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Fishbein c’est moi

26 06 2009 - 04:19

Marcelo Fishbein tiene 42 años y es sociólogo marxista-populista, hincha de Independiente, fanático de Jaime Roos y el Pink Floyd de los ‘70, profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento y papá de Matías (antes de separarse de Patricia). Pero no existe.

Lo inventamos nosotros un día de febrero o marzo cuando nos dimos cuenta de que, además de muchas otras cosas, el kirchnerismo se había convertido en un género literario. Buenos Aires tiene una larga tradición de prosa política poética, cuyo mejor exponente para mí en la última década ha sido nuestro Santiago Llach. Pero también ha habido mucho, muuuuucho, de su variante menos interesante, que es la lucha de clases lírica: recorrer una villa y denunciar el neoliberalismo con versos hermosos.

Fishbein es una especie de heredero bastardo de todo esto. A nosotros —y cuando digo nosotros digo Huili, Brener y yo, que nos turnamos para hacer de Fishbein en distintos párrafos— nos pareció en un momento que ser kirchnerista se había convertido en una actitud estética, como ser flogger o rockero chabón, con una relación tenue o hasta inexistente con el barro embolante de la política pública concreta. Ricardo Forster siempre nos ha parecido mucho más interesante como poeta que como sociólogo: su poética es conmovedora y vibrante; su sociología es previsible y obtusa.

Fishbein es Forster on acid, Horacio González con una damajuana dentro. Creíamos que si uno escribía las locuras más increíbles, las barbaridades más desatadas y las propuestas más antidemocráticas con el tono de la poesía kirchnerista, nadie iba a discutirlas. Teníamos razón. Fishbein propuso abrir las cárceles para que los chorros fueran la infantería de la nueva revolución socialista y no supimos de ningún kirchnerista a quien le hubiera parecido una barbaridad. Se nos quejaron algunos antikirchneristas, preocupados por nuestra apología de la guerra civil. Pero los kirchneristas, que se habían tomado la columna como lo que era, un ejercicio más literario que político, sabían que Fishbein no hablaba del todo en serio, que la columna era una manera de posicionarse en la galaxia comentarista kirchnerista, de hacer un poco de marketing personal durante el boom del populismo en las aulas de Sociales: una forma, diría mi vieja, de hacerse el canchero.

Después, Fishbein defendió al resentimiento como motor de la historia y emoción primaria y necesaria para salvar las ballenas y el mundo: el mundo no se cambia con amor, se cambia con bronca. Ahí se lo tomaron más en serio. Esta segunda colaboración de Fishbein fue celebrada en comentarios y en links desde blogs militantes, y hasta consiguió, paradójicamente, que Clarín nos citara, junto a figuras de la talla de María Esperanza Casullo, quien lamentablemente no es un invento nuestro. Además, un número sorprendente y deprimente de resentidos kirchneristas enviaron mails felicitando a Fishbein por su resentimiento, sintiéndose interpelados y agradecidos: almas solitarias que por fin encontraban a alguien que enunciaba en público sus pasiones profundas y personalísimas. Eva Row, de Once, nos mando un mail: “El comentario de Fishbein es imperdible. Acuerdo efusivamente”. Mariano, El buen salvaje, linkeó a Fishbein desde su blog: “No podría estar más de acuerdo”. Caja de Goma, que antes nos escribía mucho y ahora se olvidó un poco de nosotros, estaba chocho con Fishbein, “por la obvia identificación que siento en cada verso de su poema épico, por aportar ideas a la causa”. Nosotros creemos que el resentimiento es una emoción infectada, una fiebre que hace malas recomendaciones: uno de los desvíos provocados por el resentimiento es pasarse, como muchos intelectuales de clase media, el 95% de su tiempo hablando de los ricos y el 5% (o menos) hablando de los pobres, objetos supuestos de su cariño.

Fishbein se vengó más tarde de su aparición en Clarín proponiendo un asalto al Gran Diario Argentino para inmediatamente después de las elecciones, una idea que entusiasmó a la peronósfera e inspiró (o no) a D’elía y Kunkel a hacer lo propio y convocar a una marcha muy parecida, cuya cancelación Fishbein llora amargamente y nosotros celebramos aliviados (no querríamos tener la culpa).

Giovanni Ruscellotto, un olvidado filósofo fascista italiano, escribió en 1934:

La vocación de mayoría es componente principal (el primero) de una experiencia populista como la que encarna Il Duce, y nunca un detalle a sacrificar en el altar de la “coherencia”, “la trayectoria”, “el archivo” y demás eufemismos que suelen utilizar las sectas para justificar su intemperie electoral.

Ruscelotto tampoco existe. Este párrafo de impúdico bilardismo político es de un post de Artemio López de la semana pasada, donde no decía Il Duce, por supuesto, sino el oficialismo. El kirchnerismo ha sido cada vez más bilardista, cada vez ha estado más preocupado solamente por ganar: ya en 2005, después de descartar todos los nombres no-malvados, habían elegido para su sello electoral el orwelliano y deprimente Frente para la Victoria. (Lo más gracioso es que los kirchneristas están convencidos de que ellos son los menottistas de la política. Para ellos, Bilardo es De Narváez, y tienen razón, pero ellos también.)

Bueno, nos perdimos. Y encima empezamos a hacer metáforas futbolísticas, con lo poco que le gustan a Raffo, que no las entiende.

Volvamos a Fishbein, nuestro querido pero inexistente arquetipo porteño de paranoia y soledad. No queda mucho para decir: la interna palermo-almágrica del kirchnerismo ha sido siempre una interna de comentaristas y Marcelo quiso subirse a ella, ser el más loco, el más zarpado, el más vanguardista: el hombre que le ponía el cuerpo —gran muletilla reciente de la prosa porteña: poner el cuerpo— al martirio sociológico populista, anclando y proyectando las ansiedades y el miedo al otro de esa clase media, de la que, aun con disgusto, se sentía parte.

La frase anterior tampoco quiere decir nada: es poesía de Sociales. Si Marcelo viviera, escribiría así, inmolándose, dejando la piel en cada línea, sacrificándose en el altar del estilo para trascender y hacerse uno con el Pueblo.

Pará, Marcelo, acá sí que te fuiste a la mierda.


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5. Noche