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1985: Papá trajo una VHS de Asunción

16 11 2009 - 12:07

Durante años el living de mi casa fue el centro de reunión de mi grupo de amigos, nuestro playroom, nuestro arco iris, la pequeña isla en la que escapábamos del mundo. Mis viejos laburaban, lo que determinaba que nunca hubiese nadie, no como en las otras casas, donde siempre –madres, hermanos, mucamas– había gente. En la mía no: sólo el islámico y yo, recibiendo amigos para combatir la soledad e imaginar viajes a Europa escuchando a los Smiths.

Así pasábamos las tardes, tratando de apaciguar la abulia propia de la edad, sin mayores horizontes que el almanaque corra y que la semana ocurra, oteando de reojo la llegada de la adultez, que se acercaba galopando con su amenaza: muy pronto dejaríamos de ser sujetos pasivos y parasitarios para convertirnos en productivos, en personas. Estábamos marcados y el sorteo no parecía traer muy buenas noticias. Cada día miraba a los ojos de mis amigos y me preguntaba qué coño harían con sus vidas, quién se casaría primero, quién se iría a vivir a otro país, quién sería exitoso, quién estafaría o sería estafado, a quién el sistema arrojaría a la banquina. Me intrigaba saber cómo sería el pasaje entre ese mundo finito y sin responsabilidades y el resto de nuestras vidas, cuando nos convirtiésemos en esos sujetos grises que tanto despreciábamos. Tenía algo claro: ninguno de nosotros estaba señalado por el dedo de dios.

Por aquella época –Plan Austral en auge; primeros cigarrillos mal pitados–, mi casa fue la primera del barrio y del curso en tener una videocasetera, lo que potenció su condición de lugar de encuentro. Mi viejo trajo la video de Paraguay, a donde había ido por trabajo. Antes de irse me había dado a elegir entre un par de New Balance –el fetiche de la época; nos matábamos por un par de zapatillas importadas– o una VHS y yo no dudé, elegí la video. Parece el relato de un tiempo arcano, espectral, pero así era la Argentina de la primavera de Sourrouille: un país sin videograbadoras, con zapatillas Topper, incertidumbre en la calle y pocos conciertos internacionales.
No había caseteras en el país y el solo hecho de contar con la posibilidad de tener el cine en el living de mi casa me generó una excitación inigualable. Suena estúpido, porque hoy cualquier fan puede encerrarse en s cuarto y en seis meses ver pasar la historia del cine delante de sus ojos, pero en aquel momento eso era imposible. Cuando te hablaban de Midnight Cowboy o de Maratón de la muerte (películas que ya tenían más de 10 años) era como si te estuviesen hablando del Renacimiento, o de Marte. El cine tenía historia en los libros pero no en la pantalla, salvo la dosis semanal y homeopática de Función Privada por ATC y El Mundo del espectáculo por Canal 13. El resto era una construcción oral, un relato casi mitológico hilvanado a oídas.

Todo eso cambió una tarde de invierno de 1985, con la llegada de la JVC que trajo mi viejo de Asunción. Recuerdo todo de aquel día: la caja en la que vino, el color negro, el tamaño (pesaba como una silla pero la percepción era de pequeñez), su condición de artefacto del futuro: de otra era. Hasta entonces, mi sensación era que la tecnología no evolucionaba a gran escala, al menos no con la velocidad con la que lo haría a partir de la década siguiente. Aquel aparato chato prometía hacer malabares con mi vida, transformarla. La mía y la de miles de pibes para quienes el cine dejaba de ser un trabajo de alquimista y se convertía en un amigo inseparable.

Todo el combo de esa noche fue perfecto, porque Alejandro, el novio de mi hermana, alquiló una película que largamente dio la talla: El expreso de Medianoche, de Alan Parker. Creo que ni siquiera pude parpadear durante las tres horas que duró. Toda la película me sacudió el balero: Estambul, la falopa, la música, la lengua escupida del soplón y el final maravilloso, con el protagonista yéndose por una calle de tierra, caminando apurado bajo el sol, escapando del infierno. Recuerdo haberme quedado despierto en la cama, rodeado por las sombras de la persiana en la pared y por el rumor de los coches que trepaba de la calle, en silencio, sin respuestas, aplastado por la demoledora energía de El Expreso. Sentía que aquel film me había interpelado. La negra aventura de El Expreso me llenaba de ansiedad e ilusión: si todo lo que vería desde entonces tenía la misma potencia que la de aquella película, mis tardes estaban a salvo.

Ese fue mi bautismo en VHS. Fue como viajar a Europa por primera vez y arrancar por la noche de Ibiza: todo lo que viene después puede ser mejor o peor, pero es difícil que resulte más intenso. Vimos muchas películas –algunas de ellas condicionadas, of course–, pero de a poco mis amigos fueron perdiendo el entusiasmo por el cine. Se agotaron los clásicos inmediatos que ellos querían ver –las sagas de Rocky, Rambo, Star Wars, no mucho más– y lentamente el cine pasó a convertirse en otra ceremonia individual y solitaria. Nunca más volví a ver El Expreso de Medianoche. Supongo que nunca quise traicionar el recuerdo dorado de aquella primera vez, como si me resistiera a descubrir (y aceptar) sus imperfecciones, sus hipérboles, la presentación maniquea que seguro hizo de sus protagonistas. Como si hubiera querido conservar intacta la magia de aquella tarde en la que la adolescencia dejó de ser un territorio tan hostil.


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