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Cómo escapar del Zeitgeist (segunda parte)

9 09 2009 - 12:06

“When people talk together, what happens?
Do group members compromise? Do they move
toward the middle of the tendencies of their
individual members? The answer is now clear,
and it is not what intuition would suggest:
Groups go to extremes.”

Cass R. Sunstein

Lavo los platos escuchando los remasters de los Beatles que Panozzo me obligó a consumir pese a mis reservas. Son algo extraordinario. No sé para qué tengo todos esos otros discos. Como se verá, es una diferencia significativa que ilustra en tono simbólico las aspiraciones de esta segunda serie de recomendaciones para zafar del Zeitgeist. En la primera, escuchaba discursos de Fidel Castro. Vamos mejorando.

Mucho de lo que dije entonces es pertinente hoy. Después de cinco años, el Secretario de Cultura sigue comparando la gestión de su gobierno con la Revolución Cultural, creyendo que así lo defiende, lo cual es sorprendente si tenemos en cuenta que el Secretario de Cultura es otro, o bien, mejor dicho, no es sorprendente en lo más mínimo. La idea de ofrendar la vida sigue gozando de buena salud, aunque después de la Guerra Gaucha se la enuncia en un tono menos nostálgico y más combativo: ahora es común la invocación tribal a “poner el cuerpo”, acaso porque mentes (¿o almas?) ya no quedan. La composicion del gobierno cambió un poco y la de la oposición también, pero el promedio sigue dando más o menos un empate entre dos criaturas repulsivas que uno no tocaría ni con un palo. Y nuestros comentarios sobre el tema siguen atravesados por Beatriz Sarlo. No en el sentido académico, barroco, de un pensamiento influido por otro, sino atravesados literalmente, como por quien se te cruza en un pasillo y no te deja seguir, con noticias de un clima de época que de nuevo atrasan cinco años. Otra vez Sarlo nos salva la vida con su nota del domingo en La Nación, instalándose a años luz de cualquier otro comentarista mainstream, en el contenido y la forma. Y otra vez tengo la sensación de estar leyendo algo escrito hace tiempo, cuando se podía tener alguna esperanza de que hablar con Horacio González sirviera para algo.

No sé qué les pasará a ustedes, pero conmigo el servicio de recomendaciones de Amazon se equivoca siempre. Diez, quince años comprando libros ahí, y me siguen recomendando cualquier cosa. Discos de The Cranberries, zapatillas para escalar montañas, manuales de programación en C++. Pero la semana pasada la pegaron, por primera vez en la vida, al recomendarme Going To Extremes , de Cass R. Sunstein, un libro que se anuncia como la referencia definitiva sobre “group polarization.” Lo compré, me lo mandaron enseguida, lo leí en una noche. Es todo lo aburrido que puede ser el texto de alguien que enseña lo mismo en Harvard hace treinta años, pero ofrece a cambio un bien preciado que nos venía faltando: datos duros, conclusiones bien fundadas que trascienden la mera opinión, acompañadas por una lista interminable de estudios independientes sobre el tema.

La buena noticia es que las conclusiones de Sunstein son novedosas, a veces sorprendentes. La mala es que sugieren que hemos estado haciendo todo mal.

Quienes, por distintos motivos, siempre tuvimos dificultades para sentirnos parte de un grupo —salvo, claro, el de quienes siempre tuvieron dificultades para sentirse parte de un grupo— sabemos bien que la arbitrariedad de ese sentido de pertenencia es directamente proporcional al carácter extremo de las posiciones que un grupo sostiene. Cuanto más artificial es el grupo, más extremas las posturas.

El consorcio: que arreglen el tanque de agua.

El Equipo de Fútbol: ganar el campeonato.

La Patria: que nos den ese territorio porque es nuestro.

La Iglesia del Cristo Eléctrico de la Última Anguila: castidad, automutilación e inmersión ritual en el Arroyo Maldonado.

Cuanto menos espontánea es la existencia de un grupo, más exageradas son las prácticas que se les exigen a sus integrantes para formar parte de él. Algo de esto está probado en los experimentos de Sunstein, quien también explica en detalle otras cosas que ya sabíamos: cómo y por qué los grupos más extremos deben aislar a sus integrantes y enfrentarlos con el resto de la sociedad, cómo funciona el proceso de asimilación a un grupo, la importancia de la reputación individual en el sustento social de ideas que individualmente serían indefendibles. Sabemos todas estas cosas porque las aprendimos en TP, y si bien los primeros capítulos del libro de Sunstein nos habrían ahorrado mucho trabajo y mucha mala sangre en su momento, también ofrecen retroactivamente una cierta validación de la experiencia. “Ah, no somos los únicos, nos pasó esto porque esto es lo que suele suceder.” No es una tragedia. O lo es sólo en parte, un costado más de la miseria humana. Lo que no te mata te hace más fuerte. Etcétera.

Pero después de eso Sunstein se pone pesado. Empieza a dar ejemplo tras ejemplo de experimentos más complejos, en los cuales dos grupos con sendas posiciones extremas confluyen en sesiones de debate ordenado y racional acerca de los issues que los enfrentan. Y el resultado es siempre el mismo:

Los miembros de cada grupo salen de esa experiencia sosteniendo una posición más extrema, siempre en la dirección de sus inclinaciones anteriores al debate.

¿Querés más? Sunstein dobla la apuesta, introduciendo en estos debates una tercera parte que aporta elementos objetivos acerca de los issues en cuestión; ensayos, textos técnicos, información intencionalmente balanceada que refuta algunas de las posturas extremas de cada grupo. Por ejemplo: un grupo en contra del aborto y otro grupo a favor, conversando con moderadores sin posición tomada, que les van acercando papers y estadísticas a medida que la discusión se complejiza. ¿Resultado?

Los miembros de cada grupo salen de esa experiencia sosteniendo una posición aun más extrema, siempre en la dirección de sus inclinaciones anteriores al debate.

Sunstein, que tiene nombre para todo, llama a esto biased assimilation, un proceso por el cual

leyendo una serie de datos balanceados, la gente señala automáticamente como estúpidos o irrelevantes todos los puntos que entrarían en conflicto con sus convicciones previas y rescata los puntos afines como acertados y pertinentes. Y si alguna de sus convicciones es demostrada como falsa, lo que sucede a menudo es que esto los radicaliza aun más en sus su defensa de esa convicción en particular.

Dicho de otro modo: “la gente escucha lo que le conviene”, un statement que no le resultará sorprendente a nadie que haya pasado unas horas de su vida leyendo comments en los blogs. Pero hay una diferencia. Sunstein argumenta, de manera convincente, que la gente, en grupo, escucha solamente lo que le conviene, solamente lo que confirma sus creencias preexistentes. Que esto es lo que sucede siempre. Que es el default. Que nuestro problema es insoluble.

Como sucede con toda epifanía, se trata en el fondo de algo que uno intuía de antes, pero cuando finalmente se materializa resulta difícil de creer. Lo de Sunstein es una versión modesta, en miniatura, de ese momento en el cual entendés que el inconsciente existe, o que Dios no. Por un lado, a un nivel intuitivo, sabés que es cierto. Pero al mismo tiempo te resistís a aceptarlo porque entonces una porción importante de tu cosmología se va a la mierda. ¿Y la retórica, el debate público? ¿No era que hablando se entiende la gente? El libro de Sunstein parece confirmar que no, en absoluto. Por lo menos no si hablan de a muchos.

Un problema grave de Going To Extremes es que, en su índice temático —desproporcionadamente exhaustivo para un libro tan cortito— no menciona la idea de consenso. Ni se le pasa por la cabeza a Sunstein que a uno le interese su opinión sobre cómo pasar de una cosa a la otra, de la insensatez a la conversación, de la guerra a la paz. Son abstracciones con las que el tipo no se mete. Él hace experimentos, y te cuenta cómo le salen. No divaga. Lo cual está muy bien, pero complica las cosas: de tan serio y moderado, Sunstein tiende a producir en el lector una reacción más bien extrema: la de mandar todo a la mierda. Si bien el libro menciona algunas pocas instancias de polarización positiva, o “saludable”, no podés evitar sentirte culpable si como consecuencia de leerlo decidís no hablar más con nadie. Radicalizarse después de leer a Sunstein sería el colmo del bombero. No podés caer en una paradoja tan absurda. Así que volví de la biblioteca con quince kilos de libros, me hice un café y aquí estoy. Ahora les puedo recomendar un montón de textos sobre polarización. O mejor no, no les recomiendo nada. Pero les comento algunos, así no los tienen que leer.

En Political extremism and rationality, un compilado de Albert Breton, que no tiene nada de André aunque suene parecido, hay un par de ensayos que parecen escritos leyendo los diarios argentinos de los últimos dos años. El más osado es el de Russell Hardin, que incorpora el concepto de “crippled epistemology” como elemento central a todo grupo basado en posiciones extremas. Esto también lo sabíamos, pero suena bien: es más elegante que tratarlos de analfabetos, como solemos hacer en estas páginas, y más atinado que considerarlos interlocutores válidos en una conversación entre adultos, como hace Sarlo en La Nación. El de Sarlo es un error estratégico, un error fácil, reminiscente de las recomendaciones de Amazon. Si te gusta Jauretche te va a encantar Hernández Arregui. No es tan así. El libro de Hernández Arregui es más gordo, más farragoso, más naranja y más metódico, pero se maneja con las mismas categorías pétreas y obsoletas, es una pérdida de tiempo. Coscia ya tiene su epistemología lisiada, no necesita ni quiere más. Variaciones más sofisticadas de esas mismas ideas serían overkill. Y cualquier idea nueva sería, por supuesto, inaceptable.

Rusell Hardin analiza en detalle cómo los grupos que se basan en (o usan su identificación con) ideas extremas necesitan de sistemas epistemológicos cerrados y completos. Es más largo de lo que puedo desarrollar acá, pero explica claramente cómo, por ejemplo, los dos libros que leyó Coscia en su vida son una ventaja en su condición de Secretario de Cultura; no una deficiencia que su designación pasa por alto sino, probablemente, el motivo mismo de su designación. La crippled epistemology de Coscia cierra, es consistente, chiquita, y sobre todo bien, bien crippled. La de Horacio González no es tan crippled, y por eso sigue ahí en la biblioteca.

Claro que Hardin no habla específicamente del kirchnerismo (se ocupa más bien de la relación entre ignorancia y nacionalismo, y de grupos extremistas religiosos), pero tiene unas cuantas observaciones sorprendentemente aplicables, como “la insistencia en la memoria y la identidad” en su lista de signos para detectar la presencia de un grupo extremista, y un párrafo que, traducido, podría encajar perfecto en el artículo de Sarlo que venimos comentando:

(…) el costo de mantener esta postura rígida y antidemocrática es la aparición de una oposición que no podría haber florecido en una sociedad abierta y democrática.

Todos hablan de lo mismo, pero Hardin enuncia claramente el carácter extremista de los grupos que estudia (posiblemente porque para él la palabra no está viciada de setentismo), mientras Sarlo los interpela oblicuamente como si los individuos que conforman estos grupos pudieran sentarse a discutir con ella; como si no estuvieran locos. Ya sé, es imposible que todos estén locos. Hardin, que está muy convencido de lo que dice pero no es proclive a la exageración, encuentra el punto justo cuando analiza la posibilidad de “acción fanática sin creencias fanáticas” (sí, está contemplado de antes, no es un invento de Kunkel), y también cuando observa al pasar, con bastante crueldad, un atractivo posible de los grupos con posiciones extremas:

Las personas solemos no saber bien cuáles son nuestros propios intereses, o bien no sabemos cómo llevarlos a la práctica. La epistemología acotada y limitante del extremismo puede exacerbar fácilmente estos dos fracasos.

Ya que estamos, la conclusión del paper de Hardin describe exactamente lo que intenta hacer este gobierno desde que asumió, ascendiendo sus prácticas a la categoría de método:

En la era moderna, un grupo fanático sólo puede cumplir con su deseo de excluir voces contrarias y mantener su epistemología lisiada si obtiene el control del Estado.

Qué se yo. La descripción encaja, sí, pero eso no quiere decir necesariamente que el resto del statement sea acertado. ¿Es la única manera? ¿Y controlar el estado garantiza realmente, a esta altura, la exclusión de opiniones contrarias? No tengo respuesta a estas preguntas, pero noto que la afirmación no parece llevarse muy bien con Sarlo —que todavía considera posible el advenimiento de una hegemonía cultural en el sentido gramsciano— ni con Sunstein, que entiende la polarización como un alud incontenible contra el que poco podemos hacer. Si le creemos a Sunstein, entonces “la exclusión de opiniones contrarias” es irrelevante, aun cuando a menudo sea un objetivo de los grupos fanáticos. ¿Qué importa si se silencian o no las opiniones contrarias, si la polarización igual va a seguir su curso? Para Sunstein, el extremismo es el virus. Si prende, fuiste.

No faltará, a esta altura, quien pretenda objetar el calificativo de “extremista” para el kirchnerismo. Después de todo, no mataron a nadie, no comen canguros en sacrificios rituales. Es cierto, esto último. También es cierto que los no tan jóvenes recordamos el uso escalofriante que se le daba al término durante los mid-70’s. Lo uso porque está en estos textos y no se me ocurre una traducción más precisa, y porque repetir “grupo que alienta una postura extrema en un contexto de alta polarización” sería tedioso, pero de eso estamos hablando. Hay una definición bastante pertinente en Leadership and Passion in Extremist Politics, de Ronald Wintrobe (esta gente existe, eh, de veras, se dedican a eso). Al preguntarse por elementos comunes, constitutivos, del extremismo, Wintrobe arriesga:

1. Cierta asimetría (real o potencial) en la distribución de rentas políticas. (Se refiere con esto a un issue acerca del cual la gente puede entusiasmarse.)

2. Liderazgo político.

3. Conformismo.

4. La presencia de una grieta social entre grupos.

Uno? Check! ¿Dos? Check! ¿Tres? Check!

Con el cuatro se complicó. Habrá quien diga que en Argentina no hizo falta que la grieta social fuera “entre grupos” — que la lucha de clases criolla trasciende esos detalles y tendrá lugar en los comments de los blogs, entre ex-compañeros de la secundaria, todos de clase media. Y también vendrán Laclau y sus amigos a explicarnos que el punto cuatro es lo único que hace falta, porque la injusticia es inmanente y está esperando el momento.

En el pasaje más flojo de todo el libro, Sunstein se detiene a considerar este problema:

Una versión sugiere que la polarización revela creencias y deseos ocultos. Otra muy distinta insiste en que la polarización genera creencias y deseos nuevos.

La distinción es natural e intuitiva, parece responder a uno de nuestros reflejos más elementales: el de determinar la intencionalidad (o no) de las cosas. No lo hice a propósito, decimos todo el tiempo, desviando la atención del plato roto en el piso. ¿El cacerolazo, fue espontáneo? ¿Hay o no hay diseño? Sin desmerecerlo, sugiero que el interés que podamos tener en esta distinción es académico y da para una conversación aparte. Por un lado porque nos obliga a detenernos un buen rato en los aspectos teleológicos, y en determinar si la pregunta está bien formulada. “¿Para qué tienen aletas los pescados?” suena aceptable pero no lo es, no en términos científicos. Los pescados no tienen las aletas para algo. A los pescados con aletas les fue mejor, eso es todo. La noche no me alcanza para abordar las complejidades de Darwin aplicado a la política.

Pero además: nadie se acuerda de por qué discutían Asterix y Obelix en La Cizaña; el Martín Fierro no detalla los motivos por los cuales se pelean los Hermanos Seanunidos. Lo importante —lo que uno sufre y, por lo tanto, lo que recuerda— es que se pelean, y que esa pelea es redituable para una tercera parte, habitualmente maligna. Me parece que el tropiezo (menor) de Sunstein consiste en distinguir entre “planeado” y “espontáneo” como si la polarización fuera un accidente geográfico, suspendido en el tiempo, cuando en realidad “planeado” y “espontáneo” son categorías fluídas, que se cancelan mutuamente, o se retroalimentan. El error de Sarlo, en cambio, me resulta mucho más familiar porque lo cometimos aquí mil veces: consiste en seguir manteniendo una conversación ilusoria cuando hace rato que no existe, dirigiéndonos a un interlocutor que sólo quiere ganar o, en su defecto, conseguir a cualquier precio que la conversación no tenga lugar.

Como casi todo lo que nos importa, la polarización tiene lugar en el tiempo. Empieza y termina, aun cuando a menudo sea difícil determinar exactamente cuándo. Establece períodos históricos y también —mucho más importante— afecta nuestras relaciones con los demás, la historia de nuestras vidas, la sobremesa de ayer, los invitados a tu cumpleaños. Hay un cuento, una historia, muchas Historias de la Polarización (me resisto a escribir “relato” o “narrativa”) y casi todas las que conocemos terminan mal, porque las historias tienen esa tendencia a asignarle sentido a las cosas.

Aprovecho la oportunidad para enviar un saludo a todos los que me conocen. Ustedes saben bien qué es lo único que me importa.

Lo único que me importa es que la historia no termine mal.

Allá vamos.


“My sense is that ideology matters the most,
and by far, to totalitarian leaders,
upper cadres, middle bureaucrats,
and intellectual sympathizers.
It matters somewhat
but only intermittently
to the vast majority of people.”

George Kateb,
Patriotism and Other Mistakes

Lo primero que hace falta para que la historia no termine mal, es que termine. No está en mis manos, nunca pensé que lo estuviera, pero sí que me iba a aguantar hasta el final, yo que vi Molière de Arianne Mnouchkine sin levantarme a hacer pis. Pero se hizo larguísimo. Todos nos estamos aburriendo. (Aunque “me aburro” es también lo que dice mi hija de siete años cuando algo le da miedo.)

Soy una persona con serias limitaciones. No consigo convencer a mis amigos con convicciones políticas de que dichas convicciones son compatibles con un mínimo grado de honestidad y de curiosidad por el mundo, no consigo convencer a mis “enemigos” con convicciones políticas de que no lo son tanto, porque después de todo, a quién le importa, no es eso lo que nos define. En realidad, ahora que lo pienso, creo que en estos años no convencí a nadie de nada (tal vez porque mis convicciones son muy pocas y, en esta época, muy impopulares), ni arrear ningún debate hacia territorios más interesantes. O soy tarado, o la polarización es imbatible. O las dos cosas. O ninguna. Por otra parte tampoco vi que otros triunfaran donde nosotros fracasamos. Cuando leo las cosas que publicábamos hace cinco años me quiero pegar un tiro, no porque me avergüencen sino por todo lo contrario. Desalienta comprobar cuánto más elemental es lo que nos vemos obligados a escribir ahora. Escribíamos entonces sobre un colchón de sobreentendidos que añoro ahora aunque fueran falsos; extraño los días durante los cuales estaba siendo estafado, extraño mi propia ignorancia.

Pero aunque me haya llevado cinco años, por lo menos sé (comprobé empíricamente, tengo pruebas de) que esta conversación es una estafa. No perdí ni mi interés ni mi cariño por muchas de las personas que seguirán manteniéndola, y entiendo que perpetuarla puede ser la única opción de quienes tengan fichas invertidas en el casino de la política. Pero me parece que el precio a pagar es demasiado alto.

Ejemplo: Sarlo le concede a los ideólogos de Sauron que el descrédito por lo político comienza por destituir a las masas populares y sus imperfectas maneras para hacer pasar por buenas sólo las supuestas movilizaciones pastoriles. Más aun: lo celebra, asegurando que es una afirmación con la cual “no puede sino acordarse.”

Permítanme levantar tímidamente la mano. Sí se puede. Yo no estoy de acuerdo. Ese enunciado es un disparate. El descrédito por lo político no empieza ahí. No en Argentina, no en los últimos treinta años. El descrédito por lo político empieza cuando, ante la primera distracción, a fines de los ’80, el país se convierte en Deadwood y las mayorías (cuya suscripción a ideologías es, fue y será, como corresponde, inexistente) confirman que su vida depende de quién gane y quién pierda una disputa entre cuatreros. El descrédito por lo político sigue cuando el voto del ’89 invierte su signo y se establece como sentido común durante la década siguiente. El descrédito por lo político crece como la marea en el 2001, por razones obvias, y alcanza su punto más alto hasta hoy con el espectáculo actual, lamentable, de cientos de funcionarios y militantes oscurantistas que ocultan —apenas— su obediencia fanática y compensan —apenas— sus limitaciones intelectuales mediante un entusiasmo maníaco que atrae como un imán a otros tantos individuos con necesidades psicológicas insatisfechas y repele, también como un imán, a cualquier ser humano normal que tenga cierta vocación o interés por la cosa pública. Esto último es considerado, a menudo, una victoria.

Para terminar con las objeciones al artículo de Sarlo —porque al final parece haberme irritado, cuando en realidad me alegró el día—, tampoco es estrictamente cierto que una visión conspirativa sea siempre “la peor de las interpretaciones”. La excepción es, obviamente, cuando la conspiración existe.

Esto es algo que dice David Mamet. Así que, en algún sentido —por motivos que podrán apreciarse en la próxima entrega de The South Downs, el mes que viene—, también es algo que digo yo:

En la fantasía paramilitar, y más todavía en el thriller moderno (Terminator, The Matrix, The Bourne Identity), los problemas y peligros que enfrenta el protagonista existen solamente como contraste ante la inevitabilidad de su triunfo. Nos identificamos con él en nuestro más básico deseo infantil de seguridad y certidumbre: el deseo de no sentir, el de ser una máquina.

“The infant, denied the breast, is deprived and wants to kill the offending world,” dice Mamet.

Las analogías con Kirchner quedan para Fontevecchia, que siempre se entusiasma con el psicoanálisis remoto. No es eso lo que nos interesa ahora.

La polarización imperante, el clima de época, —vamos a mencionarlo una vez más para ir cerrando— nos convoca hoy, de nuevo, a una confrontación de proporciones épicas que sólo puede terminar bien si alguna de las máquinas merece la victoria. La insensibilidad de las partes en conflicto sugiere que no la merecen, y que cualquier victoria sería catastrófica. Pero no es un juicio que me corresponda hacer porque sé que, en cualquier caso, se trata de una confrontación que no me incluye. Ni a mí, ni a ningún adulto que haya intuido alguna vez la complejidad del mundo.

A la fantasía paramilitar, Mamet contrapone otro subgénero, las películas de policías, que en vez de apelar a la ilusión infantil de la anestesia emocional, indagan una confrontación más elaborada: la del adulto (joven) ante la sociedad.

El teenager no está en guerra con el mundo sino con sus padres. Como el policía solitario, el adolescente se retira o es expulsado temporalmente de la organización represiva. Pero después lo llaman para un último caso y, tratando de resolverlo, se ve obligado a resolver los motivos profundos del problema. Ese problema nunca es su propio comportamiento, ni siquiera el “crimen”, sino su relación con sus padres. Sus sentimientos son validados cuando descubre, inevitablemente, que el verdadero crimen reside en la corrupción de sus superiores, quienes han participado de su ejecución o de su encubrimiento.

Paciencia, que ya se entiende:

El problema queda expuesto en el último acto del drama de policías. El problema no es que el mal exista, sino que el héroe/espectador no tiene un mecanismo lo suficientemente desarrollado para enfrentarlo. El mundo no se arregla con el triunfo del protagonista, pero él sí, él es libre. ¿De qué? De la necesidad constante de servir conscientemente a un mecanismo represivo.

Uno, que está muy hecho mierda por Hollywood (lo confieso), soñaba con una historia en la cual se fundieran las transformaciones personales y colectivas. No hacía falta The Matrix. Pero qué se yo, Stand By Me, algo. Un picnic iniciático de algunos años, durante el cual viejos amigos crecían juntos, y solamente con eso el mundo ya era mejor.

No fue posible.

Después de un lustro probando todas las variantes posibles, compruebo que —al menos en este contexto— la idea de crecer en grupo es una quimera. Paradójicamente, entre otras cosas, porque los individuos, cada una de las personas que gobiernan o agitan, conspiran, militan, hablan, escriben, llaman a las radios, dejan comentarios en los blogs, sosteniendo esa visión altamente ideologizada de las cosas que se puso de moda hace unos años y se sigue intensificando a medida que todo se vuelve más pobre, más homogéneo, más peligroso y más ridículo —todos ellos— lo hacen porque carecen de mecanismos lo suficientemente desarrollados para enfrentar el mundo. Y no lo saben (si lo supieran, tal vez, sería distinto). No tiene que ver necesariamente con que sean malos, o —como dijo Schmidt varias veces— con que sean brutos, aunque por supuesto hay algunos muy malos y hay muchos muy brutos. Pero casi todos son niños en cuerpos adultos, abrazando la cruzada de la semana —Clarín, el “campo”, los goles secuestrados, todo lo que vendrá después—como su fix de anestesia, ansiosos por evadir fantasmas individuales y, de paso, negar la idea de que, en última instancia, ninguno de nosotros sabe qué es lo mejor para todos.

El modelo, cuya “profundización” me jactaré de no haber visto, es regresivo. El kirchnerismo, como toda organización mafiosa, jerárquica, verticalista, necesita y exige la obediencia ciega de miembros y aliados, cuya reputación depende, a su vez, de su grado de lealtad. El grado de lealtad se mide, entre otras cosas, por el desempeño de estos individuos en las discusiones que mantienen con uno. Ya está, cagaste. No hay forma de encontrarle la vuelta. Nunca van a conversar con vos. Aunque quisieran hacerlo. Todos somos conscientes de este problema, cuya sola mención destruye toda posibilidad de intercambio. Blanquearlo es una declaración de guerra (i.e. Quintín); ignorar su existencia te condena a perder tu vida en infinitas discusiones simuladas, en las cuales nadie aprende nada porque sólo una parte escucha lo que dicen las dos (i.e. Sarlo, Gargarella). El tiempo pasa y después te morís.

No va a ser siempre así. Pero hoy, y por lo menos por unos cuantos años más, nuestra única opción para crecer es crecer solos, de una manera que evoca tristemente el drama de policías según Mamet.

La antipolítica quiere nuestros cuerpos, la política nuestras almas. Huímos para conservarlas, después de haber cumplido en denunciar la situación como insostenible. El final es agridulce, pero es mejor que nada, y ya estamos grandes para seguir creyendo que el comisario es bueno.

Una vez más, se puede escapar a los efectos destructivos del clima de época. De este modo:

Gracias a todos.

Nos vemos en veinte años.


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