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Lezcano y las niñas

26 05 2009 - 17:56

Era un curso nuevo, un octavo. Llego temprano. Cuando ingreso tengo esa sensación de deja vu. Es algo muy común; todas las escuelas, como los hospitales, se parecen. Pero no, esta vez creo que esas baldosas, esos pasillos ya los había transitado. Ya sé. Esta es una escuela en la que ya había trabajado el año pasado. Cuando veo a la preceptora lo confirmo. Ella me reconoce y nos saludamos como si nos conociéramos.

Habían sido sólo tres clases esa vez anterior, una suplencia que habría podido continuar, pero los nueve alumnos que tenía eran imposibles. Eran un Noveno con normas muy diferentes a las de la civilización, incluso a las de la barbarie. Recuerdo que entraron tarde del recreo, con la preceptora rogándoles, y esperé diez minutos para que me prestaran una mínima atención. Empecé preguntándoles las edades y enseguida me di cuenta de por qué parecían todos más grandes que yo: estaban desfasados. Era el grupo de rejunte de los repetidores. Chicos de dieciséis, diecisiete y una chica, la única, de veintiuno. Se los juntaba como si fueran parte del mismo mal o de la misma familia.También me di cuenta al toque de que La Piba era la que llevaba las riendas y los manejaba a todos, con la mirada nomás. A veces los surtía con un corto en el pecho o un sopapo en la nuca y la miraban con recelo y ella les mantenía la mirada desafiante. Ellos nunca respondían. Sus modos eran los de la calle, y su vocabulario era excesivamente afectado. Se esforzaba por demostrar que el léxico tumbero era el único que conocía. Cuando yo le decía que había otras formas de llamar a las cosas se cagaba de risa como si hubiese dicho una estupidez. Ácrata, la mina.

En una de las pocas oportunidades en las que había conseguido que todos me escucharan, La Piba, a la que le encantaba llamar la atención y estar en el ojo del huracán, sacó un celular y empezó a sacarme fotos. Le pido que lo guarde, no me hace caso. Es más, le muestra a los compañeros cómo salí. Es lindo, ¿no?, le pregunta al que tiene al lado, como si yo no estuviera presente. Los celulares dentro del aula me sacan. Le pido el celular. Me lo niega. Le pido por favor y me dice ni en pedo se lo doy, es lo único que tengo (luego me enteré que tenía dos hijos). Ella estaba muy tranquila, mientras yo de pronto me encontraba frente a una situación violenta con una mujer. Me puse la gorra, y le pedí a un alumno que traijera el libro de firmas para hacerle un acta. Era la primera vez en mi vida que hacía una. Nos miramos feo. Se hizo un silencio asfixiante. Todos estaban pendientes de ella, de lo que iba a hacer. Yo también. Vino la preceptora con el libro preguntando y, al enterarse, miró resignada a la piba, sin sorprenderse en lo más mínimo. Al parecer era cosa de todos los días. La piba no quiere firmar el acta. Yo no voy a poner el gancho en ningún lado ni ahí, dice. ¿Qué carajo hago ahora?, me pregunto. En el profesorado no te enseñan qué hacer en este tipo de situaciones. Mire, ahí le borro esa foto que le saqué. Igual usted es re feo, ¿para qué la quiero? Justo suena el timbre y todos salen al mismo tiempo. Después, en la sala de profesores me dijeron que ya estaban acostumbrados a cosas como esa. Y nadie podía hacer nada.

Durante las siguientes dos clases no hubo alumnos. Orden de la piba. Cuando me preguntaron si quería seguir la suplencia contesté que no, sin dudarlo. Todavía no estaba recibido y tenía por delante batallas más importantes. Pero me quedó dando vueltas en la cabeza el comportamiento de algunas mujeres en un aula. Cómo tratarlas cuando es evidente en ellas esa conciencia de que tienen cierto poder.

Unos minutos antes de entrar al salón esta segunda vez, la directora, a quien yo no había conocido anteriormente, me pregunta cuántos años tengo. Treinta, le digo y ella me contesta, con cierta preocupación, que soy muy joven. Pienso en si eso es un problema para mi desempeño como docente, en que tal vez la mina está cargada de prejuicios y cree que soy inexperto y, por lo tanto, incapaz para estar al frente de un curso problemático como me advirtieron que (también) es este. Otro más. Pero ahora me siento listo para cualquier cosa.

—Vas a tener que tener cuidado porque las pibas acá son bravas. Tal vez una te hace carita y eso. Te aviso para que sepas.

Trato de no hacerle caso para que no me condicione respecto del comportamiento del grupo. No todas las personas le caen de la misma manera a la multitud, por suerte. Pero teniendo en cuenta lo que me había pasado la primera vez, no estaba de más estar atentos.

La clase se desarrolla con normalidad. Todo lo normal que pueden llegar a ser los pendejos de octavo. En un momento me pongo a copiar unas cosas en el pizarrón y cuando me doy vuelta para explicar veo que dos nenas se están pintando la cara, una a la otra. Delineador de ojos primero, luego los párpados. Les pregunté qué estaban haciendo. Poniéndonos lindas, profe, respondieron a dúo. Los demás comentaron que, como salían temprano, ellas se arreglaban para verse con unos chabones.

—Usted es bueno y nos va a dejar terminar, ¿no, profe?— me preguntó una, con total seguridad en su capacidad de seducir y conseguir cualquier cosa.

Trece años. Me perturbó ver esas dos pendejitas actuar de esa manera. No por el hecho de que quisieran ponerse lindas, sino porque siempre hay algo terrible en nenes queriendo actuar seriamente como adultos. Sobre todo cuando después salgo a caminar por mi barrio y veo a esas nenitas embarazadas, o con chiquitos en brazos. Escuché decir, a minas mayores de edad, que la primera vez no podés quedar embarazada. O que el SIDA se contagia como el dengue. Y así.

Me acordé también de lo que decía Raffo acerca del valor antropológico del porno amateur, porque todo el tiempo me entero en los colegios de que los alumnos se encuentran en los baños para filmarse teniendo sexo y subir los videos. Esos pibes se filman con celulares robados, porque no pueden pagarlos, y trafican con experiencias extremas que nunca prosperan más allá del baño. Entonces la escuela podría verse hoy en día no sólo como el lugar donde se relacionan los chicos, sino también donde esas mismas relaciones buscan sus límites y los destruyen antes de empezar. Casi ángeles, el programa más visto por los adolescentes, muestra a sus protagonistas como obsesionadas por la pija, y completamente entragadas. Si mi hija viera ese programa me preocuparía.

Les pedí a mis alumnas que eso de pintarse lo dejaran para después, para afuera del colegio, que faltaba poco para que la clase terminara. Finalmente salieron y se pintaron en el baño. Cuando iba en el bondi para otro colegio las vi subidas a dos de esas motitos que invadieron el suburbio. Dónde están los padres de esas nenas. No puedo evitar preocuparme, y no sé si me estoy volviendo prematuramente viejo y retrógrado por cómo está yendo todo en este puto planeta.


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