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Nosotros, los tipos listos
Mark Alan Healey
6 11 2004 - 14:28

El aire está lleno de proclamas mesiánicas por estos días, y de llamadas de volver a la palabra de Dios. Volvamos, entonces. A Proverbios, por ejemplo: “Como perro que vuelve á su vómito, así el necio vuelve a su necedad.”

Y los necios son muchos, obviamente. Los cuatro millones de evangélicos que al final sí existieron y lo reeligieron a Bush, para poner un ejemplo, o los cobardes que dirigieron la campaña de Kerry, para poner otro: gente de una y otra banda empeñada en tomar los mismos pasos, repetir los mismos gestos, en la esperanza inútil de que esta vez todo será distinto. Esta vez sí, creen los evangélicos, los republicanos van a imponer la variante evangélica de sharia, como vienen prometiendo desde hace veinte años, sin nunca cumplir en nada. Esta vez sí, afirman los consultores, todo el público americano se dará cuenta de la desnudez del emperador, aunque nunca lo mencionemos en voz alta, esta vez nuestra discreción y nuestros planes prolijos triunfarán sobre la agresión y la malicia de nuestros gobernantes. Vana ilusión. (Aunque lo de sharia todavía no debe descartarse…)

Y necios también somos nosotros. Días después de que los republicanos triunfan por enésima vez con el viejo truco de pintar a los demócratas como “elites liberales”, a algún danés se le ocurre volver a circular esto:

Un cuadro que muestra una relación casi lineal entre el coeficiente de inteligencia promedio de cada estado y el voto a Kerry. (La versión original está acá.) No importa que gracias a este tipo de gesto de desdén nos acaban de hacer pomada otra vez (y, gracias a eso, no es improbable que hagan pomada al mundo). Como confirma nuestros prejuicios y, sobre todo, nuestra superioridad, dale que va.

Lo pusimos en el sitio con más ironía que convicción, pero la ironía puede ser traidora. En todo caso, no me consta que los millones de personas que en Estados Unidos y el mundo están comentando y circulando el link, lo hagan desde algún lugar irónico.

¿A nadie se le ocurrió que la historia de asignar coeficientes de inteligencia a estados, o clases, o razas, no es una historia muy feliz, ni precisamente de izquierda? ¿A nadie se le ocurrió que, tal vez, no deberíamos andar buscando datos para reforzar nuestra posición en libros que intenten mostrar que la prosperidad de las naciones es función del coeficiente de inteligencia de sus pueblos? Llama la atención como tanta gente bien pensante pueda aceptar, celebrar, y divulgar algo tan obviamente enraizado en las peores tradiciones de pensamiento social del siglo pasado.

Solamente siguiendo links un poco, uno se daría cuenta de que en realidad los “datos” detrás del gráfico, tan lindo y simétrico él, no provienen del libro ni de lugar alguno que no sea la imaginación de su inventor. Uno tropieza, además, con varios críticos conservadores que muestran lo endeble de los datos y lo temible de sus orígenes. A fin de cuentas, el libro del cual el cuadro supuestamente provino fue inspirado por The Bell Curve, aquella joya de filosofia social de mediados de los noventa que sostuvo, entre otras cosas, que los negros tienen menos inteligencia nata por motivos genéticos y que el estado de bienestar ha empeorado la inteligencia y la aptitud de los americanos, al dar protección artificial a inferiores y débiles. A cuatro o cinco clicks del cuadro que te hacía sentir tan bien como buen liberal estás en medio de un site que afirma que, por ejemplo, los números para North Dakota no pueden ser tan bajos porque son casi puros blancos ahí, o que el desempeño de Minnesota es realmente excepcional para un estado que tenga tan pocos judios. Y eso nos pareció lindo para proclamar al mundo.

Hay otras maneras de encarar el mapa electoral del martes, más sugerentes y sobre todo más productivos, en términos intelectuales y políticos. Uno más inocente es simplemente ordenar los estados por el porcentaje de graduados universitarios que tienen: los resultados son casi igual al 2000, e igual de contundentes. Si bien el orden se parece bastante al gráfico de “inteligencia”, éste al menos nos recuerda que las diferencias son productos de procesos sociales y políticas públicas, no expresiones externas de naturalezas innatas.

O uno podría notar, por ejemplo en estos cuadros, que 18 de las 25 áreas metropolitanas más ricas están en estados “azules” y 18 de las 25 más pobres en estados “rojos”. Los diez estados más beneficiados por las reducciones de impuestos de Bush (en promedio, una medición muy cuestionable, pero la única que tenemos a mano) votaron por Kerry con márgenes bastante amplios; los diez estados menos beneficiados votaron masivamente por Bush. Es evidente en Berkeley o en Brooklyn, en tantos nuevos coches de lujo con calcomanías de Kerry o Dean, que las rebajas de impuestos de Bush se destinaron no sólo a bienes suntuarios sino a donaciones masivas a campañas para derrocar a Bush, justamente. Esta paradoja motivó unas reflexiones agudas de parte de Clinton (¿ves, Semán, que todo se puede perdonar?) y el mejor neologismo de la campaña, Bushenfreude.

Es como la historia del diplomático laborista inglés de posguerra, un sindicalista de origen obrero que conoce a un diplomático soviético que nació en un palacio. “Esto demuestra lo hipócritas que son,” afirma el inglés. Pero el soviético le susurra suavemente que la cosa es más simple: cada clase tiene sus traidores.

Más allá de anécdotas de origen oscuro y aires estalinistas, el progresismo (whatever that is) debería tomar como motivo más de reproche que de superioridad el hecho de que (muchos de) los lugares más castigados del país estén votando para sus castigadores. Volviendo al mapa electoral, vemos algo más increíble aún: 249 de los 250 condados más pobres están en estados “rojos” y el único condado en un estado azul, Oscoda, en Michigan, es básicamente bosque, y no tiene ni siquiera un solo pueblo establecido. Esos lugares no se equivocan en verse dominados, y en querer castigar a sus dominadores. La pregunta es porqué eligen los aliados que eligen, aún sabiendo, como indican todas las encuestas, que los demócratas defienden políticas que los favorecen en lo económico.

El mejor libro político del año, de lejos, encara esta cuestión directamente: “What’s the Matter With Kansas?” de Thomas Frank. Desgraciadamente, la elección ha venido a confirmar una vez más, de mil maneras, su argumento sobre cómo la máquina reaccionaria ha crecido a la sombra del estado de bienestar y el partido demócrata que se retiran. A estas alturas nos debe resultar familiar la imagen de la expansión de una brecha cultural y cómo se ha ido llenado con iglesias, odio y demagogia. Todo eso es cierto en alguna medida, y no cabe duda que el odio y el racismo han jugado un papel absolutamente central en el renacimiento poderoso del partido republicano. Pero frente a esto, gran parte del mundo progresista simplemente se ha dado por vencido: han dejado el campo de batalla a sus enemigos y vuelto a la ciudad. Han construído un imaginario del progreso basado en la inevitable eliminación de ese mundo, de ese público, y han construido un lenguaje político de fragmentos y de gestos para atender puntualmente a algunos reclamos de ese mundo en vías de desaparición, lo suficiente como para ganar la elección del momento. Pero ese mundo no ha desaparecido, ni sus odios ni sus reclamos de justicia tampoco. Sólo que los demócratas se han vuelto sordos y distantes frente a grupos que antes defendían, grupos que incluso deben su existencia como tal a las políticas demócratas, como en el caso de gran parte de la clase media baja.

Esta retirada viene de lejos, pero tomó un viraje interesante después de las elecciones de 2000. Si bien éstas podrían haber servido de aviso de esta tendencia, el hecho de que Gore había ganado el voto popular, a pesar de todo, produjo una variante demócrata del mito de la mayoría silenciosa. Así, mientras por un lado el progresismo denostó todos los valores que supuestamente marcaron a los estados “rojos”, por otro lado siguió pensando que igualmente el pueblo estaba de nuestro lado. Y dadas las condiciones, volvería para darnos su apoyo. Así se siguió por un sendero lateral del mismo camino suicida de las últimas décadas, creyendo que para ganar sólo había que hacer constar las infinitas falencias de Bush y maximizar la cantidad de votantes. La movilización del último año ha sido increíble, y más allá de la depresión de estos días, no está a punto de desaparecer. Pero para revertir la marea de odio, orgullo y autoritarismo que nos está inundando, falta mucho más: hace falta una visión clara además de una estructura movilizada. Como dijo un excelente editorial del Democratic Leadership Council (¡!): hay que aprender to walk and chew gum at the same time. Hace falta, sobre todo, un movimiento.

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Bascom Guffin se tomó el trabajo de hacer
un mapa menos contrastado al que vale la pena
mirar con atención durante un rato.

¿Qué clase de partido cree que puede ganar una elección nacional cuando ni siquiera puede ganar las elecciones locales en lugares donde tiene mayorías abrumantes? Casi todos los estados más “azules” son gobernados por republicanos, sea ahora (California, New York, Connecticut, Minnesota, Maryland, Massachussets, Vermont…) o hasta hace muy poco (Illinois, New Jersey, Michigan…). Los que afirman que el partido demócrata no es un partido nacional en este momento se quedan cortos: en realidad, tampoco es un partido regional. En este sentido, la lectura complaciente del mapa electoral —“total, los estados rojos están llenos de subnormales, nosotros somos los listos, y el futuro es nuestro”—es especialmente nocivo, por no decir delirante.

Curiosamente, vengo a coincidir, aunque sólo en este punto, con la columna de hoy de David Brooks. Este refinado y moderado servidor del mal absoluto, que ha hecho más que ninguna otra persona en el planeta para producir y difundir la versión más simplona y vulgar de la brecha entre estados rojos y azules, hoy nos dice que en realidad no es para tanto. Para Brooks y algunos otros, Bush no ganó por los valores morales, ni por la homofobia rampante, sino por el éxito de su postura frente al terrorismo (¡!). Efectivamente parece que se ha exagerado un poco el peso específicamente evangélico de su electorado. Pero Brooks no podrá dejar atrás tan fácilmente una manera de representar el mundo del que se ha servido tanto. Entre otras cosas, porque su comentario deja entrever algo muy interesante: cómo la idea de una división radical ha funcionado para reforzar las auto-percepciones más simplonas de cada banda, azules y rojos, y cómo esas auto-percepciones han funcionado para beneficiar (objetivamente, podríamos decir si quisiéramos volver al vocabulario de nuestro diplomático soviético) a los republicanos. Para completar el cuadro, falta sólo pensar cómo este esquema ha sido elaborado, comentado, y repetido hasta el hartazgo por “the liberal media” supuestamente tan azul y tan anti-Bush, los mismos medios que los demócratas han buscado seducir de forma tan empeñada como estrecha de miras.

Para enfrentar esto, el progresismo tiene que replantearse algunas cosas. Hay que tomar la brecha cultural en serio, pero no demasiado en serio (nunca esto, por ejemplo). Hay que pensar que se debe más a la astucia ajena y la ceguera propia que al odio insalvable al liberalismo. Pero sería bueno reconocer y, para volver al lenguaje religioso, arrepentirse de esa ceguera. Un punto de partida sería dejar de pensar a los creyentes como criaturas extrañas y arcaicas. Si bien la asistencia regular a servicios religiosos está fuertemente correlacionado con el voto republicano, también es cierto que la mayoría de los votantes de ambos partidos son creyentes. Habría que tomar esto como un dato positivo, no como una muestra más de que no somos Dinamarca. Total, ni en Dinamarca se pudieron salvar de la derecha moralista. Y al volver a abrir la Biblia, aunque fuera en un hotel una noche de campaña, uno descubre que al margen de prohibiciones tajantes a vestirse con lino y algodón a la vez y cosas por el estilo, también hay un lenguaje que alguna vez fue importante para el progresismo, que habla de humildad, de honestidad, y de justicia.

No sugiero que, a partir de ahora, las reuniones del partido deban tomar la forma de un camp meeting, ni que haya llegado la hora de un prayer breakfast for gay rights. Pero sí que el progresismo tiene que encontrar un lenguaje que convoque mayorías, y que algunas de esas palabras las van a encontrar en los lugares más remotos del campo (una vez más, cierto estadista recién recuperado de una operación al corazón lo ha reconocido. Y sobre todo que hay que rechazar la idea de que los medios están de nuestro lado porque muchos de sus empleados lo están. A fin de cuentas, al presumir la ignorancia de gran parte de su audiencia, esos empleados han jugado un papel decisivo en producirla.

Al final, el hecho de que el 40% de la población todavía cree que Saddam tuvo algo que ver con el 11 de septiembre y que el 33% cree que se han encontrado armas de destrucción masiva en Iraq se debe algo al worldview de la franja conservadora de la población. Pero se debe más a la criminal negligencia de los medios (sobre todo los televisivos) en encarar la guerra como una aventura o una plaga y evadir todo seguimiento sostenido de alguno de los miles de errores o crímenes que ha implicado. Y también a la radical incapacidad de los demócratas en articular un mensaje consistente que diera cuenta del desastre de la guerra, exigiera que alguien tome responsabilidad, y ofreciera alguna alternativa. “Cuánto más nos odia el mundo, y especialmente el mundo musulmán, menos seguros estamos”, por ejemplo. ¿Tan difícil era? Las mismas encuestas muestran que mayorías abrumadoras creen que si no hubo armas ni conexión, la guerra fue un error. Así que en vez de filosofar sobre “why America hates the Democrats” (aunque este editorial está en el rumbo cierto), sería hora de reconocer de una vez por todas que el gobierno y los medios nos son hostiles, de elaborar una estrategia para reconquistarlos, y de salir al reencuentro con toda esa gente que hemos perdido, pero no necesariamente para siempre.

No es demasiado tarde: la pandilla que nos gobierna dan todas las señales de imperial overreach y los triunfos mucho más contundentes de 1964 y 1972 no resultaron ser tan felices para los triunfadores. Para volver, una vez más, a nuestros textos sagrados: No hay nada qué perder, y un mundo a ganar. O lo que quede de él después de “four more wars.”


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Del mismo autor:
Walker, Texas Ranger