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Happy Hour

18 10 2009 - 09:51

Comienzo de la primera cerveza.

Un amigo estaba trabajando en un colegio secundario, tenía un séptimo, que funcionaba en condiciones espantosas (ventanas sin vidrios, baños clausurados, suciedad en los salones, ausencia de tiza y pizarrones) y me dijo una tarde en un bar de Lomas:

—Si esos pibes terminan aprendiendo algo, va ser a pesar del colegio.

Veníamos del acto público. No habíamos conseguido laburo. Sin embargo no podíamos dejar que el ánimo agachara la cabeza. La tarde estaba encantadora. Cruzamos en diagonal la plaza que está frente a la municipalidad, agarramos Irigoyen y luego Laprida, la peatonal. En nuestros hogares, nos decíamos, no había nada atractivo, nada interesante. Teníamos tiempo para perder. Nadie tenía reloj ni celular. Era lo más cerca que se podía estar de la libertad en estos momentos. Se avecinaba una noche preciosa, cálida y con una brisa tierna. Doblamos en la primer esquina que encontramos para escapar de una multitud excitada por comprar cualquier cosa y al toque nomás vimos una mesa y dos sillas. Un barcito, de esos que venden fritura y nada sano. Un cartel destartalado que franqueaba la vereda tenía anotado con letras blancas en fondo negro y signos de admiración: cerveza a ocho pesos. Sin dudarlo nos sentamos y pedimos una bien fría. El fin de semana estaba a un suspiro y nosotros pensando en el contexto como condicionante para la adquisición del aprendizaje. O en cómo hacen unos pibes para sobreponerse a la mala suerte de nacer sin ninguna oportunidad a la vista.

Mitad de la primera cerveza.

Nuestras desgracias eran anónimas, y tan silenciosas que necesitábamos enunciarlas. Por ahí nos desviábamos un poco con el paisaje femenino. A esa hora, tipo siete, y con el inesperado calorcito, las mujeres se vuelven todas bellas. Y eso hacía que la vida cobre un peso leve, casi no lo sentíamos. Pero eso era solamente la superficie. Por debajo de ella, horadando la alegría súbita que se desplegaba ante la mirada, estaba nuestro trabajo: enseñar algo cuando nadie quiere ponerse las pilas para que se den las condiciones mínimas para que le sirva a alguien.

Fin de la primera cerveza.

Me cuenta:

—Llego y estaba todo tan sucio que lo primero que hago es pedir disculpas. Me sentí mal como si fuera culpa mía. Le pedí a un chico que traiga una escoba y una pala y entre todos dejamos el piso más o menos limpio. Como para que se pueda dar clase. Mientras hablaba, preguntándoles los nombres y eso, entraba un frío bravo no sabía por dónde y les dije “cierren esa ventana”, pensando que entraba por ahí. Me contestaron que estaba cerrada. Pensé que me estaban cargando. Era la primera vez que me veían, y los pibes te toman el tiempo para ver hasta dónde pueden tirarte la soga de la paciencia. No les creí. Me acerqué, los chicos me miraban extrañados, y ahí me di cuenta que no había vidrios. La cuestión era que yo tenía una bufanda y una buena campera, pero esos nenes no estaban bien abrigados. Alguno tenía un gorro de lana tapándole las orejas. Movían las piernas como inquietos, y entre ellas metían las manos para calentárselas. Un panorama de mierda y todavía no había empezado la clase propiamente dicha.

Comienzo de la segunda cerveza.

Lo único que teníamos eran preguntas, ante una realidad que arrojaba por tierra cualquier posibilidad de hacer útil esa pedagogía que nos tiraron en el profesorado del que egresamos hace unos meses. ¿Cómo hacíamos para enseñar en esas condiciones? ¿Qué se le puede dar a esos pibes que les sirva para su vida?
De todas formas esos eran los lugares donde queríamos, queremos, trabajar. Tenemos treinta años y no llegamos a fin de mes. Sabemos lo que estamos enfrentando. Esa certeza te da perspectiva y la posibilidad de medir los golpes. Aún creemos que algo tiene que cambiar si uno se arremanga y habla sin parar hasta que alguien escuche. Damos lengua y literatura y confiamos en el poder virósico de las palabras. Nos agarró hambre. Pedimos un plato de papas fritas.
Estaba comenzando nuestro fin de semana.

Mitad de la segunda cerveza

—Con los pibes pegamos onda. Los que somos de la misma raza nos conocemos — se ríe porque cree que dijo algo serio. Hablamos de sus cosas y ellos tienen mucho para contar. Y, vos me conocés, me gusta escuchar. Esos guachos pasaron por cosas que no querés que las pasen tus hijos. Y ellos los viven con una naturalidad que…—silencio.

Y después:

—Una cagada, loco.

Fin de la segunda cerveza

-Las notas de los pibes eran horribles. De los quince alumnos, sólo dos habían aprobado los dos trimestres. Los demás estaban a punto de llevarse la materia. Algunos a diciembre y otros a marzo. Y lo que yo me preguntaba era qué había hecho el otro docente como para que los chicos sintieran cierta empatía con la materia. Y ya sé lo que me vas a decir: que la culpa no siempre es del profeso. Pero hay que ver qué ocurre cuando un lugar común nos quiere correr cuando queremos pensar algo. La primera opción no siempre es la correcta. Verlo es pensar, notarlo es hacer que el bocho levante pesas —estas palabras son suyas; él habla así.— Porque si no estamos medio en el horno, ¿no? Y nosotros como profesores no estamos para enseñar, sino más bien hacer que los pibes puedan acceder a una posibilidad de diversidad. Mostrarles algo que no sabían, acercarles una porción de mundo, que es conocimiento, que no les llegaba, al que no accedían. No sé, aprender es lo desconocido, ¿qué pensás vos?

Principio de la tercera cerveza.

La noche se nos vino encima sin que nos diéramos cuenta. La gente a nuestro alrededor comenzaba a pasar sin pausa, en patota. La fiebre del fin de semana, y nosotros perdidos en un tema que no manejábamos muy bien, que intentábamos comprender y que se nos revelaba como inabarcable.

—Porque el tema no es la comida, me parece. Vos sabés que cuando vino el portero, tipo diez, para repartir la comida, muy pocos chicos la agarraron. Yo les pregunté por qué y ellos me decían que era horrible esa factura que les daban. “Es un pedazo de goma” gritó uno. Se quejaron muchos. Y son pibes que tienen más calle que cualquier bondi y se dan cuenta del trato que reciben, ¿entendés? Saben que no los tratan como ellos se merecen y reaccionan en consecuencia. No sé, de a ratos pienso que nosotros los estamos formando de una manera terrible. Parece que les mostramos la diferencia desde el hecho, y con el discurso nos hacemos los que intentamos la integración…pero en realidad laburamos para que todo siga igual. Es como si estuviéramos trabajando para bancar el garrón de que estos pibes no peguen nunca el salto de la situación en la que se encuentran.
Qué sé yo, por ahí estoy muy pesimista. Pero me parece que algo, mucho, no está yendo bien si estos nenes están así, ¿no?


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