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Todopoderósodos

15 09 2009 - 02:24

–¿Sos boliviano vos?– Me pregunta la portera mientras me alcanza un mate.
–No– contesto.
–Ah, mirá. Parecés. ¿De dónde sos?
–De Corrientes. Nací en Goya.
–Si, me parecía que no eras de por acá.
–¿Del barrio?
–No, de Buenos Aires.

Así me recibieron en una escuela que acabo de tomar: con mate e interrogatorio. Y todavía no me habían preguntado el nombre.

Cada escuela en donde uno empieza a trabajar es un nuevo mundo a descubrir. Hay que ir tanteando el terreno con cuidado, porque el campo está minado. Hay que hacerse autómata y seguir las reglas propias de cada lugar, para que no te condenen al destierro. Sos el nuevo. Sos el que hay que tener en observación. Y si bien no me vuelvo loco por encajar, en ningún grupo, tampoco me gusta generar un ambiente de trabajo áspero, tenso. Uno finalmente los tiene que ver seguido, lo que dificulta mandarlos a la mierda como, en general, se merecen. Hay que andar sigilosamente entonces. Tomo mate tranquilo y miro todo pretendiendo comprender cómo se mueven las fichas de este juego mientras espero que llegue algún directivo para empezar con el circo burocrático.

Estamos en la cocina. Afuera el cielo negro augura un torrente de agua diluviana y pienso que sería bueno tener un paraguas y que mis zapatos no tuvieran esos agujeros enormes. En un rato me voy a tener que ir para otro colegio. Pero no nos adelantemos. Todavía estoy seco. Aquí todo tiene dimensiones exuberantes, desbordantes. La cocina, las panzas, las ollas, la mesada, las risas, la pava, las tetas, la heladera. Las porteras, minas orgullosas a las que les gusta que las llamen auxiliares, cocinan la comida que al mediodía van a servir en el comedor del colegio. Es únicamente para los pibes de primaria. Yo tomé en este colegio un noveno.

Me preguntan si quiero comer algo. Miró el reloj que está en la pared. Apenas son las once. Hace media hora que desayuné. Le agradezco, pero no. El atractivo aroma que proviene de la olla me hace dudar de mi respuesta. Después lo pienso mejor, ya que le pego derecho hasta las cinco, sin intervalos y que no voy a comer ni una miga de pan hasta que llegue a casa a las seis, y está bueno tener algo en el estómago antes, ayuda a pensar mejor. Sí, mejor sí, le estoy por decir y justo en ese momento llega la preceptora que me dice que en la dirección vamos a completar unos papeles para hacer la toma de posesión. Antes de salir le doy una última mirada a la olla humeante. ¿Qué estarán cocinando?

Siempre me pasó. Nunca supe aprovechar una buena oportunidad cuando la tuve enfrente.

La preceptora me presenta al director. El tipo me da tanta bola como mi ex novia. No me registra, me da los papeles y cuando los completo los guarda. Puedo escuchar mi respiración y la de la preceptora, que me mira de soslayo. No sé si tengo que decir algo o no. Me siento incómodo. Cuando la preceptora ve que ya no tengo nada que hacer allí, me lleva a la sala de profesores, y me cuenta que –como no sabía si yo iba a ir o no– le dijo a los chicos directamente que no vinieran. Pasa que como las dos primeras horas las tenían libres porque faltaba el profesor de no se qué materia, lo más conveniente era no tenerlos dando vueltas sin estar seguro, ¿no? Me pregunta. Sí, claro que sí, digo sin ninguna seguridad, más bien porque la veo muy convencida.
Se va. Me quedo mirando un enorme camión con dos acoplados que está afuera y no había notado cuando entré. Me doy de que es un vehículo oficial por el escudo que tiene dibujado, pero la lluvia no me deja leer claramente qué más dice.

–Es un hospital móvil para los chicos.– Escucho atrás mío. Es una voz femenina.– ¿Sos suplente vos?

–Si, de lengua.

–¿De quién?

–No recuerdo– Nunca le presto atención a esas cosas. Tal vez debiera hacerlo porque siempre me pregunta la misma boludez.

–Está bien, no te hagás problema. Vení, vamos a la cocina que este lugar no lo usa nadie.– La sigo. De vuelta a la cocina. Ya no están las porteras. La mujer se acomoda, pone dos vasos en la mesada, dos saquitos adentro, los llena de agua caliente, les pone tres cucharadas de azúcar y me alcanza uno. Dice:

–Esos camiones vienen cada tanto. Son para controlar la salud de los chicos. No sabés lo descuidados que están. Los padres no los llevan si no. Entonces nos tenemos que ocupar nosotros. Ahí los revisan todo, el peso, los dientes, todo.

El té está bueno. Calentito. Contrarresta el frío que trajo el agua. Y encima me vine desabrigado.

Hay pocos chicos en el colegio. Entre todos los alumnos deben sumar veinte. Me cuenta que están todos metidos en un salón viendo una película. Todopoderoso 2.

–¿La viste?

– No.– Le contesto

–Ah, no te perdés nada. Es una porquería. Igual algo vas a ver porque en un rato viene la preceptora a decirnos que los vayamos a cuidar. Ahora está ella, así que cambiamos.

Efectivamente, viene y vamos nosotros. Los chicos de primaria y secundaria juntos, tranquilos, miran la película. Se los ve contentos. No sé si por lo que ven o porque no están en clase en este momento. En cualquier caso, siempre te pone feliz ver a nenito sonriendo. Es una imagen que te reconcilia con el mundo.

La película termina y los pibes todavía no se pueden ir. Queda media hora del horario de clase y se empiezan a poner inquietos. En un curso nos juntamos tres chicos, la profesora y yo. Me pregunta qué curso tomé. El noveno B le informo. Ella los tuvo el año pasado, cuando estaban en octavo. Fueron sus alumnos y los conoce bien. Me quiere ayudar y, de paso, hacer tiempo. Por eso me cuenta un poco de las particularidades de cada uno. Una suerte de declaración de prontuarios. Es un viernes hostil, que no presagia un buen fin de semana, que es lo único en lo que piensan los docentes después de las vacaciones de invierno. Contamos las horas, hacemos cruces con tiza en las paredes.

Lo que me cuenta no es novedad, ya estoy acostumbrado:

–El grupo tiene un nivel bajísimo. De los veinte que son, podrás trabajar bien con tres– y me dice los nombres: dos chicas y un pibe– con los demás se hace lo que se puede. Después de que repiten una, dos veces, los pibes se ponen súper pesados. Y vienen nada más que a molestar. Entonces llega un punto en que los dejás pasar, ¿qué vas a hacer? ¿Tenerlos eternamente adentro del aula? No. Le ponés un siete y chau, te olvidás. Aparte, te digo, que estos chicos tienen unos problemas serios, graves, de alimentación. Entonces no entienden, así como te lo digo: NO ENTIENDEN, por más que les expliques cien veces. No hay forma. Y lo peor, lo más…perdón por la palabra, mierda es que no lo podemos solucionar. Ese que salió último del curso al recreo, el de rulitos que me preguntó la hora, tiene unas ganas bárbaras de aprender pero vos lo vas a ver que se queda dormido en el curso, del hambre que tiene. Muchos vienen por la comida nada más. Y los de primaria, los que vienen al comedor, tienen sus tupper y le piden a las porteras “no me da para mi hermanito”. Fijate cómo vas a trabajar con estos chicos, porque el nivel no es de un noveno.

Los chicos vuelven del recreo y se ponen las mochilas, salen. Uno, el de rulitos, se me acerca y me pregunta si yo soy el nuevo profesor de lengua:

–Sí, ¿por?

–Porque a mí me gusta lengua.

–Bueno, nos vamos a llevar bien, me parece.

–Sí, lo que no entiendo es lo de los verbos.

–Quedate tranquilo que de eso me ocupo yo.– Asiente con la cabeza y sonríe. Me cago en dios, loco. Me lo quiero llevar a casa. Y me doy cuenta por la sensación que apenas me entra en el pecho que no me acostumbré un carajo, y que nunca me voy a acostumbrar.

Llueve, afuera llueve mucho. Y yo tengo que caminar siete cuadras hasta la parada del colectivo. Miro mi valijita hecha pelota. En esta me tenés que ayudar, le digo. Me la pongo en la cabeza y salgo.


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