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Pasternak, con el diario en la plaza

4 06 2009 - 02:30

En la plaza queda un banco, uno solo a la luz del sol. Los otros están a la sombra o están ocupados, una persona en cada uno, y cada ocupante mira hacia adentro de la plaza. Nadie habla con nadie, pero existe una comunión tácita entre todos los que vienen a sentarse a esta hora. Es un acuerdo espontáneo, una necesidad primitiva que podría servir de base para un proyecto de país: ir y sentarse al sol a la siesta, unos minutos, y que nadie te rompa las bolas. Las piernas cruzadas, los brazos estirados sobre la madera, los ojos cerrados, la cara al sol.

Nadie lee el diario. La lógica es impecable: el día es muy lindo, el diario es muy feo. Dan ganas de tirarse de espaldas, en el pasto, con una novia, y comentarle el titular que leímos hoy, como para profundizar el contraste: “Un ladrón se defecó encima al ser detenido por la policía”. En serio loco. Uno se puede reír si tiene una novia y está tirado con ella en la plaza Libertad, a la siesta, de cara al sol, pero la máquina de los medios produce sin descanso, como dios, realidades paralelas. No importa si uno no cree, porque aquello que tiene efectos concretos sobre miles de personas existe, de cualquier manera, a través de sus efectos. Y en el mundo paralelo la gente está indignada, indignadísima: en este país, encima que te roban, los ladrones se cagan encima, ¿podés creer?

Yo no puedo, pero conozco gente que sí. Personas cercanas que viven en un mundo horrible, lejos de esta plaza, a una cuadra por ejemplo, en el bar, en una oficina, en el edificio, donde la gente parece todo el tiempo a punto de reventar de un ataque de presión. Si se ignoran los hechos sociales que producen los medios por repetición, el origen de semejante indignación es un misterio. El reinado de la violencia simbólica lo detenta gente que come todos los días, que lee el diario en una mesa de café, que paga patente o al menos tiene un puto home theatre, es así. Uno con sombrero que va y te dice que estamos “como en la guerra, hay que matar a los de primera fila y seguir”. Pero ya no te lo dice mientras se cierra hasta arriba el chaleco y sale a la puerta a fumarse un Benson, después de comerse una parrillada con papas soufflé en Tía Vicenta. Ahora te lo dice como candidato, en medio de una audiencia con dirigentes ruralistas.

Also sprach Jorge Chemes, flamante ex dirigente ruralista de Entre Ríos que viajó al mundo de “la política”, y cuando regresó del futuro les contó a sus viejos compañeros: “Muchachos, ahora que estoy de este lado, he visto como es. Yo pretendía una gran plataforma política y eso no existe. Este despelote es tan grande que lo primero que hay que hacer es entrar en el horno, barrer las mayorías”, dijo, literalmente. Un productor le pidió a su ex compañero, ahora candidato, que “al menos saque un machete”. Para cortar cabezas, acá en el monte se entiende, no para copiarse en el examen de ingreso. Chemes dijo que sí, que “hay que barrer la mugre y empezar a remar”. Zarathustra se adelanta a su tiempo, pero sabe que hay consenso. ¿Cómo, si no, se le puede ocurrir a alguien decir abiertamente esas cosas?

Nadie en esta plaza quiere ponerse a imaginar qué es lo que dicen los indignados cuando están solos, entonces, en ese clima de intimidad que se genera cuando se comparten unas ginebras durante la yerra. Dan ganas de ponerse en el pasto boca abajo, muchachos, ahora que estoy de este lado, y mirar a los que ocupan los bancos, para ver si alguno de la tribu del sol tiene cara de “muerte a los menores”, o si parecen horrorizados por el caso del chofer que abusaba de los minusválidos. Sería muy decepcionante. Parece que no, nadie se indigna a la siesta en la plaza con el ladrón que defecó a la policía, cosa que parece muy saludable, porque los ataques de presión te pueden dejar como Superman, como Carlos Calvo cuando hacía El hacker.

Un banco libre por persona, eso es una base. Si estuviese nublado, si no hubiese bancos para sentarse, esta gente andaría encerrada, leyendo las noticias, y uno se estaría riendo de cosas más terribles, de las fotos y los titulares que eligen los medios para las noticias sobre el avión desaparecido, por ejemplo. Porque si llueve le hablás a tu novia de la cara de boludo con que lo sacaron a Sarkozy ofreciendo sus condolencias en el Charles de Gaulle, ponele, como para tomar distancia, pero no te ponés a hablar ni en joda de las operaciones de prensa en el país, de la violencia simbólica naturalizada contra pobres y marginales, porque no hay cinismo que alcance para pilotear semejante patada en los huevos. ¿Es demasiado ingenuo pretender un periodismo que no haga daño?, pregunta Fernando, mientras hace la tapa del diario. No que sea obsecuente, ni siquiera que cuente cosas lindas. Lo mínimo: que no haga daño.

Hablemos de esas nuevas drogas que te hacen adicto en las primeras dosis y te obligan a robar y a violar, hagamos un informe si les parece muy necesario, probémoslas si quieren, para dar un testimonio periodístico de primera mano, como Rolando Graña cuando tomó ayahuasca; hablemos de los robos en los cajeros de los bancos si la señora no se anima a ir sola, está bien, es un problema que afecta muchas familias y es molesto acompañar a la mujer a sacar plata, pero después de asustar abuelitas vamos a mirar un poco alrededor, todos juntos, a ver qué pasa: las cosas no son tan terribles. Vamos a reconocerlo de una vez, y a empezar de nuevo.

“Es un mundo triste y hermoso”, como le dice Bob a Zack en una película de Jim Jarmusch. “Pírate”, le responde Zack. “Pírate, pírense todos, buenas noches”, saluda Bob. Y se va.


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