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Uruguayofilia aguda

1 11 2004 - 15:56


(Sobre foto de Daniel Nieto, desde Uruguay.)

Sentados, pero no al cordón de la vereda, sino en el Costa Azul de Pocitos, Puricelli y Nieto se preguntan, en primer lugar, a quién puede gustarle la Malta Pilsen. But then, a los uruguayos les gustan tantas cosas que a los argentinos no y no parece que eso sea malo. Más bien (casi) todo lo contrario.

Pablo Cassini suele decir (y seguramente alguien, quizá él mismo, podrá demostrarlo alguna vez) que Argentina podrá ser el país que no dejamos de desear el día que esté habitado por 37 millones de orientales de la Banda. Sentados aquí, con la mar que en Buenos Aires es irremediablemente río, a la vista, Cassini rules. A los uruguayos les gusta la política. 90% de los autos (and counting) están embanderados con enseñas partidarias. 90% de ellos, del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría. 90% de estos últimos, con las del MPP, el sector interno de la coalición que lidera el viejito Pepe Mujica, el político más popular del Uruguay, pero que no va a ser el presidente. El-presidente-es-Tabaré.

A los uruguayos no les causa problemas decir que son de izquierda (a los que lo son). Sin el orgullo de secta de los que dicen lo mismo en Argentina y sin la vergüencita que les da en Argentina a los que lo son y no consideran all´uso admitirlo. A los uruguayos no se les puede vender revista Caras, ni les gusta la ostentación de nuevo rico que campea, argentina ella, en las playas uruguayas del Este. A los uruguayos no les gusta lo privado porque no es estatal y prefieren celulares de la gubernamental Ancel antes que los de la empresa que le puso nombre a los celulares en la otra margen de la mar, el río. Los periodistas uruguayos, si es que hay que usarlos de barómetro, se han pasado el día pidiendo de manera tan didáctica como insistente que la gente vaya a votar, que es importante. Huelga decir que, en la otra orilla, los barómetros disfrazados de periodistas, abogan de manera tan canchera como insistente por que “la gente” se aparte de la sucia política.

Algunos pensarán, a esta altura del reporte, que hemos dejado de lado el saludable cinismo con que se pretende escribir en este sitio y nos hemos dado a la romantización, que la felicidad ambiente que se respira en las calles nos hizo abandonar las armas de crítica y que todo lo que vamos a hacer aquí es contarles que todos vivieron felices. Pero no. No se nos escapa que toda la cultura cívica uruguaya se ha ido consolidando en la misma medida en que esta sociedad pactaba con la idea de que hay un camino para evitar estallidos sociales y es permitir el lento envejecimiento demográfico y mantener siempre abierta la válvula de la emigración. No ignoramos que hay sectores de esta misma izquierda (cuya llegada al poder estaremos festejando alocadamentre cuando terminemos con este reporte) que se han cobijado en oxidadas certezas y que hay quienes conjugan el desafío intrincado del presente con el recurso a algún slogan. No exceptuamos al paisito, por pequeño y bucólicamente simpático, del diagnóstico preocupante acerca de la deserción de las vanguardias y la holgazanería intelectual de las élites.

Sin embargo hay una dimensión, si les parece, antropológica del ser uruguayo que prepara mejor a la sociedad para lidiar con sus limitaciones y para encontrar al mismo tiempo los recursos para hacerse otra. Alegre carnaval, quiere decir cosas muy distintas a uno y otro lado de la mancha marrón. Desorden, irresponsabilidad y anomia, en una. Mirada agridulce, desencantada pero despierta, en la otra. Alegre carnaval es la gente apretujándose en la 18 de julio, hasta donde se pierde la vista. Alegre carnaval es el amontonamiento de jetones de la política argenta en el VIP donde tendrá lugar el besamanos al presidente electo de los orientales, donde se amontonan Ibarra, Binner y Sabbatella (que sabíamos que eran progres, whatever that means, antes de venir a Montevideo) con drag queens de la supervivencia en el poder como un par de legisladores e intendentes peronistas con la enumeración de cuyos nombres no vamos a abrumar acá.

Como turistas japoneses, pero sin la gracia que éstos inevitablemente tienen, han venido a sacarse la foto de rigor que Tabaré Vázquez, generoso, les regalará. Los barómetros argentinos, metidos a periodistas, las publicarán con profusión y circularán de mano en mano en reuniones familiares, allende el Plata. Poco probable es que los argentinos que nos rodean ahora, aquí, en este VIP, se lleven en el Buquebus un poco de la paciencia con la que la izquierda uruguaya ha construido su alegre carnaval. Sin los fuegos de artificio de Pol-K. Sin la desfachatez imperdonable de Agulla y Baccetti para conseguir una cabeza de trofeo en advertising y luego hacer lo propio sin escalas en la “ficción televisiva”. Cosiendo un disfraz para el tablado, pegando lentejuelas en un antifaz de tres colores, con lo que hay a mano y orillando la nostalgia sin caer en el precipicio de la repetición, los uruguayos nos hacen sentir del tamaño al que los argentinos hemos decidido reducirnos, esta noche. Tabaré Vázquez sale al balcón, la ciudad tiembla. Los argentinos en el VIP aplauden. ¿Sabrán qué es lo que aplauden?


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