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El voto de izquierda explicado a los niños

25 06 2009 - 08:07

La cosa no es tan difícil: si uno es de izquierda tiene que votar por la izquierda.

Pongamos que uno es de izquierda, y se preocupa por las desigualdades que sufren las mujeres. Uno se interesa entonces, de modo especial, por la adopción de políticas sensatas en temas de salud reproductiva. Hoy sabemos, por suerte (gracias a que acaban de salir algunas notas al respecto, en los medios gráficos), lo que piensan la mayoría de los candidatos en algunos aspectos centrales en la materia. La presidenta, ansiosa por contentar a la Iglesia, sacrificó sin problemas en el altar de su gobierno a los derechos de las mujeres, adoptando frente al complejo tema del aborto ni más ni menos que las posiciones del Vaticano (algo que confesó varias veces, abiertamente y sin ningún empacho). El ala izquierda del gobierno, Daniel Scioli, señaló mientras tanto: “Estoy en contra del aborto, creo en cuidar la vida desde la concepción y en todas sus etapas.” Francisco de Narváez, por su parte, sostuvo “Estoy en contra del aborto, éste no puede ser un derecho ni parte de una decisión personal”, y Gabriela Michetti, optimista y campechana como siempre, agregó, “en lo personal, estoy a favor de la defensa de la vida siempre” (gracias Gabriela, ¡y uno que pensaba que estaba a favor de la muerte!). La izquierda propuso, en cambio, políticas sensibles a los derechos de las mujeres. Y el mismo Pino Solanas, por su parte, habló de “el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo”, añadiendo, con razón, que “las sociedades que niegan el aborto lo tienen instalado entre las clases pudientes.” O sea, está muy claro lo que piensan los candidatos, y en particular la derecha, sobre cuestiones centrales en el área de la salud reproductiva. Para quienes tenemos posición tomada en el tema, para quienes creemos que estas políticas deben figurar en los primeros —y no los últimos— lugares de la agenda pública, para quienes consideramos que las políticas de salud reproductiva no pueden ser dictadas por la Iglesia, resulta bastante obvio, entonces, a quiénes no hay que votar, y quiénes, en cambio, pueden merecer nuestro apoyo.

Pongamos también que, por ser de izquierda, uno se opone a las desigualdades económicas hoy existentes. ¿Qué deberíamos hacer, preocupados por el tema, en las elecciones que vienen? En el día en que escribo esto, varios autodenominados “representantes de la cultura” (¡qué bueno debe ser ser un representante de la cultura!) quisieron darnos una respuesta a la pregunta citada, publicando una solicitada para sostener, entre otras cosas, que las políticas redistributivas fueron bloqueadas por el conflicto con el campo y la anulación de la resolución 125. ¿Cómo es esto? ¿Es esto así? ¿En qué sentido es así? ¿Por qué no podemos pensar exactamente lo contrario? El gobierno tuvo 4 años seguiditos de superávit económico, TODO el poder político-parlamentario que quiso, el absoluto control del presupuesto (que ahora puede manipular legalmente a discreción), y no se animó a bajar ni medio punto la desigualdad. ¿Cómo es eso, entonces, de que la redistribución se paró cuando frenaron la 125? La redistribución no empezó —sola, pura y exclusivamente— porque el gobierno no quiso hacerla, porque el gobierno no tuvo interés, porque el gobierno trabajó en contra de esa redistribución. Éste es y ha sido el gobierno de la patronal. Y digo patronal en un sentido no metafórico: la propuesta de este gobierno es y ha sido inequívocamente la propuesta patronal del “derrame” —“derrame” que depende, por supuesto, de que la economía primero “derrame”. Mientras nos gobierne este gobierno, entonces, podemos tener muchas dudas, pero al menos una certeza: si eventualmente la economía le deja algo más a los más pobres, ello no resultará de deberes y derechos y obligaciones constitucionales del gobierno y principios de justicia, sino de que el capitalista gana más y necesita de más mano de obra para seguir ganando más. Ésta es y ha sido siempre la receta de la derecha, la propuesta de la patronal. Si uno es de izquierda, entonces, y por supuesto, tiene que votar en contra de la patronal.

Pongamos que uno es de izquierda y se interesa por un país que no le de la espalda a Latinoamérica. Pongamos que uno es de izquierda y, por lo tanto, pretende que en materia de relaciones exteriores el gobierno le de prioridad al fortalecimiento de los vínculos con los países vecinos. Cómo votar en estas elecciones? ¡Acá sí! Acá —nos pueden decir los amigos del gobierno. Acá sí que el gobierno no falló. Esto es lo que nos han estado diciendo voceros e intelectuales del gobierno, reiteradamente, esta semana (alguno de ellos escribió, por caso, que los que critican al gobierno demuestran claramente no estar interesados en el destino de Latinoamérica (¡!). Frente a tales dichos, uno debería recapitular un poco y preguntarse: ¿Es esto así? ¿En qué sentido eso es así? ¿Están hablando del mismo kirchnerismo que destrató una y otra y otra vez a Bachelet y al pueblo chileno, y que ante el mínimo problema (pongamos, la crisis del gas, hace unos años), prepoteó a Chile para negarle, con las peores formas, y la peor arrogancia bien argentina, el acceso a recursos que estábamos comprometidos a asegurarle? ¿Están hablando del mismo kirchnerismo al que el manso Tabaré Vázquez no puede ni ver? ¿Están hablando del mismo Kirchner que fue vetado internacionalmente por Uruguay, apenas Uruguay tuvo la oportunidad de ponerle un veto, en respuesta al maltrato de años que desde el gobierno le vienen dispensando (por ejemplo, a partir de la pésima actitud argentina —no solidaria, no dialogante, patotera— en relación con el conflicto de las pasteras)? ¿Éste es el gobierno que busca la unidad latinoamericana? ¿Éste es el gobierno que, en materia de relaciones internacionales, toma como prioridad fortalecer los lazos con los países vecinos? Otra vez, si uno es de izquierda, y se interesa por la unidad latinoamericana, mejor tomar por un camino distinto —más honestamente latinoamericanista, menos oportunista— del camino que ofrece el gobierno.

Pongamos que uno es de izquierda, y quiere que, obviamente, al final de las elecciones, los candidatos de izquierda resulten más fortalecidos. La pregunta es: si ése fuera nuestro objetivo, a quiénes no habría que votar? Claramente —en esto no me detengo porque es obvio— no hay que votar al PRO. Obviamente —y en esto sí me detengo porque vale la pena aclararlo— no hay que votar a favor del gobierno. Para sostener lo anterior, pensemos en las caras visibles y más fuertes del gobierno; los rostros que saldrían fortalecidos si el gobierno ganara las elecciones. Antes que nadie, resultaría beneficiado Daniel Scioli, el que puso toda su insoportable alegría vital a favor del peor y más corrupto proceso de privatizaciones de la historia, que habló una y mil veces a favor de desmantelar al Estado, y que hoy critica a los que “quieren volver al pasado” que él mismo, protagónica y decisivamente, contribuyó a construir. Si el gobierno ganara, saldría favorecido Kirchner, que habla para la izquierda y juega —una y otra vez— para el capitalismo de sus amigos, para el capitalismo del juego, para el capitalismo de los grandes medios, para el capitalismo que se apropia del petróleo y que explota de manera bruta y brutal nuestras riquezas mineras. Si el gobierno ganara, saldrían fortalecidos Moreno y Jaime, símbolos de ya sabemos qué. Si el gobierno ganara saldría favorecida la Ucedé, hoy representada por los Randazzo, los Massa, los viejos yuppies que forman ahora el ala juvenil del gobierno (¡ay!), poniéndose —descaradamente, sin principios y para oprobio de su generación— al servicio de lo que les pongan delante. O quizás, tal vez, nada de esto importe, porque los que de ellos participan en las elecciones no van a asumir, burlando la voluntad popular una vez más. En resumen, la cuestión es sencilla: si uno es de izquierda, tiene que votar en contra de la derecha, en contra de la Ucedé, en contra del capitalismo prebendario, en contra de los restos vergonzosos del menemismo que hoy son la cara más visible de este gobierno.

Pongamos que uno es de izquierda y entonces, finalmente, se decide a votar por la izquierda. ¿Enfrenta uno algún obstáculo serio —moral o político— para hacerlo? Bueno, nos dicen los amigos del gobierno, claro que sí. Los amigos del gobierno nos dicen —como nos lo han venido diciendo todos los días, durante estas últimas semanas— que no hay que votar a la izquierda porque de ese modo estaríamos votando por la restauración conservadora. ¿Cóóómo? ¿Por qué? ¿De dónde salió eso? ¿En qué sentido, si uno vota, no sé, digamos, a Roy Cortina o los socialistas de Binner, estaría votando por la restauración conservadora? Es, como debiera resultar obvio, todo lo contrario y no hay que dejarse confundir. Si uno vota por la izquierda ayuda a que haya más matices en el Congreso, y a que esos matices hablen desde la izquierda; ayuda a que el socialismo gane más espacio en política local; ayuda a que crezcan y se hagan más conocidas las ideas de izquierda en la Argentina; ayuda a que el gobierno no se vea “tironeado” sólo por más opciones de derecha; ayuda a que la izquierda gane visibilidad y legitimidad pública; ayuda a que la izquierda gane experiencia de gobierno. Entonces, que no nos vengan con cuentos. Si uno es de izquierda, no tiene que votar a la derecha que nos gobierna ni a la que quiere entrar al gobierno. Si uno es de izquierda, tiene un camino fácil: votar por la izquierda


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