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Galería Impresionista

16 06 2009 - 06:33

Pocas cosas me llamaron más la atención en esta campaña que los carteles que sustentan la candidatura de Gabriela Michetti. Sobre un fondo negro, en el centro, un triángulo amarillo, con un vértice apuntando a la derecha. Abajo, el nombre y el apellido, Gabriela Michetti, uno en blanco, otro en amarillo. Nada más. Algunos de los carteles son enormes, el extralarge de la publicidad callejera. Hasta donde pude ver, esa es toda la publicidad en vía pública de la candidata del PRO, no alcancé a descubrir algún otro aviso.

En algún sentido es el cartel más honesto. Replica el vacío de la propuesta con ejemplar fidelidad. No hay promesas, slogans ocurrentes, ideas. Nada. Gabriela Michetti. Los publicistas asociados al PRO habrán pensado que la imagen de la candidata, la sonoridad de su nombre y la evocación que despierta son tan contundentes que cualquier texto no haría más que disminuir su potencia.

Hace un par de años, cuando la estrella de Michetti ascendía en el firmamento político argentino, tuve la oportunidad de conocerla. Uso esta palabra en el más débil de los sentidos. Yo trabajaba en la radio, en un programa conducido por Luis Majul, en las mañanas, de 7 a 9 y en las semanas previas a las elecciones de 2007, varios de los candidatos fueron al estudio para ser entrevistados. Los sufrimientos de madrugar se compensaron en algunas ocasiones por satisfacer la curiosidad de verlos personalmente. Tuve la suerte de paladear brevemente eso que los políticos son en persona, eso que Michetti vende y todo lo que Michetti tiene para dar.

En términos puramente personales, fuera de toda consideración política —es decir, en la misma tónica que los carteles que ella misma elige para su propia campaña— la visita de Michetti fue la más impactante. Amable, simpática, articulada y transparente, de una manera totalmente natural, despojada de artificios. El combo de la silla de ruedas más la falta total de afectación con que maneja el tema de su invalidez le genera un encanto particular. Era evidentemente una persona seductora y resultaba muy difícil resistirse a su gracia. No recuerdo, sin embargo, ningún concepto político relevante en su alocución, algo que la sacara del discurso acerca de lo que quiere “la gente”. Su carrera política posterior respondió mucho más al vacío que al carisma. A lo largo de estos dos años no construyó nada por fuera de esa idea maniática de la gestión que tiene la administración Macri. No era menos irritante su propensión a mencionar todo el tiempo a “Mauricio”.

Si tuviera que elegir como compañero de un viaje en subte a uno de los candidatos que conocí en aquellas mañanas, el beneficiado no sería otro que alguien que ya nadie recuerda: Ricardo López Murphy, claramente el que más cambió de acuerdo con mis expectativas. Por lejos, de los que allí vi, era el que más sentido del humor tenía. No digo humor en el sentido de decir chistes para caerle bien a la gente sino como rasgo de inteligencia. Sabía mirarse desde afuera y reírse un poco de sí mismo. Creo que no estuve de acuerdo con una sola de sus afirmaciones positivas y sin embargo el personaje me provocó simpatía.

De Aníbal Ibarra no esperaba demasiado porque siempre me pareció una persona limitada, al menos en su capacidad verbal. El detalle que le dio un cariz inesperado fue otro, nuevamente, por fuera de la política. En el estudio donde se transmite el programa de radio hay varios televisores, en general sintonizados en los canales de cable de noticias. El noticiero matinal del canal 9 estaba conducido por Muriel Balbis, que hasta hacía poco tiempo había sido la novia del ex jefe de Gobierno. Cuando apareció en pantalla, la cara de Ibarra se transformó, quedó con la boca semiabierta, como encandilado. Dijo suavemente, al punto de que creo que solo yo lo escuché: ¡Qué linda es!” Fue lo más interesante que dijo esa mañana.

El otro gran momento fue el de Elisa Carrió, simpática y expansiva aunque previsible. Me pareció lindísima pero sobre todo me volvió loco la contundente masividad de sus brazos. Elisa me pareció sexy en persona, pero no como cuando se dice “debe haber sido…”. No, me atrajo la contundencia de su gordura actual y la solidez de su personalidad. Hizo varios chistes fuera del aire con el tema de que todo el mundo piensa que está loca. Eran buenos chistes, las bromas de una persona inteligente. Y un poco loca.

Dentro de lo que todavía asociamos con el género humano la presencia más desagradable fue la de Mauricio Macri. Saluda mirando para otro lado y da la mano blandita. El único motivo de jolgorio que provocaba era que tenía aceitadísima la forma de tratar despectivamente a Majul. Años de patronazgo le habían dado un desdén natural, inmediato. En los momentos en que maltrataba a Majul parecía inteligente. Después no.

Beyond the human race tuve la aterradora experiencia de conocer a Alberto Rodríguez Sáa. Estaba acompañado por dos personajes intimidantes que se ubicaron en el control, apostados cada uno a un costado, como dos columnas jónicas. Me quedé un rato mirándole la ropa, el saco de gamuza, los zapatos, el pañuelo al cuello. Era todo carísimo y bastante fino. Me dio mucho miedo y bastante aburrimiento. Cuando me di cuenta de que no iba a participar del diálogo aunque me lo pidieran (y nadie me lo iba a pedir), me levanté y me fui a hablar de fútbol con uno de los productores.

Si lo que los políticas presentan como propuestas son solamente ellos mismos, como sugiere la campaña de Michetti, esta es toda la información que tengo para aportar. Ahora, si vamos a votar de acuerdo con ideas políticas, mi voto va a ser para Pino Solanas. Pero eso, pequeño Adams, es otra historia.


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