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Te lo digo muy off the record

2 09 2009 - 18:37

Charly Barisio ya estaba bronceado a principios de diciembre, ¡cómo no! Llegó hasta la mesa, se quitó el saco de lino color arena como un divo, como elongando los brazos al retirar cada manga, quedó en chomba blanca, y me dio la mano como siempre, mirándome fijamente a los ojos y diciéndome “¡lindo!”. Fue ese, este, uno de nuestros cuatro o cinco encuentros anuales, la mayoría de los cuales ocurrían en el comedor Hermann de la avenida Santa Fe, frente al Jardín Botánico, un restaurante con toda la facha y el menú perfilado hacia lo alemán, pero perfectamente gerenciado, desde siempre, por ibéricos. Una verdad importante en Hermann: el chucrut es de frasco. Yo lo esperaba a Charly en el box más próximo a los baños, en un salón, que para los que no lo conocen, es muy ruidoso, muy luminoso y generalmente muy festivo. Lo hacía con ansiedad por la fiesta de verlo y escucharlo. Se sentó, Charly, con una mueca fraterna, gozosa, como quien le sonríe a una criatura que le cae bien, yo, recogiéndose un poco el jean holgado con que complementaba su presentación de ese día y preguntó. “Bueno: ¿novedades, puterío, quilombo?”. Siempre preguntaba con las mismas palabras, en el mismo orden: Novedades, puterío, quilombo.

Había estado desde de los quince años en el negocio del nacionalismo, cosas que pasan. Apasionado al inicio, luego, por supuesto, acomodando lo del nacionalismo como un ligero acento en su biografía, una forma de no ser peronista, radical, de mantenerse civil, una buena manera de estar solo, por qué no. Nacionalista más como tradición que como delirio. Nunca facho, nunca la revista Cabildo, nunca monto, far o fap. Nacionalista sutil. Lo suficientemente sutil como para no meter miedo o volverse impresentable ante los ojos de los políticos profesionales y de la prensa liberal; lo suficientemente nacionalista como para que distintos sectores del ejército, durante muchos años, lo consideraran tropa propia. Creo que ya se entiende. Un hombre de acuerdos, digamos eso también. Listo para el gran acuerdo nacional, para el mini acuerdo nacional, o para cualquier acuerdo municipal. Barisio hablaba en la lengua del entendimiento. Era abogado. Y era parecido al último Lee Marvin. Rubión pero ya canoso, ojos azules. Tal vez más bajo que Lee, pero por conceder a los americanos una altura que no siempre tienen. Un tipo atractivo. Con cincuenta años a la hora de esta cena, Charly tenía una escafandra física delgada, fibrosa y saludable para un hombre que era sardónico, ácido y, también, un reventado. Lo que es decir: un descreído que mantenía regado el descreimiento propio y el de los demás. Escaldar todo, todo, todo y transferir un pesimismo adquirido en otras esferas de la vida al orden de la vida pública donde TODO, en verdad, es muy complejo y regala por esa complejidad visiones, en cada cruce de calles, en cada giro de la módica historia nacional, de “no va más”, “está todo podrido”, “es el fin”. Eso era lo peor de Charly. Pero no era hipócrita y eso era lo mejor. Podía hablar con franqueza de todas las cosas, incluidas sus limitaciones, sus miserias y, en cualquier caso, no vendía un amor por la especie que no pudiera sostener en los hechos.

Lo que nos sirve para acá, de todos modos, es su proximidad con los cuarteles. Su marcado sentimiento armamentista. Que como debe haber quedado claro, no lo volvía un loco de la guerra. Hay que entender que en el periplo vital de una persona se van armando hobbies con arreglo a la época de la vida en que se fue niño, en que se empiezan a registrar las variadas pasiones de los adultos y, bueno, a Charly Barisio el viento le sopló para ese lado. Para un hombre nacido en 1942, el ejército, las Fuerzas Armadas eran cosas importantes, todavía. Vamos a decir: casarse con un militar podía ser una meta, un goal como se dice ahora, de una piba de buena clase y con estudios de piano y danza clásica en aquellos años. Como hoy a lo mejor la genialidad, el golpe, resulte casarse con un diseñador de algo. Sí, obvio, el mundo está patas para arriba. Pero, atención, el sustento, Charly, se lo proveía como especialista en derecho de familias. Los abandonos de hogar, el 67 bis y gracias a Alfonsín, el divorcio. Pocas veces ligó comisiones por sus servicios de llevar y traer, vamos a decirlo así, por ir y venir con información, por traficar influencias. Era un lumpen de alto vuelo pero casi ad honorem. Un caso raro, no voy a decir que no.

Estuvo casado diez años, tuvo dos hijos que más o menos lo odiaron ¡pero lo heredaron!, no era fan de los hijos, le parecían bastante pelotudos, bastante parecidos a la madre, de la que se separó. Tuvo dos o tres novias después, así de salir de la mano por la calle o ir al cine, pero no pudo hacer que prosperaran esas relaciones. No quiso, la verdad. Estaba como resentido con la idea del matrimonio. El decía: “mucho stress”. Lo cierto es que también el tipo tenía un exceso de conciencia y en cuanto una mujer le gustaba, como de querer verla de nuevo, de verse con ella desayunando en Donney, el tipo ya veía la puesta en escena de la relación y la miraba como desde afuera o desde arriba y ya no podía conectar. Católicamente pensado, una lástima. Charly Barisio, agotemos esta presentación, tuvo bilaterales con casi todos los tipos que fueron importantes aunque sea diez minutos en este país entre 1970 y el 2000, incluidos todos los presidentes y dictadores. Pero amigo, lo que se dice amigo, y por hablar sólo de hombres públicos, fue amigo de Osvaldo Papaleo, de Juan Carlos Rousselot, de Enrique Vanoli, del general Alfredo Saint Jean, y de Carlos Corach, y tuvo una larga relación, difícil de definir como amistad pero sí muy leal, soy testigo, con Coti Nosiglia, por medio de quien nos conocimos.

Ahora, Charly, fue. Un derrame cerebral redondo. El gomero de la Recoleta pero de nervios le brotó en un segundo en la cabeza. Fue una tarde de junio del 2002, en su estudio, chateando por el msn con un amigo que estaba en Washington (bah, con el ruso Stubrin que empezaba ese año a especular con bonos de la deuda argentina) en que se le vitrificaron los ojos. Capaz que tuvo tiempo de pensar “se me vitrificaron los ojos” o “se me vitrifican, Marcelo” y, buen, cayó hacia delante y hacia abajo sobre el teclado. Esas fueron las últimas palabras de alguien a quien jamás le faltaron dos máximas para rematar cualquier encuentro. Fue a las cuatro de la tarde y también en chomba su partida, durante un junio meteorológicamente amable en un país donde la moneda nacional había sido remplazada por cartones de bingo. ¡Qué muerto estarás ya, Charly!, después de ocho años muerto. Lo que debe ser ahí, abajo, apretado, tanto tiempo. Así hablaba él, en realidad….

Esa noche de diciembre de mil nueve noventa, que a mí me quedó grabada, Charly usó la expresión: “billete a la posteridad” para referir a un consejo que le había dado al coronel Seineldín algunos meses antes y sobre el que ya leerán. Haciendo una libre interpretación de esa sentencia es que me atrevo a reproducir las cosas que en perfecto desorden fue diciendo durante la comida y que él ya no podrá enmendar y yo ya no podré recordar mejor. Recordar más sería inventar.

En esos días, Charly era uno de los civiles que más hablaba con el ex coronel que lideró el alzamiento del tres de diciembre de 1990, del que hasta los heladeros en bicicleta ya estaban alertados y que costó, sin embargo, la vida de ocho personas, cinco de ellos civiles. Pobre país.

DIJO CHARLY BARISIO

Mirá, ayer hacía zapping solo, cené livianito, una boludez que me dejó preparada la empleada, me eché en el sillón, me descalcé, me puse en bolas bah, me preparé un farol de Glennfidich, ¡que me vuelve loco!, y meta cambiar de canal, para tratar de encontrar un boludo que hable de política, viste, y te digo que me pone más violento que la mierda ver televisión. Una de las boludeces que pensé es que si mañana, ponele que al turco le sale bien, difiiiícil, ¡eh!, pero ponele, y se arma una confusión y agarrás la tanqueta, un mapa de la ciudad, un dibujo manzana por manzana, como los cuadritos que hacen los encuestadores, que un día me mostró Manolo Mora, y vas casa por casa y boom, loco, les reventás los cimientos y si dios quiere los matás, los matás, loco. Y se terminó. Y cero culpa por truncarle la vida a nadie. Te digo que es cielo directo cargarte a Natalia Botana o a cualquiera de las otras argolludas de la tele, tan condescendientes, tan contentas de actuar en la televisión. Tan pelotudas. ¿Vos te acordás de Doña Petrona? Era nada que ver. La mina iba, laburaba, la apuntaban con una cámara que era realmente intimidante y a la mina le chupaba un huevo todo. No hacía chistes, no mostraba las gomas, no revoleaba harina. Mirá, la verdad es que con la tele te podés pegar unas manijeadas de la concha de la lora. Es pura violencia que no podés descargar. Es una cagada porque quedás muy descompensado. Es mucha más la mierda que tenés que consumir que la belleza que podés producir. Se te arma en la cabeza una guerra silenciosa y mental contra los retrasados. Donde sólo pierde uno, Estebitan, que es el que se come todo el desgaste.

Y entonces, estás metido en un run run de odio que te dura todo el día y no podés hacer nada con eso. Y como esto que me pasa a mí, si querés, por una noche de tele, que en realidad es una vida de conectar neuróticamente con el mundo de los forros que hablan y opinan de cosas que no entienden, yo me juego las bolas que tenés treinta millones de tipos macerando odio en solitario en este país. Los visitadores médicos con los laboratorios, con los médicos que los hacen esperar veinte horas. Los médicos con los enfermeros, los enfermeros con los pacientes, los pacientes con los sanos, los sanos, todos, odiándose entre sí. Yo pienso que el turco Seineldín, en su pobrísima inteligencia, en su corazonada, si querés, cree que un tipo como él puede enlazar todos esos hambres individuales y hacer un día de furia colectivo con todo eso. Puede que haya algo de ese orden en el fondo más demente de la acción de mañana. Pero a mí siempre me parece que a estos tipos con esta visión les falta un poeta, digamos, un comediante, algo así, como el chabón de la película Cabaret, viste, el presentador. Alguien que haga el rol público de instigador. Porque los resentidos, los treinta millones de resentidos están todos por ahí. Pero hace falta uno que diga: “mirá que ese te dijo “puto”, eh, te dijo “puto”.

Los seineldinistas son unos boludos, unos ignorantes, lo que todos pueden intuir sobre unos tipos que dicen que están a las órdenes de la virgen del Rosario. Eh, flaco, ¿de una estatuita con manto? Pero, ojo, con la capacidad de moverte una división de tanques, hacer fuegos artificiales durante dos horas, ponerte en rojo las radios, la tele, que el país parezca un quilombo una mañana, un día, pero son diez tipos, diez oficiales y cien monitos que tienen a cargo a los que no les queda más remedio que obedecer por la cadena de mando. Te voy a decir una barbaridad: si estos forros tienen una motivación, algo que los babea, yo te diría que el ideal de estos tipos es matar a todos los judíos. Es así de grotesco. Hacer tierra arrasada en el Once y en Belgrano. ¿Se puede ser tan demodé? Le tienen un hambre a los rusos que es como si una división entera de la Ort les hubiera garchado a las hijas. Increíble. Hablás con Breide Obeid y puede estar cuatro horas diciendo boludeces sobre el papel del ejército, sobre el presupuesto de la fuerza o sobre la política económica, pero la posta más grande del mundo es que si quieren algo, algo visceral, la tripa, loco, es que se mueran todos los judíos. Pero, buen, un genocidio no es para cualquiera, y estos son tremendos lúmpenes. ¿No?

El coronel es una bestia. Pero va recontra para adelante. Tiene toda esa cosa que decía Perón de los milicos, viste, de que se levantan, al pedo pero temprano. Y no chupa, no se garcha a nadie, morfa bien, en fin. La infraestructura está. Y tiene mando. Yo lo he visto, el mejor mando posible que es cuando no te están contando las rayitas, que es cuando los subordinados están contentos de que seas vos el que los cagás a palos. Los más chicos le dan mucha, mucha bola y él es bien paternalista, puede manipular bien. No es difícil que te admiren en un cuartel, ojo. Con que uno sea medio demente, con que uno tenga propósitos así como exagerados, hable de la patria o se someta a cosas físicas raras, como tirarse en paracaídas, la cosa del coraje, viste, ¿sabés lo que hacés con esos tucumanitos que andan por ahí? ¿Sabés lo que tienen en casa? Esos padres de cuatro palabras por día, tímidos, temerosos y ahí, el coronel, el turco hace roncha porque los chicos lo miran como jefe y como padre. Como dios. Obviamente los pibes también están conectados con sus terrores, y a la admiración le suman el miedo que le tienen a la autoridad. Vos los ves… Vienen por un pasillo y lo primero que les pasa cuando ven a un hombre blanco es agachar la cabeza recontra morocha que tienen, esos pelos de puerco espín que les arrancan desde la frente corta que tienen todos estos negros del interior, y a veces dan ganas de hacerlos saltar para marcarles como una jerarquía étnica, algo así. Me pasa a mí que caigo en chomba al cuartel y me agarra como una cosa instintiva, sádica, de meterles julepe. Obvio que me reprimo. Buen, por suerte para el coronel, ese pánico los induce a los pibes a la lealtad, al código de vestuario del milico y no hablan ni van a hablar del levantamiento. O sea, lo sabe hasta el loro, ¿no? Pero no por ellos. Los soldaditos son acarreados, llevados y no de los pelos de puerco espín. Los llevás magnéticamente a los pobres, sin tironear, es un chúmbale, o como un sumbudrele que les hace el trompa o el coronel, en este caso. El pobre más pobretón es como fototrópico, viste, va hacia la luz, hacia el calor como puro recurso instintivo; entonces, si uno asegura ese microclima de luz y calor, el pobre zumbo ya está cómodo y en algún sentido se siente en deuda, como se siente en deuda un perro, a diferencia de los gatos que no se sienten en deuda o de los reptiles, ponele una tortuga que a lo mejor alguna vez viste una y que es lo más desapasionado que hay. Lo que más me rompe las bolas de lo de mañana, te digo, son estos soldaditos, suboficiales jóvenes. Los grandes no, me chupan un huevo, porque los grandes, bueno, viste cuando no tenés muchas más….

Después de los cuarenta años, cincuenta, en el caso de los más negados, tenés UNA cosa para hacer, UN tema. Aunque esa pasión, y esto es importante, sea solamente un juego. En el tremendo fondo de mí, vos lo sabés, Estebitan, a mí me chupa un huevo este país, pero no te puedo decir cuánto. Me chupa un huevo todo este salón de gente. Me chupa un huevo este mozo petisón, toda su familia, toda su descendencia, un tipo que me conoce hace quince años, ponele, y que va a estar acá los próximos quince. Nos sonreímos, ¿no? ¿Con cuánta gente te sonreís? Yo le digo salchichas con puré y el me dice ee oeee. Y si un día me dicen que se muere, ¿sabés que pienso yo? No pienso nada bueno. Me da morbo, loco, y no pienso nada. Me da ganas de ir al velorio a ver cómo se le portan los compañeros de trabajo, a ver cómo actúan los patrones al lado del jonca. Cómo se visten, las cosas que dicen. Para mi cualquier cosa es una oportunidad para entender a la mersa. Ojo, capaz, que a todo el mundo le calienta que sea otro el que se muera y yo no esté inventando nada, ¿no? Pero si vos te morís no, Estebitan. ¿Entendés? No hay una noche que yo me quede pensando en el país ni nada. Por eso, para mí, es importante no sobreactuar el interés que se tiene por este rejunte. Si es hobby, es hobby; si es fuente de ingreso, fuente de ingreso. Pero, viste, tenés todavía todos esos forros que te dicen que militan y buen. Y lo único cierto es que tienen contratos en el Concejo Deliberante y eso es todo lo que son. Contratados. Muchachos cuya máxima ilusión en la vida es la planta permanente. Vos pudiste hacer política gratis un tiempo, financiarte con otro trabajo, pero esos fueron, ponele, un año, dos. Antes del ‘83. Después todos los monos se tiraron de cabeza en las legislaturas. Excepto los que tenían profesiones y estaban copados con sus profesiones.

A mí, cada tanto, Coti, te cuento, me pedía que pusiera gente mía a supervisar los actos radicales, o sea una instancia que no fuera la policía ni la gente de seguridad de la propia Coordinadora, sino chicos reclutados por mí para que controlaran que no se fuera de madre nada. Yo le pasaba, además, un reporte objetivo a Coti. Yo lo iba a ver al ministerio. Me comía un poco la juntada de orina en la antesala, pero bueno, siempre me hacía pasar lo más pronto posible. Los tipos tenían dividida la ciudad en quintos, un disparate. Y yo me sabía la interna de cada quinto. Y los pibes…, bastante serviles. Porque yo pasaba por amigo de Coti y nadie preguntaba nada. Yo podía estar armando un negocio de cincuenta palos y estos pibes no la veían ni cuadrada. Mirá, nunca vi gente tan fácil de conformar como un radical. No sé cómo se armó ese descremado de militantes. Porque el promedio eran gente con los egos muy cascoteados. Loco, el ruso Stubrin se escapaba por las ventanas de los comités para no tener que saludar a la gente después de un acto y nadie lo cagaba a palos. Tenían los contratos y se podían comer cualquier barbaridad. No sé. Raro, ¿eh?

No voy a entender nunca la cosa nacional de presumir una gesta, como si presumir una familia, un laburo bien hecho, no fuera suficiente. No, porque yo fui semiólogo y montonero. Ehh. Pelotudo. El verso del montonerismo es tremendo, ¿no? Ojo, que ahí se da una cosa que conecta con lo siniestro para mí. Porque ya con ir a dos o tres velorios en esos años te sentías viviendo algo. Pensá un poco el clima de esos velatorios de guerrilleros, un par de tipos enfierrados en la puerta, toda esa adrenalina, aliento a aventura y calas combinado en los pasillos húmedos de las casas fúnebres. No eran velatorios en la avenida Gaona en 1987, ponele, con toda esa rutina maliciosa de los funebreros, y bueno, ahora se pueden despedir. Pensá que en esa época capaz que tenían que maquillar heridas de bala, no todos querían velar compañeros caídos, balazos en el cráneo, viste, entonces por eso hay tantos giles que se te hacen los montoneros. Porque sintieron la emoción de la época. Y dan esa materia por aprobada. Pero, muchachos, Montoneros eran dos mil. Andá y preguntá. Dos mil. Luisito Prol te dice. “Éramos dos mil”. El tano Galimberti, “dos mil”. Alicia Pierini, “dos lucas”. Y a mil los mataron, así que sobrevivientes son mil. Punto. El resto, claque, compañeros de facultad, de colegio, primitos que querían mucho. Claro, la mancha humana es grande. Si se te muere un compañero de colegio vos vas al velorio, si capaz que estuvieron juntos en Carlos Paz de vacaciones, capaz que el tipo después se pasó a la banca y vos seguiste filo, pero qué importa, lo querés y si no lo querés está el elemento morbo de que se muere uno de tu edad, uno que es como vos. Uno con el que compartiste cosas, querés ver cómo es la escena en la que un día vas a ser el gran personaje. Estar ahí es una forma de estar cuando nos velen a nosotros, como si fueran recuerdos del futuro. Es así. Por eso a los velorios iban un montón de pendejos que muchos años después se hacen pasar por montos. Ahora que es gratis, ¿no?

Por eso, para mí es importante no sobrecargar con chamuyo la política. Si en lo que yo pienso, casi todo el tiempo, es en cómo proveerme placeres. Y no hablamos de minas porque te diría que las minas me tienen los huevos al plato, también. Paso unas temporadas alucinantes de abstinencia sexual, que no me hago ni una paja, hermano. Encontré una sabiduría que ni Salinger, boludo. Acá se llena de reventadas, viste. Hermann a veces es un rejuntadero de minas que si no te garchaste fue sólo porque no se dio. Una vez en el mismo salón había tres minas que me había garchado y vos fijate que yo creo que garché poco en esta vida, pero buen, uno tiene un quilombo gigante con la autopercepción…, te decía que veo la revista Gente todos los miércoles, que me la manda Vigil, viste, veo todos los culos famosos, muchos. Digo: pero mirá qué linda piba, no sé, Karina Laskarin, ponele, y cambio de tema pero al toque, hago la política de los tres segundos. Ves una mina que te gusta o un culo por televisión y no podés fijar atención en eso más de tres segundos. Viste el orto, un segundo, decís mirá qué bien, dos segundos y ahí ya rotás la cadera, swing hacia otro lado con el cuerpo y la mente. ¿Difícil? No, no es difícil. Es un desafío cultural que garpa, Estebitan. Sabelo. Más tiempo para leer, para jugar al tenis, dormís más horas, mejor. Ojo, en persona me cuesta muchísimo más. Poneme tres minas en esta mesa ahora y me voy a desvivir por llamarles la atención, por ser inolvidable, es una tara tremenda, pero si sabés que tenés esa adicción, hay que ser vivo. Tenés que juntarte con más tipos. Si hay minas, hay minas. Pero vos no generes un evento que incluya minas. Pensá mucho en los otros placeres. Yo camino por la calle y le pego a pelotas imaginarias durante diez cuadras, drives más que nada, que uno pasa por loco en la calle cuando te ven, pero no por demasiado loco, hasta puede pasar por simpático y se termina convirtiendo en una anécdota con un vecino. Otra cosa es un smash, que es condenatorio, directamente. Y la verdad es que es mal negocio pasar por loco, prefiero pasar por aburrido, por muerto, pero no por loco. Casi buscando un anonimato que el boludo de Seineldín no puede entender. No lo puede entender para sí.

Yo le digo: “Coronel, escuchemé, usted es un milico que no le rompen las bolas con el tema derechos humanos; que es un reconocido, vamos a decir, héroe de Malvinas, sus subordinados y hasta los colimbas lo reconocen por su valentía, ¿por qué no se compra un billete a la posteridad y cuida a sus nietos, va a la cancha o visita centros de ex combatientes para dar contención y aliento? No se crea que por parecer amenazante se es amenazante”. Eso. No puede entender para sí el retiro. No es que no me lo entiende a mí. Yo le quedo a diez mil kilómetros. El tipo sólo verifica que yo no lo cague mucho y ya está. El resto lo hace el respeto demencial a la alta cultura. El tipo ve que vos escribiste un librito, dos libritos y ya siente el Cañón del Colorado entre él y vos. Qué sé yo, no soy judío, eso ayuda, tengo estas facciones medio nórdicas y me sé todas las boludeces de la iglesia católica, los nombres de los apóstoles, los originales ¿eh? En fin. Eso hace un manto, vamos a decir, sagrado, en que te sentás a melonear al turco o a dejarlo que te melonee. Y el tipo que debería ser musulmán desde la concha de su madre, porque de ninguna manera te ponen Mohamed, loco, de ninguna manera te ponen Alí sino estás con Alá, pero buen, el tipo se compró los diplomas de católico, la iglesia los regala por otra parte, así afiliaron a lo loco siempre, no te meten quilombos sobre la sangre de nadie, que si esto o aquello. ¿Querés ser católico? One minut. Te echan una baba en la frente y esta es la luz de criiiisto.

Lo de mañana lo sabe todo el mundo, es una cosa tan anunciada…, no entiendo para qué lo hacen, para qué lo hacen los que arriesgan algo en serio, los que a lo mejor van a terminar muertos o presos quién sabe por cuánto tiempo. Vos fijate que yo puedo parecer un partidario del alzamiento, capaz que un boludo escribe que yo lo estuve viendo al turco, y yo no me cuidé para nada. O sea, mi negocio es que me vean visitando a estos personajes, pero mañana sigo el tema por tevé, entretenido más que nada, como uno ve el mundial. Querés que Goycochea ataje los penales, te agarrás la cabeza, pero si no los atajaba no me iba a suicidar, ¿está claro? Ni el goyco se iba a suicidar. Igual mañana, yo miro cómo lo hacen, no tiro un tiro, no arriesgo nada, y me cago de risa y he visto lo suficiente sobre la gestación de esta movida que hasta puedo contar la historia. Vamos a decir, yo gano siempre. Pero lo que yo pienso en serio es que estos tipos, qué sé yo, Seineldín, Breide Obeid, tienen una autopercepción demente, una sobreestimación de la propia fuerza que te mata, y los mata, y una sobreestimación de la propia verdad…, uuhh, eso es una locura también. Puritanismo, infalibilidad, e hipocresía acompañando el combo porque al fin de cuentas nadie es tan perfecto. Por lo tanto es un puro mecanismo de protección para sus egos. A Gorriarán le pegó el mismo delirio. El pelado fue pura sobreestimación de la propia fuerza y el tipo juntó pendejos, pendejos solos, los metió en una quinta, les cocinó patis, ¡se los hizo él!, les hablaba de las reuniones con Santucho, que cómo era Robi, alguna infidencia para acercarlos, para acordonarlos con golpes de memoria, a pendejos con poco padre, ¿entendés?, tal vez pendejos poco dotados intelectualmente. Los meloneó y adentro todos en un camión de Coca Cola con unas pistolas de agua. En fin. Lo de La Tablada fue un circo espectacular, ¿no? Los sacaban de las orejas en dos horas a esos indios pero armaron una guerrita que duró un día, metieron máquina, y jugaron a la mancha venenosa con todos los políticos del país para ver a cuántos dejaban pegados. Yo te digo que Gassino podría haber jugado en la segunda guerra mundial. O en el ejército de Israel sin ningún problema. Me saco en el sombrero con él. ¿Vos sabés que tiene la papa?

Pero es una sanata rara esta del Turco Seineldín, un carapintadismo sin Rico que fue, digamos, el creador del concepto, que no me vas a decir que no tiene gracia. ¿No? Unos payasos que se pintan la cara para amenazar a un abogado radical de Chascomús. Impecable. Pero buen, soy un salame, yo no pude despegar a tiempo. No me va a pasar nada, igual. Van a decir que estaba con él, y yo voy a decir que estaba con él para convencerlo de que se serene. En fin. A mi me gusta el quilombo, viste, ¿sabés cómo me gusta? Me vuelve loco. Lo que es sentir que la radio anuncia un amotinamiento. Uuuuh. Un último momento. Fuentes de no sé dónde reconocen no sé qué. Y saber los detalles de eso. Estar en tema. Por eso yo te digo que se puede vivir perfectamente sin coger, sobre todo si has cogido y el tema ya no tiene ningún misterio, porque el entretenimiento que provocan estas cosas lo remplazan muy ampliamente. Y no hay que dar besitos de compromiso o sin ganas. Ni llamar un taxi, ni todas esas cosas que uno hace cordialmente, ¿no?, pero que llega un momento que cansan, Estebitan.

El coronel tiene regulados los garches de toda la vida. Una vez por semana. Le tiene un pánico terrorífico a la señora. Mirá, sin psicoanálisis obviamente había más orden, ¿no? Más tortura también. Capaz que eras puto toda la vida. Y la familia no se enteraba hasta el día del velorio en que aparecía un rengo que se ponía a llorar al lado del ataúd. Pero este tipo no ha sometido la relación con su señora a ninguna revisión. Bah, capaz que no garchan nunca, nunca. Capaz que el tipo desde otra sabiduría a la mía, pero parecida, resolvió no tener quilombos con eso. Y entonces te arma estas guerras, porque si estás reventado de coger, esa cosa de estar tirado en la cama a las seis de la tarde, ya reventado de garchar, casi esperando a los doctores para que te vengan a operar la pija, ya ese día no hacés nada más, mirás tele, alquilás una película, no mucho más. Y se te fue un tercio del día entre garchar, descansar de garchar y todo la parte dialogada del asunto, que bueh.

La otra forma de ser un coronel exitoso que tenemos a mano es la de engancharte artistas de variedades como hacía Perón, que era un impresentable absoluto, un impresentable total. Un coronel enganchándose a una piba impresentable de la provincia, una actriz de segunda, amancebada por Magaldi que era como que te garche Cóppola, buen. ¿Qué querés que te diga? Es difícil el asunto de cómo armas el combo posición social y show familiar. Hoy leía que el pendejo este, el principe Felipe rompió con una yegua de una casa real medio de cuarta, de Liechtenstein, ponele, pero bueno, noble al fin, y te digo que se les complica el panorama a los gallegos con eso. Más vale que arrime en algún momento este pibe, pero desde ya te digo que va camino a enganchar una civil, una plebeya. Ya no dan las casas reales, loco, antes tenían más hijas, más hijos, había de dónde elegir y había menos fotos también, menos paparazzi, te casabas con una mogólica y era silencio total, o con una menor de edad, y si eso pasa ahora, ¡un quilombo!, tenés a todos los medios rompiéndote las bolas. El pibe va a tener poco margen. Por lo que la cosa de la monarquía se pone rara, porque la monarquía, Estebitan, o es tradición o no es nada. Cuando vos mirás el árbol genealógico del rey Juan Carlos, ves la historia viva de Europa, pero si lo que van a terminar teniendo estos ñatos ahora es a un Ortiz Pérez como rey porque el pendejo no encuentra nada que le guste en lo que quede, en la escasez de las casas reales de Europa, se va a terminar garchando a una vendedora de seguros. Tanto da, entonces, que se haga una rifa entre todos los españoles para elegir monarca.

Qué sé yo, es raro todo. Ahora, mañana mismo, vamos a tener esa cosita de abismo, de descarrilamiento, las radios dirán “amotinamiento”. Y el ochenta por ciento de este salón zafa de ir a laburar, no sé. Hay gente que cree que esto es en serio. Y no, no es en serio, es otra cosa. Hay quienes piensan que esto es una familia. Esto es un quilombo que funciona de casualidad. ¿Dónde va un país? Un país va hacia sí mismo. Yo pienso que llegado el caso tendríamos que juntarnos todos a cagarnos a trompadas en la Plaza de Mayo. Mi pánico es que queden de pie los peronistas y nosotros en el suelo, desfigurados por las cadenazos de los sindicatos. Entonces, sería como ahora pero con nosotros desfigurados. No da.


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