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Lezcano meets Funes

27 07 2009 - 13:30

A Funes.

La onda es intervenir. Tratar de contaminar algún espacio, por más pequeño que sea, para no sentir que mi destino lo escriben otras personas. De eso se trata escribir, de eso se trata la literatura. Y también la docencia.

El inesperado mes libre me puso introspectivo. Trato de no acostumbrarme a las cosas, que esto que hago no sea un oficio sino mi forma de habitar el mundo. No funcionar con piloto automático. Y una de las maneras que tengo de hacer un mejor laburo es zambullirme en los libros cada vez que puedo. Para tener un sueldo decente que me permita pagar el alquiler de casa y tener algo sobre el plato cada noche tengo que cargarme la mochila de horas, ir de un colegio a otro, agarrar lo que haya. Y eso dificulta el plan de mantener una formación constante, progresiva. Falta tiempo para hacerlo. Así que de golpe tuve una cantidad de horas por delante, guardado en casa, lo cual me puso alegre ya que por fin iba a poder lanzarme sobre algunos textos a los que les tenía ganas desde hace rato. Me esperaban apilados en el piso, al lado de la cama. Ese era un buen plan. Darle y darle a las páginas, pensar en ellas e intentar descifrarlas y desmantelarlas para descubrir sus mecanismos, sus herramientas. Seguir aprendiendo a leer; algo que no termina nunca. Y como tengo un problemita con las cosas que se terminan, me encanta. Esa era la idea. Pero apareció Funes.

La segunda editorial más chica de Latinoamérica, reza la leyenda representativa en la página de La Funesiana. Yo llegué, de casualidad, un día, a su sitio en internet. Desde allí se proponía una idea maravillosa: que hubiera editoriales en todos lados. Estaba gratamente intrigado, pero no alcanzaba a comprender como venía la mano. Mandé un mail. Me contestaron al toque y me invitaron a conocer la editorial para hablar mejor. Acordamos un día y me fui para allá.

Nos tomamos el 148 letra G. Cuarenta y cinco minutos después bajamos en Constitución. Agarramos Juan de Garay y caminamos unas diez cuadras yendo para Parque Patricios. Finalmente llegamos a la dirección que me pasaron. Tocamos el timbre de una puerta altísima y salió un tipo joven con anteojos: Funes. Amable, el tipo. Subimos unas escaleras e ingresamos a una pieza diminuta. Me entero luego de que ese es el centro de operaciones de la editorial: una mesa redonda, una notebook, una impresora, un estante con pocos libros, un ropero viejo con una prensa adentro, dos escritores, una guillotina. Funes está terminando algo en la computadora y me siento a esperar a que se desocupe. El tipo hace tranquilo sus cosas. Eso me gustó. No estaba tratando de venderme nada. Finalmente se sienta y me pasa un mate y nos largamos a hablar. El proyecto es que la gente pueda tener su editorial independiente en la zona donde vive. Que exista un lugar donde los escritores tengan un espacio para publicar sin necesidad de trasladarse a capital.

¿De dónde sos? Me pregunta

De Solano, contesto. No sabe dónde queda. En el culo de Quilmes, le grafico.

Le cuento que en la ciudad tenemos un montón de locales que venden electrodomésticos y una sola librería. Eso dice mucho de nosotros, ¿no? Y encima sólo labura con las grandes editoriales. Cada tanto me doy una vuelta y agota ver siempre los mismos nombres. Estoy podrido de Anagrama (libros caros, traducciones horrendas) en la vidriera. Si uno se da una recorrido por las librerías de los alrededores (Quilmes, Lomas de Zamora, Adrogué, por decir lugares que transito asiduamente) se ve claramente esta operación de limitar el acceso a otro tipo de literatura, a nuevos autores, a paisajes distintos.

Funes me cuenta que la tirada de cada libro de la editorial es de cuarenta ejemplares, cosidos a mano, artesanales. La intención es abaratar costos para hacer circular libros interesantes. Me entusiasmo. Él me explica que imprime uno, después fotocopia y empieza el laburo pesado: la fabricación. No es fácil. Claro que sí, pienso. Me encara que si yo quiero aprender a encuadernar no me cobra. La condición es que arme mi editorial en Solano.

Y yo digo que sí sin dudarlo. Pocas veces estuve más seguro de algo en mi vida.

Me cuesta aprender a encuadernar. Básicamente por que soy un inútil para los trabajos manuales. Sin embargo, le pongo onda. Funes es un maestro paciente, generoso, para un aprendiz inservible. Cuando obtengo mi primer resultado, compruebo que eso que hablamos hace unos días es posible, que estos son objetos contundentes que tienen la presencia definitiva de los libros. Uno de estos no desentonaría para nada en cualquier biblioteca. Si, es bello.

Me ofrezco a ayudar a Funes con la antología de cuentos que está por sacar: Autogol. No es un compilado de relatos futbolístico, ni temáticos. A diferencia de las antologías recientes, direccionadas y marketineras, ésta deja libertad para cada autor muestre lo que tenga ganas, algo que los represente. Ya fue hecha la selección, la corrección y ahora las fotocopias están sobre la mesa.

En el bunker de la Funesiana, rebelándose contra la concepción quejosa que augura la muerte del libro, afuera la porcina en su pico máximo arrasando la ciudad, Lloyds (corrector y autor de uno de los cuentos) y Funes (editor y luchador) trabajaban a destajo cosiendo, pegando, para llegar con la fecha prevista para la presentación del libro. Yo me sumo con lo poco que puedo dar (me mandé un par de cagadas que fueron solucionadas sin estridencias). Hay algo de gesta heroica en todo esto. Por anónima, por inconsciente y por solitaria. Pero se lleva adelante sin énfasis. Esto es algo de todos los días.

Llegaron sobre la hora con todo, pero llegaron. El arte consiste en zafar. Era la primera vez que iba a una presentación de un libro, y fue una fiesta. Desparpajo, música y en un costado una mesa con el motivo de la velada. Por el lugar circulaban algunos de los autores, como la birra. Me fui tipo doce, la fiesta seguía. No porque quisiera sino porque me iba a quedar sin bondi para volver a casa. El karma de vivir al Sur, lejos de donde pasa lo que a uno le gusta.

Todavía me falta aprender algunos trucos, no tengo bien dominada la técnica. El hecho de saber que hay un proyecto en marcha es lo importante. Estoy practicando con ganas, pensando en lo vital de este tipo de aventuras. Me dijo un amigo: Hay un paradigma impuesto y vos querés derribarlo e imponer otro. Sí, nadie lee y yo quiero armar una editorial. De eso se trata.

Moviéndome en la feria de la esquina de casa, la gloriosa feria de Solano, conseguí una prensa de papel a pocos pesos. Y con la ayuda de mi novia voy a poder comprar una impresora. Los primeros pasos se están dando lentamente, a los tumbos. Falta mucho. No estamos apurados. Hay que ver cómo armamos una movida acá en el conurbano Sur, en esta tierra desalmada y reacia a cualquier actividad que implique prestar un poco de atención. Lo intentaremos. Eso demuestra que tenemos todo el futuro para nosotros y hacer que funcione. La onda es intervenir. La prepotencia de trabajo y todo eso.


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