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Acá falta algo. Ya va.
Estamos ordenando.
Mientras tanto:
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Agueros Negros
Julián Pasternak
20 08 2009 - 09:47
Hace once meses, una madrugada de viernes, salí a comprar cigarrillos a la estación de servicio. Era una noche fría, el corazón me latía muy rápido, y en la estación había luces blancas y brillantes, que hacían que todo se viera decadente, sobreexpuesto. Si uno era sensible y tenía pudor, y estaba en malas condiciones mentales, la única solución era mirar el suelo desde el principio, hacerse el autista. Cerca del mostrador circulaban cardúmenes de chicas, adolescentes, rubias, vestidas como muñecas inflables, y un vigilante de ojos resentidos que participaba de toda la escena de un modo triste, haciendo de cómplice de las bromas sexuales de los empleados y los clientes. ¿Querés un cafecito? Acá tenés un poco de crema para cortarlo. Cosas así, pero menos sutiles.
Esa vez levanté la cara antes que me atendieran, y vi una rubia de 20 años que tenía bigotes. Fue lo primero que vi. Después vi el resto, pero ya estaba influenciado por esa impresión: el color de pelo, el maquillaje, el cuello, las tetas, incluso las medias y los zapatos, que ya había visto antes, mientras miraba el suelo, se habían convertido en la nube que acompañaba los bigotes. La chica estaba enfrente, a un metro, y le vi los bigotes. No era una cosa exagerada, no era grueso, no era oscuro, no era monstruoso. Era un bigotito de porquería, casi una pelusa, una hilera de pelos suaves que se había convertido en algo definido por obra de la depilación frecuente, un detalle habitual en el labio superior de las chicas excedidas de hormonas. La visión de los bigotes no fue una revelación, sino más bien lo contrario. Era un detalle estúpido y sin sentido, que servía para constatar el estado ruinoso de mi espíritu. Una predisposición para percibir fealdad en todas las cosas, que ahora se reflejaba también en lo intrascendente.
Hasta ese momento, todavía me quedaba el consuelo de las intrascendencias. Los días difíciles me dedicaba a buscar las noticias retorcidas de la semana; me picaba una dosis de bilis, pánico moral y neologismos como para matar de placer a una tía gorda, y me quedaba toda la noche leyendo los comentarios que dejan los enfermos en los medios. Debajo de los delitos de los menores y los peruanos, debajo de las denuncias de corrupción en el Indec, debajo de las historias policiales con sexo, debajo de las operaciones políticas, florecen los miserables y los fanáticos, los reventados, los imbéciles, los trastornados por el odio y el morbo. Amaba a los comentaristas, me había hecho adicto a sus errores y sus mayúsculas y a su inclinación por la violencia gratuita. Tres horas de leer comments debajo de un profesor denunciado por abuso bastaban para hacerme sentir humano, equilibrado, íntegro. Mi vida no estaba desperdiciada.
Por supuesto, estaba hecho mierda. Los recursos de alivio eran un síntoma, y mi adicción a los comentarios era el último escalón de la podredumbre. No era una diversión sana y en familia. O sí, pero yo formaba parte de la familia de los insanos: en algún momento comencé a tomar partido por los más desequilibrados, me alimentaba de su veneno, los alentaba en silencio a continuar su tarea de destrucción del mundo. Empecé a in-dig-nar-me. Repudiaba la censura cuando ellos denunciaban censura. Para vivabidela, de 26 años: a mí tampoco me publicaron los ocho comentarios que hice sobre la cantidad de travestis que hay dando clases. Lo que pasa es que el director RECIBE PLATA de Zafaroni, el juez gay que quiere privatizar las drogas.
Eso y ver bigotes en las chicas de la estación de servicio sucedió antes que me fuera, porque me tenía que ir: estaba envejeciendo rápido. Las cosas ya eran feas antes, o insípidas, o vacías, pero de un modo menos perturbador, como lo son las barbies, las viejitas maquilladas en sillas de ruedas, los perros de razas chinas, la estación Retiro, la gente con bronceado de cama solar. Uno puede apiadarse de esas cosas, ignorarlas, comprenderlas a la distancia y convivir con ellas mientras no te arrastren. Cuando todo se vuelve deforme, amenazante, es porque se ha cruzado una barrera invisible. La realidad se ve como en Black Hole Sun, ese hit televisivo de mediados de los 90. Ustedes lo vieron: la sonrisa de la gente es algo siniestro, el sol derrite el plástico de las muñecas, la mirada de los otros está muerta, te hiela de miedo, y el cielo se va nublando. Uno es la cámara en medio de la inercia, el que sostiene con el hombro la ficción del testigo, mientras el hoyo negro se consume las cosas. Pero uno se consume con ellas.
Posdata: al cierre de esta edición, el grupo terrorista “poetas de la sangre” había tomado el control de TN, y se atribuía la autoría de la placa del día. “Cromañón: 194 muertos y ningún preso”. Setenta balcones hay en esta casa, setenta balcones y ninguna flor. ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa? ¿Odian el perfume, odian el color?
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