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2. Matutinas

28 06 2009 - 09:02


José Santamarina en
la estación
de servicio.

A Pepa, mi abuela, le pareció absurdo que el torneo no se suspendiera por las elecciones, y yo me reí. “Es una irresponsabilidad”, dijo, más en un club como el Newman, pero yo sé que su enojo tiene otros matices, que cuando putea a la organización del torneo en realidad está puteando otra cosa, está expresando como puede lo que realmente siente: que el universo está prestidigitado por Kirchner y los suyos, que la conspiración oficialista para perpetrarse en el poder alcanza niveles insólitos, que su nieto tiene fútbol porque es lo que le conviene al Frente: que la gente bien como nosotros ande lejos de las urnas. “Pero si yo voto igual”, le dije. Juego al fútbol a las doce y media, y después voto. “¿Y a quién vas a votar?”, me dijo, como si preguntara, como un fill in the blanks de respuesta obvia. Pero como a mí me divierte su reflejo de indignación, le dije ah, no, eso me lo reservo. Golpeó la mesa, mi abuela. Cerró el puño y le dio una trompada de costado, y tambaleó el agua de los vasos. Cómo que no sabés, gritó, y ahora sí estaba preguntando, quería una respuesta original. Es así, mi abuela: unidireccional, de soluciones colectivas prácticas. Si el gobierno nos está cagando la vida, votemos contra este gobierno, todos al mismo opositor. Igual que cuando hablamos de Nalbandian, y yo le digo que me gusta que pierda, porque me cae mal. ¿Vos escuchás las pavadas que dice tu hijo?, le dice a papá, que no sabe de qué estamos hablando pero empieza a reírse igual mientras se sirve una tira de matambre. ¿No ven que Nalbandian es argentino?, empieza. Y lo que sigue es su indignación al cuadrado, porque papá y yo nos reímos y ella vuelve a pegarle a la madera y mamá se pone nerviosa, pero ya la situación se pasa de ridícula y se enfría el asado, ya es como si Don Corleone diera órdenes en la punta de la mesa y Michael y Sonny se le cagaran de risa en la cara. Marlon Brando hecho caricatura, una falta de respeto a la institución familiar.

Me desperté a las nueve hoy, mucho más ansioso por el partido de fútbol que por el cumplimiento del deber cívico. En la Av. Rolón al 1008, en Boulogne, donde el padrón me mandaba a votar, había una estación de servicio. Ninguna Escuela Media N°1, ninguna mesa 212. Casi la llamo a mi abuela, casi cedo a su teoría conspirativa. Tuve que volver a casa, consultar de nuevo, agarrar la Filcar, enterarme de que Andrés Rolón tiene un hermano, o un primo segundo, o lo que sea, Avelino Rolón, y que Avelino también tiene su avenida, y su Escuela Media N°1. Pude votar, entonces, rápido, casi sin mirar, para irme ahora a jugar al fútbol, y a la tarde al búnker de Ibarra. Que no se entere mi abuela.




Sebastián Alonso Dorola:
Conciencia cívica china.

Alguien va a tener que explicarme bien, sin recurrir al facilismo de considerarlos socios de los piratas del asfalto, cómo sostienen su política de precios los supermercados chinos, pero en especial los precios del producto del cual soy cliente fiel. Los vinos.

Semanalmente hago rondas por los súper más cerca de mi casa, o por los que paso camino al trabajo, el jardín de infantes u otras actividades regulares. Durante los recorridos extraordinarios, si tengo tiempo, también hago una parada, aunque sea para comparar.

La media siempre está por debajo de los precios de vinerías y cadenas de supermercados occidentales. Esa mínima diferencia puede originarse por trabajar con menor mark up y comprar a sus proveedores en grupo, para no tener que ir a los hipermercados mayoristas como hacen los pequeños almaceneros. También escuché muchas veces la leyenda sobre su austero nivel de vida, familias enteras dedicadas al trabajo las 24 hs del día sin distinción de género ni edad, amontonadas en pocos ambientes, en los fondos, los sótanos o los primeros pisos de sus locales, y sobre la explotación en condiciones de semiesclavitud de cajeras bolivianas . No me consta ninguna de estas descripciones, nunca me invitaron a sus casas, pero los he visto cerrar la reja azul bien tarde y subirse a autos nuevos y llegar temprano al día siguiente. Y en casi todos son ellos mismos quienes se sientan frente a las máquinas registradoras.

Algunos precios son ridículos. Una vez al intentar pagar con tarjeta de débito, el cajero me clavó los ojos como un monje shaolin dispuesto a dar su golpe mortal y me dijo: “no, para oferta no tarjeta. Pierdo demasiado”. Esa es la mejor explicación. Con esas súper ofertas pierden plata, las toman como gastos en publicidad para atraer clientes o simplemente agotan stocks. Algo así.

Ayer por la noche tenía que cocinar para algunos amigos y fui a comprar provisiones al nuevo súper del barrio. Como corresponde a un recién llegado, tenía un par de ofertas de esas ridículas, así que después de comprar la comida me paré frente a los vinos. Pero había otro cartelito escrito a mano: no se vende alcohol desde las 8.00 PM. No entendí por qué, pero como eran apenas ocho y diez agarré un par de botellas igual. Enseguida se acercó uno de los chinos y de manera muy amable me dijo: “no, no venga mañana, después de elecciones”.

Recién entonces recordé la veda electoral. Igual insistí: “pasaron diez minutos, no te preocupes, la policía no va a revisar las bolsas”. Pero el hombre, con una conciencia cívica y una practicidad mezcla de sabiduría de barrio y filosofía taoísta me dijo: “no arriesgue, ¿para qué? Venga mañana pero primero votar.”

Así que devolví el Weinert (Gran Vino Malbec 1998 a ¡¡¡¡$20!!!!) a su estante y agradecí al supermercadista de oriente por ese mínimo regreso a la conciencia cívica que tanto nos emocionaba en la escuela primaria, cuando esto recién empezaba y las toneladas y toneladas de desencanto que vinieron después sólo eran intuidas por algunos iluminados.

Todavía no voté. Seguimos cuando vuelva.




Santiago Fernández, el primer
arrepentido.

Boulogne, un poco mas allá de San Isidro, antes de San Martín. Ciudad devastada por un túnel a punto de terminarse, calles cortadas, rotas. Colegio primario estatal, también a medio destruir, en el que el gordo presidente de mesa cree que defiende la democracia protestando porque el que esta adelante mío entró con su hijo de seis años a votar. Entro al cuarto oscuro, fila de boletas, Néstor, el colorado, Stolbizer, y otras más que nunca me acordaré. Y sí, voté a Sabatella, y sigo sin saber porqué. Debería haberle hecho caso a Gargarella y votar al PO. Porque votar a Sabatella no me gustó.




Camilo Lynch
y las fiscales del “colorado”, con rubios de peluquería

Me levanté temprano. Deber paternal. No hay mandato cívico en esto. Dos personas necesitan tomar el desayuno y tengo que prepararlo. Vivo en un tupper de un décimo piso en una calle Ugarte de ese Belgrano que limita con Núñez, que no tiene aires de coolidad y sí mucho color a crisis. Tanto que no nadie me quiere alquilar mi cochera.

Pero no voto acá. Voto en San Isidro. Y para allá voy. Camino a la estación, con música en el iPod y la misma ilusión de cada domingo que voto: comerme un pancho en Coquito, la mejor panchería (lejos) de este lado del Río Grande. Mis deberes cívicos no me atraen particularmente, sino más bien la posibilidad de regresar a ese lugar y cumplir con estos pequeños y viejos ritos.

Recuerdo la elección de 2007 como la más molesta. No tanto por lo que se votaba (voté a Carrió para presidente), sino por el calor y las largas colas: las mesas 10 y 11 del Nacional de San Isidro (donde siempre voté) estaba muy lentas. Y había mucha gente. De San Isidro. Y hablaron de rugby. Uno le contaba al otro detalles del partido por el tercer puesto del Mundial de Rugby de Francia. Y que Pichot estaba tan bajoneado que no quería jugar. Es que uno de los de adelante había estado ahí; era el hermano de Loffreda.

Hoy no había nadie. Las únicas mesas congestionadas eran las femeninas. Me parece que las mujeres se toman más a conciencia el deber de votar. Y quizás tardan más para elegir. Deciden ahí.

Sí hubo algo distinto: los fiscales del colorado. Estaban vestidos como el colorado y tenían cara de circunstancia: cara de que están sacrificando un domingo de mi vida para que el colorado pueda darse el gusto de llegar al congreso con mayoría. Con cara de que si todo sale bien quizás escriba una carta de lectores a La Nación. Uno era joven y tenía cara de estar un poco apechugado por las circunstancias. Sí, sacrificó un domingo de su vida. Seguramente vaya al Único durante la semana y cuente en tono épico su experiencia. Pero verlo con una carpeta y la ley electoral en la mano, y el sanguchito y la coca en la otra le daba un aire de chico esperando el timbre del mediodía para ir a almorzar en picnic. (Esto es un pequeño homenaje a Martín Revoira Lynch que nunca llevaba vianda para el almuerzo; repito, estamos en San Isidro, plis). El pibito tenía un candor que daban ganas de pegarle una piña. Por puro hinchapelotas que soy. Por afinidad (no electoral) con D’Elía. Es que, como bien me dijo un amigo una vez, yo me defino por lo que odio.

Y la otra, la fiscal del colorado, con sus rubios de peluquería, sus aros dorados, su campera barbour y su aire de madre de cuatro en edad escolar… Me agotaba de sólo verla, caminando de un lado al otro y explicando que estaba monitoreando varias mesas porque, en definitiva, no todos se quisieron sacrificar este fin de semana. Ella estaba más en la línea de pensamiento de mi suegra, que hace no hace mucho me dijo que con mi abulia política estaba regalando el país. Así nomás. Me dijo que era joven y que por eso tenía que hacer algo por el país. Y yo miré a mi mujer y preferí callarme, no tirarle en cara que ella lo regaló hace rato y que, en definitiva, qué tenés vos que opinar si en tu vida hiciste algo, más que convalidar a los que nos cagaron eternamente. Con el recuerdo de ese momento en la cabeza, me fui.

Voté a Sabatella.




Rodrigo Lima en portugués.

Desculpem por escrever em portugués.

Eu poderia cambiar os “kirshner” desta nota por “Lula” e publicar esta nota em um blog brasileiro. No encontrei o correspondente brasileiro para De Narváez nos dias de hoje. Me parece que o seu clone brasileiro foi o nosso querido ex presidente nariz de platina Fernando Collor de Mello.

Saludos desde Brasil.


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7. Dénouement
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