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Amerika

6 11 2004 - 14:34

1.

Leyendo la última novela de Philip Roth, The Plot Against America, uno no puede dejar de sentir un alivio por aquellas cosas que pudieron haber pasado y no pasaron, y un agradecimiento a millones de héroes anónimos que en algún momento evitaron que todo se fuera de madres.

En The Plot Against America, Roosevelt no es Presidente en 1941. Un año antes ha perdido las elecciones ante Charles Lindbergh, que se decide por la no intervención en el “conflicto europeo,” comulga con la idea bastante difundida entonces de que Alemania debe lidiar por su cuenta con “la cuestión judía,” y embarca a los Estados Unidos en la aventura antisemita.

Lejos del género histórico y de las analogías estúpidas, es lo que Coetzee, en el último numero de la New York Review of Books, denomina “a dystopian novel, though an unusual one, since the dystopian novel is usually set in the future, a future toward which the present seems to be tending.” (*)

Uno de los problemas técnicos más interesantes que plantea la narración de un “dystopian past” es el de la verosimilitud, más aun cuando Roth decide encajar su relato en medio de la historia, aquella que, más o menos, realmente sucedió. The Plot es una buena novela –no la mejor de Roth—pero uno de sus mayores logros es la intervención quirúrgica a la que somete a la historia –Estados Unidos frente al surgimiento del nazismo—para insertarle un tejido extraño –el ascenso de Lindbergh y la simpatía americana con el nazismo—que no produce ningún rechazo en el organismo.

Una de las ayudas que obtiene Roth es la posibilidad que siempre existió de preguntarse: “¿Y por qué no? ¿Por qué damos por descontado que Estados Unidos se iba a convertir en el reservorio militar de occidente que libraría a Europa del nazismo? ¿Qué chances había de que, en cambio, Estados Unidos hubiera optado por sacarse de encima los corsets de la democracia y la libertad y embarcarse en cambio en la aventura del totalitarismo?”

Chances había, hace apenas sesenta años. La economía salía de la Depresión no sin costos. El relato de Roth: “My mother –who’d wantd to go to teacher’s college but couldn’t because of the expense, who’d lived at home working as an office secretary after finishing high school, who’d kept us from feeling poor during the worst of the Depression by budgeting the earnings my father turned to her each Friday…”

Chivos expiatorios, búsquedas desesperadas de algún portador del virus que había hundido a América, aún seguía habiendo, y mucho. Focus, la primera novela de Arthur Miller, es de una inquietante naturalidad a la hora de pintar Brooklyn no como el “melting pot” que se estaba regenerando en el ’40, sino como el nido de las bandas fascistas avivadas con la llegada de nuevos inmigrantes judíos y que en esa época fueron muy populares en los Estados Unidos.

Las formas que Roosevelt encontró para lidiar con ese material combustible fueron variadas, pero siempre limitando todo lo posible el ingreso de judíos a Estados Unidos. Me acuerdo, durante una hermosa vacación en diciembre de 2000 en la República Dominicana, de haber recalado una semana en Sosúa, un pueblo inexistente al norte de la isla con una inesperada sinagoga en una de sus calles laterales. En el Conferencia de Evian del ’38, temeroso de la ola de inmigrantes que empezaba a cruzar el oceáno, Rooesevelt había convencido a Trujillo –una oferta que no pudo rechazar, y una de las tantas que le sirvió para perpetuar una de las dictaduras más memorables de la región—de que pusiera algo de su isla para crear un asentamiento para entre 50 y 100 mil judios que se venían. Casi literalmente, Trujillo agarró Sosúa, un pedazo de tierra que él le había vendido a la United Fruit Company, y se la dio a Roosevelt a condición de que sus nuevos habitantes –que nunca llegarían a superar unos pocos miles—se dedicaran a la agricultura. Y algún otro favor. Los tipos, llegados del campo de Polonia o las ciudades de Alemania, hicieron lo que pudieron para sobrevivir en aquel pedazo del Caribe. Para la administración Roosevelt, fue una ecuación mejor que tratar de absorber a los nuevos habitantes en el extenso y castigado territorio americano.

Coetzee, en su nota sobre The Plot, recuerda:

Lindbergh “gave voice to a native anti-Semitism with a long pre-history in Catholic and Protestant Christianity, fostered in numbers of European immigrant communities, and drawing strength from the anti-black bigotry with which it was, by the irrational logic of racism, entwined (of all the “historic undesirables” in America, says roth, the Blacks and the Jews could not be more unalike).

Neu York, la obsesión cartográfica de Melissa Gould para reconstruir una ciudad repensada bajo el nazismo, que hemos reproducido en estas páginas, es un homenaje siniestro a aquel clima de época.

Roosevelt ganó sin sobresaltos las elecciones del ’40 con unos 27 millones de votos, un montón para su tercer mandato. Y aunque el Partido Republicano superó el 40 por ciento, su candidato de entonces, Wendell Willkie, era un internacionalista convencido que luego apoyaría la “campaña americana” en el exterior.

Aunque a fines del ’30 el antisemitismo se había extendido con alguna generosidad en los Estados Unidos, el New Deal estaba lejos de ser reverenciado por cualquiera que pague impuestos o reciba el welfare, no faltaban en la elite quienes miraban el ascenso de Hitler con menos horror que el que prescribe la historia –notoriamente el abuelo de George W. Bush y el padre de JFK—y la crisis económica avivaba las necesidades casi escatológicas del ciudadano común, algo mantuvo al sistema político americano blindado frente a la experiencia del nazismo, o de la forma que el totalitarismo hubiera tomado en su versión exportada.

Ese algo combina un entretejido infinito de decisiones individuales, que sin duda lo involucran a Roosevelt y probablemente a Willkie, pero sobre todo a votantes de Kansas y Texas y Kentucky y Nueva York y Los Angeles y Minnesota, farmers que vivían con lo puesto y tenían todo para convertirse en una máquina de odio, obreros que habían dejado de serlo y eran caldo de cultivo ideal para votar con la terquedad del que dice estar harto de algo y en verdad se está hundiendo en lo mismo.

Los motivos por los que America no perdió el rumbo probablemente sean infinitos, pero el coraje cívico es, al menos post-facto, un componente presente o una construcción simbólica derivada de todos ellos. Quienes en aquel momento hicieron lo correcto, hicieron mucho más que salvar su mundo.

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(*) [Nota de Raffo: “Dystopian past”, dice Coetzee, porque en su conspicuo círculo se lee (razonablemente) poca ciencia- ficción. En ámbitos más pulp, sin embargo, el subgénero tiene nombre desde la década del ’60 —la nueva novela de Roth es una ucronía, un emprendimiento literario que especula sobre mundos alternativos en los cuales los hechos históricos se desarrollaron de diferente forma de como los conocemos. Ahora que me fijo, en realidad, el término data del sigo XIX.Si hay que creerle a la Net, Charles Rounivier: “así como utopía es lo que no existe en ningún lugar, ucronía es lo que no existe en ningún tiempo”. ]

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2.

Seguro que lo que pasó acá el martes no es lo mismo. Lo que nos tiene a todos obsesionados, en verdad, es tratar de saber si no está pasando exactamente lo contrario, y no queremos esperar hasta que el heredero de Philip Roth venga a contarlo dentro de cincuenta años.

Es la hora 6:25 del jueves, y nada parece haber cambiado. Ya abrieron los dos deli a los que suelen ir los laburantes por su café –los otros no abren hasta las 10—; hay música en la radio y el anuncio de que se acaba el otoño y se viene un frío de la hostia; la tienda de los chinos que todas las mañanas ingresa animales de granja vivos sigue tirando el olor nauseabundo de siempre; acaba de pasar el colectivo por la puerta de casa.

Es difícil detectar cuándo las cosas han perdido su rumbo. Sólo el oído absoluto lo hace en tiempo real. “What´s astonishing is the way Roth puts together the stories of the shaken Jewish family and an America that can´t see what´s happening to it, that isn´t shaken enough. ‘They live in a dream,’ Philip Roth’s father says, ‘and we live in a nightmare’,” dice Michael Wood en The London Review of Books.

Todo parece estar igual. La ingenuidad americana sobre la que suelen montarse las valiosas pero estúpidas pasiones por los zapatistas mexicanos, las madres de plaza de mayo o los campesinos salvadoreños, imagina que los países entran al totalitarismo con trompetas y cañones, sangre en todas las calles de la ciudad, música de Wagner y un líder al frente. La realidad es que para millones de argentinos, la mañana del 24 de marzo del 76 fue igual a la que vivimos en Brooklyn hoy. Salvo para los que se han convertido en un blanco móvil, la vida puede seguir mas o menos su curso. Si no un oído absoluto, hay al menos un ojo latinoamericano para mirar lo que pocos pueden ver.

El gobierno de Bush puede ser simplemente un desvío de la historia. Un desarreglo que se enmienda más tarde como por arte de magia, como en The Plot: un día de 1942, Lindbergh se sube a un avión y no vuelve más. Roosevelt es electo presidente, los dos años de ficción suturan en ese punto con la historia real, y los Estados Unidos –y el mundo—retoman su normalidad.

Puede también que sea una turbulencia pasajera a-la-Nixon, cuya reelección sólo agrandó el pozo en el que se hundiría unos años más tarde.

Sin embargo, algunos datos muestran que lo que está pasando no tiene nada que ver con todo aquello. Bush ingresa a su segundo mandato después de haber forzado todas las instituciones para obtener el primero. En los cuatro años que le quedan tendrá un control total del Poder Ejecutivo al que llegó de forma confusa en el 2000. También manejará la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores; la primera tras de un rediseño de las secciones electorales hecho a su antojo; cuando el gobierno de La Rioja intentó una modesta versión de este truco se armó un revuelo nacional que yo cubrí con exageración y esmero, revuelo que obligó a dar marcha atrás con la iniciativa (y estoy hablando de La Rioja, en la Argentina de Menem). También seguirá en control de la Corte Suprema de Justicia que le ofrendó su primer mandato. Si se producen las dos o tres cambios previstos para los próximos cuatro años, la mayoría automática de la Corte puede tener seis o siete miembros adictos al gobierno (la ironía en este caso será que el cambio más importante y con mayor impacto sobre las instituciones democráticas será el único que Bush ejecutará en arreglo pleno a la ley y el derecho).

El control monolítico de los tres poderes no habla de la democracia en su mejor performance. Sobre eso, hay que agregar que Bush y la alianza conservadora en la que se apoya tienen también el control de varios otros resortes que constituyen el famoso poder de facto; las fuerzas armadas, los sectores económicos más relevantes, la iglesia en sus distintas formas, los medios en sus peores versiones.

Como complemento, un andamiaje político electoral que si alguna vez fue democrático, seguro que no lo es hoy. El colegio electoral, la elección de representantes por Estado y el sistema de distritos uninominales son una garantía de perpetuidad del status quo. Todo sistema tiene mecanismos que inhiben cambios a su funcionamiento; el problema llega cuando el fundamento básico del sistema parece ser su propia perpetuación.

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3.

Si esto fuera así, estamos ante una posibilidad cierta de que este país haya perdido el rumbo, lo cual puede derivar muy fácilmente en que el resto del mundo lo pierda con él. Algún amigo me dice, sin la más mínima alegría, que este es el fin del imperio: “Para la Unión Soviética, Afganistán fue el comienzo del fin; los tipos se dieron cuenta y eso les permitió que el imperio se disolviera de la forma más pacífica y menos traumática que jamás nadie hubiera imaginado. Acá, Irak es el comienzo del fin; los americanos tenían una oportunidad de revertirlo o encaminarlo, pero acaban de desperdiciarla.”

No lo sé. Si hay un comienzo del fin, si hay un comienzo de la historia, está en junio de 1998, “the summer of sanctimony” en la excelente caracterización de The Human Stain, para seguirla con Roth, después de que el comunismo dejara de ser una amenaza y antes de que el terrorismo empezara a ser una tragedia, cuando este país se empantanó en discutir si Bill Clinton había tenido sexo o no con una pasante, y si eso no ponía en duda su capacidad para terminar en paz una de las mejores presidencias de la historia de los Estados Unidos.

El comienzo de la tragedia no fue que la cruzada incluyera a un fiscal impresentable, muchas de las iglesias, algunos medios, los conservadores de las zonas rurales; “the vast right-wing conspiracy” en palabras de Hillary. El problema fue que los diarios modernos y cosmpolitas y urbanos y liberales se apasionaron con igual fuerza con el tema; el problema fue el Partido Demócrata, su candidato a presidente, sus asesores y su jefe de campaña, todos ellos de ciudades, amantes de la informática e inventores de Internet, que creyeron que algo había allí, que fueron incapaces de denunciar lo obvio de una cruzada ideológica con tufillos de golpe de Estado y que pagaron con la pérdida de la elección presidencial. Sería muy bueno seguir pensando que el problema de este país es la ciudad versus el campo, la costa versus el interior, pero eso es como ver un mapa sin poder entenderlo.

El impeachment a Clinton repuso a la moral en el centro de la política, y con ella la religión y los “moral values” de los que tanto se habló en esta elección. La segunda guerra mundial primero y guerra fría después habían politizado la vida americana a su más alto nivel. La libertad, el rol del Estado, las políticas sociales y las instituciones democráticas estaban muy por encima de cualquier otra idea de Dios a la hora de saber qué hacer, a quién votar. La lucha por los derechos civiles y los movimientos contra la guerra de Vietnam son en buena parte tributarios de ese clima. Aun con todas sus contraindicaciones, la secularización de la vida pública vivió quizás su ritmo más acelerado.

El verano del ’98 fue el comienzo de la contraofensiva. La elección del 2000 fue la cristalización de una alianza conservadora y su articulación en lo más parecido a un golpe de Estado que las instituciones de este país pueden soportar hasta este momento. Con todo, hizo falta un candidato mediocre e incapaz de hacer esta misma lectura, un partido timorato que creyó el retorno de la moral no era el campo de disputa en sí, un candidato alternativo que básicamente se dedicó a sacar la mínima cantidad de votos necesarios para cagar a Gore, un grupo de viejos judíos medio ciegos que votaron por error a un candidato antisemita, un bote que se hundió en el medio del Caribe dejando a un huérfano cubano en las costas de Miami, todo eso sumado a la decisión de la alianza conservadora de arrasar, para manotear la presidencia. Todo eso no impidió que los demócratas ganaran la elección, que 50.996.582 votaran a Gore –mas todos los que no pudieron efectivizarlo—, que todas las ciudades grandes se volcaran en masa por Gore, que en medio de ese clima opresivo, el 37 por ciento de los votantes de Kansas votaran a Gore, que el 38 por ciento de los de Oklahoma votaran al partido que había llevado al país a una crisis moral, que el 40 por ciento de los de Mississippi o el 45 por ciento de los de Lousiana le dieran la espalda a la avanzada más grande del Partido Republicano en años; una convicción casi tan heroica como la de aquellos que en el ’40 mantuvieron a America on track.

Sería interesante tomar la media verdad sobre la progresividad de ciudad y las costas para hacer la ya repetitiva proclama de la modernidad versus el campo, la secesión de Nueva York y California y otros gestos de hartazgo que uno ha escuchado o acompañado en los últimos días. Finalmente, en mi barrio, los demócratas sacaron el 89 por ciento, y en mi ciudad el 79 por ciento. Lo que en principio suena como un dato pragmático pronto toma el tufillo de una actitud snob, y no tarda en convertirse en un acto de irresponsabilidad política, una castración pública revestida de renunciamiento histórico.

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4.

La elección que acaba de perder el Partido Demócrata tiene a sus principales responsables en la dirigencia de las costas, no en los votantes del campo. Sin mencionar que Florida y Ohio resisten la descripción de un paisaje rural a-la-Familia Ingalls, no tengo dudas de que la campaña en estos estados careció de los cojones necesarios para ganar.

Ejemplo: Convención Demócrata en Boston, Julio pasado. Lo que sucede ahí es tanto más rico y distinto que lo que uno ve en los medios que resulta difícil acoplar la imagen esterilizada y neutra que muestra la televisión con el calor de las discusiones que miles de delegados y dirigentes partidarios tienen a lo largo de días enteros. De todas esas discusiones, rescato una, que un amigo me cuenta entre el espanto y el espanto: una chica, delegada de Ohio, cuenta que una cadena de televisión la había contactado tiempo atrás. Hacían esas “features” o “personal stories” de los delegados para pasar durante los días de la Convención y la habían elegido a ella como uno de los personajes. Ella era, en su zona, relativamente conocida por su posición en favor de un mayor control en el uso de armas de fuego, uno de los temas de campaña. El National Committee del Partido Demócrata se entera que la cadena incluye a esta chica en sus features. Se contacta con ella. Le dicen que todo bien, pero que no diga nada de gun control. Ella dice que no puede hacer eso. Ellos insisten. Ella resiste. El Partido Demócrata contacta a la cadena televisiva. Presiona. La cadena televisiva, finalmente, excluye a la chica de su cobertura.

Meses después, esos mismos que pasarson horas llamando por teléfono y presionando dirigentes y depurando al partido de toda idea, se sientan frente al televisor en el comando central de campaña, ven cómo el Partido pierde Ohio y con ello la elección, mascullan su bronca y se refugian en la queja de que si los votantes de Kansas fueran neoyorquinos otro gallo cantaría.

El pogrom ideológico autoinflingido por el Partido Demócrata va desde empobrecer las palabras de su candidato a presidente hasta los últimos vasos capilares de la vida pública. Nada que tenga sentido, que sea controversial, puede ser enunciado en nombre del Partido. Quienes ejercen esta censura no son del campo, quienes licuaron al partido de interés no son de Ohio. Son de Massachussets, de California. De Nueva York.

En los pocos lugares en los que la buena fortuna o el fuerte liderazgo local liberó a la gente de la deliberada vacuidad ejercida por los demócratas, las cosas fueron distintas. Quizás no sea una casualidad que las dos únicas bancas que los demócratas le arrebataron a los republicanos en el senado (sin contar las que retuvieron) sean las ganadas por un negro (Barak Obama, un animal de la política, 70 por ciento de los votos en Illinois) y uno que si no es lo mejor del partido al menos puede argumentar en público con convicción, sea sobre el control de armas o a favor del aborto (Ken Salazar, 51 por ciento en Colorado), gente que tenía algo para decir y lo dijo. Si hubiera habido en Ohio alguien con la fuerza de Obama, capaz de resistir las tendencias mas castrantes provenientes de la costa, otro hubiera sido el resultado. Si John Kerry from Massachussets hubiera sido el que fue hace treinta años a la hora de hablar de la economía de este país y la guerra de Irak, hoy todavía estaríamos tratando de reponernos de la saturnalia del triunfo.

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5.

No hay que estudiar mucho para saber que la mirada de uno tiene un efecto performativo sobre el otro. Vemos lo que queremos ver, y asi le damos forma a nuestro mundo. Ese el exacto punto en el que la evocación secesionista de escindir las costas deja de ser snob y pasa a ser criminal.

A diferencia de Bush, tanto Kerry como su jefe de campaña y sus equipos vieron un electorado tímido, incapaz de asumir un desafío, y lo obtuvieron.

El primer paso para lograrlo fue transformar a Kerry de lo que era en un candidato mediocre. Muchas veces comparamos a Kerry con la experiencia de Bordón o De la Rúa en la Argentina. Las cosas son un poco distintas (y peores). La historia dejó a Bordón y a De la Rúa al frente de movimientos de cambio más o menos progresistas y desafiantes, en contraste con el background más bien conservador y amesetado de ambos. Los dos hicieron lo que pudieron para calzarse el traje progre-ma-non-troppo que el sastre Chacho Alvarez les diseñó. El resultado fue campañas anodinas y discursos destilados que prometían más de lo mismo aunque un poco distinto aunque no tan distinto aunque suficientemente distinto como para que me voten.

Kerry llegó al mismo resultado, pero por el camino contrario. Su background no sólo es de lucidez y compromiso, sino de un coraje político de esos que pusieron una bisagra en la historia. Pocos se ponen en contra del Ejército al que pertenecen y con el que ha estado en el frente, en contra de buena parte la sociedad que lo ha investido con el título de soldado, para decirles con la lucidez del caso que la guerra de liberación es en verdad un genocidio. Pocos lo hacen con la efectividad que lo hizo Kerry. Casi nadie lo hace teniendo apenas 27 años.

El Kerry de la campaña del 2004 fue completamente distinto. La América que lo rodea, probablemente también. El modelo 2004 llegó a insistir en los debates presidenciales con que Estados Unidos debía cooperar más con el resto del mundo en la lucha contra el terrorismo para explicar que, de todos modos, su país no iba a consultar con nadie a la hora de defender su seguridad en cualquier lugar del mundo. En el hueco de sentido de ambas afirmaciones desapareció el Kerry que hubiera ganado las elecciones. El milagro es que más de 50 millones de personas hayan decidido votarlo de todos modos. Decir que Estados Unidos no sólo debe consensuar su seguridad con el resto de los países del mundo porque es lo correcto, sino porque esa será su política de seguridad más eficaz, no hubiera sido tan difícil. Hay toda una iconografía desde la Segunda Guerra Mundial para sostener el argumento.

El modelo 2004 fue mucho más claro para hablar de la economía, de que el recorte de impuestos favorece al 1 por ciento más rico y que los nuevos puestos de trabajo son 9 mil dólares más baratos que los viejos. Con todo, Kerry se encargó de evitar que esa descripción se transformara en una denuncia, en un grito de alerta, en la descripción de un futuro sombrío. La miopía y docilidad con la que el partido hizo campaña en los estados donde se votó la enmienda para prohibir los casamientos homosexuales fue mayúscula. Si en lugar de acusar a Cheney por tener una hija lesbiana, Kerry hubiera encabezado una contraofensiva promoviendo otras enmiendas que pusieran los temas de la agenda política por encima de los de la vida privada (la seguridad social, la defensa de los servicios públicos, el endeudamiento del estado federal, la defensa de los recursos no renovables), pues hoy tendríamos a cuatro millones de evangélicos quejándose porque su esfuerzo no alcanzó. En cambio, Kerry decidió hablar de economía trasegando los lugares comunes sobre la invulnerabilidad de America, sobre todo lo que America aun tiene para darle al mundo, sobre cómo se recuperó siempre. Si siempre se recuperó, si sigue siendo tan invulnerable, si aun tiene tanto para darlo, pues sencillamente las cosas no estarán tan mal como el candidato las describe, ¿no?

Kerry, uno de los tipos más valiosos de su generación, fue el encargado de digerir la impronta de Howard Dean y transformarla en un mandato inoloro. Anduvo incómodo con sus dientes y su cuerpo grandote, se preocupó por mostrar todo lo inocuo que sería como mejor argumento para arrimar votos. Se convirtió en un candidato mediocre al frente de una campaña más mediocre aún.

Limado el candidato de toda aspereza, el otro paso fue disciplinar al partido. Aquella anécdota de Ohio es la mejor síntesis. Asi las cosas, sólo quedaba como tarea constituir un electorado a medida.

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6.

Verdad de Perogrullo; Estados Unidos es un país grande, diverso y complejo. Después de ver los resultados de la elección, de prestarle un poco más de atención a este país, de ver a los delegados de la Convención Republicana convertirse en energúmenos nazionalistas al mando de Schwartzenegger, no hace falta abundar en que este país bien puede estar al borde de un abismo fascistoide.

Cambios demográficos, migratorios, económicos y generacionales hicieron más compleja la base electoral, más inasible para los demócratas en algunas regiones, lo que torna a los resultados del martes tanto en una confirmación de los peores temores como en la base para una lectura distinta, sino esperanzada. La verdad es que los Demócratas no se imponen en algunos de los estados más rurales del país desde fines del ’70, a menos que reciban la extraordinaria ayuda de Ross Perot, el candidato capturó un porcentaje de votos de derecha en 1992 y 1996 y le abrió las puertas de la presidencia al partido demócrata. No es un dato menor: Kerry perdió Ohio con el 48 por ciento de los votos, Clinton lo ganó en el ‘92 con el 40; Kerry perdió la remota Montana con el 38 por ciento, Clinton se la quedó con el 37; Kerry salió derrotado de Colorado con el 46 por ciento, Clinton triunfó con el 40. En los últimos 40 años, sólo dos demócratas obtuvieron un porcentaje de votos mayor que el 48.02 de Kerry: Clinton en 1996 (49.24), Johnson en 1964 (49.5).

Sólo la convicción demócrata de que Kerry y su partido no tienen más que ofrecer puede transformar la lectura de estos datos en una derrota irremontable. America está dividida y “el campo” tiene un contraste marcado con “las ciudades”, pero sólo la convicción against the facts de que el Partido Demócrata tiene sus únicas patas alrededor de California y Nueva York puede transformar al interior de los Estados Unidos en un territorio inexpugnable.

Esos son sólo los datos duros. Hay otros elementos más especulativos, pero no menos relevantes. La sociedad norteamericana se ha movilizado como en sus mejores momentos. Las protestas contra la guerra de Irak fueron generosas y masivas y la red de sentidos asociada es incluso más sofisticada que el pacifismo antinorteamericano que tiñó buena parte de Europa. No es casualidad que una de las ONGs que mayor protagonismo tuvo durante las protestas fue MoveOn, la misma que jugó un rol clave en movilizar nuevos votantes, la misma que surgió hace ya seis años, precisamente durante “the summer of sanctimony”, como la respuesta de hartazgo ante el impeachment contra Clinton. El rissorgimento de otras como ACORN, la presión para mejorar la tecnología de los sistemas de votación, el mayor control sobre los aparatos políticos locales y los niveles de participación cercanos al 60 por ciento (algo más o menos inclusivo) también son derivados de la última elección, que completan un panorama más variopinto.

Más de treinta años atrás, fueron las movilizaciones antibélicas de este mismo país las que pusieron fin a la guerra de Vietnam (asumiendo que el triunfo del Vietcong es una función derivada de la cantidad de napalm que los norteamericanos no arrojaron, y que ésto es a su vez una función derivada de la presión que ejerció la opinión pública mundial, empezando por la propia). Cualquiera con más de diez años de edad que haya vivido en Argentina puede dar cuenta de cómo el poder estatal se torna omnímodo con una guerra, aun si está representado por un dictador borracho y su guerra es de una significancia geográfica e ideológicamente lateral. Cualquiera puede atestiguar lo fácil que parece haber constituído una multitud de fanáticos. Cualquiera se da cuenta de lo difícil que es organizar cualquier cosa parecida a una resistencia.

La percepción de que en este país no ha pasado nada, que todo ha sido de una anodina sumisión a la ley del dinero, desconoce unos cuantos miles de muertos, luchas obreras, viñas de ira y luchas por los derechos civiles para obtener derechos que en otros países existían desde hace tiempo.

El horror de la intelligentzia de la vieja Europa ante la reelección de Bush no es menos vergonzoso. Nadie que esté leyendo esto necesita ser convencido de que la perpetuación de Menem por una década, la de Aznar o la de Berlusconi (por tiempo indefinido) no son pecados menores comparados al americano. Nadie necesita ser convencido de que Francia, la reserva moral de Occidente, está liderada por un fascistoide que aun reflexiona con su sociedad sobre la conveniencia o no de pedir perdón por la guerra de Argelia, un proceso represivo que costó entre un millón y un millón y medio de víctimas, más que todas las víctimas provocadas por ejército norteamericano desde la Segunda Guerra Mundial para acá combinadas.

La singularidad americana, en todo caso, se posa sobre dos patas.

Una es la desproporcionada cuota de poder que queda en manos de la gorda de Ohio, el farmer de Wisconsin y el desocupado de Florida. A ellos se le delega el poder de decidir para dónde irá el mundo; de momento, nada indica que el desocupado de La Matanza, la gorda de San Isidro o el empleado público de La Rioja hubieran elegido mejor. La única razón por la que el voto compulsivo a Menem durante diez años o a Berlusconi durante varios no es tan peligroso para el planeta es porque la capacidad de daño de estos países es sustancialmente menor. Lo que distingue a las opciones escogidas en Estados Unidos y en otras partes del mundo no es la madurez de los gobernados sino el poder de fuego de los gobernantes.

La otra es la cuota extra de sometimiento que sufre el votante americano, respecto de cualquier otro ciudadano del mundo. Nun, José Nun, insiste últimamente con que la democracia no puede seguir evaluándose por la existencia de opciones, sino por el proceso en el que esas opciones se constituyen. No es una novedad, pero ayuda a detenerse en el doble carácter del electorado como sujeto y objeto de la política. Y viene a cuento de que el proceso de constitución de opciones políticas en los Estados Unidos carga con todas las asimetrías derivadas del poder en juego. Para “votar bien”, el elector norteamericano tiene que sobreponerse al hecho de que es parte de la primera potencia del mundo, está en guerra y su bienestar y su paz están siendo amenazadas por una horda de fanáticos cuyo único propósito es hacerles la vida imposible. Luego tiene que sobreponerse al aturdimiento de los medios de comunicación, las décadas de una vida sin sobresaltos ni demasiado sentido, los siglos de una iglesia con una presencia formidable, la obsesión con el dinero, la vida convertida en un medio y la desaparición de todo deseo verdaderamente trascendente, los años de trabajo de los aparatos de inteligencia y control político más sofisticados y extendidos de la tierra. Si después de todo eso, un 48.02 por ciento de la gente logra votar contra el comandante en jefe de las fuerzas armadas y a favor de un candidato que no se convence ni a sí mismo pero al menos insinúa lo que querría decir, el voto de esta pobre gente debería valer doble.

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7.

Si The Plot Against America es efectivo como relato, obedece en parte a que asumimos como un dato la enorme fragilidad de la política (o en la versión de Martín Plot: la democracia es el único sistema que sume la indeterminación como parte constitutiva de sí misma). Las cosas pueden irse de las manos por un desajuste imperceptible, pueden retomar su senda como de milagro. Las acciones humanas son, al fin y al cabo, las que influyen en el Destino.

Estados Unidos puede estar encaminándose hacia un nuevo modelo de fascismo, más brutal y sutil a un mismo tiempo. Una alianza de medios, corporaciones, ejércitos, instituciones y logias que parece la profecía realizada de cualquier paranoico (y en política, el problema con los paranoicos es la cantidad enorme de veces que tienen razón). Los cuatro años que vienen son de terror, y parece difícil introducir el optimismo iluminista que nos caracteriza a sólo unos días de haber confirmado nuestras peores pesadillas. El snobismo de la secesión urbana es la otra cara de creer en el fin indefectible de la democracia.

Y sin embargo, también es cierto que dar eso por hecho es casi tan estúpido como echarle la culpa a los votantes de Arkansas. Las cosas no van a ser fáciles para un gobierno que tiene por delante una guerra que no sabe cómo resolver y una economía cuyas transformaciones tendrán impactos impredecibles. El Partido Demócrata ya ha demostrado cuán distinto es al Republicano, casi a pesar suyo. Desde hace una semana, se mueve dentro de un campo cultural galvanizado en la pelea contra el fascismo y la cruzada pre-secular. Me imagino que más de uno estará pensando en cómo recuperar la capacidad de decirle a los votantes de Ohio que la economía de este país va a terminar como la de Argentina si no hacen algo antes. Me imagino que más de uno estará pensando en cómo ganar Florida antes de cómo separar a Illinois. Hay al menos una docena de dirigentes con una capacidad de argumentación pública y un núcleo de convicciones básicas, una cantidad que uno no detecta tan fácilmente en Buenos Aires después de leer el Clarín. Hay una cantidad inédita de organizaciones de la sociedad civil que están haciendo un curso acelerado, a las piñas, sobre cómo construir poder político. Hay mucha gente con mucha bronca, sacados, dispuestos a la entrega personal.

Eso, sumado a que en Carrol Gardens sacamos el 89 por ciento de los votos, me alcanza para quedarme acá, con mucho más interés y pasión que temor y desazón. Como diría Bush, Dios dirá.


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