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Las plagas del fin del mundo

9 10 2009 - 05:42

En la esquina de Olegario Andrade y Goleta Florencia, frente a la Dirección de Investigaciones Criminales de Tierra del Fuego, hay un monumento al policía. Un tipo flaco, de bronce oscuro, con bigotes mexicanos y ojos achinados, que podría ponerse a gritar “desacatáu” y no sonaría como una caricatura de sí mismo, sino que te haría cagar de miedo. Un oficial inmortalizado en el acto de quitarse el arma reglamentaria de la cintura para hacer fuego sobre algo que se mueve más allá, adelante, encima de su horizonte de visión. No es probable que sea un ona. Mucho menos uno de esos turistas escandinavos que llegan en los cruceros amarrados abajo, sobre el Canal de Beagle, y que suelen pagar varios miles para que los lleven hasta la Antártida, donde apenas si les permiten descender 15 minutos y después tienen que viajar otros tres días para volver a la isla y poder contarle al primer ser humano que esté dispuesto a escucharlos –una prostituta centroamericana de las que hacen temporada en Ushuaia, por ejemplo–, que recién vienen de la Antártida, que era todo muy blanco, muy frío.

Una hondureña y un sueco, apretujados en un cuarto pintoresco, chapas marrones al frente y losa radiante adentro, mirando las fotos del viaje de Erik al continente blanco. Eso es un amor interesado, un intercambio exótico de colores, de fluidos y de mercancías, pero no es delito. En Ushuaia no hay casi delitos, no hay abuelos, ni siquiera hay truenos: el cielo atmosférico de la isla no es propicio para que choquen las corrientes cálidas y las frías. El último enero se escuchó un trueno y las maestras tuvieron que consolar a los chicos, que se llevaron un susto de muerte y pensaron que se venía el fin del mundo. Es raro, porque ellos viven precisamente en el fin del mundo. Eso dicen los folletos oficiales y los eslóganes de las agencias de turismo aventura, y los negocios de ropa, y los títulos de las notas que escriben todos los periodistas que visitan Ushuaia. Tal cosa del fin del mundo, tal cosa del fuego.

Resulta que los padres de esos chicos llegaron hasta el fin del mundo y se reprodujeron. Y algo similar sucedió antes con los conejos, y más tarde con los castores y después con los perros y con los visones, pero no había amor suficiente para todos, así que empezaron a matarlos de diferentes maneras. El gobierno paga 25 pesos por cada cola de castor. Lo mismo que harían tal vez con los bolivianos que ocupan tierras en la montaña, si no fuese un planteo poco ético y más bien cínico y brutal, aunque nadie puede negar que el videlín de bronce de Andrade y Goleta Francia se sale de la vaina por meter plomo con la reglamentaria. Un conejo, un castor, un perro salvaje, un usurpador de tierras fiscales: no hay muchas opciones para las balas del monumento. En Ushuaia no existe la inseguridad; las autoridades fueguinas están obsesionadas con lo que los biólogos califican como “especies invasoras”, una categoría que milagrosamente excluye al hombre blanco.

Los primeros colonos criollos y europeos que llegaron, circa 1880, ejercitaban tiro con los yámana. Y también los envenenaban. En dos décadas los indios prácticamente se acabaron, pero los conejos europeos se siguieron multiplicando. Eran fauna, comían mucha flora, todo un desequilibrio. Tuvieron que empezar a cazar los conejos. Y después envenenarlos. Bueno, no exactamente: les inyectaron un virus. Cualquiera se da cuenta que esta es una versión bastante fragmentaria y efectista de la historia de las especies invasoras en el fin del mundo, pero esto es estrictamente cierto. A los científicos les parece algo de lo más natural decir que el hombre introdujo un virus entre la población de conejos de la Patagonia, basándose en las características particulares de esta especie de mamíferos lagomorfos, para conseguir que el número se redujera drásticamente gracias a la transmisión de la mixomatosis.

Se supone que el virus se introdujo en Chile, donde la importación del Mixoma es legal, y que de ahí se contagió de conejo a conejo, y no a través de vectores, como es la costumbre de esta mixomatosis tan simpática que suele viajar en garrapatas y en pulgas, y que fue entonces el carácter sociable y prolífico de estos mamíferos lagomorfos chilenos y su buena onda con sus pares lagomorfos argentinos y con los de su misma especie en general lo que provocó la debacle de la gran familia, para el alivio de los estancieros y de los recursos naturales de Tierra del Fuego. Con los castores es distinto, porque son gente seria. Forman parejas, se alejan de la multitud, construyen una madriguera, mastican medio bosque, levantan diques, se reproducen, ven crecer a sus crías, las alientan para que vayan a construir sus propias madrigueras y a destruir sus propios bosques y a levantar sus propios diques. Para matar castores hay que tener pies de plomo, paciencia, y aún así uno puede salir a ganarse 25 pesos y cruzarse de camino con un conejo, una rata almizclera, un visón, un perro cimarrón, un cordobés, un salmón chinook, y son todos tan invasores y tan exóticos y tan introducidos que uno nunca llega a cazar nada que sirva como para resolver la cuestión de fondo.

El verdadero problema de Ushuaia es la belleza. Las montañas nevadas, el bosque frío que rodea la existencia, el canal de Beagle salpicado de barcos, los techos de colores de las casas de chapa. Si yo fuese conejo me estaría reproduciendo. Si fuera castor levantaría diques en el río Pipo. Si fuera un albañil boliviano usurparía tierras para quedarme por más tiempo. Si fuera un turista escandinavo buscaría una prostituta hondureña para pedirle calor, para mostrarle las fotos de mi aventura a la Antártida. Si fuera una puta centroamericana cobraría en euros, y bajaría todos los días al muelle a despedir a mis clientes con un pañuelo blanco, y nunca me detendría al volver a mi casa para ver un oscuro monumento. Adiós Erik, adiós.


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