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3 11 2004 - 18:49

Un poco más recuperado no sé de qué —puesto que, como comentábamos recién en una conversación algo más privada que esta, nunca pensamos que Kerry fuera a ganar, ni lo dijimos, ni nada…—, después de unas cuantas horas de trabajo desintoxicante, me recompongo y noto el paralelo que se me había escapado anoche. Habiéndolo notado, de pronto, entiendo todo.

Bueno, no todo-todo. Pero encuentro sin embargo respuesta a la pregunta que me hace Semán mientras cocina su risotto en Brooklyn:

—¿Qué será lo que pasó?

Se refiere a nosotros. Por qué nos cayó tan mal la derrota, si no anunciada, al menos más que probable. Y esta es mi respuesta tentativa: lo que nos deprimió tan horrendamente no fue la reelección de Bush sino la misma como expresión de un trauma anterior. Lo insoportable es percibir esta reelección como una tercera validación del menemismo (o segunda, según cómo se cuente). Y ni hablar de las declaraciones pajeras de nuestro gobierno actual, sugiriendo que a Goebbels, al fin y al cabo, la Argentina le cae bien… But I digress.

Si me disculpan, Lacan: lo real es el objeto de la angustia. A ver. Lo real en Lacan no se entiende de entrada, y Lacan en general no se entiende un carajo, ni lo entienden mucho quienes dicen entenderlo, ni hemos llegado al punto en el que se pueda separar razonablemente entre las genialidades de Lacan y sus pelotudeces. Pero, a mi modesto entender, lo de lo real entra en la primera categoría:

”...el objeto esencial que ya no es un objeto, sino ese algo enfrentado con lo cual todas las palabras cesan y todas las categorías fracasan, el objeto de la angustia por excelencia.”

Lo que se presenta en la forma de trauma —según el notable divulgador lacaniano Dylan Evans— es el encuentro que falta con este objeto real.

No propongo una lectura psicoanalítica completa de este evento. Nos llevaría cincuenta páginas y quién sabe si tendría sentido. Pero ya que estamos en lacan-mood, no es difícil ver tanto en Bush como en nuestro innombrable al mismo padre imaginario con un signo negativo (para Freud sería el padre siniestro de la horda que impone el tabú del incesto, pero bueno, en fin). Como última aclaración, para no encallar en un tono académico que ni nos gusta ni nos sale bien, habría que aclarar que el “imaginario” no es el padre “simbólico” sino otra cosa: un fantasma omnipotente que, como lamentablemente suele suceder con los fantasmas en la vida real, sólo es un fantasma para nosotros, que lo inventamos.

Back to trauma: por todas partes se leen racionalizaciones, diatribas y llamados a la razón que suenan exactamente iguales a los que escuchamos (e, incluso, a veces, pronunciamos) cuando concedíamos que el 1 a 1 y la cuota del lavarropas habían podido con la esencial Bondad del Voto. En Salon, alguien escribe:

Many of my liberal friends are seriously discussing leaving the country, for Canada or Europe or New Zealand. It is, of course, tempting. How could we not feel a violent disillusionment and disconnect when we discovered this morning that the majority of voters in the country have a worldview we cannot comprehend? That hate and fear and ignorance can run a successful presidental campaign; that people will respond to these things with eager glee?

Y si uno hace el ejercicio de traducir automáticamente al idioma porteño que hablamos todos los días y sigue leyendo cosas como esta:

There is a much larger, and yet simpler problem here than you seem willing to admit: The majority of people in the United States support what Bush stands for. They oppose gay marriage, they believe Saddam had a hand in Sept. 11, and they believe that we can and must, indeed, that we have a right to eradicate all our perceived international threats. You saw it with your own eyes.

O esta otra:

Because what I found in my reading was a plethora of bashing Christians, bashing Kerry, bashing gays, bashing Edwards, bashing Kos, bashing America and bashing each other. As well as a lot of people saying they’re abandoning the Democrats, abandoning politics, abandoning the country. This descent into despair and irrationality and surrender puts icing on the Republican victory cake.

...basta para transportarse a 1995, poco después (o incluso poco antes) de nuestras elecciones.

Lo que sugiero sólo sería contradictorio con análisis políticos más amplios si pretendiera cuestionarlos, pero no: los esquiva, puede convivir con ellos. Algo hay en nuestro pasado reciente que seguimos reviviendo como experiencia traumática porque no estamos en condiciones de soportar.

Escribo esto a medida que lo pienso, y se convierte en mi punta del iceberg: la mística Kirchnerista apunta al pasado —el de la dictadura, el que sería, er, objetivamente traumático— en gran medida para salvar el obstáculo de este otro pasado más cercano (lo real en nuestra política, que no parece tener mucho que ver con la realpolitik, aunque la asociación es inevitable). No se trata de perder una elección sino de, entre otras cosas, enfrentarse al hecho de que los demás no quieren ser salvados por uno, ni por quienes piensan como uno. Y aunque creo que con esto último no estoy diciendo nada nuevo (lo cual es bueno porque nos confirma en una senda razonable), la angustia es inevitable. Sobre todo en estos días en los cuales, en Argentina, se pone en escena una versión aggiornada de la Buena Política — versión que habrá que aprovechar, supongo, para que se muera menos gente, para que se instalen temas relevantes, para todo lo que uno pueda, pero no comprar del todo, por favor, que después gana la Bestia y uno confirma lo peor: que no puede escapar ni hacia adentro ni hacia afuera (de la política, del país); sólo puede hacer equilibrio en el borde, wishing for the best.


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