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3 11 2004 - 02:55

Bueno, no hay nadie.

Seis y media de la mañana en NY, ocho y media en BUE, once y media en MAD. Sabía que los diarios de la mañana no me iban a hacer bien, y por eso pedí a quienes viven más temprano que yo que mantuvieran comunicación durante su vigilia, pero parece que están más deprimidos que yo, porque desaparecieron por completo.

“Ohio la podés perder”, decía Puricelli anoche en modo tranquilizador, y esa fue la frase que me confirmó lo peor, mucho más que las encuestas a boca de urna y los primeros votos escrutados. Ahí lo tenemos a Feinmann diciendo que daba lo mismo quién ganara, al Guardian diciendo que Blair prefería a Kerry, a los editorialistas de Clarín (Kirschbaum et al, quienes no merecen el mínimo trabajo que requiere extraer el link de esas mierdas en javascript) preocupados por “El Secreto” de Kirchner, alguna forrada que tendrá o no que ver con China pero decididamente no tiene que ver con el fin del mundo.

Me hago un café con extremo cuidado. Prendo la luz, porque está tan nublado que es como de noche. Pongo Radiohead — Hail To The Thief, a un volumen considerable. Hace años que no desayuno con algo así. Desde que era chico, me animo a decir, con alguna posible excepción ante la muerte de alguien. Mi sensación de esta mañana es, también, la de que se murió alguien. Y es verdad, se murieron miles de personas, en la guerra. Pero no es eso. Es más bien la muerte (quizás saludable, vaya uno saber) de mi infundada esperanza en ver cambios relevantes en este planeta, una mejoría relevante, digo, antes de morirme yo. Se trata de una esperanza que renace cada tanto, porque en realidad es más bien wishful thinking, y además (me doy cuenta mientras escribo: no pienso corregir esto) no es que se muera sino que se retira, se da por vencida, y se aplica en otras áreas, de las que no voy a hablar ahora.

¿Querés votar a Menem? OK, dale, metéte el país en el orto. Eso dije hace rato, y actué en consecuencia. Todos los que decían “si gana Menem me voy del país” no se fueron, y yo (que no lo decía) sí me fuí, y hoy desayuno en una Europa masomenos, solo como una ostra, sin poder hablar con mis amigos argentinos que están durmiendo ni, mucho menos, con mis amigos californianos que duermen más (o por lo menos se enojarían más si los despierto). [Llamaré a Panisa en cuanto termine de escribir esto.] Se podría hacer lo mismo con Bush. No llamarlo por teléfono: entregarle la victoria en más sentidos que el estrictamente electoral. Y muchos ya lo están haciendo, en los círculos más pudientes del progresismo (que lo hay), en Melrose y Robertson, en el Upper West Side: “si gana Bush me voy a Londres”. En Londres, boludo, gana Blair y después hace lo que se supone que Blair no hace. ¿Adónde te vas a ir, al Africa?

Lo más repugnante, desde mi retorcida visión de las cosas, es la alegría contenida de cierta izquierda, entre la que se incluye (pese a lo que decía Seman el otro día) Página, al verse validados en su visión de las cosas, que es menos retorcida que la mía, granted, pero sí tuerta, muy tuerta. Es en la falta de aliados razonables donde uno encuentra los motivos para darse por vencido. Pero esta vez, creo, no me voy a retirar del mundo real como hice antes (un par de veces). En cambio, intentaré encontrarle la vuelta a las cosas como para que esos mismos motivos puedan ser lo que, en realidad, son objetivamente: la excusa perfecta para recuperar una energía propia de la adolescencia sin repetir los errores idiotas que todos cometimos entonces. (Por algo puse Radiohead, ¿no?)

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Mientras tanto, en Nueva York: Semán en el ojo de una tormenta que ni siquiera empezó.

El alivio paranoico de que al menos la ciudad de mayor locura se haya convertido en un refugio para la sensatez. Kerry sacó más del 80 por ciento de los votos. In a landslide. En mi distrito de Brooklyn, mezcla de profesionales y clase trabajadora inmigrante, Bush orilló el 10 por ciento, lo que me permitirá salir a la calle y saludarme con los vecinos casi como de costumbre. Si, una vez más, no bombardeen Carrol Gardens.


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