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Perón asistió a la fiesta del Autódromo

5 11 2009 - 10:13

La semana pasada, antes de volver a Brooklyn, pasé por el sótano de la casa de mis viejos y rescaté las dos últimas cajas de libros que me quedaban en Buenos Aires. Me senté frente a la tele durante la previa del River-Boca y decidí, mientras sacaba los libros de las cajas y estornudaba por el polvo húmedo que se me metía en la nariz, cuáles merecían el viaje transcontinental –cuáles merecían, de alguna manera, seguir siendo parte de mi vida– y cuáles habían envejecido o habían perdido la chispa que en algún momento habían tenido para mí. No eran muchos los libros que tenía que revisar ni fueron muchos los que finalmente decidí meter en la valija. Pero sí me acuerdo que me costó mucho tomar la decisión sobre Una enciclopedia de datos inútiles y Segunda enciclopedia de datos inútiles, dos libros de Homero Alsina Thevenet publicados por De la Flor que leí cuando tenía, creo, 14 y 15 años y que en ese momento me parecieron apasionantes: hoy, después de Google y la Wikipedia, no sirven de mucho, pero me acuerdo que aquellos artículos aleatorios sobre cine, historia, sexo, gramática, la Guerra de los Cien Años, lo que fuera, me abrieron una puerta a mundos absolutamente desconocidos para mí, y que mi adolescente cerebro de periodista (desde chiquito me gustaba saber un poco de todo y mucho de nada) los disfrutó muchísimo. Tanto que durante años seguí entrando a La Boutique del Libro de San Isidro, a la vuelta del colegio, para ver si Alsina Thevenet (que murió en 2005 y ahora está siendo rescatado por unas obras completas aparentemente interminables) había publicado la tercera enciclopedia, como si fuera una cosa anual o bianual. Me acuerdo que me gustaba, a los 14 años, caminar por la calle o por el colegio con el libro y que la gente o mis parientes me preguntaran, con una condescendencia un poco patética, que los hacía sentirse muy inteligentes, para qué quería yo una enciclopedia de datos inútiles. A mí, lejos de ofenderme, estos comentarios me hacían sentir una conexión con Alsina Thevenet, del que no conocía nada de nada, ni siquiera sabía que era crítico de cine, y con una comunidad hipotética de lectores de la que tampoco conocía nada pero sabía que en algún lado tenía que existir: todos ellos y yo sabíamos que el título de aquellos dos libros era un chiste y que nada de lo que uno lee es inútil ni tampoco demasiado útil.

Pese a estos recuerdos, dejé las enciclopedias de Alsina Thevenet en el sótano de lo de mis viejos, torciéndose en la humedad. No tienen nada que ver conmigo ahora; no sabría dónde ponerlos.

Lo que sí me traje, y de eso era de lo que quería hablar en realidad, es del ejemplar de Clarín del lunes 5 de noviembre de 1973, el día que nací, hace hoy 36 años. No me acuerdo de dónde lo saqué ni si lo compré yo o me lo regalaron; ni siquiera me acordaba de que lo tenía. Lo mandé derecho a la valija y estos días, pasándole las hojas con cuidado, como a una biblia de Gutenberg, lo estuve mirando. Éstos son, en orden descendiente, los títulos de tapa:

Nueva Restricción de Petróleo Árabe para Occidente
MENDOZA: Martínez Baca Expone Hoy al Presidente Sobre el Conflicto Provincial
PERÓN ASISTIÓ A LA FIESTA DEL AUTÓDROMO
UN POTRILLO QUE VALE UN PERÚ
PRESIONA LA PRENSA CONTRA NIXON

La crisis del petróleo es la crisis del petróleo; la presión a Nixon es por el Watergate: dos temas que están en los libros de historia. Los otros, menos: Martínez Baca era el gobernador peronista de Mendoza, que había llegado la noche anterior a Aeroparque y había dicho: “Ni pienso renunciar”. La carrera del Autódromo, una exhibición con Fangio y Gálvez viejitos “reviviendo su tradicional porfía deportiva” y Perón e Isabel en el palco: los diarios todavía ponían en tapa lo que había hecho el presidente el día anterior. El potrillo que vale un perú (juego de palabras que probablemente ya era viejo en 1973) era Santorín, un caballo peruano que el día anterior había ganado el Carlos Pellegrini: el turf, otra pasión nacional que ha desaparecido de las tapas de los diarios.

En las 32 páginas del diario (es lunes, pero no tengo el Clarín Deportivo) hay solamente dos notas firmadas: una crítica de Napoleón Cabrera sobre un concierto en el Colón y ¿Qué contienen las cintas del Watergate?, escrita desde Roma por el que todavía es el corresponsal del diario, Julio Algañaraz. A Cabrera le gustó mucho cómo tocaron Pía Sebastiani y Mariano Frogioni las sonatas para clarinete y piano de Brahms:

¿Quién ha oído en Buenos Aires una versión en vivo mejor que esta última? Tal vez nadie. Parece difícil dialogar con más inteligencia y sensibilidad que Sebastiani y Frogioni.

El resto del diario está sin firmar. Algunos periodistas veteranos y no tan veteranos se enorgullecen de eso: comparan aquellos años cuando no firmaba nadie con los de ahora, cuando firma cualquiera, y dicen que el periodismo se ha transformado en un oficio de vedettes y de tipos y minas que quieren llamar la atención por encima de cualquier otra cosa. No digo que eso no cierto, pero también me parece que en aquel momento tampoco había demasiado para firmar: casi todas las notas del Clarín del día que nací son informaciones oficiales o semioficiales que los diarios de hoy ya no publican así sino que las reelaboran y las mastican hasta transformarlas en otra cosa, casi siempre mejor. Ejemplos: la apertura de Economía es Acuerdos Sobre Energía y Minería con Chile y Perú (es un cable de ANSA); al lado, Deliberan Industriales Latinoamericanos; arriba, A Fin de Mes de Firmará con Paraguay el Convenio de la Presa Yaciretá-Apipé (cable de AP). En Política, parecido: Acto de un Nuevo Sector del Peronismo Femenino. Hay un par de notas más o buenas y que hoy serían firmables –en la sección Gremiales, que hace mucho no existe: Siguen los Contactos entre CGT y CGE; en Policía: _Incertidumbre sobre la Situación de los Dos Empresarios Cautivos–, pero así y todo son notas que no dicen mucho y cuyos titulares son no-noticiosos (“Sigue” e “Incertidumbre” son palabras que no dicen nada y que los editores buenos ya no usan para titular). Me hizo gracias el primer párrafo de esta última nota:

El variado y cada vez más movido panorama de secuestros, [sic a la coma] muestra desde el sábado –cuando se logró liberar al empresario José Manuel Moscoso– una calma especial. Dos ejecutivos, secuestrados hace ya 15 días, continúan aún en poder de sus raptores, y según se reveló ahora un tercero –perteneciente a una embotelladora de bebidas gaseosas– ha desaparecido hace tres meses. Los comentarios sobre este hecho son muy dispares: … “viajó; lo trasladaron; chocó con el auto y está internado; está en Uruguay”… Sin embargo, hay coincidencia en el motivo de su ausencia:… “Lo secuestraron”…

¡Esos puntos suspensivos! Qué cosa más trucha y contradictoria: ¿chocó con el auto o lo secuestraron? En fin. Me encantó lo del “variado y cada vez más movido panorama de secuestros”, como si comentara el Mercado de Liniers o la cartelera de cines. Es un tono general del diario, al mismo tiempo solemne y dicharachero: no hay casi nada que permita deducir, en estas 32 páginas, el clima de violencia o nerviosismo dentro del peronismo; no hay ni una mención a guerrillas o atentados o ejércitos clandestinos; ni una pista de que en un par de meses el país se iba a meter en un quilombo del que no saldría en casi una década. Hay muchísimos avisos de agencias de viajes: Aerolíneas: “Si usted va a Europa ahora… no la conoce”; SolJet: “Mar del Plata. Con todo arreglado desde $995”; Varig: “La magnitud de volar”. O los climas cambian rápido o los diarios de entonces tenían antenas menos potentes para captar el humor social.

Otras cosas cambian menos. Me fijé el horario de la televisión. Busqué las dos de la tarde, la hora en que nací. Canal 13 estaba dando un programa llamado Almorzando con Mirtha Legrand. Invitada: Nacha Guevara. Igual que la semana pasada.


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5. Noche