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U2, muñeco

25 09 2009 - 23:47

Anoche fui a ver a U2 al estadio de los Giants, en Nueva Jersey. Unos amigos nos prestaron un Volvo viejo al que había que golpear en el tablero para que se prendieran las luces y hacia allá fuimos, dispuestos a aguantar el tráfico infame con el que Nueva York castiga cada día a su vecina fea, industrial y suburbana. Google Maps nos dijo que la mejor manera de esquivar el tráfico del Lincoln Tunnel era entrar por Jersey City y le hicimos caso: obedecimos a nuestros teléfonos mientras nos guiaban por rutas destruidas y postindustriales, entre baldíos y fábricas abandonadas, iguales a los lugares por donde se paseaban Tony y Paulie buscando zanjas para sus cadáveres.

Cuando llegamos al estadio, había dos. Estaba el viejo estadio de los Giants, donde el año pasado había visto un horrible Estados Unidos 0 – Argentina 0, y, al lado, mucho más grande, el nuevo estadio de los Giants, todavía en obra, iluminado e inmenso como una nave nodriza. Los gringos y los estadios: una relación indescriptible e inexplicable. Este año, los dos equipos de béisbol de Nueva York construyeron estadios nuevos al lado de sus estadios viejos, y los Giants inaugurarán el suyo dentro de poco. En febrero de este año fuimos al Bronx con unos amigos y cuando nos bajamos del subte vimos, uno al lado del otro, ambos en perfecto estado y deprimentemente parecidos, los dos estadios de los Yankees, el viejo, a punto de ser demolido, y el nuevo, a punto de ser inaugurado. Viniendo de Argentina, donde la construcción de un estadio es tan complicada y novedosa como la construcción de una central nuclear, esta manía de los gringos es insólita. Pido perdón por la insistencia, pero ver dos estadios similares paraditos uno al lado de otro es un espectáculo perturbador, que incluso lleva a uno a preguntarse en por qué los gobiernos municipales o los dueños de los equipos o las multinacionales que ponen su nombre tienen derecho a gastarse tanta guita (más de 500 palos costó cada estadio) en un proyecto tan innecesario. Tampoco, sin embargo, quiero que parezca lo contrario: estoy recontra a favor de la construcción de estadios, creo que Boca debería dejar la Bombonera y hacerse un estadio como la gente en la ribera del Riachuelo, y deseo que el estadio de Independiente esté lo suficientemente bueno como para contagiarles a otros dirigentes las ganas de tirar abajo o por lo menos reformar las carcasas casi siempre penosas donde juegan sus equipos; pero tanto derroche desafía incluso el gag reflex de un optimista de la ingeniería como yo, para quien, en condiciones normales, no hay obra mala.

En fin. U2. Nunca había visto a U2 en mi vida y tampoco me moría de ganas, pero una amiga tenía acceso a un par de tickets ligeramente subsidiados, mi mujer me informó del recital como un hecho consumado y yo obedecí. La banda telonera era Muse, aburridona pero de estadio, con estribillos grandotes y poco sentido del humor. Como U2, en el fondo: himnos solemnes y graves, algunos emocionantes, otros solamente sobrios, para cantar dejándose los pulmones en el camino o admirar desde lejos, bostezando un poquito, sorprendiéndose de los bien que canta todavía Bono y de lo impresionante que es la nueva pantalla de 360 grados donde lo que se ve está tan bien filmado, editado y posproducido que ya parece el DVD que van a sacar dentro de un año. Esas son las emociones que genera U2: “Che, qué bien hecho que está”, “Qué profesionalismo”. Pero no te cambia la vida. Es admirable, de todas maneras, cómo estos tipos han conseguido mantenerse relevantes durante todos estos años; U2 siempre suena actual, siempre parece al borde del futuro. No es como ir a ver a los Stones, que es un poco como ir a un museo. Bono y The Edge nunca te dicen “mirá lo piolas que éramos hace mil años”, en sus conciertos nunca hay nostalgia: cuando tocan Sunday Bloody Sunday la reciclan para la líder disidente de Birmania, presa desde 1990.

Me sorprendió descubrir que no sabía las letras de las canciones. Cuando vivía en Argentina creía que las sabía, sobre todo las de Achtung Baby!, el único disco de U2 que todavía escucho de vez en cuando. Pero estando ahí en el estadio, y después de haber mejorado mucho mi inglés en todos estos años, me di cuenta de que lo que sabía era chapurrear o tararear, pero que ni en pedo sabía la letra. Tanto era así que me daba vergüenza abrir la boca, porque apenas pensaba en las canciones me daba cuenta de que no tenía idea de lo que tenía que decir. En River me habría importado un carajo: Serirara Resorés cantábamos hace mil años cuando vino The Police. Nadie decía Sending out an S-O-S. Pero en Nueva Jersey era distinto; preferí ahorrarme los papelones. A veces me pasa en casa: canto partes de canciones que aprendí cuando tenía 14 años y mi mujer se caga de risa y me pregunta qué carajo estoy diciendo. Solamente ahí me do cuenta de que me he pasado veinte años cantando cualquier cosa.

Lo que seguramente debe deprimir un poco a los de U2 es la cantidad de idiotas que van a verlos a los recitales. El público de estadio es siempre un poco especial, como el público de los partidos de la selección. Pero igual me resultó increíble el otro día la cantidad de douchebags –kilos de gel, remera negra apretada, pantalones de cuero, fútbol americano, Bud Light– que había a mi alrededor.

Al final hicimos una cosa muy gringa. Sabíamos que With or without you era la penúltima canción de los bises; cuando empezó, nos extirpamos de la muchedumbre del campo y salimos. Nos fuimos. Y conseguimos nuestro objetivo: le ganamos al tráfico. Un papelón, pero no me arrepiento, teniendo en cuenta el quilombo que fue la salida después. No valía la pena quedarse a una última canción de algo que no es un evento. Bono dijo durante el recital que era la vez número treinta y pico que tocaban en ese estadio. Si mi mujer no me hubiera informado de que había un recital de U2 y de que teníamos entradas, probablemente ni me habría enterado. Acá nadie dice “oh, la famosa visita de Queen en 1981”, o “Nirvana en 1992”, o U2 cuando finalmente vino a Buenos Aires. En NY-NJ, ver a U2 es como ir a la ópera: por eso nadie salta, no hay ningún varón en cueros, no hay nube de vapor surgida del chivo evaporado, no hay pogos ni tumultos. No sé bien para que sirve, es apenas una pequeña muesca en la biografía de uno: ¿Vale 70 dólares más 25 de estacionamiento más 11 de peajes más 9 que me cobraron por una birra más los 35 que nos gastamos en el Midnight Brunch de Bubby’s? Qué sé yo. Uno hace estas cosas para experimentarlas, para recordarlas y también para contárselas a otros, para generar un poquito de envidia, para ponerlo en el status de Facebook, para poner otro muñequito en el estante donde ponemos los muñequitos de las cosas que hacemos. Pasado mañana, si me siento mal, voy a mirar la estantería, voy a ver el muñequito del recital de U2 en el estadio de los Giants y me voy a sentir un poquito mejor. O no. Supongo que hay otros muñequitos más importantes.

(Mi intención era empezar hablando de U2 y después compararlos con el recital de Babasónicos al que fui hace un par de semanas en Boston, y de ahí lanzarme hacia conclusiones apresuradas sobre el estado general de la cultura. Pero me fui por las ramas y las ramas de las ramas y me quedé sin energía ni batería. Prometo seguirla próximamente.)


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5. Noche