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Ganó Kirchner

24 06 2009 - 11:31

Hoy me gustaría hablar de lo que pasa en Europa cuando gana la derecha, como sucedió hace un par de semanas.

No pasa nada.

Uno putea un poco, sigue haciendo su vida, se acostumbra más o menos rápido a la idea de que todo será un poco más difícil durante tres o cuatro años, durante los cuales trabajará a conciencia y dentro de sus posibilidades para que el resultado sea menos deprimente la próxima vez. Y eso que el macrismo es un lujo en comparación con los que ganaron acá (recién leí un manifiesto en el que Rozichner habla de legalizar la droga y de los pajaritos de colores). Los que ganaron acá —no todos, pero algunos— son nazis, malos de verdad. Estaríamos mejor sin ellos. Pero bueno, no pasa nada. Keep calm and carry on. La vida sigue, lo cual no está mal.

También querría comentar brevemente lo que pasa cuando gana la izquierda, como por suerte sucedió en el pueblo —aunque no en el county— en el que vivo.

Tampoco pasa nada.

No le declaramos la guerra a los condados adyacentes, no alambramos, no nos confabulamos para romperle el blog a los tres viejitos Tories que viven a la vuelta, ni insultamos a sus nietos. Respiramos aliviados y nos alegramos de tener vecinos afines que colaboran para mantener un status quo que podría ser mucho peor, después de todo: un pueblito Liberal Democrat, rodeado de distritos conservadores. Es una buena metáfora de lo que, con escasas excepciones, ha sido mi vida hasta ahora. La última aldea gala resiste al invasor.

Estoy bastante contento en mi condición de habitante de la última aldea gala en el sur de Inglaterra, y por lo tanto poco dispuesto a pelearme yo solo con los campamentos de Kirchnum, Macrium, De Narvaii, etc. Solíamos tener buenas dosis de poción mágica en TP, pero esa tanda se nos acabó hace rato y confieso que me está resultando muy difícil reproducir la receta. Estos días, la relativa ausencia de colaboraciones espontáneas se vio ampliamente compensada por una enorme cantidad de comentarios dedicados casi exclusivamente a convencernos de que Pino Solanas es un personaje execrable, lo peor que nos puede pasar, el fin de los tiempos. Tal vez esto tenga algo que ver con la habitual presencia de Puricelli en este sitio, o con la intención de voto de algunos de nuestros colaboradores. Yo no me imaginaba solanista. En cualquier caso, esta suma de comentarios injuriosos copypasteados que también vimos aparecer verbatim en otras partes, parecen sugerir en su desesperación y énfasis que el kirchnerismo pierde, cuando en realidad demuestran positivamente lo contrario. Ya ganaron, por lo menos en este terreno.

No hay que tener visión de rayos-x para identificar los rasgos más evidentes de una transformación de la cultura política en Argentina; lo que es difícil es ponerse de acuerdo en cuándo empezó. Enfermedades menos peligrosas suelen tener largos períodos de incubación, y si ya nos refugiamos en la dictadura de los ’70 para tantas otras cosas, cómo no la vamos a usar para explicar el encogimiento hasta dimensiones infinitesimales de la conversación política que (sin embargo) supimos disfrutar en buenas condiciones hasta hace algunos años. Alguna vez ensayé una teoría pinkeriana inconstatable según la cual los hijos nonatos de la intelligentsia setentista serían los interlocutores que nos faltan ahora. Podría ser. También podríamos culpar al menemismo, que es gratis y posiblemente, por lo menos en algún aspecto, certero. Pero nada de todo esto alcanza para explicar lo que pasó en estos años.

Es por lo menos curiosa la elección de Martín Caparrós, que desde hace semanas viene concentrándose en un improbable enemigo: Marcos Aguinis. Se trata, por supuesto, de un blanco fácil; es como pegarle a Britney Spears. Pero en su inexplicable entusiasmo con un libro que ni él ni yo querríamos leer, Caparrós se pasa de rosca inconcebiblemente al negar la existencia de un pasado mejor que, al menos en el terreno cultural, está bien documentado en los libros, los discos, las películas y las revistas de no hace tanto.

Digamos, a modo de ejemplo, que Punto de vista dejó de salir para siempre este año, y a nadie parece haberle importado mucho. Un logro del kirchnerismo. Beatriz Sarlo escribe ahora cada tanto en La Nación —otro logro del kirchnerismo— sin que el diario haya cambiado sus standards históricos ni ella haya girado a la derecha: sucede simplemente que ya no se puede ser anfibio en Argentina. O estás adentro del agua o estás afuera. A mí me gusta nadar y bañarme, cada tanto (intuyo que a Sarlo también) y esto se está convirtiendo en un serio problema. “Quizás me equivoque,” escribe Sarlo en el último número de Punto de Vista, “pero creo que ahora soy la única que necesita esta revista tanto como la necesité en el pasado, hace treinta años o ayer mismo.” Si alguien la desmintió, fue en privado.

Sesenta años antes, en 1949, Ciryl Connolly cerraba Horizon, una revista inglesa de enorme influencia en su época, que Sarlo no se ofenderá, espero, si comparamos oblicuamente con Punto de Vista. “Cerramos las largas ventanas ventanas que daban a Bedford Square,” escribió Connolly, “cortamos el teléfono, guardamos los muebles, los números viejos fueron a parar al sótano y los archivos se pudrieron bajo el polvo. Sólo las colaboraciones siguieron llegando inexorablemente, como la leche a la casa del suicida.” Otro logro del kirchnerismo. Sabemos, por lo menos, que lo de las colaboraciones no nos va a pasar a nosotros.

Connolly había empezado en las antípodas de Sarlo, definiendo a su generación como la menos interesada en política sobre la faz de la tierra (“éramos capaces de ir a la iglesia con tal de evitar un mitín político.”) Pero los ’30 fueron sus ’60 y lo encontraron autoproclamándose “materialista estético” (!), más o menos en la misma época en la que empezó a editar Horizon, una experiencia de la que no salió ileso. Sin abominar de una izquierda de la cual (que yo sepa) nunca se distanció demasiado, Connolly entró en la posguerra más preocupado por la “defensa de standards civilizados”, tal como los definió en un decálogo de 1946 que tal vez valga la pena revisitar hoy:

1. Abolición de la pena de muerte.

2. Reforma penal, cárceles modelo orientadas hacia la rehabilitación.

3. Construcción de viviendas populares.

4. Luz y calefacción subsidiadas por el Estado (“gratis como el aire”).

5 Servicio médico, alimentación básica y ropa provistos por el Estado.

6. Abolición de la censura, libertad absoluta de escribir y decir cualquier cosa, abolición de las restricciones para viajar al exterior, fin de las pinchaduras telefónicas e ilegalidad declarada a todo registro público o privado de las actividades de los ciudadanos basado en sus opiniones.

7. Ley de aborto y de divorcio. Eliminación de las leyes discriminatorias contra homosexuales.

8. Límite en la cantidad de propiedades que puede poseer una sola persona. Derechos infantiles. (Ni idea por qué estas dos van juntas.)

9. Preservación de los recursos naturales y del patrimonio artístico, subsidios a las artes.

10. Leyes contra la discriminación racial y religiosa.

A primera vista, hay unas cuantas cosas ahí que por suerte ya no hacen falta (punto 1, punto 7) y otras tantas que por desgracia han pasado ha ser una quimera (punto 4), pero en líneas generales y concediéndole una cierta ingenuidad propia de la época, la verdad que no está tan mal. Lo primero que llama la atención, tristemente, es la vigencia transatlántica del punto 6, con sus teléfonos pinchados y sus carpetas con información sobre posibles traidores. Pero incluso salteándose esa parte (como incomprensiblemente viene haciendo el 99.9% de los argentinos desde hace años), el decálogo en su conjunto se sostiene bastante bien comparado con la campaña que nos toca.

En un país mucho peor y más injusto que la Inglaterra de hoy, y en un mundo infinitamente peor, saliendo apenas de la guerra que iba a determinar el curso de la segunda mitad del siglo, las ambiciones de Connolly eran sin duda mucho más elevadas que las de “no dejar avanzar a la derecha” o “romperle el culo a Clarín.”

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En un mundo mucho mejor que el de Connolly, en un país que —como Verbitsky no se cansa de repetir— tenía en 1968 un PBI tan superior al de ahora, los enunciados de Pino Solanas eran, en cambio, temibles. Ves La hora de los hornos y te hiela la sangre.

La guerra en Latinoamérica se libra ante todo en la mente del hombre. Para el Neocolonialismo, los Mass Communication (?) son más eficaces que el napalm. Filmes, películas, audiciones, periódicos, intentan despolitizar al pueblo, sembrar el escepticismo, la evasión. Se desarrolla el prejuicio y el complejo por lo nativo. Se enseña… a pensar en inglés.

La voz en off no acompaña, como sería apenas más razonable, imágenes de Charlton Heston y Pipo Mancera, sino un material extraordinario obtenido en el Instituto Di Tella y en disquerías extinguidas de la noche porteña, porque esos discos y esas chicas que bailaban a Go Go eran el enemigo para Solanas. Y tal vez lo sigan siendo, uno nunca sabe. El grado de manipulación de estas imágenes es evidente. Solanas aprovecha, por ejemplo, una fiesta de disfraces en una galería de arte para sugerir que los Intelectuales Integrados van por la calle vestidos de Beatles con flequillo y todo, o maquillados como Warhol y comiendo bananas. Alguno de ellos dice:

—All you need is Love.

Y otro:

—No nos consideramos ciudadanos de un país sino del mundo.

Muy grave, ¿no? Como todos sabemos, esta es la gente a la cual debemos responsabilizar por todo lo que pasó después.

Claro que se puede cambiar de idea. Como me dijo Noriega el otro día: “bueno, yo en esa época creía en la dictadura del proletariado”. La diferencia es que Noriega cambió de idea públicamente, y puede explicar por qué. Solanas no ha hecho espontáneamente ninguna de las dos cosas, y mis gestiones al respecto —via Puricelli durante el programa de radio del domingo— tampoco prosperaron. No creo que Solanas quiera conversar sobre el tema, y menos antes de las elecciones. Sostengo, sin embargo, que no es un tema menor, y que sus votantes potenciales tenemos todo el derecho de saber si los Beatles y Andy Warhol siguen siendo el Mal para Solanas (aun cuando supongamos que no), y también el de saber en qué medida aquel error informa su actividad política posterior. Porque sino vale todo. Vale que el kirchnerismo pegue carteles de De Narváez abrazando a Duhalde y que De Narváez pegue otros con Kirchner abrazando a Menem y que ninguno de los dos reconozca lo que sendas fotos no se cansan de denunciar: más que la vergüenza de sus alianzas en el pasado, la ignominia de pretender que no existieron nunca.

El recorrido que conduce a Kirchner y a Solanas desde aquel montonerismo compartido hasta sus posturas aggiornadas y enfrentadas de hoy, pasando (o no) por Menem, no es un detalle: es lo más importante. Porque esa transformación personal —o, mejor dicho, el uso retórico de esa transformación personal— es lo único que nos permitiría aprehender los procesos individuales de pensamiento de los cuales se desprende lo que en definitiva estamos votando, e incluso anticipar adónde podría llevarnos esa manera de pensar, en el futuro. Esto es algo que Kirchner no podrá entender en su vida, pero que Solanas sí debería saber, si su relación con el drama fuera más aplicada y menos intuitiva. Supongo que no nos diría nada incluso en ese caso, porque —esto también hay que reconocerlo— hacer los deberes no parece haber adquirido ningún valor particular en estos años, y explicar por qué uno piensa cómo piensa, menos todavía.

Corrección: la intuición tampoco vale mucho. Ya lo dijimos en su momento, aunque nunca en público (y tal vez vaya siendo hora, habiendo confirmado con diversas fuentes que nuestros recuerdos son certeros y que no seremos desmentidos): mis objeciones al dogmatismo cerril de la izquierda nac & pop de los ’80 fueron vistas como una excentricidad intelectual; mi condena al pacto de Olivos como romanticismo pueril; mi negativa a votar a Menem como incapacidad de reconocer la correlación de fuerzas. Con perdón de la paráfrasis: no es que uno no se equivoque nunca, ¡pero los otros se equivocan siempre! Por suerte estas páginas son testigo de mi convicción temprana de que la liturgia derechohumanista en manos de los visigodos que hoy gobiernan era un peligro en todo sentido. No sólo porque les regalaba credenciales que ellos mismos despreciaban, sino también porque, en su decadencia inevitable, se iban a llevar puestos a los organismos de Derechos Humanos de una manera que sospechábamos indigna pero nunca tan indigna como esta.

Y lo más espantoso es que lo están haciendo por plata.

O por algo peor: por un ansia reaganiana de poder que contempla el dinero como sustento principal.

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Mi nuevo crítico de cine favorito es Jim Shepard. En realidad ni siquiera es crítico de cine (creo que es escritor), pero hace años viene comparando películas en largos artículos sueltos. El tipo compara películas, no las opone, ni las juzga moral o estéticamente, apenas si se permite algunas digresiones filosóficas, más en la línea de la crítica literaria, pero en general es como un ejercicio Zen, una ventana a los procesos de pensamiento y las inclinaciones naturales de artistas de cierta relevancia que, puestos uno al lado del otro, nos hacen ver algo nuevo. El procedimiento de Shepard sería suficiente para justificar su mención en este daily contaminado por una campaña electoral que se ha caracterizado por todo lo contrario de lo que hace él, pero además se da la casualidad de que Shepard descubre en algunas películas algo que hace tiempo deberíamos haber descubierto nosotros en la política local.

Siempre supimos que Duhalde era el Padrino y ahora ya lo sabe todo el mundo; su identidad secreta fue revelada hace unos años por Cristina Kirchner en un gesto emancipador que (pensamos) profetizaba su propio fracaso. Sólo Michael Corleone intentó romper la tradición familiar, y así le fue. Pensamos que así le iba a ir a Cristina también. Pero se me ocurre ahora que la analogía de Cristina no se limitaba a comparar nuestra realidad con la realidad contenida en El Padrino, sino con una tradición más amplia. El sucesor del Padrino (la persona) es Michael Corleone. Pero los sucesores de El Padrino (la película) son Goodfellas.

En Heroes in Disguise, un libro reciente pero lamentablemente muy difícil de conseguir, Jim Shepard compara ambas películas con tanta eficacia, que cuesta creer que no haya crecido en el conurbano bonaerense:

Una de las afirmaciones implícitas de El Padrino era que la violencia —bellamente controlada— como medio para conseguir un fin, era no sólo posible sino deseable, y que la acumulación masiva de riqueza por parte de los malos “buenos” estaba bien, ya que al fin y al cabo beneficiaba también a una serie de individuos inocentes que dependían de ellos. En El Padrino la corrupción implicaba necesariamente una serie de grandes gestos operísticos.

Pero en Goodfellas, la corrupción es mucho más sórdida y anticlimática: el atractivo de estos mafiosos es indistinguible de lo que los hace despreciables, ambas cosas son la misma. A diferencia de los mafiosos de El Padrino, ellos saben lo que quieren y lo pueden resumir en una palabra: Más. No sólo dinero y poder; ya tienen dinero y poder. ¿Por qué no están satisfechos después de conseguir seis millones de dólares en el robo a Lufthansa? Porque quieren más. Y es precisamente esa rapacidad, ese apetito, lo que los define. No hay fin. Sólo hay medios. Lo cual nos devuelve a la idea de la violencia, y a cómo está ubicada en el centro mismo de lo que hace que estos wiseguys sean atractivos. Ellos no andan con vueltas: ellos hacen.

Nosotros hacemos.

Esta comparación mejorada trasciende las analogías específicas que podrán presentársele espontáneamente a cada lector. D’elía es, sin duda, Joe Pesci, pero hay más que eso.

La filosofía central de Goodfellas encaja casi exactamente con lo que el Kirchnerismo ha demostrado ser durante estos seis años. Y esa es la victoria, el legado del Kirchnerismo: haber impreso en la mente y en el alma de amigos y enemigos un fin fraudulento y nominalmente redentor que jamás estuvo en su agenda, ni en sus ambiciones ni en su práctica. Hemos perdido años discutiendo una mentira, que nadie cree, que a nadie le importa, sólo porque no soportamos ver lo que esconde. No parece necesario revisar aquí esas mitologías, puesto que pueden encontrarse fácilmente en el discurso de los cientos de agitadores kirchneristas que repiten en estos días el mismo libreto, como autómatas. Pero es algo que deberemos hacer, eventualmente, porque el advenimiento de un tercer peronismo “bueno” (el que se intuye en Solanas, o en Sabatella aunque no se rubrique peronista, y en todos sus satélites Nacionales y Populares) amenaza con seguir reproduciendo el esquema de reproducción unicelular del populismo: un peronismo bueno que será fagocitado por el malo, y desafiado a su vez por una nueva escisión que se autoproclamará como la nueva encarnación del peronismo bueno, para ser fagocitada luego, y desafiada por una nueva escisión, y así hasta el fin de los días, mientras Laclau reparte papers en el pasillo.

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No hace mucho, la policía de Sicilia encontró un papelito histórico en la guarida de Salvatore Lo Piccolo, el capomafia que había controlado la ciudad durante años. En el papelito, escrito a mano, se puede leer un decálogo, bastante diferente al de Ciryl Connolly, que desde entonces se conoce como los Diez Mandamientos de la mafia:

1. Nadie puede ser presentado directamente a un integrante de la organización. Tiene que haber una tercera persona que ejerza de presentador.

2. Nunca desearás la mujer ni los bienes de los amigos.

3. Nunca seas visto con el enemigo.

4. No te involucres en situaciones sociales, públicas, fuera de la organización (pubs, clubs).

5. Es un deber cumplir órdenes y estar siempre disponible, en cualquier momento, aunque tu mujer esté por dar a luz.

6. Las citas ser respetadas absolutamente.

7. Las mujeres deben ser tratadas con respeto.

8. Es un deber responder con la verdad a cualquier pregunta de tus superiores.

9. El dinero es intocable dentro de la familia; sólo se puede apropiar los bienes de quienes estén fuera de la familia.

10. Omertá — pacto de silencio. Jamás hablarás de lo que la familia hace fuera de la familia, ni discutirás en público nada referente a la familia.

Sería una grosería sostener que estos diez mandamientos encajan exactamente con las conductas del kirchnerismo (por ejemplo, tengo mis serias dudas sobre el punto 7, y no se me escapa que Carrió podría también suscribir a un par de ellos). ¿Pero a cuál de los dos decálogos se parece más el comportamiento del oficialismo y sus militantes? ¿Al de Connolly o al de Lo Piccolo?

Esta campaña (y no es la primera vez que pasa) es un gigantesco error de categorías, que las mayorías intuyen y castigan con el desinterés en la política que ya es costumbre. Las poquísimas conversaciones que tienen lugar durante estas semanas asumen que estamos votando a candidatos de distintos partidos políticos, cuando lo cierto es que post-2001 la dirección de la política ha sido mucho más la de Lo Piccolo que la de Connolly. La antipolítica son ellos. La reacción iletrada de los taxistas y las señoras gordas, ese clamor del que tan cancheramente se burlan Capusotto y otros esclarecidos, no es más que un fantasma especular del comportamiento de sus gobernantes, en un país que es hoy mucho más injusto, más pobre, más violento y más aburrido que hace veinte años.

Ganó Kirchner.

No puedo votar a Solanas o a Carrió porque no me da el estómago, pero les deseo lo mejor con la esperanza de que el cariño de los votos les despierte una responsabilidad cívica que por ahora sólo pregonan. Posiblemente votaría al socialismo porteño; sin entusiasmo, pero con cierta mínima dosis de esperanza.


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