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Infierno en el box 36

20 09 2009 - 23:25

Macri salió a hacer multas por todos lados y mi Fiesta azul se convirtió en uno de sus preferidos. Me hicieron la boleta hasta por mal aliento.

Siempre estuvo prohibido estacionar a la izquierda en Capital, es cierto, pero nadie le daba pelota. Ahora es pecado mortal. No se puede nunca en ningún lado. Y si lo hacés en Belgrano o en Palermo, te agarra la Inquisición. Tengo el domicilio en provincia, así que tardé meses en darme cuenta de las multas, porque llegaban con retraso, o no llegaban nunca.

Como estoy por venderlo y necesito el libre deuda, fui al CGP de la Avenida Córdoba para quedar a mano con la patria. Me habían asignado un turno tres semanas antes: a las 12.15 de un jueves. En mesa de entrada me dieron un número y me dijeron que espere sentado. No alcancé a abrir el libro cuando escuché que me llamaban. Me atendió un hombre de camisa blanca, que me dijo que, como eran muchas, no podía pagar ahí las multas, sino que tenía que ir al edificio central, al dramático elefante de Carlos Pellegrini al 200.

“Acá tenés 10, pero debés tener más, por eso te hacen ir allá. Andá a las 4, llegá puntual”. “Diez multas –pensé-, soy un tarado”.

Al elefante blanco llegué el día en que agosto se convirtió en verano. Pregunté en planta baja y me indicaron que era arriba. Cuando subí, descubrí más gente que en un shopping. Caminaban y hacían cola arriba de una alfombra de murmullos. Y pagaban. Volví a preguntar en Informes. Una señora muy gorda me pidió el DNI y, después de ingresarlo, me dijo sin mirarme que fuera al box 36, a la vuelta de donde estábamos. Me dijo a la vuelta, pero su mano, que acompañó la frase con desdén, no indicó lo mismo. Es que no era lo mismo. Doblé en el final de un pasillo y me encontré con 150 personas sentadas en silencio. Parecía la guardia de un hospital. Las caras eran de hastío y la baja energía del lugar se percibía en el aire: era gente que iba a pagar, a ofrecer su voluntad en sacrificio.

Atravesé un molinete y avancé por un pasillo donde, a cada lado, había boxes con numeración corrida. A la derecha el 1, a la izquierda el 2 y así hasta el fondo. Fui hasta el fondo, en busca del 36, pero los boxes llegaban hasta el 32. Entonces pregunté. “Vaya al 6”, me dijo un empleado. “Pero me dijeron 36”. “Es lo mismo”, contestó sin paciencia.

Volví y me paré adelante del box 6. Había dos escritorios y, detrás, un espacio amplio con armarios a los costados. En un escritorio, un muchacho de 25 años y corte de pelo canchero revisaba un legajo con una persona –un infractor, supuse– sentada delante. Detrás de ellos, una chica abría y cerraba cajones de archivos marrones, metálicos, setentistas. La persona sentada se fue, el chico abandonó el legajo y comenzó a tipear algo en su PC. Del costado de su pared colgaban fotos de Chacarita (varias), los Redondos y el Che Guevara. Me adelanté unos pasos. El chico me miró de soslayo, pero no me dijo nada. Sabía que yo estaba ahí esperando que me tirara un centro, pero no estaba dispuesto a lanzarlo.

Cuando estaba a punto de interrumpirlo, una chica ingresó como un trombo: 23 años, flaquita, llevaba calzas y All Stars. Traía un pebete de salame, de esos que vienen empaquetados en una bandeja de plástico blanca. Pasó –se precipitó– por adelante mío y se detuvo al lado del escritorio del chico, que no la miraba, pero que debió haber visto lo que traía por el piropo que le dijo: “Tenés más hambre que alegría, ¿no?”. La chica se quedó a su lado y, en vez de contestarle, pareció continuar una conversación que habían iniciado en algún momento: “Entonces –hablaba rápido y fuerte- yo le dije que voy a convivir, pero que paguemos los gastos a medias, si no, no; para la joda no me va a tomar”. “Ajá, claro”, dijo el hincha de Chacarita, “que no se haga el logi”. La chica abrió el paquete con el pebete y el lugar se llenó de olores nuevos. De repente, una señora elegante, cincuenta cortos y viejos rumores de belleza, ingresó al box. “Nena –dijo, mientras atravesaba el cordón imaginario que dibujaban los escritorios–, el sándwich acá no, ¿eh?”. Era la jefa, y detrás de un gran archivo, en el fondo del box, tenía su despacho. Allí se sentó y se puso a fumar. Desde donde yo estaba solo le veía una parte del pelo arreglado y las piernas, unas gambas que debieron haber sido las más miradas de la Facultad de Derecho, pero que ahora penaban sin gloria por los pasillos de ese penoso lugar.

La chica del sándwich abandonó el box, justo cuando estaba por hacerle una pregunta. No había caso. Tosí, me aclaré la garganta, hice un poco de ruido con los pies, pero nadie me daba pelota. Hasta que la empleada que estaba abriendo y cerrando cajones se cansó de hacer eso y me preguntó, a la distancia: “¿Qué quiere?”. Lo hizo con desapego, con un pie adelante y otro atrás, recostando su antebrazo en un cajón abierto, prometiéndome, con su gesto, que si mi respuesta no era convincente, si no justificaba con mi drama su atención oficinesca, me abandonaría de inmediato. “Me enviaron acá”. “¿Le llegó una citación?” “No, no… Quiero pagar las multas. Fui al CGP y después me mandaron a este box en mesa de entrada”. Se acercó con fastidio. “A ver, dígame su dominio”. “EJF 950”. Ahí empezó mi calvario.

Veinte minutos tardó la chica en encontrar mis multas. “Tiene varias”, me dijo, mirando la pantalla. ¿Cuántas? “Y, acá figuran 32”, respondió, con la misma anestesiada distancia que usan los médicos para dar noticias horribles. “What?” No puede ser”. “Acá figura eso”. No se le movía un músculo. Las imprimió y se puso a revisarlas. Era joven, también obesa –lo siento: _Gasalla no inventó nada_–, y no veía una goma: se acercaba las multas a tres centímetros de los ojos. Escrutó las multas. Las tildó con una bic. Yo esperaba y escuchaba cómo un empleado iba pasando por cada box reclutando jugadores para un picado el viernes a las seis de la tarde en las canchas de abajo de la autopista. Veinte minutos más tarde, la chica me aclaró que había 12 multas que estaban repetidas y que por lo tanto eran 20 en total, no 32. “Ajá. ¿Me las podrías mostrar?”. Cuando las vi, descubrí que había 12 por estacionar enfrente de mi trabajo, en una calle interna de Villa Crespo por donde no pasa nada, a excepción, claro, del móvil de las multas, que dispara las fotos como si fuera John Wayne con rayo láser. Hace una barrida y listo: no te avisa, no deja rastro y no hace ruido. Es como el pulpo negro. Y, si no tenés domicilio en Capital y te mudaste varias veces, como en mi caso, no te enterás más y estás muerto.

Le comenté todo esto a la chica. “Voy a ver qué puedo hacer. Le voy a trasladar su caso a la doctora”. La doctora era la señora tuneada que había entrado fumando y se había atrincherado en el fondo, desde donde desprendía volutas de humo y olor a perfume de free shop. Pasaron cinco minutos. “A ver, señor, venga”, escuché desde la trinchera. La señora abogada era la que decidía todo ahí. Y así nos lo hacía sentir. Trataba con un suave desprecio a los empleados y cuando hablaba no miraba a su interlocutor. “Mire, cada multa por mal estacionamiento son 37 pesos. Usted tiene 12 de un mismo lugar. De esas págueme 7. Con el resto haga lo que quiera, si quiere haga una presentación”, me dijo con sus lentes pequeños y rojos a media asta. “No, necesito un libre deuda. Lo tengo que entregar pasado mañana”. “¿Y ahora se acordó? A ver, déjeme ver qué le puedo hacer. Vuelva allá a sentarse”. Me alejé sintiéndome como en el colegio, del frente al pupitre. Hay algo sádico en ese mandato. La chica a la que le pesaban los pies y su jefa deliberaron quince minutos. “Bueno, en total son 700 pesos. Más no le podemos bajar”. Acepté y fui a buscar un papel más, que me lo entregaron en otro escritorio. Volví a buscar a la chica, que tenía que darme la liquidación. Habían pasado cinco minutos, pero me dijo que había surgido un problema, que el sistema había detectado una multa más que no había saltado antes. Otra vez por mal estacionamiento en el mismo lugar. “Me están cargado, ¿no?” “No, para nada”. “Ok, pago y listo –le dije, pensando en que si me quedaba media hora más le hipotecaban la casa a mi vieja–. ¿A dónde tengo que ir?” “A la vuelta, tiene que hacer otra cola”. Mientras hacía la cola no hice otra que pensar en el viaje que tenía que emprender al día siguiente. Ésa era la razón principal por la que había ido a pagar. Quería terminar el trámite antes de mi vuelo. Me iba al Primer Mundo, donde estas cosas no pasan.

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El viaje era por trabajo y el destino, Nueva York. Pero empezó como el culo: a los dos días me dejaron en bolas. No me refiero a la ropa, que sería lo de menos, sino a todo lo que importa: el pasaporte, la billetera, el iPod, los libros y unos anteojos que quería mucho. (No recomiendo dejar la mochila suelta en un parque de Brooklyn, a menos que quieran experimentar el oprobio de sentirse pelotudos.) La cuestión es que me dejaron sin nada. Deambulé como un fantasma por unos días, hasta que un viejo periodista que cubre hace años el US Open logró consolarme: “Cuando pasan estas cosas uno siempre se siente un poco pelotudo”, me dijo, mientras se sacaba los zapatos en la sala de prensa.

Pensé que con el libre deuda había cubierto la cuota anual de burocracia, pero estaba equivocado. El robo de la mochila me obligó a concurrir a una comisaría de Manhattan, a dos cuadras del consulado argentino, para conseguir una denuncia, documento obligatorio para el trámite del pasaporte provisorio. Me atendió una oficial de policía a la cual era más fácil saltarla que darle vueltas alrededor. Pesaba no menos de 120 kilos y se movía con la rapidez de un glaciar. Me concentré en mi problema y le expliqué la situación, aunque, precavido, omití que había sido un robo. Le dije que había perdido el pasaporte.

En un inglés supersónico, la oficial descerrajó una andanada de explicaciones entre las que básicamente me decía –casi lo decidía– que la denuncia debía hacerla en el lugar de los hechos. Le dije que no sabía dónde lo había perdido, aunque me había dado cuenta en Brooklyn. Me dijo que fuera a Brooklyn entonces, dando por terminada la charla, al punto que empezó a preguntarle al hombre que había entrado detrás de mí qué necesitaba. Yo la interrumpí, lo que no le causó gracia, y le insistí que del consulado me habían mandado ahí, que tenía una carta de ellos y que lo único que necesitaba era un informe en el que constara que yo había perdido el pasaporte. La policía no me dejó terminar y me dijo que a ella nadie, y menos un consulado cualquiera, le iba a decir lo que tenía que hacer. Que si quería esperara sentado, pero que ella tenía mucho trabajo, mucha gente a la que atender y que después vería si podía resolver mi asunto.

Humillado, incomprendido, con la inapelable sensación de que durante unos segundos la mina me había tirado encima todos sus neoyorquinos años de frustraciones, de llenar formularios y comer donas duras en un sórdido destacamento de Manhattan, de atender miles de pelotudos de países remotos como yo que pierden pasaportes en remotos parques de los suburbios, me senté en un asiento y me puse a esperar. Abrí un libro, mientras la comisaría se convertía en un desfile de personajes increíbles. Eran las dos de la tarde y esa noche Argentina jugaba con Paraguay por las Eliminatorias. No lo pude ver: pasé cinco horas esperando, hasta que la mujer aceptó atenderme. Me dio el official report, un pedazo de papel del tamaño de un libro que apreté como si fuera dinero. Cuando salí, ya era de noche y Manhattan había prendido sus luces.


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