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Power to The Point!

7 11 2004 - 19:13

“As polling has replaced voting as the method of electing our officials, our capacity to stand alone, to think alone, to be content while being thought in the wrong has all but evaporated.”

David Mamet
A Whore’s Profession

Atajándome por las dudas ante lo que pueda terminar escribiendo en las páginas que siguen, diré que más de una vez, durante el relativo optimismo a corto plazo que alimentaba la administración Clinton, expresé tanto mi preocupación por el devenir del fundamentalismo islámico en sus variados matices como mi convicción de que la única manera de hacerle frente era con armas que no mataran a nadie. Al menos no tan rápido.

En el año de Super Size Me todos sabemos en qué te puede convertir una dieta a base de Big Macs sostenida en el tiempo. A esta altura, también empiezan a notarse los efectos del proceso que fue transformando gran parte de los bastiones reivindicables de la cultura occidental en la caricatura monstruosa de sí mismos según eran vistos por sus enemigos. Con la velocidad imperceptible de una fruta que se pudre, el mainstream más o menos sensible que se insinuaba a principios de los noventa fue despojándose de una u otra cualidad — o dejó de ser sensible o dejó de ser mainstream — sedimentándose en dos instancias distintas que, separadas, no parecen ahora muy útiles como arma de persuasión. Lo que es peor: la persuasión no parece, en si misma, un herramienta posible. Difícilmente puedas sentirte seducido por la cultura superior de quienes conducen el tanque que demuele tu casa y aplasta a tus hijos.

Eran aquellos hijos, los nenes que (si me disculpan el sentimentalismo) mueren todos los días como consecuencia de la incapacidad occidental de responder razonablemente a la demencia colectiva de sus padres, los únicos destinatarios posibles de la política franca y desprejuiciadamente colonizadora que me parecía una buena idea hace diez años y me lo seguiría pareciendo ahora si no fuera demasiado tarde. Imaginaba yo, con ingenuidad confesa, comic books, capítulos de Buffy, Playstations y iPods (aunque los iPods no existían), fotos de Madonna en tetas cayendo democráticamente en paracaídas sobre mezquitas y edificios seculares, igualándolo todo, como caían las Hershey Bars sobre el nene de El imperio del sol hacia el final de la película, en medio del árido desierto oriental. Let’s colonize the motherfuckers as it should be done: ¡Videogames! ¡Porn! ¡El Pato Donald!. La denuncia escandalizada de Dorfman y Mattelart durante los setenta no era más que un antecedente que me confirmaba en la senda correcta (Dorfman tuvo el buen tino de distanciarse de aquel disparate, concedamos).

Podrá decirse que mi confianza en la cultura que había salvado mi vida era excesiva, o que tuvimos mala suerte. En cualquier caso, el escenario actual no nos permite siquiera esa esperanza, y habrá que barajar y dar de nuevo. Lamentablemente, no parecemos estar en condiciones de saber siquiera cuáles son las cartas que nos convienen, porque con las torres y la guerra cambiaron no solamente las reglas del juego sino el propósito del juego en sí mismo. Está poco claro qué queremos ganar, para qué, quiénes somos los que juegan.

La del juego es una metáfora poco feliz, pero hay equipos, casi siempre enfrentados. Ante la urgencia y la gravedad de todo, bajo el influjo compulsivo de una nueva irrupción de la política, distintos consensos nos sorben el exiguo discernimiento individual que supimos conseguir con la excusa (a veces razonable) de que estamos ante una situación de emergencia. El momento para semejante emergencia no podría ser menos oportuno.

Justo cuando, sobre las bases de una inestabilidad tan sostenida que se parecía bastante a algo estable, empezábamos a entrever miradas interesantes sobre cómo se organizan las sociedades de este lado del mundo. Justo cuando ráfagas de un nihilismo intuitivo (ie Fight Club) insinuaban un diagnóstico ineluctable, caía el menemismo, pilas de información sobre cualquier cosa fluían por primera vez en la historia hacia todas partes escapando de la garra establecida de los medios, se empezaba a establecer algún (de nuevo) consenso espontáneo que prometía enfrentarse a las reglas más artificiales que parecían no estar escritas en piedra, después de todo. Justo ahí se tenía que ir todo a la mierda.

En estos días durante los cuales nadie se priva de interpretar los resultados de la votación que consagró, al menos por cuatro años, las prácticas políticas más difícilmente defendibles, una contradicción notable pasa desapercibida. Por todas partes se leen racionalizaciones, diatribas y llamados a la razón que suenan exactamente iguales a los que escuchamos (e incluso, a veces, pronunciamos) cuando concedíamos que el 1 a 1 y la cuota del lavarropas habían podido con la esencial Bondad del Voto, en la Argentina de hace casi diez años. En todos los headquarters que nos son afines se acusa hoy con razón a la campaña demócrata de haber sido una expresión blanda, fofa, wishy-washy —de apoyarse tanto en las encuestas como en la insidiosa influencia del márketing aplicado a la política. Y al mismo tiempo se habla (también razonablemente) de cómo llegar al electorado que nos dio la espalda. “Nos” being us-who-are-not-them. Los métodos tentativos que se sugieren para evitar una tercera catástrofe electoral son, a su vez (y ahí viene la contradicción), blandos, fofos, wishy washy, y se apoyan tanto en las encuestas como en la insidiosa influencia del márketing aplicado a la política. Es un loop del que parece difícil salir.

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Vond, Brock Vond

Una de las dificultades —menores, bienvenidas si uno las tomaba como efecto secundario de un estado de cosas más civilizado y lleno de matices— en la ficción de los últimos veinte años, había sido la inviabilidad de presentar villanos eficaces. [En el primer mundo, aclaro por las dudas.] En la medida que nuestra visión (“progresista”) se iba validando mediante el acceso al poder, al dinero, a las cosas, de generaciones menos fanáticas y más informadas, se hacía cada vez más difícil convencer a la gente de que alguien era malo de veras, malo con ganas. Y si bien hay géneros y estilos que pueden hacer uso de malos-a-medias o incluso prescindir de villanos altogether, la obstinada persistencia del modelo aristotélico tiende a necesitar antagonistas fuertes. En lo personal, dediqué casi una década a construir universos ficcionales que funcionaran sin personajes unívocamente malignos, experiencia que me permite afirmar tres cosas: hacerlo es posible, es muy difícil y no sé si vale la pena.

La leve oleada de autoconciencia hacia fines de los ‘80 había permitido, tanto en el mainstream (Die Hard) como en los márgenes (How To Get Ahead in Advertising) villanos que presentaban el espíritu de la época como característica fundante y, también, como su propio talón de Aquiles. En los dos casos citados, con gran éxito. Pero el arquetipo tenía, y sigue teniendo (Jude Law en Huckabees) dos problemas. Por un lado, no se puede impugnar por completo la tentación universal de priorizar el bienestar individual, al menos no sin caer en un afán hipócrita y moralizante. Y si uno, en cambio, elige una mirada más comprensiva, el villano sólo puede sostenerse como tal en el terreno de la comedia. “Nazis,” decía Indiana Jones asomándose detrás de una roca de telgopor, “I hate those guys.” En un mundo sin nazis (en un mundo, mejor dicho, en el cual los fanatismos más escabrosos parecían estar en crisis) era difícil cubrir el cupo de hijos de puta absolutos que la ficción, por motivos que escapan a esta nota, sigue necesitando. Hacia fines de los ‘90, el puesto empezaba a ser peligrosamente reclamado por los propios protagonistas (la ya mencionada Fight Club y varias otras): si nadie es malo del todo, vos no sos bueno del todo. Ergo, el malo sos vos.

Tal vez haya que otorgarle a Thomas Pynchon, entre tantos otros laureles que ya tiene, la creación del último gran Hijo de Puta Absoluto: Brock Vond, en Vineland —un personaje completamente siniestro, temible incluso en sus rasgos de humanidad, ominoso incluso en el detalle nada trivial de que a tu mujer le gusta cojer con él más de lo que le gusta cojer con vos. Al menos una parte de la personalidad de este otro Vond remite inexorablemente a la figura de Louis Giuffrida, el tipo a cargo de la FEMA en la época de Reagan. La FEMA (Federal Emergency Management Agency) aparecería años más tarde en conspiraciones más organizadas y menos plausibles que las de Vineland:

“FEMA allows the White House to suspend constitutional government upon declaration of a national emergency. It allows creation of a non-elected national government. Think about that, Agent Mulder!”

La cita es bien reconocible aunque su origen (la película de los Archivos X) diste mucho de ser memorable. Podemos asumir que en los días posteriores a su estreno, sin embargo, los comentarios acerca de la verosimilitud (en este caso, la realidad) de las referencias obligaron a la FEMA a distribuir el documento interno que encabeza esta página, en el cual imparten a sus miembros instrucciones sobre cómo lidiar con esos enfermos que creen en marcianos.

“You may emphatically state that FEMA does not have, never has had, nor will ever seek, the authority to suspend the Constitution.”

Ni falta que hace, a juzgar por los resultados de las elecciones.

La FEMA es el tipo de organización hecha a medida de los X-Files, y tal vez sea el momento apropiado para observar que la serie y su creador son, en parte, responsables de que sensibilidad masiva ante conspiraciones posibles haya llegado a su fin. Sólo en parte, claro: la voluntad por investigar a los que te cuidan sólo aparece cuando el peligro externo es menor, o percibido como menor. Bin Laden beats Alien Abduction, anytime. En la era West Wing, todo es lo que parece.

Más allá del oportunismo o las buenas intenciones de Chris Carter, es en Vineland donde las características más reveladoras de quienes ganaron la semana pasada aparecen en toda su complejidad. En una primera lectura, más bien básica, Brock Vond no es sino un fascista a la antigua. Compulsivo, creyente, con su fe puesta en el Orden y la frenología:

He was a devotee of the thinking of pioneer criminologist Cesare Lombroso (1836-1909), who’d believed that the brains of criminals were short on lobes that controlled civilized values like morality and respect for the law, tending instead to resemble animal more than human brains, and thus caused the crania that housed them to develop differently, which included the way their faces would turn out looking [...] By Brock’s time the theory had lapsed into a quaint, undeniably racist spinoff from nineteenth-century phrenology, crude in method and long superseded, although it seemed reasonable to Brock.

Pero Pynchon es siempre más complejo (e inabordable). La pasión de Brock Vond y su relación con Frenesí Gates sugieren un fascismo no tan a la antigua; el país en el que viven también. En la novela, un emprendimiento en particular ha hecho de Brock Vond quien es: se trata de una escuela de reeducación de izquierdistas y jóvenes rebeldes, mediante la cual infinidad de outcasts se han ido transformando en efectivas herramientas del Estado. El proyecto entra en crisis en los ochenta de Reagan sencillamente porque no hay más izquierdistas, ni jóvenes idealistas, ni nada. Los jóvenes de la madurez de Brock Vond están contentos con lo que hay, desconocen la posible existencia de otra cosa. Spookily prescient.

Como si esto no fuera material suficiente para diez charlas de sobremesa, la amante de Brock Vond (y posiblemente el personaje más importante de la novela) forma parte de 24fps, un colectivo de cineastas revolucionarios con un particular interés en los primeros planos:

They particularly believed the ability of close-ups to reveal and devastate. When power corrupts, it keeps a log of its progress, written into that most sensitive memory device, the human face. Who could withstand the light? What viewer could believe in the war, the system, the countless lies about the American freedom, looking into these mugshots of the bought and sold?

“A log of its progress”. Siempre me gustó eso, porque es cierto. Pero además de ser cierto entra en conflicto con las convicciones más expresas del progresismo bienpensante, y además se reconcilia de una manera oblicua con el mismo Lombroso que diez centímetros más arriba de este párrafo era presentado como epítome del mal.

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Frenología Recombinante

“Power corrupts.
PowerPoint corrupts absolutely”
Vint Cerf

Cesare Lombroso (a quien, curiosamente, ya mencionamos en estas páginas) no era un tipo tan jodido como la tradición se ha empeñado en señalar.

Habiendo escuchado, de chico, el adjetivo “lombrosiano” en relación a las características físicas de vaya uno a saber quién —Neustadt, Massera, el Petiso Orejudo—, crecí con la idea de que Lombroso era un criminal, el criminal tipo. Más tarde me enteré de que en realidad había sido un médico italiano preocupado por la relación entre fisionomía y criminalidad. Mucho después, mientras escribía en Los Angeles un capítulo de (justamente) X-Files sobre clones de Fidel Castro y clones de Ernest Hemingway, me encontré con un libro de Fernando Ortiz sobre la tradición negra en Cuba cuyo prólogo había sido escrito por el mismísimo Lombroso. No decía nada del otro mundo, y eso era lo llamativo. Nada de la verborragia conductivista que era dado esperar, ni siquiera la más leve mención a las características congénitas de nadie. Muy lejos de Mussolini, en la línea más o menos afectada del investigador célebre pero sin el más mínimo afán evangelizador. Leí otras cosas de Lombroso porque durante un tiempo me tentó la idea de hacer algo con él como personaje histórico, pero su persona no era lo suficientemente conflictiva como para justificar la inversión de tiempo y esfuerzo.

No hay que dar muchas vueltas para entender la (vacilo al escribir esta palabra) demonización de Lombroso en la posguerra. El tipo tuvo una mala idea al intentar identificar tendencias criminales en base al aspecto de la gente —una idea que, casualmente, al mismo tiempo, tenía demasiados seguidores demasiado peligrosos en demasiadas partes de Europa. La pifió, y no parece demasiado injusto que su recuerdo tenga que pagar el precio, teniendo en cuenta el precio que pagaron otros.


Cráneos de prostitutas italianas, categorizados por Lombroso.

Bill Gates, por su parte (y ténganme paciencia porque todo esto está relacionado — ni elijo al azar ni escribo bajo la influencia de las drogas misteriosas que Esteban Schmidt me adjudica), tendrá en algún momento que enfrentar un juicio similar al de Lombroso, si es que hay alguna justicia en este mundo. Todos sabemos de la ignominia histórica que es Windows; tanto el sistema operativo como su filosofía subyacente. Por cuestiones de espacio me toca ahora concentrarme en esa herramienta macabra llamada Powerpoint.

Incluso la más leve exposición al universo del dinero basta para haber tenido que soportar, alguna vez, una presentación en Powerpoint. Son todas iguales. Y si no lo son, no se nota. Esas dos cualidades, combinadas, definen fácilmente al Powerpoint como símbolo de todo lo que está mal en los nuevos ecosistemas corporativos. El Powerpoint es Clarín, es Canal 13, es Celine Dion, es la pelota de acero en la puerta de tu oficina, convencida de que es una escultura.

Hace un tiempo, Edward Tufte se le animó al Powerpoint en un libelo de 28 páginas que circuló fotocopiado por ahí como si se tratara de un manifiesto liberador:

“PowerPoint’s pushy style seeks to set up a speaker’s dominance over the audience. The speaker, after all, is making power points with bullets to followers. Could any metaphor be worse? Voicemail menu systems? Billboards? Television? Stalin?”

El fervor de Tufte podía sonar excesivo. Pero uno, que ha tenido que aguantar a un sinnúmero de imbéciles a cargo del proyector, señalando sus bullet points (y que tiene su corazoncito snob, al fin y al cabo), no podía menos que aplaudir la iniciativa. Siempre es reconfortante encontrarse con alguien que sufre las mismas cosas que vos. Hasta que, como suele pasar, viene David Byrne y te demuestra que estabas equivocado.

David Byrne (de quien también, aunque esta vez nada casualmente, hemos hablado ya acá) se puso a jugar con el Powerpoint el año pasado y terminó haciendo una cosa extrañísima. Los resultados son notables y deberían estar disponibles en la Net, pero ni Byrne es tan generoso, así que hay que comprarse Envisioning Emotional Epistemological Information para comprobarlo. Porque sí, o porque después de todo el experimento validaba una pieza de software que venía siendo vilipendiada por muchos, o porque Byrne tenía un (muy buen) disco nuevo que promocionar, EEEI tuvo una prensa desproporcionada. Incluso Wired, en las diez de última, tuvo la torpe idea de enfrentar a Byrne y a Tufte, como si ambos pudieran realmente tener opiniones diferentes sobre el programa en cuestión.

Como es habitual, especialmente entre quienes compartimos una cierta curiosidad por el mundo, la observación conduce a Tufte y a Byrne hacia un diagnóstico compartido en el cual cada uno de los dos rebota de manera, ahí sí, divergente. Ante el insulto a la inteligencia que es, objetivamente, el Powerpoint, Tufte se siente lógicamente insultado y Byrne, bueno, a Byrne le chupa un huevo: ”¿A ver? ¿Qué es el Powerpoint? ¿Para qué sirve? OK, para nada. ¿Y qué se podría hacer con él?” Es justamente ese punto de osadía, en el cual Byrne decide hacer arte con la herramienta menos propicia y menos versátil, el que lo catapulta hacia un lugar infinitamente más disfrutable y sano que el de Tufte.

Una de las slides más interesantes en el trabajo de Byrne es la que presenta el perfil de Dan Rather elevado a la N, hacia el infinito, superpuesto con la parte de atrás de la cabeza de Patrick Stewart (of Shakespearean/Star Trek fame). Dice Byrne que lo suyo es “recombinant phrenology”:

“The elements of phrenology recombined in ways that follow the rules of irrational logic, a rigorous methodology that follows nonrational rules. It is a structure for following your intuition and your obsessions. It is the hyperfocused scribblings of the mad and the gifted. The order and structure give it the appearance of rationality and scientific rigor. This appearance is easy to emulate.”

Lombroso vuelve, Byrne dignifica. Ahí va queriendo.

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The Power


Image by David Byrne

En el certero análisis que publicamos ayer, Mark Healey se le va al humo a un gráfico que presentaba los resultados de la votacion “de acuerdo al IQ promedio en cada estado”. A mí, en cambio, el gráfico me pareció de lo más revelador, aunque más por lo que representa que por lo que dice.

De entrada, es un disparate. El Coeficiente Intelectual es un concepto de dudoso valor aplicado a individuos, ni hablar del IQ de un estado entero. ¿Cómo se mide? ¿Uno por uno, los fuiste midiendo uno-por-uno, a los que votan? Si no no vale. Healey, que se lo tomó más en serio, ya se ocupó de este tema desde otro punto de vista. Yo creí que era un chiste desde el principio, pero después me quedé pensando que al fin y al cabo nadie se toma semejante trabajo sin que haya algo subyacente pidiendo ser descubierto. Lo que dice el gráfico es transparente, y nada novedoso:

“Hay que ser pelotudo para votar así”.

La manera que elige para decirlo es, sin embargo, mucho más oscura y diagonal de lo que pretende. Incluso si es un chiste, es el chiste de alguien que no puede decir “pelotudo” en voz alta, ni cree que su opinión pueda ser más valiosa que las estadísticas. En el mundo anglosajón, dentro del cual siempre me sentiré más cómodo, más entusiasmado y más útil que en cualquier otra parte, es sin embargo espantosamente habitual encontrarse con que todo el mundo espera que produzcas evidencia acerca de lo que opinás. La campaña que acaba de terminar con el triunfo de semejante mob estuvo marcada por este positivismo a ultranza. En los análisis posteriores, es prácticamente lo único que aparece.

Estoy, por supuesto, muy lejos de poder articular un plan alternativo, pero sé que no me anoto en una pelea contra Bush si nuestro as en la manga es Descartes en el bolsillo. En principio porque si está en el bolsillo, obviamente, no está en la manga. Pero además porque los modales de la razón sólo pueden dar cuenta de este fenómeno si uno piensa más parecido a Lombroso que a David Byrne.

Tendemos a pensar, erróneamente, que el error de Lombroso es su afán por clasificar lo inexistente. Lombroso (me retracto de lo que dije antes) es, en realidad, interesante en cuanto intenta sistematizar algo que existe.

Quienes hemos pasado por un accidente, o por alguna otro episodio de violencia traumática, sabemos que existe un momento anterior, casi siempre muy breve (milisegundos a veces), durante el cual uno toma plena conciencia de lo que se le viene encima. A veces es tarde para reaccionar en consecuencia y a veces al revés (uno reacciona antes de que algo suceda), pero en ambos casos es difícil olvidar esa sensación y más difícil aun explicar de dónde sale. No es que no haya gente en el mundo tratando de explicarla (*); sucede simplemente que sabemos demasiado poco de cómo funciona el cerebro.

Lombroso, como cualquier hijo de vecino, regresa a su casa silbando bajito y ve acercársele por un callejón oscuro a un tipo con una cara de hijo de puta que raja la tierra. Lombroso cruza la calle, mira para otro lado, evita toda posibilidad de contacto. Después, tomando un ristretto, se queda pensando: ¿no habrá manera de explicar esto? Y ahí es donde se va al carajo, porque el pobre Lombroso vive en el siglo XIX y no tiene elementos suficientes para explicarlo. Si Lombroso viviera hoy, pasaría derecho del ristretto a los genes. And guess what? Se iría al carajo igual.

Dice Byrne:

“Phrenology sought to reveal criminal propensities —and those of potential leaders and geniuses— in the shapes and bumps of the head and face. Nowadays we see it as a scientific justification for racist and cultural biases. A dangerous pseudoscience. But if phrenology was the genetic profiling of a previous era, what will supplant genetic profiling when that too appears as ridiculous as phrenology does to us now? Nonrational logic will not go away.”

La idea de una lógica no-racional da para mucho — por ahí pasan trencitos tan disímiles como Deleuze, Francis Bacon y el astrólogo de la esquina. Pero en este contexto un concepto tan difícil de aprehender resulta bienvenido, e incluso me sería útil en su encarnación más ramplona. Ejemplo: Condoleeza Rice es de Escorpio. Igual que Brock Vond, y mi hija, y Pablo Picasso. Y John Adams, Trotsky, King Kong y el Conde Drácula. Más que desacreditar a la astrología (además de desacreditar a la astrología), este tipo de listas validan, con su sola existencia, la intención de quien se toma el trabajo de hacerlas. “Algo hay”, dice el astrólogo (como Lombroso). “¿Qué es?

Semán se pregunta también por ese algo en el mejor análisis de las elecciones que leí hasta ahora (y no es porque lo haya escrito mi roommate intelectual). En la pregunta, como en el odio al Powerpoint, coincidimos todos. Las diferencias empiezan cuando creemos haber encontrado la respuesta.

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(*) La teoría más seductora, de entre las recientes, tiene que ver con el ancho de banda de la conciencia. Lejos de mis posibilidades meterme en ese terreno a esta hora de la noche.

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The Point

Missing the point is a very fine art; and has been carried to something like perfection by politicians and Pressmen to-day. For the point is generally a very sharp point; and is, moreover, sharp at both ends. That is to say that both parties would probably impale themselves in an uncomfortable manner if they did not manage to avoid it altogether.

G.K. Chesterton

El voto es una herramienta. No estoy dando cátedra: el voto será para los demás lo que se les cante, pero para mí es una herramienta más en la actividad cotidiana de hacer política —actividad que ocupa más o menos espacio de mi vida dependiendo de circunstancias tan externas como la guerra y tan internas como el humor con el cual me levanté a la mañana. La de hacer política (o no) no es, me parece, una decisión racional a la cual uno pueda aferrarse. Cuando está bien, cuando tiene sentido, es una compulsión como cualquier otra, y a uno sólo le queda el módico control de determinar qué porcentaje de tiempo ocupará en su mente y en su vida. Qué se yo: escribir ficción, 20% a 40% de política, dependiendo del caso. Regar las plantas, 0.2%. Comprar CDs, 0.7%. Discusiones de sobremesa hasta las tres de la mañana, 55%. Escribir para Los Trabajos Prácticos, 65%. Juntar a la gente para que escriba en Los Trabajos Prácticos y quedarme una noche sin dormir armando el CSS, 85%. Votar, 100%. Y así.

A mayor porcentaje de política insuflado más o menos arbitrariamente en una determinada actividad, más razonable es pensar dicha actividad como una herramienta. Como un tenedor, una taza. Una cosa elegida de entre todas las cosas disponibles que puedan servir para hacer algo que uno necesita hacer. Cuando se rompe una taza en el lavaplatos, uno no cuestiona el concepto de “taza”. La tira a la basura y usa otra.

Es cierto que muy pocos han cuestionado la ontología de la taza ante el triunfo de Bush. Y es cierto también que, el día que se te rompen todas las tazas, tenés todo el derecho del mundo a empezar a dudar de su utilidad. Pero la aparente diversidad de los análisis pre y post elecciones tampoco es tal. Más bien, al menos desde este montículo en el que me paro en puntas de pie para mirar el mundo, se los ve a casi todos discutiendo en el universo bienintencionado pero en última instancia poco feliz de Lombroso y Edward Tufte.

Quien haya leído hasta acá merece la módica recompensa de compartir uno de mis pocos secretos, una de las pocas cosas de las que estoy seguro, algo que podría incluso sustanciar en el predio inconsecuente de los gráficos eufemísticos, las presentaciones en Powerpoint y los discursos incendiarios: nadie sabe nada.

Nadie entiende por qué hace lo que hace, nadie tiene la más puta idea de cómo llegó adónde está, y si bien el voto, por simple y to-the-point es una de las pocas instancias en las cuales uno podría pensar que sabe lo que hace, en fin, el voto tampoco.

No estoy diciendo, por supuesto, que seamos todos animalitos corriendo por el bosque. Digo, sin embargo, que los animalitos que corrren por el bosque saben más o menos lo mismo que nosotros acerca de los motivos que los conducen a sus convicciones más profundas. Y que por eso la religión organizada (a la cual, disiento con Healy en esto, no hay que tratar con particular respeto porque haya infectado las almas de potenciales votantes) terminó jugando un rol tan prominente en esta elección. Y que por eso ganó Bush, creo, me parece. Porque Bush y sus adláteres automedican su ignorancia ontológica con altas dosis de fe hasta hacer desaparecer toda necesidad por entender algo, mientras los demócratas, que tampoco saben más que los animalitos corriendo por el bosque, se acomodan en su púlpito con explicaciones poco convincentes. Es muy difícil ganarle a quien te puede convencer de que no hay explicación necesaria.

Una vez estuve en Arkansas, y salí corriendo.

No sé cómo se hace para ganar la próxima vez. Yo a las personas las entiendo de a una, nada más. De a muchos me confunden, y ni siquiera me gustan. Sé que ganó Brock Vond, y lo supe la vez pasada sin necesiitar una guerra en el medio —por, you know, the “log of its progress”. No veo demasiada diferencia entre decir (como El Gráfico) que ganó un aluvión de votantes analfabetos y sostener que la influencia de los medios bla y el discurso demócrata blu. Todos los animalitos del bosque saben de quién hay que cuidarse. Muchos votaron estoicamente a Kerry pese a que no parecía el tipo que fuera a protegerlos; algunos más votaron justamente a ese de quien deben cuidarse, ante la vana promesa de la protección mafiosa.

Explicar esto, como tantas otras cosas, es necesario e imposible. Podemos languidecer en la paradoja, o podemos usarla de herramienta, como el Powerpoint, para hacer algo distinto que tampoco sabremos qué es hasta que nos sentemos a hacerlo.

And

that is

the point.


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