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Almabellismo?

23 06 2009 - 18:16

Leo blogs que discuten sobre política, con cierto detenimiento. Llegado un punto, pasa lo mismo que con las series o con cierto tipo de películas: no puedo evitar ver la repetición, lo limitada que es la variedad de formas básicas. Me asombra en La lectora provisoria, por ejemplo, cómo en cualquier momento, a partir de temas no relacionados con la política en Medio Oriente, alguien dice la palabra “Israel” o “Palestina” y empieza una discusión cerrada, siempre igual a sí misma, que termina en acusaciones cruzadas de nazis o antisemitas. No es que me sienta por encima de la discusión y no tengo problemas en afirmar públicamente que mi corazón está con los palestinos, pero no podría participar en esas polémicas. Para llegar a un acuerdo, creo que hay que dar un salto por encima de la circularidad, y que ese salto lo dé yo no le importa realmente a nadie.

Obviamente las elecciones me tienen muy ocupado y lo que más me atrae son las argumentaciones con las que no estoy de acuerdo. En ese sentido, soy un ávido lector, sin desdén ni mala leche, de los escritos de los kirchneristas que se reclaman progresistas. Mi material es Artepolítica, claro, pero también de los posts de Cuervo en La Otra, las intervenciones de Maiakovski en los comments de La lectora y muchos de los articulistas de Página 12, especialmente Ricardo Foster. Mi respeto por todos ellos no es homogéneo, siento que hay mejores y peores argumentadores y hay quien directamente me provoca desesperación, pero no trato acá de enmendarle la plana a ninguno sino de destacar algunas características comunes, que yo considero problemáticas.

El crecimiento de la figura de Pino Solanas en Capital ha desatado una batería de notas y posts que utilizan despectivamente la expresión “almas bellas”. El votante de Pino sería un tipo que no se quiere ensuciar en el barro de la política, simplemente deja asentada su posición con su voto y continúa con su vida sin problemas. A eso, este progrekirchnerismo de blogs le opone una especie de realpolitik. “Si querés cambiar realmente las estructuras de la sociedad, si querés hacer política de verdad, ejerciendo el poder, tenés que meter los pies en el barro y fumarte todo lo que te tenés que fumar, desde Scioli y las testimoniales hasta los barones del Conurbano y el Indec,” parecen decir una y otra vez los compañeros.

La argumentación presenta dos problemas. El primero es que seis años de kirchnerismo no me dejan una sensación clara de progreso en las condiciones sociales de los que peor están ni tampoco en términos de calidad institucional. Lo que empezó bien con la Corte Suprema terminó mal con el Indec y los avances económicos de los primeros años me parecieron imposibles de diferenciar de los de Duhalde con Lavagna, en primer lugar, y en franco retroceso en esta última parte. Como dice Gargarella, si no hubo redistribución en la época de las vacas gordas, porqué habríamos de esperar que la haya cuando están flacas. Es poco logro para demasiado sapo que tragar.

El segundo problema es el de la 125. Ese discurso duro y callejero sobre la realpolitik se convierte en uno idealista y recargado cuando se lo aplica al fallido proyecto de retenciones. Si los progres-k defienden todo lo criticable del gobierno con argumentos resultadistas, es incoherente que cuando los resultados no se hayan dado se apele a cuestiones de principios (no puedo dejar de mencionar que en este punto la retórica de Foster se me hace particularmente indigerible). Así, la elevación torpe de un impuesto pasó a ser algo parecido a la reforma agraria, apenas impedida por Cobos. La realpolitik no implica solamente caminar por el segundo cordón con los barones del Conurbano y perdonarles las trapisondas o mentir cínicamente sobre las estadísticas públicas. También debería haber incluído en otro momento, otro tipo de alianzas, otra conversación con los productores rurales en pos de lograr un impuesto mejor, pero sobre todo, un impuesto realmente existente… Hay ahí una contradicción a la que todos entran con alegría, a veces en el mismo párrafo. Una mirada sobradora y pragmática contra los idealistas que no saben de política, en unos casos, y una exaltación cursi de los valores, a las que no veo porqué no se les aplicaría el mote de “almas bellas”, en el otro.


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