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Gacitua en MDQ #6: La Restauración

14 11 2009 - 02:52

El Provincial. Los fantasmas de los gatos ochentosos que perseguía Porcel por los pasillos –y el de Porcel, claro—todavía se sentían en 2006. El gobierno municipal había prometido una restauración que se olvidó ni bien comenzó aquel festival, en el que sus empleados enfrentaron goteras, palomas y caídas de pedazos del techo. Para la siguiente edición hubo otra “restauración” encargada por el municipio hasta que, sí, nos informan que en 2008 el hotel fue entregado a manos privadas.

La publicidad del gobierno de la provincia, por esos días, mencionaba la gran cantidad de eventos que se realizaban en Mar del Plata durante la temporada. La vuelta del Provincial como sede para el festival y la feria del libro era anunciada con complacencia, y con un pequeño textito abajo de la leyenda “HOTEL PROVINCIAL” en el spot televisivo, algo así como “LICITACIÓN PRIVADA”. El hotel está ahora en manos de Florencio Aldrey Iglesias, dueño también del Hermitage, de varias radios, diarios, y un canal de televisión. Ahora el mármol está intacto, los ascensores andan y el olor a humedad ha desaparecido, pero uno sigue notando bastantes imperfecciones en el edificio: sobre todo, que había un lindo mural donde ahora sólo hay pintura blanca, cirugía que el “viejo hijo de puta”, como se lo conoce, pidió en pos de no espantar a la gente, y que unas manifestaciones y volanteadas no pudieron impedir. El otro día, en la sala de prensa, se sentía olor a quemado, bastante fuerte. Se empezó a hablar sobre el comienzo de la caída cultural del kirchnerismo, pero no se reportaron mayores inconvenientes.

Se puede decir que esta edición es la que más espacios utiliza del hotel: entrando por la puerta giratoria que sus empleados giran por uno mismo, hacia abajo se dispuso un salón comedor, que desconozco si también es el meeting point, con algunas computadoras y unos sillones, en los que ahora veo a Fernando Martín Peña hablando con algunos colegas. Hacia arriba, el salón donde antes se encontraba el comedor, es ahora la sala de prensa, con los cubículos de la videoteca y la sala de subtitulado. Este salón es una de las bifurcaciones del amplio espacio circular al que se llega cuando se sube la escalera, antes usado como meeting point y salón para las fiestas post-ceremonia, y que hoy está desierto y no recomiendo atravesar en soledad si se vio The Shining. Para allá, sí, veo otro pasillo, hacia los salones donde se desarrollan las actividades especiales. Uno de esos era la sala de prensa el año pasado. Y para allá, ah, no, un congreso de ingenieros, y voy a tener que detenerme acá.

Película número 17: Hiroshima.

—¿No parece que Perrone y Rejtman le hubieran escrito un guión a Alonso?

—Más bien.

Stoll triunfó en las desiertas funciones del mediodía en el teatro Colón, con un retrato de las historias cotidianas en la vida de su hermano Juan Andrés. Nuevo volantazo al costumbrismo del joven rioplatense, en el que se destaca el uso de los cartelitos para leer los diálogos de los personajes adultos, a quienes no podremos escuchar hablar. Hiroshima es un proyecto que comenzó a desarrollarse hace seis años, y sin embargo puede decirse que la muerte de Rebella le dio un tono especial. Juan Andrés es un pibe bastante retraído, y se la pasa buscando algo, que parece que no está en el laburo, la novia o la chica gauchita de Solís. Stoll también parece querer vaguear un rato, sacarse la mufa y volver a su vida normal. Hiroshima tiene, más allá de la placa del final, un homenaje implícito, un asiento del estadio que va a quedar vacío.

Película número 18: Orquesta roja. A nadie, después de ver esta película, le puede dar la cara para seguir pensando si el apellido del director es Herzog en serio, o un seudónimo. Un documental sobre luchadores políticos puede ser divertido, desde que estos militantes fueron, por varios días, falsos guerrilleros que coordinaron un móvil con Crónica para tener a Storani cagado en las patas y poner bajo la luz la realidad social de Concordia. Los protagonistas vuelven a los videos, diarios y placas de Crónica de esos días, no dan otra cosa que testimonios valiosos, y los pequeños segmentos de ficción que representan a un potencial comando Sabino Navarro terminan de moldear una película redondita.

Película número 19: cortos de Javier Fesser. Todas las aristas de Fesser diseminadas en las distintas series y cortos sueltos. No hay demasiado que comentar: algunos son hilarantes (El secdleto de la tlompeta, la serie de Javi y Lucy, Pancho & Pincho y su making of), otros son buenas ideas que pudieron desarrollarse mejor (La cabina y sus derivados, Hombre de color y La sorpresa), y el final de la función con un corto realizado para Unicef, Binta y la gran idea, acercamiento humano y efectivo a algunas problemáticas actuales en África.

Película número 20: Unmade Beds. El registro auténtico de la adolescencia que tiene Alexis Dos Santos es ideal para cortar con la adicción de los pibes a los productos de Cris Morena. Esta no es, sin embargo, su principal cualidad, sino que el director logra dirigir ese vector hacia una película apta –y soportable- para todo público. Sí puede pecar de empalagosa, los chicos indies son todos personajes, y hay situaciones demasiado estetizadas.


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