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Fishbein vs. el Golem

2 06 2009 - 03:30

Que nuestra oligarquía es parasitaria es una verdad a voces, tan verdad que se ha vuelto perogrullada, lugar común, estereotipo, porque nadie se ocupa de prestar atención a las propias palabras pronunciadas. Las repito a ver si somos capaces de leer en voz alta sin que nos arrastre ese torrente de sinsentido.

Nuestra oligarquía es parasitaria.

¿Qué significa ser parasitario? El diccionario de la Real Academia tiene la acepción vaga de que un parásito es una “persona que vive a costa ajena”, y obviamente no tiene ninguna que diga “empresario que acumula a costa de un pueblo”. La neutralidad de los diccionarios es como la paz de los cementerios, y tanto más si provienen de países con veleidades imperialistas. Pero esta verdad no dicha es tan verdad que tenemos que tomar el silencio del diccionario como un eufemismo. ¿Y de qué manera acumula un empresario a costa de un pueblo? La respuesta está tan a la vista que se nos pasa por alto una y otra vez.

Tenemos naturalizada la extorsión constante de los puestos de trabajo. Ante el más mínimo cuestionamiento, cualquier oligarca argumentará que él le da trabajo a la sociedad, que si a él se lo toca, se están tocando los puestos de trabajo. Al mismo tiempo, la perorata neoliberal pone rostro circunspecto y falsamente compungido cuando sostiene que la revolución científico-tecnológica trajo aparejada la caída en volumen de puestos de trabajo y el consiguiente problema (con cinismo llaman problema a lo que para ellos es un deleite) de la desocupación generalizada, ya que con la informatización y robotización de los medios de producción, se necesita un operario ahí donde antes se necesitaban treinta. ¿Cuál es el límite de esta ecuación cuando tecnología tiende a infinito? Muy simple, lo sabemos todos (y aclaro que no es esta la respuesta que estamos buscando): la cantidad de operarios tiende a cero, o sea que la riqueza se genera sola.

Si la riqueza se genera sola (y la oligarquía podrá tildarnos de simplistas en este análisis, podrán tirarnos con todos sus artefactos ideológicos que niegan la ideología para justificar la expropiación y el ultraje), queda aún más en evidencia la cualidad parasitaria de los que se llaman a sí mismos emprendedores. Ellos simplemente toman la riqueza de la sociedad por obra y gracia del derecho consuetudinario: todos estamos acostumbrados a que así sea, y listo. Pero además, dentro del alcance de este vínculo se mantiene oculta una verdad no tan evidente, pero no por eso menos verdadera: que nuestra paga es un soborno para no tomar lo que nos corresponde. Y por añadidura, convertirnos en cómplices de la marginación de los que se quedan sin nada (y se ven obligados a redistribuir por mano propia, como oportunamente vimos).

Así entonces, otra vez: ¿de qué manera acumula un empresario a costa de un pueblo? Ya sabemos que la riqueza se crea de manera casi automática, por lo cual la única tarea que tiene el empresariado es trasladar esa riqueza de un sitio a otro utilizando los vasos comunicantes del sistema. Ellos no hacen más que fugar, esconder, buscar recovecos seguros y cuevas financieras en el laberinto insondable de la franquicia capitalista que nos ha tocado en suerte. Y nosotros somos sus artífices, sus ejecutores materiales. Operamos sus sistemas informáticos desde nuestros puestos miserables y con cada venta telefónica, con cada factura cargada, con cada reclamo a un cliente moroso vamos engordando al monstruo insaciable. Que crece y que lo abarca todo, mientras que en nuestra alienación nos conformamos con tener un escritorio y acceso libre a la web de Clarín. ¿Algún trabajador de cuello blanco se preguntó alguna vez por qué la única página que no está restringida en los trabajos es la del Imperio Monopólico de Apropiadores de Niños? Ahí vamos.

La monstruosidad de un multimedios es un Golem que se puede volver sobre sí mismo. El Poder en ciernes, en su acumulación angurrienta y enceguecida, no puede verse a sí mismo como el arma poderosísima que representa ante un cambio de timonel. ¿Qué no podrían lograr los desposeídos manejando al mayor multimedios nacional de la noche a la mañana? Repasemos: el canal de televisión de mayor alcance, el diario de mayor tirada, el canal de noticias que maneja la opinión pública, la radio, el 90 por ciento de las conexiones de internet, todo en manos de quienes hasta un minuto antes eran sus víctimas.

Que la campaña destituyente es real es un hecho que ya prácticamente nadie discute. El único matiz de la discusión gira en torno a los tiempos. Es evidente que la médula destituyente es desgaste, goteo, inflamación lenta, tortura china, gotas de los balcones regados en Palermo que caen sobre los paseantes intrusos. Saben que las torturas más tajantes y violentas cayeron en desgracia y que a esta altura les resultan inaplicables, y entonces juegan el juego de la paciencia y la decantación. Qué otra cosa cabría esperar de quienes tienen recursos inagotables y generaciones de herederos impunes por delante.

La fuerza destituyente espera el Clarín del 29 para enrostrarnos la derrota que no fue y segregar nuevas gotas de veneno gorila. Saben que llegado el caso será sangre de pobres la que ejecute el trabajo sucio de los saqueos para restituirles a ellos, los ricos, el status quo que les resulta más propicio: el clima de negocios, el laissez faire, la calma de los cementerios, la lucha de pobres contra pobres en última instancia. Pero ¿qué dirá el Clarín del 29? ¿y quiénes serán los artífices de lo que ahí se diga?

Tratemos de imaginar por un instante el frenesí del Golem en plena acción, en el día de su bacanal. Como una maquinaria de transformar sentido, sus múltiples cabezas coordinan el procesamiento de la sustancia informativa y la trituran, la despedazan y la reelaboran convirtiéndola en pasta base confabuladora, paco destituyente que la civilidad indecisa mastica y cuyo efecto atrofiante es casi inmediato: el vidrio molido en los cerebros de la clase media va allanando el camino hacia la naturalización de la caída de nuestra Presidenta. Son espectadores en cuyos livings conviven sin inconvenientes los LCD gigantes adquiridos en estos años de bonanza y las cacerolas Essen inmaculadas, listas para salir a la calle. Los intendentes mientras tanto, que viven la dualidad colectora-testimonial de forma esquizofrénica, están conectados a los centros informativos tratando de aproximar porcentajes estabilizados que permitan determinar si hay que comenzar con los saqueos o empezar a negociar nuevos planes que compensen los bienes no saqueados.

Las vísceras del Golem tiemblan de manera sísmica trasvasándose fluidos unas a otras. Su organismo gestáltico, de una capilaridad casi infinita, se traduce en movileros, camarógrafos, fotógrafos, reporteros, asistentes, productores, coordinadores, operadores, conductores, redactores y correctores, que actúan como sensores que producen las imágenes, los sonidos, las palabras y la sintaxis de todos esos elementos aislados. Todo ese material reprocesado y reciclado se pasa por las distintas bocas de expendio del Golem como pasa el pasto por los distintos estómagos de la vaca. En distinto orden y montaje se reproducen las mismas imágenes y audios en Clarín, en TN, en el 13, en Radio Mitre, en forma digital y analógica a través de todo el cableado y el aire que les pertenece. Pero mientras que un ser vivo cualquiera procesa la información sensorial del medio que lo rodea para aprehender la realidad circundante en pos de su supervivencia y reproducción, el Golem va diseñando en su interior la realidad que le es más propicia (se sabe impune y eterno) y la establece como la realidad a secas superponiéndola a la auténtica realidad en un proceso centrífugo. El viejo proyecto inocente de Borges (el primer gorila célebre) de ese mapa del mundo que coincide en cada detalle con los contornos del mundo real, y que por lo tanto lo abarca todo y se superpone a cada continente, a cada océano, a cada ciudad, a cada montaña, a cada río.

Un ejemplo: el falso reality de los imitadores, el Gran Cuñado. Ya el nombre (reality) muestra y esconde al mismo tiempo la magnitud y ambición del proyecto hegemónico. Hasta ahora, ese nombre aplicado a programas de televisión se utilizaba para experimentos en los cuales se diseccionaba comunicacionalmente una realidad de personas reales que se sometían a condiciones ficticias, que no obstante reemplazaban temporalmente a su realidad original: en esa nueva realidad las personas que se sometían engañaban a sus parejas, se convertían en cantantes profesionales, amaban, odiaban, se suicidaban incluso. Pero todo eso siempre proyectado hacia adentro, metiendo el artefacto comunicacional y amplificando los actos de individuos que exponían su vida privada al escarnio. En esta nueva vuelta de tuerca, los personajes realmente intervinientes no exponen sus vidas (en la práctica sólo están realizando un trabajo muy bien pago y de buena proyección), sino que toman el significante de los rasgos caricaturizados y lo depojan de significado, en una operación típicamente posmoderna. Esas imágenes, proyectadas hasta lo más recóndito de nuestro territorio nacional, configuran una nueva realidad en la cual los imitados pasan a ser aquello que hacen sus imitadores. La conciencia del pueblo pasa a ser usurpada por todo este imaginario en el cual los gorilas son esencialmente lo mismo que los progresistas, en un juego de cualunquismo al cual es tan proclive la clase media (a quienes bien llamó algún lector atento de TP la clasemierda).

Llegado este punto me atrevo a exponer una hipótesis de trabajo fundamental: el Monopolio Multimediático alberga en su interior la simiente de su propia destrucción.

Detrás de ese fragor golpista enceguecido y taimado (o mejor dicho delante de él) está siempre lo feo, lo torcido, lo incomprensible. Sin importar el autor de cualquier nota de Clarín, las palabras siempre se llevan mal entre sí, tienen disonancias espantosas, el sentido parece estar disuelto en una masa sonora babeante, una especie de monstruo sintáctico que semeja una sopa de letras, un engendro sintagmático amenazante que parece decirnos: soy el crack de tus sinapsis neuronales, tu camino más directo al alzheimer. Bien: tiene que haber algo más detrás de esta incongruencia tan congruente, de este caos tan sistemático y ordenado que viene después de la volanta y el titular. Un mensaje.

Desde hace años las agrupaciones profesionales periodísticas vienen denunciando la precarización de sus puestos de trabajo, los despidos masivos y los reemplazos de profesionales por contratados inexpertos. Sumando uno y otro dato, la ecuación da como resultado que sin duda hay un empobrecimiento sustancial al interior del Multimedios. Empobrecimiento en el mejor de los sentidos: los pobres ocupando la capilaridad del Poder. Así, el círculo Foucaultiano cierra a la perfección: con o sin conciencia de lo fáctico y puro de su accionar, la sangre pobre está ahí a disposición del poder popular, sólo esperando el estímulo, el sacudón que la movilice y haga voltear al monopolio comunicacional desde su propio interior, lo haga darse vuelta como una media. Lo que fueron las sirvientas para los gorilas primigenios de los años 40, lo son hoy estos nuevos pobres, con el poder multiplicador del comando multimedial en las yemas de sus dedos.


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