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Noriega ♥ JB

5 08 2009 - 04:40

Estuve muy enamorado de Joan Baez cuando adolescente. Pero no fue uno de esos amores imposibles, a la distancia. No, le di dos besos en las mejillas, uno en la derecha, al llegar a Buenos Aires, en 1974, otro en la izquierda, una semana después, al volverse a los EEUU. Mi papá, que en esa época trabajaba de empresario artístico, la trajo para hacer dos recitales en el Luna Park y uno en Rosario. Y allí estuve yo, siguiéndola como un perrito faldero. La vi en las tres funciones, la vi una noche en la casa de Mercedes Sosa y la vi en el tren, yendo a Rosario.

Joan Baez era —imagino que lo sigue siendo— una persona encantadora, en todos los sentidos de la palabra. No sólo por su encanto personal irresistible sino por la costumbre de cantar en todo momento. Cantó en el tren, en la cena en lo de Mercedes, y cantó, obviamente, en las tres funciones que dio. Para mí, que la amaba desde chico, cuando mi hermano ponía sus primeros discos en el Winco una y otra vez, escucharla en persona era como tocar a un ángel con la mano.

A veces se ha desmerecido la trayectoria de Joan Baez, a partir de su vinculación con Bob Dylan. Para cualquiera que haya visto Don´t Look Back, no resulta difícil sonreir ante el desprecio que Dylan le dedica, un desprecio probablemente similar al que le arroja a Donovan, a los reporteros que tratan de entrevistarlo y a toda persona que ande cerca. Dylan es genial pero eso no significa que haya que celebrar cada uno de sus gestos de desdén: por lo pronto, son demasiados. A pesar del maltrato, Joan luce radiante y noble. Y como siempre, canta. Una vez que uno vuelve a ver Don´t Look Back sin el automatismo de aceptar cada pequeña cosa que Dylan hace, se transforma en otra película.

Hay varias razones para volver a Joan Baez. Una es que su trabajo de recopilación del cancionero popular realizado en sus primeros discos es de una riqueza extraordinaria, a la par de la que realizó grabador en mano Allan Lomax. Decenas de canciones inglesas, galesas, irlandesas y norteamericanas, con sus maravillosas letras narrativas. Baladas, espirituals, gospel, himno y marchas, cualquier cosa que un norteamericano sufriente haya cantado, Joan lo volvió a cantar con su voz soberbia y su afinación perfecta, con su dicción cristalina y su corazón abierto.
Además de ese inicial mérito, Joan Baez mantuvo a lo largo de toda su carrera una dignidad notable, acompañado de un sentido del humor inalterable. Escribió una bonita canción en homenaje de Janis Joplin (In the Quiet Morning), quizás la cantante menos parecida a ella en términos de vida personal y estilo interpretativo. En el booklet de la caja Rare, Live & Classics, Joan cuenta que se cruzó a Janis Joplin en el festival de Newport y que la invitó a su camarín a tomar el té. Joplin le contestó atónita: “What?”. Y Joan acota: “I didn´t know much about being wild”.

Esa ignorancia sobre la vida peligrosa, esa afinación perfecta, esa voz que gusta de llegar a las notas altas sin esfuerzo le han quitado prestigio en el mundo del rock, más proclive a festejar el desborde, la muerte joven y la desprolijidad, aunque ésta no siempre esté solventada por el talento. Joan Baez eligió, como los viejos cantantes folk, el compromiso social y político pero lejos de cantárselo a una multitud cómplice, fue a poner el cuerpo al propio Vietnam, donde grabó un disco en los escombros, bajo el bombardeo norteamericano.

Joan Baez sigue militando, sigue grabando discos (con una voz un tono más abajo que en su juventud, lo que le da una calidez nueva), sigue siendo Joan Baez. Y como esta nota parece demostrarlo, yo sigo enamorado de ella.


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