Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







En BA

21 10 2009 - 05:41

Ah, Buenos Aires en octubre. Ciudad perra, que esconde el bochorno de enero y el plomo de mayo. Le pregunto a la gente cómo ve a Buenos Aires y nunca sé dónde empieza su poder su observación y dónde terminan sus indirectas: en Buenos Aires hasta la caca de perro es política. Yo a la ciudad la he visto bien, como casi siempre: apurada y nerviosa, cariñosa y agresiva, mundial y barrial, torre y caverna, abrazo y trompada. Algunas postales:

1. Domingo de sol en Retiro. Queremos ir al Tigre con mis suegros y mi mujer; las colas de las boleterías viborean desde la bóveda central y salen hacia la vieja entrada de taxis. Mis suegros, que vivieron dos tercios de sus vidas en la Unión Soviética, se paran al final de la cola sin pensar una alternativa. Yo, niño ansioso de la era del capricho, busco una forma de ahorrarme quince minutos (en el Andén 1, un tren se está por ir). Adentro de la estación hay algunas máquinas expendedoras de boletos. Buscando una que venda tickets para Tigre, me planto frente a una máquina que dice “Bartolomé Mitre” y que aprendió rápido la arbitrariedad de las empleadas públicas de carne y hueso: no acepta billetes ni da cambio. Desde abajo escucho la voz de una chiquita de ocho o nueve años, vestida de verde y con una riñonera calzada en la cintura, que me pregunta a dónde voy. Es una pibita despierta, que exagera un poco su antipatía para demostrar que está muy ocupada y es muy seria haciendo su trabajo. A Tigre, le contesto. ¿Ida solo? Sí. ¿Cuántos? Cuatro. La chica aprieta botones en la máquina –el primero es “Otros Destinos”–, agarra un montón de monedas de la riñonera y las empieza a meter por la ranura, casi todas de diez centavos, una atrás de otra. La máquina, después de cincuenta monedas, escupe los boletos y yo le doy a la gestora ocho pesos, incluyendo una plusvalía para ella de $2,60.



Me quedo pensando en si esta colaboración entre máquina y niño no es una metáfora de la economía argentina: un intento de modernización saludable pero tosco –la gente sigue apilándose en las colas; compra sus pasajes a otros humanos–, compensado y sostenido por el esfuerzo informal y marginal de un miembro informal y marginal del sistema. Máquina y sangre, eso somos.


2. Buenos Aires, capital mundial del wi-fi. Una de las cosas que siempre me sorprenden de Buenos Aires es la generosidad con la que cientos (miles) de bares y restaurantes y hogares y locales tienen abiertas sus redes de wi-fi. Ahora, todas juntas, se han convertido prácticamente en una red que cubre casi toda la ciudad. Cuando llegué, hace un par de semanas, le puse a mi teléfono un chip de Personal que me deja hacer llamadas y mandar SMS, pero no chequear mails. Para eso necesitaba wi-fi. Nunca tuve problemas en encontrar acceso, en el centro y en Barrio Norte pero también en Boedo y en Almagro. Hasta el restorán más ginebroso tiene ahora wi-fi, y no sé cuántas ciudades del mundo pueden ofrecer una cosa así. Nueva York seguro que no: no es fácil encontrar en Manhattan (o Brooklyn) cafés tranquilos donde sentarse con la computadora, enchufar y quedarse horas. Los hay, pero no son tantos. En Buenos Aires, en cambio, se ha convertido en una de esas modas porteñas que son como huracanes y que no dejan a nadie afuera: me he pasado estos días horas leyendo mi bloglines en cafés mugrientos, prefiriendo la pantallita del celular o la pantalla de la laptop antes que el papel cómodo pero medio embolante de los diarios. Ayer estaba aburrido en un taxi, inmóvil en el tráfico de Uruguay y Sarmiento, y me conecté a un wi-fi de un donante anónimo (linksys) desde adentro del auto: no tenía mails nuevos y la tapa de Olé seguía igual que una hora antes (algo sobre Astrada), pero me pareció increíble poder conectarme desde el taxi, ese histórico huevo de desconexión y sometimiento a la radio AM.


3. El otro día, en un café de Palermo Hollywood que no voy a nombrar para no meter en problemas al mozo que nos reveló el secreto, descubrimos que otra de las modas de Buenos Aires, el café en jarrito, podría no ser más que un truco. El mozo, con una media sonrisa condescendiente, volvió en un momento de la cocina con un pocillo común vacío y un jarrito lleno de agua: lo vació en la tacita y, voilá, entró toda el agua. “En muchos cafés el tamaño del jarrito y del café es exactamente el mismo”, nos dijo. Indignados, investigaremos.

4. Paseando estos días con mis suegros, por Plaza Dorrego y La Boca, por la Recoleta y Plaza San Martín, me encontré con una Buenos Aires que no conocía: la que abiertamente se maquilla y ofrece su mejor cara a los turistas. Me sorprendió un poco. Cuando yo era chico, si había turistas en Buenos Aires era porque habían querido venir, y si iban a restaurantes era porque tenían que comer. Éramos demasiado orgullosos como para pedirle a nadie que viniera a visitarnos. Ahora, que hemos perdido un poco la bronca, hay una industria del turismo, y me parece bien. No es más alevosa ni estereotípica ni deforme que la de otras ciudades comparables: hay fileteados por todas partes, bailarines de tango en los baños de los bares, dobles de Maradona que no se parecen mucho. Hay que vivir de algo, y sacarle unos mangos a tipos y minas que cruzan medio planeta con el (casi) único objetivo de, precisamente, gastar unos mangos, no me parece una actividad deshonrosa ni aburrida. Pero ver a Buenos Aires, una ciudad que siempre había navegado bien en el eje autenticidad-naturalidad-desidia, puesta en escena, un poco sobreactuada, me sorprendió, y me recordó de una manera extraña que hace cinco años que ya no vivo en ella.


(La foto de arriba –la convivencia rara del Wi-fi y el fileteado– es un buen ejemplo de esta nueva Buenos Aires. Está en la ventana del Desnivel, una legendaria parrilla-antro de la calle Defensa que en los últimos años se ha limpiado, exterminado sus cucarachas y convertido en refugio de mochileros europeos.)


————————————

Del mismo autor:
5. Noche