conversando con dos amigos, esperando que dieran la orden de subir. De repente escucho que alguien dice “¡Mirá cómo se culean a esa perra!, ¡Mirá la cara de boluda que pone! Ja, ja”. Me di vuelta. Decenas de chicos hicieron lo mismo. Risas a granel se desataron de inmediato. Mi sensación hoy es que, incluso, antes se hizo un silencio, pero no estoy del todo seguro. De lo que sí estoy seguro es de que la perra que estaba abajo no era una perra, sino mi perro. Se llamaba Ace (como el detergente) y le decíamos el Islámico (gentileza de mi tío, desconozco el motivo). Hasta entonces Ace era rengo, feo y mala onda. A partir de ese momento también puto. O algo parecido.

Dudé unos instantes sobre qué hacer mientras se empomaban al Islámico. Pasaron unos segundos de quietud, hasta que un boludo saltó entre todos y preguntó al aire: “Che Perantuono, ¿Ese no es tu perro?”. Debía actuar rápido, sino en dos minutos todo el colegio me hundiría en el oprobio. A esa edad, el escarnio cotiza al mejor postor, y yo tenía todos los boletos. O decidía hacerme el boludo para siempre y dejar que al Islámico se lo fifaran en público, negando, como Pedro, que lo conocía, o intervenía la faena, lo desprendía y lo llevaba de regreso a mi casa. Esta última opción me expondría ante 400 alumnos y me aseguraría, como mínimo, una temporada de burlas y dibujos escatológicos, de esos que aterrizan en tu pupitre y no sabés de dónde vienen. Pero también era cierto que yo al Islámico lo quería. Rengo, feo y todo, era un buen compañero en mis tardes solitarias y se quedaba conmigo en mi cuarto a escuchar entero Desintegration de The Cure. Quizás fue el primero perro Emo.

Me llené de valor y cruce la calle. Sentía la mirada de los 400 pibes clavada en mi nuca. Le pegué una patada al perro activo y me llevé al pasivo, o sea a Ace. Lo tomé en brazos y me fui corriendo a casa. Lo hice puchereando, lastimado porque al Islámico —sentía yo a mis 13— lo habían vejado. Dejé atrás una estela de gritos e imprecaciones bien precisas: “Eh, el perro es puto entonces el dueño también”. “Perantuono se la come”. Ja. Ja.

Llegué a casa y mi viejo estaba a punto de irse a laburar. Me vio subir aturdido y con el perro en brazos. “Pá, no lo saqués más”, le grité, con los ojos llorosos. No agregué otra cosa. Se iba el micro y no podía explicarle a mi viejo en un minuto todo lo que había sucedido y la humillación a la que había sido sometido. Le repetí: “No lo saques más, después te explico”, y me fui. Corrí desesperado las tres cuadras, preocupado porque el micro pudiese haberse ido y convencido de que cuando regresara habría decenas de compañeros preparados para gastarme por un rato largo. Pero no. Cuando llegué a la puerta del colegio cada curso estaba subiendo a su micro correspondiente y mis compañeros estaban en otra cosa. Hubo comentarios maliciosos, por supuesto, pero no con la intensidad que yo temía.

Nunca supe si Ace siguió acostándose con perros. Se lo pregunté varias veces, pero siempre respondió con evasivas, como hace la mayoría de su especie. Tampoco supe nunca si lo que vi aquella mañana era una conducta que el Islámico había manifestado por elección, o si había sido víctima de un montaje forzado. Pese a que tanto él como yo habíamos crecido en un clima familiar de diálogo abierto, me resultó difícil explicarles a mis padres lo que había sucedido. Ace era el protegido de mi madre, a quien obedecía ciegamente. Era a la única a la que no le gruñía y a quien siempre cortejaba. Pero habida cuenta de la gravedad del asunto, decidí contarlo. La reacción de mi padre fue pedagógica: “Lo hace de boludo, no se da cuenta”. Mi vieja —profesora universitaria— intento restarle importancia al tema, pero dada mi insistencia me preguntó, llena de dudas: “¿Pero estás seguro que tenían sexo?” “¡Mamá, cuando los desabotoné el lápiz labial del otro perro era como un envase de Quilmes!” “Ay, no seas ordinario, la puta madre!” “Bueno, ¿qué hacemos?”, pregunté yo. A esa edad un perro es un hermano menor y mi consternación tenía que ver con esa imagen violenta que no podía quitar de mi cerebro. Nunca está bueno que le pasen la mecha a tu perro, pero si eso ocurre, no lo veas, porque lo vas a ver en una performance y en un lugar que él, en teoría, no debería ocupar y que vos no estás preparado para contemplar. Decidí, por las dudas, no seguirlo en sus salidas.

En Psicología gestáltica se utiliza mucho la figura del perro de arriba y perro de abajo. Por lo general, las parejas modernas funcionan bajo ese patrón de comportamiento. Uno de los componentes es el que se mueve, el que hace el gasto, el que habla, o avanza, o se trepa por la vida (perro de arriba), y el otro integrante es el que hace los silencios, se evade, se siente abrumado o acusa al otro de querer imponer sus gustos (perro de abajo). Para la Gestalt, claramente, el perro de abajo es el gran manipulador de la pareja, el que impone finalmente los ritmos y los gustos, las urgencias y deseos. El que se hace el boludo, pero termina haciendo lo que quiere.

No sé si el Islámico perseguía algún objetivo concreto con aquel perro, pero lo que sí lograba era que nosotros, en casa, sí estuviésemos a su merced. Murió cinco años después de ese episodio, en mis brazos también. Murió de viejo, con su pata trasera lastimada y su cara de bachicha asustado de siempre (Serge Gainsbourg decía que la fealdad tiene una ventaja sobre la hermosura: permanece.)

En cuanto a mis fobias matinales, el sufrimiento se extendió hasta el fin del secundario. Después llegaron horarios más laxos de la facultad. Y del trabajo, claro. Mi odio a madrugar, como la fealdad, permanece. Tal vez, como buen perro de abajo, esa es una de las razones por las que elegí el periodismo.


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