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JLB

14 09 2009 - 02:48

A dos días de haber cumplido 45 años, es decir el lunes 24 de agosto de 2009, me encontraba yo esperando la combi trucha que me llevaría a la escuela agraria de Abasto en calidad de profesor integrante de una mesa de producción vegetal. Hay que tomar lo que viene, me dije, no queda otra que enfrentar las mañanas que se presentan infernales. No dramatizo, si tenemos en cuenta que ese vehículo de transporte que estaba obligado a tomar porque por largas horas no hay otro es una lata agujereada sobre cuatro rueditas de karting, la precariedad es un dato evidente, además eran las ocho y diez de la mañana y ya estaba llegando tarde. Pasados los 40 cualquier ciudadano tipo de clase media o clase media baja posee auto, aunque sea un cascajito y normalmente los domingos lo lava, en este sentido, como quizá en otros, soy lo que se dice un bicho raro, sigo a pata y me topo con los inconvenientes del que viaja en transporte público. La parada de la combi en cuestión está en las puertas del Hospicio de Melchor Romero, algunos pacientes andan por la vereda donde hay un kiosco de revistas, uno de ellos, harapiento como los demás, con una expresión especial de ingravidez total, se me acercó y me dijo: así que hoy cumple 110 años Jorge Luis.

Subí a la combi entre los últimos y viajé parado, en realidad encorvado, porque un tipo que mida más de un metro y medio tiene que inclinarse sí o sí. En el asiento en cuyo respaldo me apoyaba iba un peón de las quintas de la zona con un pie vendado, con manchas de sangre en la venda, en el amontonamiento una mujer amamantando un crío de parada acababa de pisarlo. Ahhh, exclamaba el hombre con expresión de dolor insoportable. Un tipo de treinta y pico de años con facha de maleante le cedió el asiento a la madraza. El crío chupaba el pezón con formidable apetito. No cabe duda que hay que tomar lo que viene, me volví a repetir.

En ese envase de lata viajábamos unas 15 personas escuchando cumbia y oyendo cantar al acompañante del chofer, el que cobra, éramos 15 cuando a lo sumo pueden entrar 10. Por suerte el trayecto a la escuela se hace en 12 minutos, no es largo, en el minuto ocho, más o menos, nos cruzamos con un camión enorme que sacudió de manera peligrosa al vehículo desvencijado, sobrevivimos a esta turbulencia pero quizá no a la próxima, pensé, por lo tanto los cuatro minutos siguientes fui mirando desesperado al frente rogando que no viniera otro camión. Cruzamos otro pero no tan grande, débil perturbación, como si le pegaran una cachetada pequeña, amistosa, la combi trucha apenas se bandeó. Baje de esa lata suicida contento de no haber perecido. A 110 años del nacimiento de Jorge Luis.

Seis horas después estaba volviendo hacia Melchor Romero en un bondi de la línea Oeste, en el único que llega y que lleva a los chicos de vuelta a su casa. Para mí el aula continúa dentro del bondi hasta que me bajo en la siguiente escuela. De nuevo en otra aula. A las tres de la tarde del lunes pasado la temperatura rondaba los 22 o 23 grados, cuando entré al aula de la escuela Técnica, la estufa estaba prendida. Para que los chicos no la desintegren dicha estufa se encuentra en el interior de una celda de hierro armada para protegerla, creo que permanece prendida durante todo el invierno, independientemente de la temperatura ambiente, ya que la escuela funciona en tres turnos: mañana, tarde, noche. Le pregunté a la preceptora, che, no se podrá apagar o bajar la estufa, esto es un horno a leña y ella me confirmó lo que yo pensaba, además el tiempo cambia y en un rato refresca, agregó. Abrimos las ventanas y la puerta soñando con corrientes de aire patagónico y le metimos con la clase que es de 120 minutos corridos.

En este punto hay que aclarar que muchos de los alumnos, quizá la mitad o más, la única comida del día que realizan es la que hacen en la escuela, igual tratan de concentrarse como los otros aunque estén en desventaja.

Un minuto barría a otro y el tiempo pasaba lentamente. El calor constantemente presionando, en un momento sentí un chorro que me bajaba de la base del cerebro hacia la nariz, pensé que me había estallado una arteria, pero no, felizmente era agua, esa agüita que anuncia el comienzo de un resfrío.
Antes de que la clase termine vino la preceptora y me mostró un petitorio para agilizar el trámite de la creación de un destacamento de bomberos en la zona. Firmé. Tocó el timbre y los chicos salieron corriendo al patio como si escaparan de un incendio.

Después de cumplir mi tarea emprendí la retirada, iba acercándome a la parada para tomar el colectivo y reconocí a unos 100 metros de distancia al interno que hacía como 9 o 10 horas me había recordado el cumpleaños de Jorge Luis. El colectivo tardó en venir así que en unos minutos el loco estuvo de nuevo a mi lado, me encanta vagabundear por la cuadra y a vos ya te crucé dos veces, me dijo y luego me mangueó unas monedas para los cigarrillos. Ah, pasado mañana cumple 95 años Cortázar, me recordó. Sonreí y subí al colectivo alegre, casi embriagado por lo extraordinario que puede atesorar la cotidianeidad más rutinaria, miré a través de la ventanilla, el sol caía anaranjado como el oro de un tigre. Feliz aniversario de tu nacimiento Jorge Luis, a tu memoria viejo, susurré por lo bajito.


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